La rue de La Boétie es una calle de París muy cercana a los Campos Elíseos, un lugar ideal para quienes gustan empaparse de referencias históricas como la del domicilio y taller de Pablo Picasso u observar el acontecer diario de los bancos y empresas internacionales que allí tienen su sede. No todos los viandantes saben que el nombre de la vía pública corresponde a Étienne de La Boétie (1530-1562), un jurista y filósofo amigo de Michel de Montaigne, que da nombre a una calle vecina. Su reducida producción literaria abarca, además de unos sonetos renacentistas, un pequeño tratado de cuya publicación se cumplen ahora 450 años:
Discurso sobre la servidumbre voluntaria.
Revolucionarios liberales y anarquistas, entre otros, han aplaudido a lo largo del tiempo esta obra que fue rescatada del olvido por Montaigne.
El discurso es una inteligente reflexión sobre las tiranías que sigue siendo válida para nuestra época. Plantea, aunque no resuelve, la pregunta de por qué los seres humanos renuncian voluntariamente a su libertad para someterse a las arbitrariedades de un poder tiránico.
Nuestro autor no atacó directamente al poder constituido, lo que le libró de la censura, pero indirectamente cuestionó su legitimidad. Todavía sigue siendo una obra valiosa para diferenciar que una cosa es la legalidad y otra muy diferente la legitimidad.
Tanto en la política interior como en la exterior hoy asistimos al espectáculo de electores, ciudadanos y gobernantes que se rinden ante los poderosos. La libertad, rasgo definitorio del hombre, es marginada por una servidumbre voluntaria. En esa actitud influye el miedo, que oscurece la razón, aunque tampoco hay que olvidar la connivencia mezquina con unas tiranías de las que se espera sacar ventajas personales a corto plazo.
"Un modelo más reciente de ese clamor de libertad es el de las masas iraníes lanzadas a la calle contra el régimen de los ayatolás. Rebelarse en nombre de la libertad es propio de la naturaleza humana"
La servidumbre voluntaria no deja de ser un ejercicio de alienación. En cualquier época un régimen tiránico busca dominar al pueblo. Sería lógico suponer que ese pueblo no aceptará esa dominación y se sublevará aun a costa de que su rebelión fracase.
La RDA, Hungría, Polonia o Checoslovaquia fueron en el siglo XX ejemplos de luchas en nombre de la libertad que desembocaron temporalmente en fracasos. Y un modelo más reciente de ese clamor de libertad es el de las masas iraníes lanzadas a la calle contra el régimen de los ayatolás. Rebelarse en nombre de la libertad es propio de la naturaleza humana, afirma Le Boétie. Sin embargo, nuestro autor se muestra incapaz de comprender es por qué muchos ciudadanos se dejan dominar y se privan de su propia libertad para entregarse a los tiranos.
El discurso nos recuerda que para ser libre no es suficiente con rebelarse y salir a las calles. Lo primordial, según Le Boétie, es no aceptar la mentira —o la posverdad de nuestra época— y querer dejar de estar sometido.
No hace falta derribar las estatuas del tirano. Si crece el número de los que no le apoyan, el poder se quebrará por la base y caerá bajo su propio peso. Estas y otras consideraciones sirven para demostrar que Le Boétie leyó tanto la Biblia como los clásicos de la Antigüedad. Por ejemplo, leyó a Séneca, en
De la brevedad de la vida, que denunció el ingrato papel del cortesano, una de las formas de servidumbre voluntaria, pues todo cortesano manifiesta un consentimiento interior que le hace cómplice del poderoso. Eleva a su benefactor a la categoría de maestro y le "fabrica arbitrariamente una naturaleza de buen soberano", en palabras de Le Boétie. Ni que decir tiene que esto no solo es propio de los imperios, por si acaso estamos pensando en los líderes norteamericanos, rusos o chinos. Ningún régimen político carece de cortesanos.
Miedo y preocupación por la imagen
La Boétie era un buen conocedor de la naturaleza humana y profundizó en los rasgos del tirano.
Resaltó la paradoja de que está al frente del gobierno, pero no gobierna, aunque no por ello deja de creerse el amo. Despliega "un temor incesante y una amenaza perpetua" hacia quienes le rodean. Por lo demás, nuestro autor acierta plenamente al subrayar que la tiranía se funda sobre un vicio humano: la cobardía. Recuerda, sin embargo, que muchas veces el tirano no es un Hércules ni un Sansón sino un simple hombrecillo. Lo cierto es que el tirano, en todas las épocas, se preocupa por cuidar su imagen. Siempre asegura que se interesa por los ciudadanos, aunque no pocas veces esto se reduce a divertir y alimentar al pueblo. Se asemeja a esos emperadores romanos que adoptaban conscientemente el papel de tribunos de la plebe.
"Como afirma Le Boétie, «la tiranía no culmina su obra si la razón ejerce influencia». E inevitablemente llega la corrupción al proliferar los tiranuelos que apoyan directamente al tirano"
En definitiva, el tirano se construye su propia imagen. Pero esta imagen falsa sirve para fomentar la ignorancia y los comportamientos irracionales.
La ciencia y la inteligencia están proscritas o son despreciadas en los regímenes tiránicos. Como bien afirma Le Boétie, "la tiranía no culmina su obra si la razón ejerce influencia". E inevitablemente llega la corrupción al proliferar los tiranuelos que apoyan directamente al tirano. Entonces el pueblo se sume en la pasividad, es decir, en la servidumbre voluntaria. Acertó Simone Weil, una gran filósofa del siglo XX, al asegurar que "la opresión no se mantiene solo por los que mandan, sino por los que consienten en obedecer".
El
Discurso sobre la servidumbre voluntaria es de plena actualidad en un mundo como el nuestro en el que ha surgido una cierta fascinación por la fuerza y hay quienes aceptan una sumisión voluntaria en nombre de principios "morales" o "salvadores".
Quizás La Boétie nos diría hoy que servir al bien y a la vez dejar de ser libre no es precisamente una virtud.