La cumbre del G7 celebrada esta semana en Évian, Francia, ha dejado
una imagen que resume bastante bien el estado actual del sistema internacional, uno en el que los líderes de las principales democracias industrializadas se reúnen alrededor de una mesa mientras intentan gestionar simultáneamente la guerra en Ucrania,
la escalada en Oriente Próximo, la
rivalidad con China y las crecientes tensiones económicas globales.
Demasiados incendios abiertos para un club que, aunque sigue siendo influyente, ya no tiene la capacidad de ordenar el mundo como lo hizo durante décadas.
"La sensación de transición, de pérdida relativa de centralidad occidental, ha estado presente durante toda la cumbre"
De hecho, quizá la principal conclusión de esta reunión no sea tanto lo que se ha acordado como
lo que revela sobre la evolución del poder global. El G7 continúa representando una parte sustancial de la riqueza mundial, pero cada vez le cuesta más traducir ese peso económico en
capacidad efectiva para resolver conflictos o construir consensos internacionales amplios. La sensación de transición, de pérdida relativa de centralidad occidental, ha estado presente durante toda la cumbre.
Sin embargo, si ha habido un asunto que ha concentrado buena parte de la atención política y mediática ha sido
Ucrania. Y no únicamente por la presencia de Volodímir Zelenski, sino porque la reunión llegaba en
un momento especialmente delicado para Kiev. Tras meses de incertidumbre sobre el compromiso estadounidense, Europa necesitaba comprobar hasta qué punto Donald Trump estaba dispuesto a mantener el respaldo occidental a Ucrania o si, por el contrario, avanzaba hacia una estrategia de acomodación con Moscú.
Los resultados parecen haber sido mejores de lo que muchos esperaban. La declaración final reafirma
el apoyo del G7 a la soberanía y la integridad territorial de Ucrania y anuncia un aumento de la presión económica sobre Rusia, especialmente en el ámbito energético. Los líderes han acordado
intensificar las sanciones contra la economía rusa y mantener el apoyo militar a Kiev.
Más que el texto final, lo más relevante ha sido
el cambio de tono observado en Washington. En lo que va de 2026, Trump había mantenido una posición ambigua respecto a la guerra, alternando mensajes favorables a una negociación rápida con
críticas a la estrategia occidental de apoyo continuado a Ucrania. En Évian, sin embargo, la presión coordinada de los líderes europeos parece haber tenido algún efecto.
No es casualidad que Emmanuel Macron, Friedrich Merz o Keir Starmer hayan dedicado buena parte de sus esfuerzos diplomáticos a convencer al presidente estadounidense de que
una reducción del apoyo a Ucrania no conduciría a la paz, sino probablemente a una consolidación de las posiciones rusas sobre el terreno. Según diversas informaciones publicadas durante la cumbre, Trump habría mostrado
una disposición mayor de la prevista a endurecer nuevamente las sanciones contra Moscú y a incrementar el apoyo militar a Kiev.
"Una reducción del apoyo a Ucrania no conduciría a la paz, sino probablemente a una consolidación de las posiciones rusas sobre el terreno"
No conviene, sin embargo, interpretar este giro como
una alineación plena con las posiciones europeas. La Administración estadounidense sigue contemplando el conflicto desde una lógica distinta. Para la Unión Europea, la guerra en Ucrania constituye
una cuestión existencial vinculada directamente a la seguridad continental, mientras que Washington la observa cada vez más en el marco de una estrategia global en la que China continúa siendo el principal desafío estratégico.
En este sentido, la distancia entre las prioridades continúa definiendo el paso de la relación atlántica. Este hecho, de una alta sensibilidad, es
una de las cuestiones fundamentales que la Unión Europea deberá afrontar en los próximos años, porque obliga a asumir
una mayor responsabilidad sobre su propia seguridad.
La guerra en Ucrania ha demostrado que
la UE puede actuar con una unidad y una determinación que pocos anticipaban en febrero de 2022. Pero también ha puesto de manifiesto hasta qué punto sigue dependiendo de Estados Unidos en materia militar, tecnológica y de inteligencia. Cada vez que cambia el clima político en Washington, las capitales europeas vuelven a enfrentarse a la misma pregunta: ¿
qué ocurriría si
el compromiso estadounidense disminuyera significativamente?
La cumbre de Évian, sin llegar a resolver la cuestión,
ha vuelto a colocarla sobre la mesa.
"Cada vez que cambia el clima político en Washington, las capitales europeas vuelven a enfrentarse a la misma pregunta"
Al mismo tiempo, Ucrania ha compartido protagonismo con otra crisis que amenaza con desestabilizar aún más el escenario internacional:
Oriente Próximo.
La escalada entre Israel e Irán ha obligado al G7 a dedicar una parte importante de sus deliberaciones a la seguridad regional, las rutas energéticas y los riesgos para la economía mundial. La paradoja es evidente. Mientras los europeos intentan mantener el foco internacional sobre Ucrania,
los acontecimientos en Oriente Próximo vuelven a competir por la atención política y mediática. No es un problema menor para Kiev. Cada nueva crisis internacional supone una disputa por recursos, atención diplomática y capacidad política.
Precisamente por ello, Zelenski insistió durante la cumbre en la necesidad de evitar que
la guerra en Ucrania desaparezca de la agenda internacional. Y probablemente no le falte razón. La experiencia demuestra que los conflictos prolongados suelen enfrentarse a un fenómeno de fatiga política en las sociedades que los observan desde fuera.
En paralelo, los líderes del G7 han debatido sobre
seguridad económica, cadenas de suministro y dependencia tecnológica. La preocupación por China continúa siendo uno de los pocos elementos capaces de generar consensos relativamente amplios entre los socios occidentales. La cuestión de los minerales críticos, esenciales para la transición energética y las nuevas tecnologías,
ha ocupado un lugar destacado en las discusiones.
Sin embargo, tampoco aquí existe una posición completamente homogénea. Europa sigue intentando encontrar
un equilibrio complejo entre la reducción de riesgos estratégicos y la preservación de sus relaciones económicas con Pekín. Estados Unidos, por el contrario, parece avanzar hacia
una lógica de competencia estructural cada vez más intensa.
"Los conflictos prolongados suelen enfrentarse a un fenómeno de fatiga política en las sociedades que los observan desde fuera"
La sensación final es que el G7 continúa funcionando como
un espacio de coordinación imprescindible para las democracias occidentales, pero cada vez más condicionado por un contexto internacional mucho más fragmentado y competitivo. La época en la que las decisiones tomadas en este foro podían marcar por sí solas el rumbo del sistema internacional pertenece ya al pasado.
Quizá por eso la cuestión más importante que deja esta cumbre no sea Ucrania, ni China, ni siquiera Oriente Próximo. La cuestión de fondo es
si los europeos son capaces de adaptarse a un mundo donde el liderazgo estadounidense ya no puede darse por garantizado, donde el peso relativo de Occidente disminuye progresivamente y donde
el de los europeos deja de tener centralidad en la escena global.
Lo que hemos visto estos días en Évian ha sido algo más que una reunión diplomática. En Francia ha ocurrido
una nueva demostración de que estamos entrando en una etapa de transición geopolítica en la que las viejas certezas desaparecen más rápido de lo que somos capaces de construir las nuevas.