Viernes, 31 de julio de 2026

Lo que la desigualdad le hace a la democracia electoral

Como muchas democracias avanzadas, Francia ha alternado durante mucho tiempo periodos en los que su política se dividía conforme a las tradicionales líneas redistributivas entre izquierda y derecha con otros en los que las guerras culturales ocupaban el centro del escenario. Si cabe extraer alguna lección de esta historia, es que el ciclo podría estar a punto de repetirse. El profesor de Historia en la Universidad de Princeton Harold James lo analiza en esta pieza de 'Project Syndicate' que 'Agenda Pública' trae en exclusiva a España.

Harold James Harold James 31 de julio de 2026
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Protestas contra el recorte presupuestario en Francia a 3 de diciembre de 2025. | Telmo Pinto / Zuma Press / Europa Press
Protestas contra el recorte presupuestario en Francia a 3 de diciembre de 2025. | Telmo Pinto / Zuma Press / Europa Press
En un nuevo ensayo polémico que aspira a convertirse en un manifiesto para nuestro tiempo, los economistas Julia Cagé, de Sciences Po, y Thomas Piketty, de la Escuela de Economía de París, recurren a los últimos dos siglos y medio de historia francesa para analizar el impacto de la desigualdad económica sobre la política y la sociedad, y plantear qué debería hacerse al respecto. Publicado originalmente en francés en 2023, Una historia del conflicto político. Elecciones y desigualdades sociales en Francia, 1789-2022 resulta hoy aún más oportuno, ahora que la subida de los tipos de interés ha convertido la deuda pública en una carga cada vez mayor, menos sostenible y políticamente más explosiva.

En el centro de su estudio se encuentra un minucioso análisis geográfico de Francia que no sigue la división de los 96 departamentos administrativos creados por la Revolución francesa, sino que distingue 36.000 unidades más pequeñas: metrópolis, periferias urbanas, ciudades y pueblos. La forma un tanto repetitiva en que presentan su mensaje a lo largo de las 848 páginas del libro no es la más adecuada, pero tampoco resta importancia a sus principales conclusiones, que merecen una atención mucho mayor.

Formas de polarización

Cagé y Piketty dividen las respuestas políticas a la desigualdad en dos categorías, cada una con su propia cronología. Las denominan bipartición —una polarización entre izquierda y derecha— y tripartición —un centro enfrentado a una derecha nacionalista y a una izquierda redistributiva o ecologista—. La división tradicional entre izquierda y derecha refleja una polarización social y económica en torno al programa redistributivo de la izquierda, mientras que las cuestiones identitarias acaban sustentando la división tripartita.

"La subida de los tipos de interés ha convertido la deuda pública en una carga cada vez mayor, menos sostenible y políticamente más explosiva"
La primera tripartición se produjo entre 1848 y 1910 y se deshizo justo cuando el sistema internacional europeo empezaba a desintegrarse y aumentaba la probabilidad de un conflicto mundial. Una segunda tripartición comenzó a finales del siglo XX, con los debates sobre el Tratado de Maastricht —que creó la Unión Europea— y sobre el establecimiento de una unión monetaria y una moneda única. Fue también entonces cuando dos referéndums, celebrados en 1992 y 2005, alteraron la política francesa de una manera novedosa. Desde mediados del siglo XIX, cuando Napoleón III utilizó hábilmente los plebiscitos en su propio beneficio, los referéndums no habían desempeñado un papel relevante en la vida política francesa.


En 1992, el centroizquierda gobernante, encabezado por el presidente socialista François Mitterrand, y buena parte del centroderecha apoyaron la integración europea. Sin embargo, el Tratado de Maastricht fue aprobado por un margen muy estrecho, del 51% frente al 49%. En 2005, una propuesta de Constitución europea, redactada por una convención presidida por el anterior presidente francés Valéry Giscard d'Estaing, fue rechazada claramente, por un 55% frente a un 45%. La mayor proporción de votos negativos procedió de la Francia rural.

Estos resultados generaron una dinámica de desapego y desencanto político. La decisión de 2005 de rechazar una Constitución europea apenas tuvo consecuencias prácticas sobre la orientación de Francia hacia Europa y el resto del mundo, porque el Tratado de Lisboa ofrecía ya un marco alternativo que no exigía celebrar otro referéndum. Los partidarios del "no" sintieron, por tanto, que habían sido ignorados. Su resentimiento creció tras la crisis financiera de 2008 y acabó movilizándose contra el centro político.

"Los partidarios del «no» al Tratado de Lisboa sintieron que habían sido ignorados. Su resentimiento creció tras la crisis financiera de 2008 y acabó movilizándose contra el centro político"
La crisis de 2008 alimentó duras críticas al capitalismo financiero tanto por parte de un presidente de derechas, Nicolas Sarkozy, como de su sucesor de izquierdas. Durante la campaña que lo llevaría a la presidencia en las elecciones de 2012, el socialista François Hollande declaró que "mi enemigo son las finanzas". Pero la retórica no equivale a políticas públicas, y Francia acabaría eligiendo presidente a Emmanuel Macron, que había sido ministro de Economía, Industria y Asuntos Digitales con Hollande y obtuvo una concentración de votos entre las rentas altas superior a la de cualquier otro presidente de la historia francesa.


Veo dos interpretaciones plausibles de estas oscilaciones entre bipartición y tripartición, y solo una de ellas sería respaldada inequívocamente por Cagé y Piketty. Ambos identifican factores económicos estructurales detrás de la división entre izquierda y derecha, sobre todo la industrialización y el proceso de asalariamiento que también se extendió por el mundo rural.

Además, uno de los objetivos del libro es rescatar a la Francia rural de la condescendencia de la posteridad y, especialmente, del desprecio que a menudo le ha dispensado la izquierda. Los autores muestran que el pays profond —la Francia profunda— no solo impulsó la evolución política del país en el pasado, sino que continúa haciéndolo. Fueron estos votantes quienes protagonizaron buena parte de la oposición a los primeros planes de Macron para promover la transición ecológica mediante impuestos más altos sobre los combustibles y límites estrictos de velocidad, unas medidas que afectaban de forma desproporcionada a las zonas rurales.

La globalización y sus descontentos

Una interpretación alternativa sostiene que el avance hacia la tripartición fue una respuesta lógica a la globalización, que limita las posibilidades de cualquier programa centrado en la redistribución porque los factores móviles de producción pueden trasladarse a otros lugares. Los empresarios y las élites económicas pueden huir de unos impuestos más elevados sobre la riqueza o la renta, mientras que las multinacionales pueden cambiar su domicilio fiscal a países donde los gravámenes sobre las plusvalías o las empresas sean menores. Cuando la redistribución se demuestra imposible, otros asuntos —las guerras culturales relacionadas con la identidad y la tradición— pasan a ocupar el centro de la movilización política.

"El crecimiento y el dinamismo observados en algunos países de la Unión Europea reflejan decisiones anteriores destinadas a ofrecer refugio a particulares ricos y empresas que buscaban una menor tributación"
El crecimiento y el dinamismo observados en algunos países de la Unión Europea —Irlanda, Luxemburgo y los Países Bajos— reflejan decisiones anteriores destinadas a ofrecer refugio a particulares ricos y empresas que buscaban una menor tributación. Fuera de la Unión, centros como Suiza, Dubái, Hong Kong y Singapur se han convertido en polos aún más poderosos para atraer capitales. Pero la cuestión no se limita a los tipos impositivos. También son fundamentales la facilidad para constituir empresas y la configuración jurídica del derecho societario. Así, durante la primera mitad del siglo XIX, cuando la legislación empresarial francesa era restrictiva, muchas compañías francesas —y alemanas— se constituyeron en la liberal Bélgica. Este país sirvió posteriormente de modelo para las nuevas leyes aprobadas en Francia y Alemania durante las décadas de 1860 y 1870, lo que puso en marcha la primera oleada de tripartición.


Del mismo modo, en el Reino Unido y Francia de los siglos XX y XXI, los responsables políticos percibieron la necesidad de ofrecer un refugio al capital. Ese papel lo desempeñaron las islas del Canal, vinculadas al Reino Unido, y el estado fronterizo de Andorra, junto a Francia. Ninguno de estos territorios pertenece a la Unión Europea.

Andorra, que Cagé y Piketty ni siquiera mencionan, es una peculiar entidad soberana cuyos jefes de Estado conjuntos son el presidente francés y el obispo español de Urgell. Incluso un socialista como Mitterrand ostentó durante su presidencia el título de "copríncipe de Andorra".

Aunque los controles fronterizos han brillado por su ausencia en el lado francés, España mantiene controles estrictos en la frontera entre Catalunya y Andorra. Está por ver cuánto durará esta situación. A finales de 2023 se negoció un acuerdo de asociación entre la Unión Europea y Andorra, pero todavía está pendiente de las firmas definitivas.

El peligro de la tripartición

En cualquier caso, existen motivos razonables para temer que la tripartición provoque un caos político que dificulte todavía más la supervivencia de la democracia. Ese fue el destino de la República de Weimar alemana durante el periodo de entreguerras, todavía hoy el caso emblemático de colapso democrático.

"Aunque los controles fronterizos han brillado por su ausencia en el lado francés, España mantiene controles estrictos en la frontera entre Catalunya y Andorra"
Los partidos que originalmente ocupaban el centro político alemán —los socialdemócratas, el Zentrum católico y los liberales del Partido Democrático Alemán— perdieron votos incluso durante los años de prosperidad económica. Su apoyo se deterioró todavía más durante la Gran Depresión. Los beneficiarios relativos fueron los nazis y los comunistas. Pero, como ninguno de los dos estaba dispuesto a formar una coalición de gobierno con el otro, el caos resultante generó un anhelo de dictadura.


Es fácil entender por qué este análisis resulta relevante para la Francia actual. La fragmentación del centro hace posible que la campaña presidencial de 2027 termine desembocando en una segunda vuelta entre la derecha nacionalista, antiglobalización y antieuropea, encabezada por Marine Le Pen, y la izquierda nacionalista, antiglobalización y antieuropea, liderada por Jean-Luc Mélenchon. Es en este contexto en el que Cagé y Piketty defienden la recuperación de una política bipartita. Pero, para regresar a la bipartición, la política fiscal, y no la identidad nacional o la migración, debe situarse en el centro del debate político.

A modo de advertencia, Cagé y Piketty señalan un precedente de mediados de la década de 1920, cuando la coalición de centroizquierda del primer ministro Édouard Herriot no consiguió aplicar un programa de imposición sobre el capital que permitiera estabilizar la economía y las finanzas. Ese fracaso inspiró a François Goguel, uno de los fundadores de la sociología electoral, a elaborar uno de los principales antecedentes del análisis del sistema político francés desarrollado por los propios Cagé y Piketty.

"Solo cabe esperar que un examen sereno y pacífico de los precedentes históricos contribuya a orientar los conflictos futuros que, inevitablemente, surgirán en el siglo XXI"
Al mirar atrás, concluyen: "Nunca es sencillo ponerse de acuerdo sobre la distribución social de la carga cuando esta alcanza semejante magnitud, y es probablemente inevitable que la resolución de este tipo de conflictos atraviese momentos de considerable tensión política y social. Solo cabe esperar que un examen sereno y pacífico de los precedentes históricos contribuya a orientar los conflictos futuros que, inevitablemente, surgirán en el siglo XXI".


Cagé y Piketty identifican un obstáculo similar en otros dos episodios históricos anteriores que desempeñaron un papel clave en la formación de las sensibilidades políticas francesas. El primero fue el fracaso de la izquierda revolucionaria, en la década de 1790, a la hora de expropiar las tierras de la Iglesia y la aristocracia de una forma que beneficiara al grueso del campesinado, y no únicamente a una pequeña burguesía urbana. Después llegó la oleada revolucionaria de 1848, cuando las circunscripciones rurales volvieron a sentirse traicionadas. En medio de una grave crisis agrícola, el Gobierno decretó una subida del impuesto sobre la propiedad, lo que generó una dificultad adicional que la Francia rural tardaría mucho tiempo en olvidar. Ante la sensación generalizada de haber sido engañados por las élites urbanas, muchos se volvieron hacia la figura carismática del sobrino de Napoleón, que poco después se proclamaría emperador.

Cuando la música se detiene

Como señalan acertadamente Cagé y Piketty, los bloqueos políticos que paralizan periódicamente la política francesa son consecuencia de la acumulación de deuda. "Como en el siglo XVIII", explican, "la huida hacia delante mediante el endeudamiento puede considerarse una consecuencia de la aparente imposibilidad de establecer una fiscalidad justa. Las clases trabajadoras y medias ya no están dispuestas a pagar más y prefieren que se grave en mayor medida a los más ricos. Ante la negativa o la incapacidad del Gobierno para avanzar en esta dirección, la única respuesta viable e inmediata consiste en acumular más deuda".

"La solución que proponen es aumentar la imposición sobre la riqueza y el capital, siguiendo el precedente del programa de 'Lastenausgleich' aplicado en Alemania Occidental en 1952"
La solución que proponen es aumentar la imposición sobre la riqueza y el capital, siguiendo el precedente del programa de Lastenausgleich —"compensación de cargas"— aplicado en Alemania Occidental en 1952 para indemnizar a los alemanes por los daños sufridos durante la guerra de Hitler. Sin embargo, aquella política alemana se introdujo en unas condiciones que la Francia contemporánea difícilmente podrá reproducir. El Lastenausgleich reflejaba la conciencia de que se había perdido una guerra y de que era necesario asumir sacrificios. Pero también se aplicó en el momento oportuno para aprovechar una recuperación económica, basada en principios de mercado, que apenas comenzaba a desplegarse.


Finalmente, el programa fiscal contribuyó a sostener lo que acabaría conociéndose como el Wirtschaftswunder, el milagro económico de la posguerra. Pero, en ausencia de un "milagro", habría generado el mismo desencanto político que Cagé y Piketty documentan al revisar la Francia de la década de 1790, de 1848-1849 y de la década de 1920, que desembocó en una movilización hacia la izquierda y reforzó considerablemente al Partido Comunista Francés.

"Los ciclos políticos impulsados por la deuda que han marcado durante tanto tiempo la historia francesa no han terminado y bien podrían desencadenar una nueva oleada de fervor revolucionario"
En conjunto, Cagé y Piketty han elaborado un análisis único y bien documentado de los problemas a los que se enfrenta la democracia francesa y del papel histórico que ha desempeñado la deuda a la hora de condicionar la elección entre reforma y revolución. Al ver la fotografía de los autores en la solapa interior del libro, donde posan sonrientes y vestidos con llamativas prendas rojas, resulta tentador interpretar su obra como un presagio. Los ciclos políticos impulsados por la deuda que han marcado durante tanto tiempo la historia francesa no han terminado y bien podrían desencadenar una nueva oleada de fervor revolucionario.

 

© Project Syndicate, 2026.

En colaboración con la Fundación "la Caixa"
Harold James
Harold James
Profesor de Historia y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton
Profesor de Historia y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton. Es autor, entre otros, de 'Seven Crashes: The Economic Crises That Shaped Globalization' (Yale University Press, 2023).
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