Martes, 28 de julio de 2026
MOMENTO ESPAÑA

Tocar fondo y volver: por qué la socialdemocracia ibérica resiste donde la europea se hunde

Los socialdemócratas de España y Portugal ofrecen "la respuesta más sólida" a lo que parece ser una nueva crisis de esta familia de partidos. El analista político Eduardo Bayón explica por qué, frente al colapso griego o francés, la península ibérica mantiene partidos socialistas capaces de reconstruir liderazgo, articular bloques y volver al centro de la competición.

Eduardo Bayón Eduardo Bayón 24 de junio de 2026
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António José Seguro, presidente de Portugal, visitó en la Moncloa al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. | Alejandro Martínez Vélez / Europa Press
António José Seguro, presidente de Portugal, visitó en la Moncloa al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. | Alejandro Martínez Vélez / Europa Press
En 2009, el PASOK griego obtuvo el 43,9% de los votos. En enero de 2015, apenas el 4,7%. El SPD alemán ha firmado recientemente el peor resultado de su historia en la República Federal, un 16,4%. El Partido Socialista portugués, que gobernaba con mayoría absoluta en 2022, cayó al tercer puesto en 2025, por detrás de la derecha radical. Mientras, el PSOE gobierna en España —en coalición con la izquierda— y el laborismo ganó en el Reino Unido. La socialdemocracia europea no ha muerto, aunque a veces haya parecido estar en coma. En cualquier caso, la pregunta es si asistimos a un declive terminal o a una mutación adaptativa.

El largo siglo socialdemócrata

Durante buena parte del siglo XX, los partidos socialdemócratas fueron actores centrales en la construcción del Estado del Bienestar y en la consolidación de las democracias europeas. En el umbral del nuevo siglo aún rondaban o superaban el 40%: el laborismo de Blair, el SPD de Schröder, el PSOE de la primera alternancia, el PASOK griego... Eran, en muchos países, el partido natural de gobierno.

Ese mundo se ha desvanecido. El retroceso alcanzó su punto más agudo entre 2000 y 2017, cuando numerosas formaciones socialdemócratas obtuvieron los peores resultados de su historia contemporánea. Más que un accidente, fue el síntoma de una transformación estructural de los sistemas de partidos occidentales.

La gran ruptura: 2008 como acelerador

La crisis financiera de 2008 aceleró brutalmente el declive. El mecanismo, a estas alturas, es conocido y se repitió país por país: un partido socialdemócrata en el gobierno se veía forzado a aplicar políticas de austeridad, percibidas como una traición por su base tradicional, y todos acabaron pagando el precio en las urnas. Es lo que en su momento se bautizó como pasokización, en honor al caso más extremo.

"Durante buena parte del siglo XX, los partidos socialdemócratas fueron actores centrales en la construcción del Estado del Bienestar"
El politólogo Peter Mair describió en su momento el dilema existente con precisión: la tensión entre representación y responsabilidad. Cuanto más se concentra un partido en gobernar de forma responsable —cumplir la disciplina presupuestaria, los compromisos europeos, la credibilidad fiscal—, menos capaz es de representar las demandas de quienes lo votan. En contextos de crisis, esa distancia se vuelve abismo y el votante termina por castigar al gestor.

A ese dilema se sumaron causas más profundas. La desindustrialización erosionó el voto obrero tradicional. La moderación programática de los años noventa, asimilando postulados neoliberales —la tercera vía—, funcionó como un modelo de ganancia inmediata y pérdida a largo plazo: permitió ganar elecciones atrayendo al centro, pero deterioró el vínculo con la clase trabajadora sin consolidar un electorado estable que lo sustituyera. Cuando esa base se descolgó, no encontró una sola salida: una parte se fue hacia la izquierda radical o los verdes, otra hacia la derecha populista, percibida como más competente en gestión económica.

Tres patrones, no uno

El declive no ha sido uniforme. Conviene distinguir al menos tres trayectorias.

"Cuanto más se concentra un partido en gobernar de forma responsable —cumplir la disciplina presupuestaria, los compromisos europeos, la credibilidad fiscal—, menos capaz es de representar las demandas de quienes lo votan"
La primera es el colapso por sustitución. Es el caso de Grecia y Francia. El PASOK pasó del 43,9% en 2009 al 4,7% en 2015, sustituido a su izquierda por SYRIZA. El Parti Socialiste francés se hundió hasta el 7,4% en las legislativas de 2017desbordado por los insumisos de Mélenchon; en la presidencial de 2022, Anne Hidalgo firmó el peor resultado de la historia del partido, un 1,74%. En ambos casos, un competidor de izquierda ocupó el espacio. En el caso del PASOK, pasados tres lustros, el partido dio atisbos de una recuperación parcial.
 

La segunda es la erosión sostenida, para la que hay que mirar a Alemania, Italia y Suecia —los partidos nórdicos en general—. El SPD encadena mínimos históricos hasta el 16,4% de 2025. El Partito Democratico italiano lleva una década estancado en torno al 19%. Por su parte, el SAP sueco sigue siendo el partido más votado, pero perdió el gobierno en 2022 y hoy gobierna la derecha con apoyo parlamentario de la ultraderecha. Es un declive lento, sin una sustitución dramática, pero carente de recuperación clara: supervivencia institucional en un horizonte menguante.

La tercera trayectoria es la más interesante, y es ibérica.
 

La excepción ibérica

España y Portugal comparten un patrón que los distingue del resto de Europa: la capacidad de encajar derrotas severas y rebotar. El PSOE recorrió el abismo entre 2008 y 2016: de más de once millones de votos y 169 escaños a 85 escaños y poco más de cinco millones, amenazado por Podemos a su izquierda y por Ciudadanos en el centro. Por primera vez afrontó la amenaza simultánea en ambos flancos. Reprodujo el patrón de la pasokización, pero —y aquí está la diferencia— sin desintegrarse. El partido siguió siendo el eje de la izquierda española y recuperó poder territorial en 2015 gracias a una lógica de bloques en la que era el partido mayoritario en la izquierda.

Portugal es otro gran ejemplo de contraste. El PS de António Costa gobernó con mayoría absoluta en 2022 (41,4%), cayó a alrededor del 28% en 2024 tras su dimisión y se desplomó al 23,4% y al tercer puesto en 2025, su peor resultado desde 1987, superado por primera vez por la ultraderecha de Chega. Parecía un colapso a la griega. Pero un año después, ya con José Luís Carneiro al frente —elegido secretario general en junio de 2025—, el PS ha recuperado el liderazgo en intención de voto en varios sondeos, situándose de nuevo por delante de la coalición gobernante. La prueba real llegará en las urnas, y los sondeos no son votos. Pero el patrón es reconocible: derrota dura, recomposición rápida.

"Ni Podemos ni el Bloco lograron sustituir al partido socialista del lugar como hicieron SYRIZA o La Francia Insumisa"
¿Qué explica esta excepción? Varias cosas convergen. Ni Podemos ni el Bloco —este último, en el caso portugués, no fue una amenaza electoral— lograron sustituir al partido socialista del lugar como hicieron SYRIZA o La Francia Insumisa; el eje de la izquierda resistió. La memoria democrática reciente —dictaduras hasta los años setenta, partidos socialistas fundados como actores constituyentes de la Transición— dota a estas formaciones de un anclaje identitario que el votante no abandona con la facilidad del norte de Europa. Y en ambos casos, un cambio de liderazgo en el momento crítico —Sánchez en 2017, Carneiro en 2025— actuó como mecanismo de renovación.

El caso español como laboratorio

Aquí el PSOE merece análisis propio, porque su recuperación no fue (solo) inercia, sino también estrategia. Frente a la moderación en la gestión que hundió al PASOK y al PS francés, el PSOE apostó por la confrontación: la moción de censura de 2018, la recuperación del perfil redistributivo, la reconstrucción de una identidad nítida frente a la derecha tras haber resuelto la pugna con Podemos por liderar su propio bloque.

La literatura sobre comportamiento partidista ayuda a buscar una respuesta a esta diferencia. Los partidos persiguen tres objetivos a la vez —maximizar votos, controlar los puestos de gobierno e influir en las políticas públicas— y deben jerarquizarlos según el contexto. El PSOE de la crisis priorizó la responsabilidad de gobierno y se desangró; el PSOE posterior a 2014 reordenó esas prioridades, usó las primarias para resolver su conflicto interno de liderazgo y reconstruyó su competitividad electoral. El 31,7% de 2023 no es la hegemonía de antaño: es eficiencia en la construcción de mayorías. El PSOE ya no es el partido dominante, sino el partido pivote de un gobierno de coalición.

"Frente a la moderación en la gestión que hundió al PASOK y al PS francés, el PSOE apostó por la confrontación"
Quedan tensiones sin resolver. ¿Es el modelo del PSOE exportable, o es producto de condiciones específicas del sistema político español? La pregunta es importante para esta familia ideológica: el comportamiento del voto obrero en Francia, donde una parte mayoritaria se ha desplazado hacia Le Pen, es una señal de alarma que ningún socialista europeo puede ignorar. En el caso español es lo contrario. El voto de clase trabajadora ha permanecido fiel al PSOE, pese a los altibajos de las últimas décadas. Esto, en parte, explica la resistencia de este partido en comparación con otros de su misma familia.

Una advertencia sobre el Reino Unido

Conviene desconfiar de las apariencias. El laborismo ganó en 2024, pero con el 33,7% de los votos: el porcentaje más bajo jamás registrado para un partido vencedor en la historia británica. Antes que una recuperación del apoyo popular, se produjo una gran victoria fruto del sistema mayoritario y de la fragmentación de la derecha por la irrupción de Reform UK. Donde el sistema electoral es proporcional, voto y poder tienden a coincidir; donde es mayoritario, divergen. Leer el triunfo laborista como salud socialdemócrata sería un error de bulto.

"El voto de clase trabajadora ha permanecido fiel al PSOE, pese a los altibajos de las últimas décadas"
A modo de conclusión, se puede afirmar que la socialdemocracia europea no ha muerto, pero ha dejado de ser el partido de la mayoría para convertirse, cuando lo consigue, en el partido de la coalición. El reto ya no es solo ganar elecciones, sino definir para qué quiere ganarlas, en un contexto de desindustrialización, crisis de la vivienda y auge de la derecha populista.

La península ibérica ofrece, por ahora, la respuesta más sólida: dos partidos capaces de tocar fondo y volver, manteniéndose como eje de la izquierda donde otros fueron barridos. Pero Portugal demuestra, a un paso de la frontera, lo rápido que se evapora una hegemonía y lo incierto que es el rebote. Ninguna respuesta es definitiva. La supervivencia, en política, nunca lo es.
Eduardo Bayón
Eduardo Bayón
Analista político y consultor en comunicación pública
Autor del libro 'Lucha de tribus' (La Esfera de los Libros, 2024), en el que analiza las dinámicas identitarias y emocionales del debate político contemporáneo. Colabora habitualmente en medios de comunicación y es docente en programas de posgrado en comunicación política y asuntos públicos.
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