El informe World Inequality Report 2026 publicado por el World Inequality Lab —
institución referente en estudio estadístico de la desigualdad económica global— muestra cuatro sobrecogedores datos principales:
- El 10% de la población global posee tres cuartas partes (75%) de toda la riqueza mundial (un millón de euros per cápita). Mientras el 90% de la población del planeta dispone del tercio restante. El 50% más pobre solo tiene un 2% de toda la riqueza.
- El 10% superior captura un 53% del ingreso total, mientras que el 50% inferior solo captura un 8%. Esta tendencia va en aumento en los últimos cinco años.
- El 1% más rico posee un 37% del patrimonio (riqueza) global.
- El 0,001% de la población mundial, 56.000 multimillonarios (el equivalente a una ciudad pequeña), poseen el triple de riqueza que todo el 50% más pobre agregado.
"La desigualdad crece. Tanto entre países como entre regiones como en cada país. Es una clara regresión que se viene produciendo desde hace más de una década"
El informe en el que participan doscientos economistas internacionales, entre ellos: Thomas Piketty, Lucas Chancel, Ricardo Gómez-Carrera, Rowaida Moshrif o Gabriel Zucman, también revela, como en ediciones anteriores, los umbrales de ingreso y patrimonio que definen a los distintos segmentos de la distribución en precios ajustados. Un individuo del 50% más pobre del mundo ingresa (en promedio per cápita) 500 euros al mes y tiene un patrimonio total de 6.500 euros. ¿Qué proyecto individual o colectivo se puede emprender con esa cantidad? Esa es la norma en buena parte del planeta. Los datos y estadísticas del informe permiten visualizar la realidad abismalmente desigual, deshaciendo percepciones distorsionadas de nuestra perspectiva local.
La desigualdad crece. Tanto entre países como entre regiones como en cada país. Es una clara regresión que se viene produciendo desde hace más de una década. Tras dos décadas en las que una tenue tendencia hacia la convergencia había propiciado la esperanza, ahora ilusoria, de que la desigualdad se podía reducir de manera natural a todos los niveles. Solo era necesaria la libertad (de movimiento, comercial, de capitales, de inversión) y unas instituciones relativamente funcionales. Hoy pareciera que la tendencia natural es en realidad la contraria. La desigualdad (y la pobreza) aumentan pese al crecimiento económico global. Se crea nueva riqueza cada año (3% de crecimiento global) pero se distribuye cada año de forma más desigual. Es decir, cada vez más concentrada.
De hecho, el World Inequality Report apunta a que, desde 1990,
la riqueza de los multimillonarios y centimillonarios ha crecido a un ritmo del 8% anual, casi el doble de la tasa de crecimiento para el 50% inferior de la demografía global. En el caso del 0,001% más rico, su participación en la riqueza total ha crecido de un 4% en 1995 a un 6% actual.
La diferencia entre regiones y dentro de ellas también persiste y, en la mayoría de los casos, se acrecienta. El Banco Mundial categoriza las regiones en ingresos altos, ingresos medios e ingresos bajos. Pero, ¿cuánta diferencia hay entre ellas? Corrigiendo la disparidad de precios, el ingreso medio diario en Norteamérica, Europa u Oceanía (juntos suman menos del 17% de la población global) es de 125 euros. En el África subsahariana (16% de la población global) es de diez euros al día. Una persona en Europa o Norteamérica gana diez veces más al día que en África subsahariana y el triple que la media global. Un desequilibrio evidente entre demografía y distribución de la riqueza.
¿Y en qué se traduce en términos prácticos? El gasto promedio en educación en África subsahariana es de 220 euros anuales por niño (en precios ajustados). Mientras que en Europa es de 7.400 euros. Cuarenta veces mejor educación y oportunidades. Cuarenta veces más probabilidad de prosperar y alcanzar un proyecto vital y un ingreso básico. ¿Vale un niño europeo cuarenta veces más que uno subsahariano? ¿O diez veces más que uno indio? ¿O cuatro veces más que uno latinoamericano? En la práctica sí, tanto por cantidad de oportunidades como por probabilidad de nacer con ellas. Esta disparidad en la provisión de educación perpetúa desigualdades generacionales y geográficas.
Desigualdad y cambio climático: quién emite y quién paga el coste
La desigualdad compromete el agravamiento o la amortiguación del mayor riesgo a nuestra supervivencia y prosperidad: el cambio climático y las catástrofes derivadas (tifones, sequías, desertificación, deshielo). ¿Todos emitimos la misma cantidad de CO₂? Nada más lejos de la realidad.
"El 10% de los individuos más ricos del planeta son responsables del 77% de las emisiones asociadas con la producción"
Un ciudadano de regiones ricas consume y emite entre ocho y diez toneladas de CO₂ por año en promedio, mientras que uno de las regiones más pobres, entre cuatro y cinco toneladas de CO₂ por año. Pero la mayor proporción de emisiones de carbono no proviene del consumo individual, sino de la producción y el transporte, es decir, de actividades concentradas en manos de los individuos poseedores de capital. El informe muestra que el 10% de los individuos más ricos del planeta son responsables del 77% de las emisiones asociadas con la producción. Ellos (o nosotros) doblamos la cantidad de emisiones de carbono del 90% de la población mundial. El 50% inferior solo emite un 3% del CO₂. Esta distribución determina también la proporción de poder respecto a las decisiones financieras y productivas que pueden agravar o amortiguar el calentamiento planetario. La riqueza y las emisiones están directamente correlacionadas. Y la desigualdad en una lo es también en la otra.
Una desigualdad tan profunda y permanente señala inequívocamente a los déficits estructurales que la causan. No es una ley natural, sino la consecuencia de las normas, decisiones colectivas e instituciones, o la ausencia de ellas. El informe sostiene que los costes de las exacerbadas divergencias globales y dentro de las sociedades son evidentes; amplía la división social, fractura la democracia y bloquea acuerdos internacionales en ámbitos de supervivencia humana como la salud o el medio ambiente. La dirección contraria también es observable: cuando hay mecanismos de redistribución, fiscalidad justa e inversiones en el desarrollo social, la desigualdad se reduce y la cohesión se fortalece. Europa ha sido un ejemplo de ello hasta ahora.
Una fiscalidad más justa. La evidencia demuestra que en los percentiles más ricos de cada sociedad, la fiscalidad se torna regresiva. Es decir, los altos ingresos y patrimonios eluden la tributación de forma efectiva. Eso menoscaba la legitimidad para el grueso de la población que no tiene esa posibilidad.
"Una tasa de tributación mínima global sobre los capitales multimillonarios y centimillonarios sería la forma de asegurar la legitimidad para el conjunto"
Una tasa de tributación mínima global sobre los capitales multimillonarios y centimillonarios sería la forma de asegurar la legitimidad para el conjunto. Además, podría canalizar recursos equivalentes al 1% del PIB global para financiar, mediante transferencias a las regiones de menor ingreso, transformaciones muy notables e inauditas en reducción de la pobreza y la malnutrición, provisión de oportunidades educativas, transferencia de tecnología (para aumentar el valor del tejido productivo) y medios de adaptación climática. La política de cohesión de la UE es un ejemplo de redistribución interregional.
Asimismo, es necesaria una revisión de las dinámicas comerciales y financieras internacionales. Los países de renta alta preservan privilegios a la hora de acceder a los mercados financieros y de imponer su interés en acuerdos comerciales.
El informe concluye que "reformas como la adopción de una moneda global, sistemas centralizados de crédito y débito e impuestos correctivos sobre los excedentes excesivos ampliarían el margen fiscal para la inversión social y reducirían el intercambio desigual que durante mucho tiempo ha definido las finanzas globales".