En un momento de inflexión para el proyecto europeo, marcado por
la erosión del orden liberal y la reconfiguración de las alianzas globales, el Foro La Toja, en su nueva edición en Lisboa, reunió a responsables políticos y académicos en torno a una cuestión central:
qué papel puede y debe desempeñar Europa en un escenario internacional cada vez más competitivo, más incierto y menos normativo.
"El marco geopolítico que permitió la consolidación de la Unión Europea ha dado paso a un entorno donde prevalecen la lógica de poder y la competencia entre bloques"
La jornada estuvo atravesada por
una idea común sobre la que los participantes comenzaron a dialogar: el marco geopolítico que permitió la consolidación de la Unión Europea —basado en reglas, instituciones, cooperación y consenso— ha dado paso a un entorno donde prevalecen la lógica de poder, la competencia entre bloques
y una creciente instrumentalización de las interdependencias. En palabras de Paulo Rangel, exministro de Asuntos Exteriores portugués, "Europa tiene que tomar conciencia de su propia responsabilidad", una afirmación que
sintetiza el tono general del encuentro.
Europa ante un cambio de era
Desde la apertura institucional, tanto Amancio López Seijas, presidente de la Fundación La Toja, como Juan Fernández Trigo, embajador de España en Portugal, situaron el debate en clave histórica.
El 40.º aniversario de la adhesión de España y Portugal a la entonces Comunidad Económica Europea sirvió como recordatorio de un proceso de transformación política, económica y social que hoy se percibe tensionado. La referencia a la Revolución de los Claveles y a la Transición española no fue meramente conmemorativa, sino que se utilizó como ejemplo de que
los procesos largos, complejos y sostenidos en el tiempo pueden desembocar en estabilidad y prosperidad compartida.
"Europa —y en particular la península ibérica— habría completado un viaje de democratización y apertura que ahora entra en una nueva fase, menos previsible"
Rangel retomó esta idea con una metáfora que también estuvo presente en otras intervenciones:
el regreso a Ítaca. Europa —y en particular la península ibérica— habría completado un viaje de democratización y apertura que ahora entra en una nueva fase, menos previsible. "Regresamos al regazo de Europa con toda la sabiduría que nos dio el viaje", señaló,
subrayando al mismo tiempo que el contexto actual ya no admite inercias ni automatismos.
Seguridad, alianzas y autonomía: un equilibrio inestable
El deterioro del vínculo transatlántico fue uno de los ejes más recurrentes. Lejos de plantearse en términos de ruptura,
el debate giró en torno a su redefinición.
Mariano Rajoy, expresidente del Gobierno de España, advirtió de que Europa sigue formando parte de un bloque de democracias con economía de mercado y derechos sociales, frente a otro conjunto de actores caracterizados por modelos autoritarios y capitalismo de Estado. En ese contexto, defendió que
cualquier aproximación táctica a estos últimos entraña riesgos estratégicos y subrayó que "solo si Europa habla con una sola voz podrá hacerse valer como actor internacional".
"Europa corre el riesgo de quedar desdibujada si no avanza en autonomía estratégica"
El ex primer ministro portugués Paulo Portas coincidió en el diagnóstico, aunque introdujo un matiz relevante:
el paso de un sistema de alianzas basado en reglas a uno estructurado en torno a potencias. En ese nuevo tablero, dominado por EE. UU., China y Rusia, Europa corre el riesgo de quedar desdibujada si no avanza en autonomía estratégica. "Europa no debe pedir permiso para defender sus intereses", afirmó, al tiempo que alertó sobre
la incertidumbre en torno al compromiso estadounidense con la seguridad europea.
Este debate se trasladó con mayor precisión técnica a la mesa sobre seguridad y relación atlántica.
Javier Colomina, vicesecretario general adjunto de la OTAN y representante especial para la Vecindad Sur, defendió que, pese al ruido político,
la OTAN sigue siendo el principal anclaje estratégico de Europa. Apostó por reforzar las capacidades europeas dentro de la Alianza, evitando planteamientos que puedan debilitarla. La alternativa, advirtió, sería más costosa y menos eficaz. En la misma línea, Peter Rough, director del Centro de Europa y Eurasia en el Instituto Hudson, insistió en que
EE. UU. no ha abandonado Europa, aunque sí exige una mayor implicación de sus aliados.
Frente a esta visión, Augusto Santos Silva, expresidente del Parlamento portugués, introdujo una dimensión política y social:
el aumento del gasto en defensa debe ser compatible con los sistemas de bienestar europeos y contar con legitimidad ciudadana. La seguridad, vino a señalar, no puede desligarse del contrato social que define a Europa.
El expresidente del Gobierno Mariano Rajoy, en el Foro La Toja. Foto: Foro La Toja
Economía, mercado interior y competitividad
El bloque económico reforzó la idea de que Europa dispone de capacidades estructurales sólidas, pero enfrenta
déficits operativos que limitan su proyección global. El exgobernador del Banco de Portugal, Mário Centeno, resumió esta tensión con la expresión
eppur si muove (y, sin embargo, se mueve). Pese al contexto adverso,
el mercado único sigue funcionando y la Unión mantiene su posición como una de las principales potencias económicas. Sin embargo, la aversión al riesgo, la fragmentación regulatoria y la lentitud en la toma de decisiones dificultan avances más ambiciosos.
"El problema europeo no radica en la falta de talento o innovación, sino en la incapacidad para escalar proyectos y consolidar empresas con dimensión global"
Román Escolano, exministro de Economía español, profundizó en esta idea al señalar que
el problema europeo no radica en la falta de talento o innovación, sino en la incapacidad para escalar proyectos y consolidar empresas con dimensión global. La
fragmentación del mercado interior, junto con la sobrerregulación y el déficit de integración financiera, actúan como frenos estructurales. En este sentido, dejó una de las citas más claras del foro: "Las soluciones que han funcionado han sido siempre europeas y las que no han funcionado son nacionales".
Ambos coincidieron en la necesidad de avanzar en un mercado de capitales integrado,
reforzar el papel internacional del euro y reducir las barreras internas que persisten dentro de la propia Unión. También destacaron el papel de España y Portugal como impulsores de la apertura comercial, especialmente en relación con América Latina,
alabando el éxito del acuerdo con Mercosur.
Un orden internacional en transición
La reflexión más estratégica llegó en el diálogo entre el académico
Michael Ignatieff y el exministro de Asuntos Exteriores de Israel
Shlomo Ben-Ami, que abordaron
la naturaleza del nuevo orden global. Ignatieff planteó que el sistema liberal posterior a la Guerra Fría ha concluido y que EE. UU., lejos de sostenerlo, está contribuyendo a su transformación hacia un modelo más transaccional. En este contexto, defendió que
Europa debe asumir mayores responsabilidades y desarrollar sus propias capacidades: "La libertad da miedo, pero es liberadora", reiteró.
Ben-Ami, por su parte, subrayó
el carácter estructural de la política exterior estadounidense, orientada históricamente a preservar su hegemonía. A su juicio, el problema actual no es una anomalía, sino una intensificación de tendencias previas. Alertó además sobre la debilidad tecnológica europea y
la necesidad de invertir en capacidades propias, incluidas las vinculadas a la defensa, como motor indirecto de innovación.
"Las llamadas «potencias medias», entre ellas la Unión Europea, tienen un peso económico significativo, pero carecen de la capacidad para estructurar el orden global"
Ambos encontraron un punto en común al señalar que
las llamadas "potencias medias", entre ellas la Unión Europea, tienen un peso económico significativo, pero carecen de la capacidad para estructurar el orden global. De ahí la importancia de reforzar alianzas, identificar vulnerabilidades y evitar dependencias excesivas en ámbitos críticos como
los datos o las tecnologías emergentes.
Más Europa, con tiempo y voluntad política
El cierre del foro consolidó los principales mensajes. El presidente del comité organizador del Foro La Toja,
Carlos López Blanco, sintetizó el debate en torno a varias ideas:
la necesidad de "más Europa", el carácter estructural de algunos de los desafíos actuales y la importancia de no renunciar a los logros alcanzados. La referencia al tiempo fue constante:
muchas de las soluciones están identificadas, pero requieren implementación sostenida y consenso político.
En la intervención final,
António Costa, presidente del Consejo Europeo, apuntó a dos tendencias que definirán el futuro inmediato:
la erosión del orden liberal y la consolidación de un mundo multipolar. "Principios, alianzas y poder", resumió, marcando las coordenadas del debate europeo.
Por su parte, Margarita Robles, ministra de Defensa del Gobierno de España, y
António José Seguro, presidente de la República de Portugal, insistieron en
la dimensión ibérica del vínculo atlántico. Lejos de una suma de intereses nacionales, plantearon una agenda compartida entre España y Portugal como plataforma para
reforzar la posición europea en el mundo.
La ministra de Defensa, Margarita Robles, clausura el encuentro. Foto: Foro La Toja
Entre un diagnóstico crítico y la confianza
A lo largo de la jornada, el pesimismo sobre el contexto internacional convivió con
una lectura más afirmativa de las capacidades europeas. Se reconocieron debilidades relevantes en seguridad, innovación, productividad o gobernanza, pero también se insistió en que Europa cuenta con activos suficientes para desempeñar un papel de primer orden:
un mercado de gran escala, una moneda fuerte, capacidad comercial, talento, tejido industrial, legitimidad democrática y un modelo social que sigue siendo una referencia global. La cuestión, como apuntaron varios ponentes, no es tanto si Europa puede responder al nuevo escenario, sino si será capaz de reconocerse como potencia, actuar con mayor coherencia política y superar los obstáculos que limitan su proyección.
En ese equilibrio entre urgencia y confianza, entre autonomía y alianza,
se sitúa el debate europeo actual. Un debate que, como se apuntó en Lisboa, probablemente definirá el futuro de la Unión y, sobre todo,
su capacidad para traducir sus fortalezas en influencia real en el sistema internacional.