Esta historia comenzó en 1962 (exactamente tres años después del triunfo de la revolución de Fidel Castro). Fue en Punta del Este, en Uruguay. Y sucedió así porque durante una reunión de la Organización de Estados Americanos (OEA), México se negó a la imposición de EE. UU. de expulsar a Cuba de esa alianza interamericana. El resto de los países apoyó a Washington; Argentina se abstuvo, y México defendió la doctrina Estrada (que se refiere a la no intervención y a la libre autodeterminación).
Quizá, la historia de estas relaciones comenzó mucho antes: en 1902, cuando Cuba logró, finalmente, conformarse como un Estado independiente, y México lo reconoció como otro más de los nacientes países americanos. Pero la cuestión a tratar en el presente texto no se limita a ponderar la cronología entre ambas naciones, sino a analizar un complejo vínculo diplomático que, para muchos diplomáticos y expertos en el tema, es de una singularidad incuestionable en el continente.
Al respecto, hoy, la pregunta obligada y que cae sobre la mesa como un platillo que nadie pidió: ¿qué es Cuba —la Cuba de hoy y la de ayer— para México? La respuesta a esa interrogante parece sencilla, pero no lo es tanto.
"Mandar ayuda humanitaria y continuar con los envíos de petróleo —pese a las amenazas de Donald Trump— es un recordatorio de que México todavía define algunas líneas de acción autónomas"
Cuba es, para el país gobernado por Claudia Sheinbaum, una suerte de espejo incómodo. No tanto por los reflejos de sí misma —una pequeña isla caribeña que sigue resistiendo, en la que es muy difícil separar la supervivencia de la obstinación por un modelo que nunca nadie termina de entender—, sino porque obliga a México a mirar su rostro más allá de lo simplemente político. Y, en ese ejercicio, la reflexión más complicada es la de definirse —en lo político, lo económico, lo social y lo diplomático— frente a su poderoso vecino del norte. En este caso, mandar ayuda humanitaria y continuar con los envíos de petróleo —pese a las advertencias y amenazas de Donald Trump— es, en pocas palabras, un recordatorio de que México todavía define algunas líneas de acción autónomas. Claro, esos límites los está trazando con litros de crudo y cajas de medicinas.
¿Se trata de una isla de la discordia? Las relaciones —o la falta de ellas— de Cuba con EE. UU. y México definen mucho más allá de lo meramente regional. Hoy, para el Gobierno de Donald Trump, Cuba representa todo lo contrario de su ideario radical. Sin embargo, para México, la isla siempre ha sido un timbre de gloria en términos diplomáticos, en cuestiones humanitarias y, por supuesto, en asuntos históricos. No obstante, ese puente tendido entre la Ciudad de México y La Habana aparece en el tablero geopolítico como un (otro) desafío para la doctrina trumpista —una que, por cierto, no admite matices—. Para el Gobierno mexicano, ayudar a Cuba no solo representa abrir una puerta a quienes incomodan a su capataz, sino que también
reafirma el sostenimiento de una agrietada utopía que, pese a todo, se niega a morir. ¿Se trata de gestos de solidaridad con nostalgia, o de pragmatismo y estrategia? Quizá, ambos.
Además, cada barco que cruza el golfo de México con petróleo mexicano lleva consigo también otra obligada pregunta: ¿qué es lo que gana México con esta alianza? ¿Qué pierde? Independientemente de las directrices que construyan las respuestas a las interrogantes antes planteadas, lo que resulta innegable es que el hombro mexicano ofrecido a la tan vapuleada mano cubana
es algo que va más allá de negarse a obedecer "al más fuerte"; es un acto que exhibe que México, a veces, sí que ejerce de dueño de su propio destino
. Un destino, claro está, que nunca termina de moverse en un tablero geopolítico que, desde hace poco más de un año, no ha dado tregua debido a los trepidantes movimientos telúricos que lo definen cada día.
La relación más singular en América Latina
Tanto para la academia como para la diplomacia, esta relación, además de ser una alianza estratégica, es también una relación cargada de simbolismo. Tradición, resistencia y solidaridad son los conceptos clave de la hoja de ruta que define (y ha definido desde el siglo pasado) una relación a la que no pocas voces han calificado como "la más singular en la región".
Y así es para el académico e investigador en política latinoamericana de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Jaime Ortega Reyna. En su estudio México y Cuba: los inicios de una relación, explica cómo
ambos países han mantenido relaciones diplomáticas ininterrumpidas, incluso en momentos de altísima tensión. Su trabajo se remonta hasta 1902, cuando inicia la vida política cubana, y explica cómo, desde entonces, gracias al primer ministro plenipotenciario de Cuba en México, el general Carlos García Vélez,
ese vínculo se convirtió en un canal diplomático con miras de largo alcance.
Siguiendo por la misma línea, para el exviceministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Rogelio Sierra Díaz, esa relación es "única en América Latina". Para él, la clave de esta relación no son hechos aislados, sino el entendimiento de una larga tradición de solidaridad que se ha mantenido pese a los múltiples cambios de gobierno (sobre todo en México). Un vínculo, por cierto, que no solo no se ha roto, sino que se fortaleció desde 1959.
"La presidenta mexicana no busca la confrontación con su principal socio comercial, sino defender su derecho a dar una ayuda humanitaria"
Por otra parte, la misma Claudia Sheinbaum ha defendido el fortalecimiento de esa relación. Ella, fiel a su postura conciliadora y diplomática, ha sostenido que su apoyo a Cuba no se mide en relación con las disposiciones de Washington. La presidenta mexicana no busca la confrontación con su principal socio comercial, sino defender su derecho a dar una ayuda humanitaria a un pueblo al que considera como hermano. Incluso, hace menos de una semana, refiriendo al llamado público de su predecesor —Andrés Manuel López Obrador—, de continuar con el apoyo a Cuba, ella dijo que está dispuesta a hacer una aportación personal.
Y, desde la isla, la voz de Josefina Vidal, la viceministra de Relaciones Exteriores, sostuvo que la ayuda mexicana es clave para su país; sobre todo en momentos tan críticos como los actuales, debido a las restricciones comerciales que EE. UU. ha impuesto de nuevo.
Los momentos clave en esta relación
Antes hemos hablado del fenómeno, de algunas de sus características, de su relevancia diplomática y de las formas en las que México ha actuado en momentos decisivos en las tensas relaciones que mantienen EE. UU. y Cuba. Incluso, hemos mencionado algunos de los momentos que citaremos a continuación, pero ahora ponemos el foco en la línea cronológica para comprender este caso.
"Castro llegó a declarar que él, en pro del comunismo latinoamericano, asistiría y apoyaría a cualquier movimiento insurgente en la región, excepto en México"
El primero de ellos fue el episodio con el que arranca esta pieza: en 1962, en Punta del Este, cuando EE. UU. presionó al resto de países americanos para expulsar a Cuba de la Organización de Estados Americanos (OEA), y México se negó a ello. ¿El motivo? El triunfo en la isla de la revolución comunista, encabezada por Fidel Castro y Ernesto Guevara, algo que representó una afrenta ideológica y económica contra EE. UU., así como una resistencia a sus pretensiones hegemónicas. ¿El resultado? En discursos posteriores, Castro llegó a declarar que él, en pro del comunismo latinoamericano, asistiría y apoyaría a cualquier movimiento insurgente en la región, excepto en México.
Luego de dos décadas quizá silenciosas, pero estables, la relación entre México y Cuba seguía manteniéndose como el timbre de gloria de la diplomacia entre ambos países, hasta que sucedió el siguiente episodio: Fidel Castro exhibió al entonces presidente mexicano, Vicente Fox, como un actor político dispuesto a alinearse con EE. UU. a cualquier costo. Fue en el 2002, en la Cumbre de Monterrey, una conferencia internacional para la financiación del desarrollo, organizada por las Naciones Unidas. Fox llamó a Castro para decirle que estaba cordialmente invitado al evento, y que, incluso, podría sentarse a su lado durante la comida, pero, inmediatamente después, lanzó la frase que casi quebró las relaciones bilaterales: "Comes y te vas". ¿Por qué la dijo? Pues porque Vicente Fox no quería incomodar a George W. Bush, entonces presidente estadounidense, que llegaría después al evento. Es decir, el desatino del mandatario mexicano dejaba clarísima su postura en América del Norte.
Solo que a Fox se le olvidó que estaba hablando por teléfono con uno de los políticos más astutos del siglo XX: uno que eludió casi cien intentos de asesinato; que descubrió a incontables espías y presuntos sicarios que tenían la intención de matarlo; que supo ser una pieza clave durante la Guerra Fría, estando a escasos kilómetros de su enemigo y, al mismo tiempo, tan lejano de la Unión Soviética, su principal aliado. Lo que sucedió fue que Castro grabó aquella conversación telefónica y la compartió con los medios de comunicación internacionales. El resultado fue que Fox quedó expuesto como una suerte de esbirro del Gobierno estadounidense. México retiró a su embajador de La Habana, aunque después las relaciones se restablecieron.
Luego, más que un evento, podríamos hablar de una época de distanciamiento. Esa fue entre 2006 y 2018. Vicente Fox llegó al poder y cambió al sistema político mexicano, ya que, con él, finalmente, se celebraron unas elecciones realmente democráticas y ganó un partido distinto al PRI (Partido de la Revolución Institucional), que llevaba setenta años en el poder. No obstante, su gobierno, con el PAN (Partido de Acción Nacional; un partido de derecha y tradicional), se alineó más con EE. UU., y así fue también con Felipe Calderón, su sucesor. Después de ellos, el PRI regresó al poder durante seis años, con Enrique Peña Nieto (que actualmente vive en España, lo mismo que Calderón), y con ellos tres los gestos diplomáticos decrecieron y la relación se ensombreció. Es más, hubo diplomáticos y representantes mexicanos que cuestionaron en distintos foros internacionales el ejercicio de los derechos humanos y las libertades fundamentales en Cuba. Fidel Castro, como solía hacerlo, definió a esos dardos como parte de un discurso alineado con Washington. Pero lo cierto es que nunca pasó a más.
"México, que llevaba dieciocho años de haber virado el rumbo respecto a este vínculo diplomático, volvió a tender el histórico puente entre el continente y la isla"
Finalmente, en 2018, Andrés Manuel López Obrador llegó al poder y la historia dio un giro de ciento ochenta grados. A partir de entonces, México, que llevaba dieciocho años de haber virado el rumbo respecto a este vínculo diplomático, volvió a tender el histórico puente entre el continente y la isla. Él y su sucesora, la actual presidenta, han dado muestras de que Cuba sigue siendo una prioridad para México. Prueba de ello es que, tras semanas del reciente embargo petrolero que EE. UU. le impuso a la isla, México sigue mandando barriles de crudo y medicinas.
En pocas palabras, Cuba, para el México de hoy, no solo representa ese salvavidas que le deja creer que todavía tiene capacidades de actuar sin rendir cuentas a Washington, sino que también confirma que la historia entre ambos países puede fortalecer el presente diplomático. Por lo tanto,
hoy, México se vuelve a mirar frente a Cuba como ese espejo que lo obliga a definirse desde dentro y de cara a los desafíos del autoritarismo impuesto por el Gobierno de Donald Trump.