Martes, 28 de julio de 2026
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Las buenas vidas

¿Qué significa que un país progrese si crece la economía, pero empeoran la desigualdad, la calidad del empleo o el entorno natural? La economista y experta en tendencias globales Sara Baliña sostiene que medir el bienestar exige ir más allá del PIB y observar las condiciones materiales, la salud, el tiempo, los vínculos sociales y las perspectivas futuras. España dispone de referencias internacionales y de algunas iniciativas prometedoras, pero debe dar un paso más para convertirlas en herramientas estables para gobernar y presupuestar mejor.

Sara Baliña Sara Baliña 13 de julio de 2026
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Aficionados celebran la victoria de España ante Bélgica en los cuartos de final del Mundial de fútbol. | Gustavo Valiente / Europa Press
Aficionados celebran la victoria de España ante Bélgica en los cuartos de final del Mundial de fútbol. | Gustavo Valiente / Europa Press
Si nos preguntasen qué queremos ser de mayores, muchas responderíamos "ser feliz". Esta es, sin duda, una de las mayores aspiraciones del ser humano, y lograr sociedades felices debería constituir el objetivo último de las naciones. La felicidad es subjetiva, pero los expertos en economía del bienestar nos dirían que solo hasta cierto punto: es más fácil que nos sintamos satisfechos con nuestra vida si tenemos un buen empleo —hoy en día, también una vivienda en la que formar un hogar—, buena salud y una red de apoyo que nos brinde buenas relaciones sociales.

El dinero no da la felicidad, pero ayuda: la evidencia muestra que, en los países con niveles relativamente altos de renta, el grado de satisfacción vital de su ciudadanía tiende a ser más elevado. Ahora bien, una vez se alcanza un umbral de ingresos que garantiza la cobertura de las necesidades básicas, se genera un cierto "efecto saciedad" —cada euro adicional nos hace menos felices que el anterior— y es entonces cuando ganan relevancia los otros determinantes del bienestar. Esto ayuda a explicar por qué, en muchas ocasiones, existe una desconexión entre la mejora de los indicadores agregados de crecimiento económico y empleo y la percepción que tiene la población —o al menos una parte importante de ella— sobre su situación particular.

"Una vez se alcanza un umbral de ingresos que garantiza la cobertura de las necesidades básicas [...] cada euro adicional nos hace menos felices que el anterior"
El debate sobre la conveniencia de ir "más allá del PIB" cuando se trata de medir el progreso de los países es viejo, pero la acumulación de crisis y el pesimismo creciente sobre la posibilidad de que las generaciones futuras tengan una buena vida hacen que, en los últimos años, se haya vuelto a reavivar. El propio Simon Kuznets, uno de los principales arquitectos de la contabilidad nacional moderna, advertía ya en los años treinta que el bienestar de una nación difícilmente podía inferirse de una métrica de renta nacional. Las limitaciones de los indicadores clásicos de crecimiento son conocidas: capturan la provisión de bienes y servicios a los que podemos ponerles un precio, con independencia de si tienen un impacto positivo —educación y sanidad públicas— o negativo —más gasto en combustibles por atascos, más gasto en seguridad por delincuencia— sobre las personas.


De hecho, la propuesta de Nordhaus y Tobin en los setenta de crear una medida de bienestar económico complementaria al PIB buscaba precisamente "añadirle" aquellas cosas que pueden generar bienestar, pero que el PIB no capta, como el valor del tiempo libre o del trabajo doméstico, y "restarle" las que sí suponen gasto, pero no necesariamente bienestar, como el gasto en defensa, los desplazamientos obligados al trabajo o los costes por contaminación atmosférica y congestión en las ciudades. La otra gran crítica que reciben las métricas tradicionales de ingreso es que no capturan bien ni de forma inmediata cuestiones tan esenciales para la prosperidad futura como la distribución de la riqueza generada, la naturaleza de los empleos creados, el valor del capital natural que nos rodea o la calidad de las instituciones y de las relaciones sociales.

Los intentos por romper con esta lógica y aproximarnos a la medición del bienestar desde una óptica más holística y alineada con la vida de la gente han sido muchos. Con sus limitaciones, algunos priorizan la dimensión social de la desigualdad, la pobreza o la salud; otros tratan de reflejar el potencial impacto del deterioro medioambiental, y los más completos combinan indicadores representativos de las principales dimensiones de nuestra calidad de vida (condiciones materiales, desigualdad, salud, ocio, redes de apoyo social, etc.) con indicadores subjetivos de satisfacción con ella. Entre los más estandarizados y conocidos están el clásico Índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas, que fue ajustado para incorporar las presiones planetarias e incluir, además del ingreso, la esperanza de vida y los niveles educativos, las emisiones de CO2 y el uso de recursos naturales como condicionantes del bienestar; y el Índice de Progreso Social, que aglutina indicadores de avance social y medioambiental, pero los aísla deliberadamente del desempeño económico al no incluir variables de ingreso. También destacan los trabajos recientes de Jones y Klenow, Heys y Taylor y Andrés et al., que tratan de desarrollar PIB ajustados a dimensiones como la longevidad, el capital humano o el coste del carbono. Pero, sin duda, los cuadros de mando más amplios en cuanto a cobertura y alcance son los que realizan el World Happiness Report y la OCDE. El marco de análisis que ofrece esta última es especialmente interesante: no solo aborda la situación del bienestar presente y sus desigualdades, sino que trata de aproximar cuál puede ser el bienestar futuro de cada país de acuerdo con el valor de su capital económico, humano, natural y social.

Llegado a este punto, la pregunta inmediata que surge es qué podemos hacer para avanzar hacia una medición del progreso que refleje mejor el bienestar de las personas. Aquí van algunas ideas.

"Las tecnologías emergentes modificarán nuestra relación con el trabajo, mejorando las condiciones laborales y ofreciéndonos más tiempo libre, o convirtiéndose en una fuente adicional de desigualdad"
La primera: entender bien qué dimensiones del bienestar pueden ganar relevancia en el futuro y diseñar las herramientas que nos permitan anticiparnos a esos cambios. Sabemos que la degradación de los ecosistemas naturales tendrá un efecto cada vez mayor sobre la salud; que el envejecimiento demográfico y la caída de la natalidad alterarán las redes de apoyo social —las familias serán cada vez más pequeñas—, y que las tecnologías emergentes modificarán nuestra relación con el trabajo, mejorando las condiciones laborales y ofreciéndonos más tiempo libre, o convirtiéndose en una fuente adicional de desigualdad y precariedad para algunos colectivos según cómo se implementen. Necesitamos conocer cómo la población va percibiendo estas transformaciones a medida que se materializan.


La segunda, estrechamente ligada a la anterior: ampliar el alcance y la periodicidad de los estudios que abordan ámbitos del bienestar claves, pero menos explorados, como son los usos del tiempo, esenciales para entender los patrones de movilidad, el reparto de cuidados o los hábitos de alimentación y sueño, entre otras cosas. En España, la última Encuesta de Empleo del Tiempo publicada es la de 2009-2010.

La tercera: promover el desarrollo de estudios longitudinales que permitan valorar cómo cambian los condicionantes del bienestar a lo largo del ciclo de vida. Una misma decisión puede afectar de un modo muy diferente a jóvenes y adultos y ser percibida también de manera distinta por ambos grupos. El reciente lanzamiento del Estudio Generaciones del Futuro es un primer paso en esta dirección.

"La degradación de los ecosistemas naturales tendrá un efecto cada vez mayor sobre la salud; que el envejecimiento demográfico y la caída de la natalidad alterarán las redes de apoyo social"
Y la cuarta, pero, en mi opinión, una de las más relevantes: transitar hacia unas "cuentas nacionales de bienestar", que guíen el diseño de las políticas públicas y —por qué no— también la discusión presupuestaria y complementen la información que ofrecen los indicadores tradicionales de renta y empleo. El Living Standards Framework Dashboard de Nueva Zelanda constituye una magnífica referencia para empezar a trabajar en este ámbito.


Sabemos por dónde tirar. Ahora toca mirar cómo vivimos, además de cuánto crecemos, para tomar mejores decisiones hoy y garantizar mejores vidas en el futuro.
Sara Baliña
Sara Baliña
Economista y experta en tendencias globales
Participación