Viernes, 4 de septiembre de 2026
CARTA DEL DIRECTOR

Españas que no viven en el mismo país: una encuesta para mirar debajo del voto

Marc López Plana, director y editor de 'Agenda Pública', extrae una lectura general de los resultados de la encuesta de Cluster17 tras varios días de análisis sobre voto, economía, inmigración, vivienda, instituciones o la Corona. "Más que dos electorados cerrados, aparecen dos grandes maneras de interpretar el mismo país".

Marc López Plana Marc López Plana 4 de septiembre de 2026
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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez y el líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, en el Congreso de los Diputados. | Eduardo Parra / Europa Press
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez y el líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, en el Congreso de los Diputados. | Eduardo Parra / Europa Press
Hay una idea que vuelve periódicamente a la política española: la de las dos Españas. Es una expresión cargada de historia y demasiado fácil de utilizar, por lo que conviene manejarla con cuidado. España no está partida hoy en dos bloques perfectamente delimitados, ni puede reducirse la sociedad a una mitad progresista y otra conservadora. Los datos de la encuesta de Cluster17 que hemos publicado para este inicio de curso político y que hemos analizado durante los últimos días permiten reconocer una división distinta. Más que dos electorados cerrados, aparecen dos grandes maneras de interpretar el mismo país.

La fotografía electoral resulta conocida: el Partido Popular aparece en primer lugar, con el 30,1% de intención de voto; el PSOE obtiene el 28,1%; Vox alcanza el 16,1%; Sumar, el 6,1%; y Podemos, el 3,6%. Esos porcentajes indican quién va por delante, pero son solo el primer paso para saber cómo perciben los ciudadanos la economía, la vivienda, la inmigración, las instituciones, la convivencia territorial o la posición internacional de España.

Lo que aparece al mirar debajo del voto es una división que no funciona igual en todos los asuntos. Hay problemas, como la vivienda, ante los que electorados muy alejados comparten un diagnóstico; en otros, la distancia aparece antes incluso de discutir las soluciones, porque unos consideran que la situación ha mejorado y otros que ha empeorado. Y todo ello convive con movimientos relevantes de voto dentro de los propios bloques e incluso entre ellos. La movilidad electoral no elimina, por tanto, la distancia entre las percepciones.

"La distancia aparece antes incluso de discutir las soluciones, porque unos consideran que la situación ha mejorado y otros que ha empeorado"
Esa combinación ayuda además a entender una de las aparentes paradojas de la encuesta: que el mapa electoral pueda mantenerse relativamente estable mientras existen niveles muy elevados de malestar en cuestiones concretas. Los ciudadanos pueden coincidir en que la vivienda o el poder adquisitivo han empeorado y, al mismo tiempo, hacer balances completamente distintos sobre la economía, la inmigración, las instituciones o la propia continuidad del Gobierno.


Una economía distinta según quién la mire

Exactamente la mitad de los españoles considera que la economía española ha mejorado desde el inicio de la legislatura, frente al 40% que cree que ha empeorado. El saldo general es positivo, pero cambia radicalmente al distinguir por recuerdo de voto.

Entre quienes votaron al PSOE en 2023, el 89% considera que la economía ha mejorado. Entre los votantes de Sumar, el porcentaje alcanza el 93,6%. En el PP sucede prácticamente lo contrario: el 76,9% cree que ha empeorado. En Vox, el 87%. El recuerdo de voto altera, por tanto, el diagnóstico mucho más que la intensidad con la que se valora una misma evolución.

Al mismo tiempo, el 77,2% considera que el poder adquisitivo y el coste de la vida han empeorado. Una parte de quienes creen que la economía española marcha mejor valora negativamente, por tanto, variables mucho más próximas a su experiencia cotidiana.

"Una parte de quienes creen que la economía española marcha mejor valora negativamente, por tanto, variables mucho más próximas a su experiencia cotidiana"
Ambas respuestas son compatibles porque las preguntas miden cosas distintas. A nivel político, interesa precisamente esa distancia: reconocer una mejora de la economía en términos generales no implica considerar que esa mejora haya llegado al poder adquisitivo, al coste de la vida o a la vivienda.


La vivienda rompe la división

En la vivienda, en cambio, el patrón es muy diferente. El 88,7% de los españoles considera que el acceso ha empeorado desde el inicio de la legislatura, el diagnóstico negativo más extendido de toda la batería. Y aquí el voto apenas cambia el sentido de la respuesta. Lo cree el 99% de quienes votaron al PP y el 98,8% de los votantes de Vox, pero también el 81,9% de los socialistas y el 80,4% de quienes apoyaron a Sumar.

"El 88,7% de los españoles considera que el acceso ha empeorado desde el inicio de la legislatura, el diagnóstico negativo más extendido de toda la batería"
Así, un elector socialista puede considerar que la economía española ha mejorado —como hace una amplísima mayoría de este grupo— y compartir al mismo tiempo con un elector de Vox una valoración muy negativa de la vivienda.


Es decir, los datos indican que la identificación partidista no ordena todas las percepciones con la misma intensidad. Y es precisamente en la vivienda, uno de los temas que marcarán las elecciones venideras, donde existe un diagnóstico ampliamente compartido. Saber qué causas atribuyen los ciudadanos a este diagnóstico y conocer cuáles son las soluciones más apoyadas deben ser algunos de los próximos pasos.

La inmigración vuelve a separar los diagnósticos

Con la inmigración, las diferencias entre electorados vuelven a ser muy amplias. En el conjunto de la población, el 40,5% considera que genera más problemas que beneficios, frente al 29,7% que destaca los beneficios y el 27,9% que cree que ambos efectos se compensan.

Entre los votantes de Vox, el 92,7% considera que la inmigración genera más problemas que beneficios. En el PP lo piensa el 65,3%. Entre quienes votaron al PSOE ocurre lo contrario: el 50% destaca los beneficios, el 37,4% considera que ambos efectos se compensan y solo el 10,9% señala más problemas. Entre los votantes de Sumar, el 65% destaca los beneficios y apenas el 2,9% los problemas. La distancia es suficiente para que los principales electorados partan de diagnósticos casi opuestos sobre una misma cuestión.

"La distancia es suficiente para que los principales electorados partan de diagnósticos casi opuestos sobre una misma cuestión"
Cabe señalar que el trabajo de campo se realizó, además, en plena crisis de Ceuta, con la inmigración y el control fronterizo ocupando una parte central de la conversación política.


Tampoco parece que la crisis haya provocado, al menos de momento, un vuelco electoral: el PSOE apenas varía respecto al anterior sondeo de Cluster17 para Agenda Pública, en noviembre de 2025. Lo que sí queda muy visible es hasta qué punto la percepción de la inmigración está relacionada con la posición política de los encuestados.

Catalunya, la amnistía y las instituciones

El 49,5% considera que la convivencia territorial ha empeorado durante la legislatura, frente a aproximadamente un 23% que aprecia una mejora. Entre los votantes socialistas, el balance está mucho más equilibrado y, entre los de Sumar, predominan las valoraciones positivas; en PP y Vox, la percepción de deterioro es ampliamente mayoritaria.

La pregunta sobre la amnistía dibuja una división similar, aunque el resultado agregado es favorable: el 43% de los españoles considera que ha favorecido la convivencia en Catalunya, frente al 34% que discrepa. El acuerdo roza el 80% entre los votantes socialistas y supera el 85% entre los de Sumar. En PP y Vox domina ampliamente la respuesta contraria.

Estos datos permiten afirmar que la política territorial sigue separando con claridad las percepciones de los principales electorados. Asimismo, la calidad institucional y la lucha contra la corrupción reproducen una distancia parecida. El 62,9% considera que han empeorado durante la legislatura. La cifra baja al 34,9% entre los votantes socialistas y al 25,3% entre los de Sumar, mientras alcanza el 93,6% en el PP y el 95,8% en Vox.

Hasta la influencia internacional se mira desde el voto

El 49% considera que la influencia internacional de España ha empeorado, frente al 40% que cree que ha mejorado. También aquí el resultado cambia casi por completo en función del recuerdo de voto.

El 77,7% de los votantes socialistas y el 85,3% de los de Sumar consideran que la influencia de España ha mejorado. Entre los electores del PP, el 93,9% cree que ha empeorado; en Vox, el 94,8%.

Es una de las distancias más acusadas de toda la encuesta. Una cuestión relativamente alejada de la experiencia cotidiana produce valoraciones casi inversas entre los principales electorados. Eso no significa que cada acontecimiento internacional sea interpretado necesariamente a través de una identidad partidista, pero sí que el balance general sobre la posición de España en el mundo queda fuertemente asociado al voto.

Dos bloques electorales, pero también batallas dentro de ellos

La división entre izquierda y derecha convive con movimientos relevantes dentro de cada espacio. Vox conserva al 84,1% de sus votantes de 2023 y atrae al 15,3% de quienes entonces votaron al PP. En sentido inverso, el 7% de los antiguos electores de Vox optaría ahora por el PP.

En la izquierda, Sumar conserva solo al 40,7% del electorado que apoyó su candidatura en 2023, cuando Podemos formaba parte de ella. Un 26,1% se desplaza al PSOE y un 20,3% opta por Podemos. También existen transferencias entre bloques: el 9,5% de quienes votaron al PSOE en 2023 declara ahora su intención de apoyar al PP.

Los dos grandes espacios están, por tanto, muy separados en buena parte de sus percepciones, pero sus electorados no son compartimentos estancos. La batalla electoral se produce también dentro de ellos. El PP puede liderar la intención de voto y encontrarse al mismo tiempo sometido a la presión de Vox, mientras el PSOE puede retroceder respecto al 23J y compensar parte de esa pérdida incorporando antiguos votantes de Sumar.

Esta combinación permite distinguir entre dos fenómenos que a menudo se confunden. Una cosa es la movilidad electoral y otra, la distancia entre las percepciones de los principales electorados. El voto puede moverse entre PP y Vox o entre PSOE, Sumar y Podemos sin que desaparezcan las enormes diferencias que hemos observado sobre la economía, la inmigración, las instituciones o la influencia internacional de España.

"Una cosa es la movilidad electoral y otra, la distancia entre las percepciones de los principales electorados"
Incluso el trasvase entre bloques puede convivir con esa polarización. Que una parte de quienes votaron al PSOE pase al PP no significa que las fronteras políticas hayan desaparecido, del mismo modo que la fidelidad elevada de Vox no convierte a todos sus votantes en un grupo homogéneo. La fotografía electoral muestra movimiento; las demás preguntas de la encuesta muestran que, en algunos asuntos, ese movimiento se produce sobre un terreno de percepciones extraordinariamente alejadas.


Ahí aparece una de las características de la política española actual. La competición se desarrolla simultáneamente entre bloques y dentro de ellos. Los partidos necesitan diferenciarse del adversario situado al otro lado, pero también evitar que otro partido de su propio espacio represente mejor las preocupaciones de sus votantes. Y las cuestiones que favorecen una u otra competición no tienen por qué ser las mismas.

Sánchez divide casi por la mitad al país

El 44,6% considera que Pedro Sánchez debería convocar elecciones anticipadas y el 41,7% prefiere que agote el mandato. Las demás opciones —una cuestión de confianza o su sustitución por otro socialista— quedan muy lejos.

El equilibrio desaparece al observar los electorados. El 73,9% de quienes votaron al PSOE quiere que Sánchez agote la legislatura, al igual que el 85,9% de los votantes de Sumar. El 81,4% de los electores del PP y el 90,8% de los de Vox prefieren elecciones anticipadas. Junts introduce una diferencia relevante respecto a los partidos de la oposición: el 59,1% de sus votantes prefiere que la legislatura llegue al final, frente al 28,4% que opta por elecciones.

La pregunta se refiere al desenlace de la legislatura y no equivale a una valoración de Sánchez ni a una medida de aprobación del Gobierno. Aun así, vuelve a producir un resultado nacional muy ajustado a partir de posiciones muy definidas dentro de los grandes electorados.

Y esa diferencia es importante. El país no aparece dividido casi por la mitad porque la mayoría de los ciudadanos dude entre continuidad y elecciones, sino porque conviven grupos muy numerosos que ofrecen respuestas prácticamente opuestas. El empate agregado es, en buena medida, el resultado de sumar certezas enfrentadas.

"El país no aparece dividido casi por la mitad porque la mayoría de los ciudadanos dude entre continuidad y elecciones, sino porque conviven grupos muy numerosos que ofrecen respuestas prácticamente opuestas"
Algo parecido sucede al comparar esta pregunta con el balance de la legislatura. Es posible considerar que han empeorado la vivienda, el poder adquisitivo o los servicios públicos y, sin embargo, preferir que el Gobierno complete el mandato. Del mismo modo, una valoración positiva de algún ámbito no implica necesariamente respaldar su continuidad. La decisión política final no parece reducirse a una suma automática de satisfacciones y descontentos.


Eso ayuda a explicar por qué niveles elevados de malestar en cuestiones concretas no se traducen necesariamente en grandes movimientos electorales. Los ciudadanos evalúan simultáneamente distintos ámbitos y lo hacen desde posiciones políticas previas que también condicionan la lectura general de la legislatura. Dos personas pueden coincidir en que el acceso a la vivienda ha empeorado y llegar a conclusiones completamente distintas sobre si Sánchez debe continuar.

Felipe VI y la monarquía no dicen exactamente lo mismo

Felipe VI obtiene una valoración mayoritariamente favorable: el 58% considera buena o muy buena la forma en que desempeña sus funciones como jefe del Estado, frente al 35% que la juzga negativamente. En otra pregunta, el 62,2% opta por mantener alguna forma de monarquía y el 36,2% prefiere una república.

La valoración del rey y la preferencia sobre la forma de Estado no coinciden necesariamente. Entre los votantes socialistas, el 51,9% prefiere sustituir la monarquía por una república, pero el 63,3% valora positivamente el trabajo de Felipe VI. Se puede preferir otra forma de Estado y considerar al mismo tiempo que el actual jefe del Estado desempeña bien sus funciones.

Entre los votantes de Vox se produce una combinación distinta. El 63,7% quiere una Corona con mayor peso político y otro 20,5% conservaría sus funciones actuales, mientras que solo el 39,9% valora positivamente el desempeño de Felipe VI y el 54,3% lo juzga negativamente.

"Se puede preferir otra forma de Estado y considerar al mismo tiempo que el actual jefe del Estado desempeña bien sus funciones"
La división izquierda-derecha explica peor estas respuestas si se mezclan dos cuestiones diferentes: la institución y la persona que actualmente la encarna. Y ahí aparece uno de los límites de cualquier lectura excesivamente ordenada de la encuesta. Los ciudadanos no responden necesariamente mediante paquetes ideológicos perfectamente coherentes en los que la valoración de una persona, una institución y el modelo de Estado avanzan siempre en la misma dirección.


En este caso, separar las preguntas permite observar precisamente esos matices. El electorado socialista puede ser mayoritariamente republicano y valorar positivamente al rey; el de Vox puede defender con claridad la monarquía y mostrarse mucho más crítico con Felipe VI.

Compartimos problemas, pero no siempre el diagnóstico

La vivienda permite ver con especial claridad los límites de la división descrita hasta aquí. Casi nueve de cada diez ciudadanos consideran que el acceso ha empeorado y más de tres de cada cuatro dicen lo mismo del poder adquisitivo y el coste de la vida. Son valoraciones negativas compartidas por electorados que, en otras preguntas, apenas coinciden.

La diferencia está en qué asuntos separan políticamente a esos grupos. El tema habitacional apenas distingue entre votantes del Gobierno y de la oposición. La valoración general de la economía sí lo hace. La inmigración los distancia todavía más y la influencia internacional produce una de las mayores brechas. Ante la continuidad de Sánchez, los dos grandes espacios vuelven a situarse en posiciones opuestas.

Ahí se concreta la diferencia entre las dos grandes maneras de interpretar el país que atraviesan la encuesta. No se trata únicamente de que unos ciudadanos prefieran unas políticas y otros, las contrarias. En varios asuntos, la distancia aparece antes: discrepan sobre cuál ha sido la evolución de España durante estos años.

"En varios asuntos, la distancia aparece antes: discrepan sobre cuál ha sido la evolución de España durante estos años"
Para unos, la economía ha mejorado y para otros ha empeorado. Unos consideran que España ha ganado influencia internacional y otros observan prácticamente lo contrario. En inmigración, unos electorados destacan fundamentalmente sus beneficios y otros sus problemas. La distancia no empieza cuando toca escoger una solución, sino en el propio diagnóstico.


La vivienda, en cambio, es un problema ampliamente compartido. El grado de acuerdo sobre su deterioro es excepcional, aunque es muy probable que ese consenso se disipase al preguntar por las causas o las soluciones. Esa diferencia es uno de los puntos más relevantes del problema habitacional: compartir un problema no significa necesariamente compartir una explicación sobre él, pero al menos establece un punto de partida común que en otras cuestiones prácticamente ha desaparecido.

Los resultados ayudan también a entender por qué el mapa electoral puede mantenerse relativamente estable pese al malestar que aparece en determinados ámbitos. Los ciudadanos no deciden necesariamente su voto a partir de una suma de indicadores positivos y negativos. Un elector socialista puede considerar que la vivienda y el poder adquisitivo han empeorado y, al mismo tiempo, creer que la economía española ha avanzado, que España ha ganado influencia internacional y que Sánchez debe completar la legislatura. Un votante del PP puede compartir exactamente el mismo diagnóstico sobre la vivienda y llegar a conclusiones opuestas en prácticamente todo lo demás.

El malestar compartido, por tanto, no desemboca automáticamente en una respuesta política compartida. Un mismo problema puede ocupar un lugar distinto dentro del balance general que cada ciudadano hace del país. Y eso contribuye a explicar por qué cuestiones que preocupan a una mayoría no producen necesariamente grandes movimientos entre partidos.

"El malestar compartido no desemboca automáticamente en una respuesta política compartida"
La crisis de Ceuta condensa este fenómeno y es, además, un ejemplo especialmente claro de hasta qué punto se ha difuminado la frontera entre la agenda nacional y la internacional. Hasta ahora, el episodio no parece haber provocado un vuelco significativo en la intención de voto del PSOE, pero sí ha colocado en el centro del debate una cuestión —la inmigración— en la que los principales electorados parten de posiciones especialmente alejadas. Un acontecimiento puede alterar la competición política antes de modificar de manera visible el reparto de votos: puede hacerlo aumentando el peso de un asunto que separa con claridad a los bloques.


Quizá por eso resulte más útil entender esas dos Españas como dos grandes marcos desde los que se ordena una realidad mucho más fragmentada que como dos electorados perfectamente delimitados. Dentro de cada espacio hay competencia, contradicciones y sensibilidades distintas. El PP y Vox disputan una parte del mismo electorado; el PSOE absorbe votantes procedentes de la izquierda alternativa; y existen transferencias entre bloques. Pero cuando se pregunta por la economía, la inmigración, la calidad institucional, Catalunya o la influencia internacional, muchas de esas diferencias internas pierden importancia frente a la distancia entre unos y otros.

Voto y percepción, por tanto, no tienen por qué moverse al mismo ritmo. Los ciudadanos pueden cambiar de partido sin cambiar necesariamente de marco político; también pueden compartir un problema concreto con el electorado contrario sin hacer el mismo balance general del país. Por eso una sociedad puede coincidir ampliamente en que la vivienda ha empeorado y, al mismo tiempo, mantenerse profundamente dividida sobre la marcha de la legislatura.

"Los ciudadanos pueden cambiar de partido sin cambiar necesariamente de marco político; también pueden compartir un problema concreto con el electorado contrario sin hacer el mismo balance general del país"
España comparte algunos problemas con una amplitud que la discusión partidista puede ocultar. Lo que comparte bastante menos es la valoración del país en el que esos problemas ocurren. Y esa distancia ayuda a entender lo que hay debajo del voto: ante una misma realidad económica, una misma crisis migratoria o una misma decisión política, los ciudadanos pueden estar construyendo balances muy distintos sobre lo que le ha ocurrido a España.


Ahí encuentra sentido, con todas sus limitaciones, la vieja imagen de las dos Españas. No aparecen dos mitades iguales, cerradas y perfectamente coherentes. Hay movimiento entre partidos e incluso entre bloques, diferencias que no siguen siempre la frontera partidista y cuestiones, como la Corona, que desordenan una lectura estrictamente ideológica. Pero, pese a toda esa complejidad, varias de las preguntas que ocupan el centro del debate político acaban produciendo dos diagnósticos muy alejados.

Las próximas elecciones decidirán, como siempre, quién gobierna. Pero la competición se juega también en un terreno anterior: qué problemas consiguen ordenar el debate y qué interpretación del país termina imponiéndose sobre las demás. Porque, ante una misma realidad, cada elector puede estar decidiendo sobre una España distinta.
Marc López Plana
Marc López Plana
Editor y director de 'Agenda Pública'
Participación