Domingo, 4 de octubre de 2026
ANÁLISIS

La pregunta de Sánchez: ¿Habrá un momento mejor?

Pedro Sánchez ha convertido varias situaciones adversas en oportunidades políticas esperando a que cambie el contexto. Esa lógica del 'momentum' explica buena parte de su trayectoria desde 2018, pero también encierra el riesgo de asumir que siempre habrá otra jugada disponible. La caída de los decretos de vivienda vuelve a poner sobre la mesa una pregunta habitual a la que Sánchez ha tenido que hacer frente.

Marc López Plana Marc López Plana 4 de octubre de 2026
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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en el Congreso de los Diputados durante la sesión que rechazó los decretos de vivienda. | Eduardo Parra / Europa Press
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en el Congreso de los Diputados durante la sesión que rechazó los decretos de vivienda. | Eduardo Parra / Europa Press
La pregunta de si "habrá un momento mejor" es una que se ha podido hacer recurrentemente a lo largo de la trayectoria política de Pedro Sánchez. En más de una ocasión, la incógnita ha estado más alrededor de cuándo conviene hacer algo y no tanto sobre qué conviene hacer exactamente. Un presidente puede saber cómo funcionan las mayorías y conocer cuál es el momento de las encuestas, pero siempre existen dudas sobre si las condiciones que tiene delante son las mejores que puede esperarse. En esta tesitura, actuar significa renunciar a la posibilidad de que el tiempo mejore la posición propia, y esperar supone aceptar el riesgo contrario: que las condiciones empeoren y que una oportunidad termine desapareciendo. Decidir entre estos dos riesgos es una parte más del juego político.

"Actuar significa renunciar a la posibilidad de que el tiempo mejore la posición propia, y esperar supone aceptar que las condiciones empeoren y que una oportunidad termine desapareciendo"
Sánchez ha logrado algunos de sus mayores éxitos políticos porque rara vez ha dado por cerrada una situación desfavorable o que parecía imposible. Ocurrió con su regreso a la secretaría general del PSOE en 2017, con la moción de censura de 2018, con la formación del Gobierno de coalición después de la repetición electoral de 2019 y con la investidura posterior al 23-J. Son episodios muy distintos, pero en todos transcurrió un tiempo entre la fotografía inicial y el desenlace. Durante ese intervalo cambiaron las alternativas disponibles y, con ellas, los incentivos de los actores.

Esa forma de hacer política pesa más en la España posterior al bipartidismo. Entre sus predecesores, Felipe González pudo gobernar durante años con mayorías absolutas, y José María Aznar contó primero con una mayoría parlamentaria relativamente estable y después con una absoluta. También José Luis Rodríguez Zapatero se movió dentro de un sistema organizado fundamentalmente alrededor de dos grandes partidos. Sánchez llegó en un escenario distinto, que Mariano Rajoy ya había afrontado en su segundo mandato: Podemos primero y Sumar después a su izquierda, Vox a la derecha del PP y partidos nacionalistas e independentistas convertidos en piezas necesarias para construir mayorías estatales. Gobernar en esas condiciones ha obligado a repensar en pocos años las lógicas del sistema nacido en 1978.

El decreto o los decretos Maricarmen son el ejemplo más reciente de esta nueva lógica. Pese al estallido de la demanda social, no han sido aprobados, y el resultado parlamentario es inequívoco: el Gobierno ha perdido. Tras esto, en Moncloa solo se preguntan ¿qué puede hacerse políticamente con esa derrota?

"Pese al estallido de la demanda social, los decretos no han sido aprobados y el resultado parlamentario es inequívoco: el Gobierno ha perdido"
La vivienda proporciona al PSOE la capacidad de competir en un terreno muy sensible para los partidos a su izquierda. Al mismo tiempo, desplaza hacia una cuestión social el debate público, que hasta el momento estaba completamente marcado por la crisis de Ceuta. A su derecha, la jugada obliga a PP y Junts a explicar su posición sobre un problema que atraviesa las fronteras electorales. También sus votantes pagan alquileres elevados, tienen hijos con dificultades para emanciparse o contemplan cómo acceder a una vivienda se convierte en un obstáculo para formar una familia. Junts había presentado, además, sus propias propuestas sobre vivienda. 

El resultado del Congreso está cerrado, aunque su significado político sigue abierto. Una interpretación, perfectamente válida, sitúa el foco en un Gobierno incapaz de reunir los votos necesarios para una iniciativa importante y vuelve a exhibir la fragilidad de su mayoría. Pero en este momento la discusión puede terminar girando también alrededor de las razones por las que PP y Junts han rechazado determinadas medidas sobre vivienda. No toda derrota puede transformarse en una oportunidad, del mismo modo que no todas las derrotas parlamentarias provocan automáticamente un deterioro equivalente de quien la sufre. El Gobierno ha perdido los votos. Ahora queda por saber qué relato da sentido a haberlos perdido.

Se vuelve a la pregunta: ¿habrá un momento mejor? Después de una derrota, Sánchez puede intentar recomponer inmediatamente su mayoría o asumir que el margen de maniobra se ha reducido. También puede esperar para comprobar qué efecto tiene la propia derrota sobre los demás actores. El voto negativo de Junts puede ser hoy perfectamente asumible y resultar más difícil de sostener si aumenta la presión de sus votantes sobre la vivienda. O puede ocurrir exactamente lo contrario y confirmar que la mayoría parlamentaria se ha deteriorado. El presidente no conoce de antemano qué proceso se impondrá, así que tiene que decidir cuánto tiempo merece la pena conceder a una situación antes de concluir que ya no va a mejorar.

Un partido que espera mejorar en unas elecciones negocia desde una posición distinta de la de otro que teme perder representación. Los escaños siguen siendo los mismos, pero las alternativas modifican la correlación política de fuerzas. En la moción de censura de 2018, Sánchez tenía 84 diputados y ninguna elección alteró la composición del Congreso antes de su llegada a la Moncloa. Después de la sentencia de Gürtel, cambió el contexto en el que los demás partidos debían decidir qué hacer con los votos que ya poseían.

"Los escaños siguen siendo los mismos, pero las alternativas modifican la correlación política de fuerzas"
El momentum aparece cuando una acción realizada dentro de una apertura política modifica las expectativas de los demás y esas expectativas empiezan, a su vez, a alterar su comportamiento. No sustituyen a la realidad, pero forman parte de ella porque los actores toman decisiones pensando también en lo que creen que sucederá después. Un Gobierno percibido como terminal puede empezar a perder apoyos porque sus socios anticipan su final; otro que parecía condenado puede recuperar capacidad negociadora si sus adversarios empiezan a temer las alternativas. El poder depende de los recursos disponibles, pero también de cómo cada actor espera utilizarlos y de lo que los demás creen que hará con ellos.

Tras el 23-J, el PP había ganado las elecciones y el PSOE había quedado segundo, pero las urnas no habían decidido automáticamente quién sería presidente. Habían distribuido los recursos con los que comenzaba una segunda partida: la construcción de una mayoría parlamentaria. Feijóo debía convertir su victoria electoral en una investidura; Sánchez, comprobar si podía formar una combinación alternativa pese a haber quedado segundo. La aritmética era conocida desde la noche electoral. Seguía abierta su traducción política. Convertir aquella dificultad objetiva en un desenlace inevitable suponía cerrar antes de tiempo una partida que todavía continuaba.

Preguntarse si habrá un momento mejor explica así una parte de la política de Sánchez que las categorías de táctica y estrategia capturan solo parcialmente. No necesita conocer exactamente lo que ocurrirá dentro de seis meses, sino preservar suficiente libertad de movimiento para actuar cuando la situación empiece a adquirir una forma reconocible. Esperar puede ser una decisión estratégica si da tiempo a que cambien los incentivos de los demás; mantener abiertas varias posibilidades puede aumentar el poder negociador; incluso la ambigüedad puede resultar útil durante un tiempo. La estrategia se parece aquí a navegar: existe una orientación general, pero la ruta debe adaptarse a condiciones que no podían conocerse al iniciar el viaje.

Esa lógica encierra también un riesgo para Sánchez. Haber comprobado repetidamente que situaciones aparentemente terminales podían revertirse puede llevarle a extraer una lección equivocada de sus propios éxitos. Haber regresado después de 2016 no significa que cualquier derrota pueda revertirse; haber construido una mayoría improbable en 2018 no demuestra que cualquier mayoría sea construible; haber convertido el segundo puesto de 2023 en una investidura tampoco garantiza que cualquier resultado futuro pueda conducir al mismo desenlace. Las victorias proporcionan experiencia, pero también generan analogías. Y las analogías se convierten en una trampa cuando llevan a interpretar el presente mediante episodios que solo superficialmente se le parecen.

"Las analogías se convierten en una trampa cuando llevan a interpretar el presente mediante episodios que solo superficialmente se le parecen"
La política del momentum tiene así su propia patología: creer que siempre habrá otro movimiento. Una de las fortalezas de Sánchez ha sido no confundir una situación desfavorable con una definitivamente cerrada. El riesgo es tardar demasiado en reconocer cuándo una situación sí ha empezado a cerrarse. "Ya estuvimos aquí" puede ser un buen recordatorio contra el pánico y una pésima herramienta de diagnóstico. La confianza adquirida después de sobrevivir a varias crisis puede acabar convirtiéndose en la convicción de que el tiempo siempre ofrecerá una oportunidad adicional.

La pregunta del título encierra dos errores posibles. Precipitarse puede llevar a descubrir después que esperar habría mejorado la posición; esperar demasiado, a comprobar que el mejor momento ya había pasado. Entre ambos está el juicio político: la capacidad para distinguir qué elementos de una situación todavía pueden modificarse y cuáles empiezan a adquirir un carácter irreversible. Los griegos utilizaban kairos para referirse al momento adecuado para actuar; Maquiavelo añadió que el político no se limita a esperar las circunstancias apropiadas, sino que intenta transformarlas mediante su propia acción.

"Entre ambos está el juicio político: la capacidad para distinguir qué elementos de una situación todavía pueden modificarse y cuáles empiezan a adquirir un carácter irreversible"
La convocatoria de elecciones lleva esa decisión al límite. Toda convocatoria contiene implícitamente una comparación entre un presente conocido y un futuro incierto. Convocar supone aceptar las condiciones actuales; esperar, apostar a que las futuras serán mejores o, al menos, no significativamente peores. Sánchez ha actuado durante buena parte de su carrera como si entre la fotografía presente y la siguiente todavía quedara algo por decidir. A veces esa intuición le permitió encontrar posibilidades que otros habían descartado demasiado pronto. Ninguna experiencia anterior permite saber cuándo esa lógica deja de funcionar.

Esta puede ser ahora su pregunta más importante. Esperar puede ampliar las posibilidades o consumirlas. El tiempo puede debilitar a un adversario o fortalecerlo, mejorar una mayoría o hacerla imposible, permitir que una crisis desaparezca o convertirla en estructural. El juicio político consiste en distinguir unas situaciones de otras. Y existe una dificultad que ningún político, por experimentado que sea, puede eliminar: solo se descubre con certeza que no iba a haber un momento mejor cuando ese momento ya ha pasado.
Marc López Plana
Marc López Plana
Editor y director de 'Agenda Pública'
Participación