¿Más China sin menos Europa? Tres analistas valoran la visita de Pedro Sánchez a Pekín
¿Qué puede ganar España con China en una Europa cada vez más cautelosa con Pekín? Para Sandra Marco Colino, profesora de Derecho en la Universidad de Hong Kong, Gabriel Reyes-Leguen, director adjunto de Geopolitical Insights, y Alicia García-Herrero, economista jefe para Asia-Pacífico en Natixis, la respuesta no pasa por elegir entre acercamiento o distancia —eso ya se ha decidido—, sino por reconducir una relación interdependiente que es un pilar de la economía europea. Este viaje de Pedro Sánchez se inserta en una relación transatlántica más volátil, una UE más exigente y una batalla abierta por decidir si la inversión china genera capacidad industrial o nuevas vulnerabilidades.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto al presidente de China. Xi Jinping. | Pool Moncloa / Fernando Calvo
El viaje oficial del Gobierno de España a China se produce en un momento de máxima tensión internacional, con la relación transatlántica sometida a nuevas fricciones, la guerra comercial en un punto delicado y la Unión Europea redefiniendo su vínculo con Pekín. En ese contexto, la visita de Pedro Sánchez se interpreta como una señal política sobre el lugar que España quiere ocupar dentro del tablero internacional. Las respuestas de los analistas consultados apuntan, con matices, en una dirección similar: la relación con China ya no puede pensarse en términos simples de acercamiento o distancia. Se ha convertido en una cuestión de gestión estratégica de la interdependencia, y la forma de abordarla está llena de matices distintos.
Sandra Marco Colino, profesora de Derecho en la Universidad de Hong Kong, pone el acento en la capacidad de España para actuar como puente en un escenario fragmentado y defiende que el margen bilateral sigue siendo compatible con la posición europea si no se tocan las líneas rojas en seguridad, valores o política comercial. Gabriel Reyes-Leguen, director adjunto de Geopolitical Insights, investigador asociado en CIDOB y profesor en el IE School of Politics, enmarca la visita en una lógica más amplia de reducción de riesgos y gestión de la interdependencia, subrayando que España no se está desmarcando de Bruselas y que, de hecho, anticipa una evolución que ya se abre paso en la propia UE. Por su parte, Alicia García-Herrero, economista jefe para Asia-Pacífico en Natixis, introduce un tono más preventivo y considera que cualquier acercamiento a China debe servir para reforzar la autonomía estratégica europea, no para aumentar la vulnerabilidad de España o de la propia Unión.
En el plano económico, los tres coinciden en exigir resultados tangibles: mejor acceso al mercado chino, inversiones de mayor calidad y una relación menos asimétrica. La oportunidad es clara, pero también lo es el riesgo de que España quede reducida a una mera plataforma de ensamblaje o de entrada sin verdadero retorno estratégico.
Aunque no se planeó con este escenario en mente, el viaje del Ejecutivo español a China ocurre en un contexto de máximas tensiones internacionales, con la guerra en Irán. ¿Qué lectura geopolítica tiene esta nueva visita de Pedro Sánchez a China?
Sandra Marco Colino (S. M. C.): En un mundo en llamas, la estabilidad comercial y la relevancia geopolítica dependen de la capacidad de tender puentes allí donde otros levantan muros. La visita es una pieza clave en la arquitectura de la autonomía estratégica que España y Europa intentan consolidar. En un momento de fractura global, esta misión cobra una particular relevancia. Primero, porque la fiabilidad de EE. UU., el socio europeo de siempre, se ha visto erosionada con la llegada de Trump al poder. Una buena relación con Pekín podría servir de contrapeso político y ayudar a amortiguar el impacto de un posible distanciamiento aún mayor con Washington.
Por otra parte, Europa necesita asegurar la continuidad en las cadenas de suministro de materias primas esenciales como el litio y, a la vez, proteger el mercado del vehículo eléctrico, donde la dependencia de Asia es estructural. Además, Madrid y Pekín coinciden en la defensa de un orden basado en reglas y en un multilateralismo eficaz. El hecho de que China haya identificado a España como socio prioritario en Europa posiciona al Gobierno como mediador ideal para desbloquear los temas más espinosos de la agenda comunitaria, sobre todo la guerra comercial de aranceles y la transición energética.
Gabriel Reyes-Leguen (G. R. L.): El viaje no fue concebido por la guerra con Irán, pero queda inevitablemente resignificado por ella. Pedro Sánchez viaja a China del 11 al 15 de abril de 2026, en su cuarta visita en cuatro años, y se reunirá con Xi Jinping, Li Qiang y Zhao Leji. No estamos ante un contacto rutinario. Es una interlocución política de alto nivel sostenida en el tiempo. Al mismo tiempo, el viaje coincide con un momento en que España ha elevado su perfil internacional en relación con la escalada en Oriente Medio y ha asumido posiciones más visibles, y en algunos casos más incómodas, frente a decisiones de Washington e Israel. Eso introduce una capa geopolítica adicional que no estaba en el diseño original, pero que condiciona su lectura.
"Hablar con China no implica alinearse con Pekín, sino asumir que sin China es muy difícil gestionar los grandes expedientes del momento"
La interpretación de fondo, a mi juicio, es triple: primero, España intenta preservar margen de maniobra en un contexto de polarización creciente. Hablar con China no implica alinearse con Pekín, sino asumir que sin China es muy difícil gestionar los grandes expedientes del momento: desde la estabilidad comercial hasta la gobernanza de crisis. En un sistema donde la interdependencia se ha vuelto más coercitiva —sanciones, controles tecnológicos, dependencia de cadenas críticas—, mantener interlocución es una forma de proteger capacidad de acción.
Segundo, el viaje refuerza la idea de que España quiere proyectarse como un actor con interlocución propia. No tanto como mediador clásico, pero sí como un país que que busca posicionarse en los espacios donde se están definiendo las reglas del sistema.
Tercero, se produce en un momento de tensión real en la relación transatlántica. No se trata de una ruptura, pero sí de una relación más volátil, más transaccional y menos predecible. Ahora bien, conviene evitar una lectura simplista: este movimiento no es una reacción contra EE. UU. ni un intento de compensar esa relación.
Es un pragmatismo que ya estaba en marcha y que responde a la necesidad de gestionar una interdependencia inevitable con China. Lo que ocurre es que coincide —y se vuelve más visible— en un momento en que EE. UU. introduce más incertidumbre en el sistema. EE. UU. no explica este movimiento, pero sí contribuye a redefinir el entorno en el que se vuelve más visible y más necesario. En ese contexto, la interlocución con China deja de parecer una anomalía y pasa a entenderse como parte de una estrategia más amplia de gestión de riesgos. En paralelo, China enmarca la visita en términos de "confianza estratégica" y cooperación, mientras que la UE endurece su posición industrial, pero evita la ruptura. Ese endurecimiento responde también a problemas estructurales en la relación con China, desde la falta de reciprocidad hasta la sobrecapacidad industrial o las asimetrías regulatorias, que la UE ya no puede ignorar. Ese equilibrio —gestionar la relación sin romperla— es precisamente el espacio en el que se sitúa este viaje.
Alicia García-Herrero (A. G. H.): Es cierto que aunque no se planeó de esta manera, la visita ocurre en un momento de máxima tensión geopolítica.
"Escorarse demasiado hacia China debilitaría la posición española dentro del Consejo Europeo y enviaría una señal equivocada"
La lectura es clara: España debe aprovechar cualquier diálogo con China para reforzar la autonomía estratégica europea, no para aumentar nuestra dependencia de Pekín. En un contexto tan delicado, escorarse demasiado hacia China debilitaría la posición española dentro del Consejo Europeo y enviaría una señal equivocada a nuestros socios.
Con la anterior visita española se habló mucho sobre si el acercamiento hacia China podría ser precipitado, pero al viaje de Sánchez le siguieron los de otros líderes europeos como Macron o Merz. ¿Hasta qué punto España puede estrechar la relación con China sin chocar con la posición de la Unión Europea?
S. M. C.: La relación de la Unión Europea con China atraviesa un momento de redefinición crítica, y la falta de posición común dentro de la UE a menudo lleva a proyectar mensajes contradictorios. Mientras Bruselas define a China simultáneamente como socio, competidor y rival, la realidad geopolítica está obligando a los Estados miembros a buscar matices propios que respondan a sus intereses sin romper la cohesión del bloque. Bajo este marco, España tiene margen para profundizar su relación bilateral siempre que respete el marco común europeo. Por ejemplo, Madrid puede liderar la cooperación en áreas como la crisis climática o el comercio de bienes de consumo, sin comprometer sectores estratégicos.
"El pragmatismo económico no debe traducirse en una relajación de las exigencias europeas sobre derechos humanos o la postura frente a Rusia"
En asuntos de alta sensibilidad, como los aranceles a vehículos eléctricos, obviamente ningún Gobierno debería dinamitar la política comercial de la UE. Además, el pragmatismo económico no debe traducirse en una relajación de las exigencias europeas sobre derechos humanos o la postura frente a Rusia, manteniendo la alineación política con el eje franco-alemán. En definitiva, la apuesta española es viable mientras se evite un choque frontal en materia de seguridad o de valores fundamentales. De hecho, la diplomacia bilateral podría fomentar una postura europea más realista, capaz de gestionar la interdependencia con Pekín de forma constructiva.
G. R. L.: En Geopolitical Insights ya anticipamos —incluida una pieza en Agenda Pública— que Europa acabaría llevándose mejor con China de lo que se pensaba y peor con EE. UU. de lo que se asumía. Lo que estamos viendo ahora es la materialización de esa tendencia. España se ha convertido en una especie de adelantado pragmático. Entendió antes que otros que la relación con China no podía plantearse en términos binarios —acercamiento o distanciamiento—, sino como un problema de gestión de interdependencia en un contexto de dependencia real en sectores clave: industrial, tecnológico y energético. Eso es precisamente lo que hoy articula la posición europea: de-risking, no decoupling. Reducir exposición en ámbitos críticos —baterías, tecnologías duales, infraestructuras— sin cerrar los canales económicos y políticos. Lo relevante es que esta lógica ya se está aplicando. Alemania, con Friedrich Merz; Francia, con Emmanuel Macron; e incluso la Comisión combinan interlocución con China con mayor exigencia en reciprocidad, acceso al mercado y control de riesgos. Desde esa perspectiva, España puede estrechar la relación sin chocar con la UE porque se mueve dentro de ese marco. De hecho, en algunos aspectos lo anticipa. Ahora bien, esa convergencia no es lineal ni está exenta de tensiones internas entre Estados miembros con distintos niveles de exposición industrial y dependencia. El problema, más que el acercamiento, se encuentra en hacerlo bajo las premisas de un entorno que ya no existe.
A. G. H.: España puede mantener un diálogo pragmático con China, pero siempre dentro de los límites de la posición común de la UE. El objetivo no debe ser estrechar la relación bilateral por encima de Bruselas, sino contribuir a una mayor autonomía estratégica europea. Podemos empujar para reducir la dependencia excesiva de EE. UU., pero nunca a costa de sustituirla por una dependencia mayor de China.
En el plano económico, ¿qué debería considerar España un éxito real de esta visita? Más allá de los gestos políticos, ¿habría que medirlo por nuevas inversiones, mejor acceso al mercado chino, avances en sectores concretos o una relación comercial más equilibrada?
S. M. C.: Ser un socio prioritario carece de valor si no se traduce en resultados tangibles. Para España, el éxito económico de esta visita se medirá en torno a tres ejes. Primero, hay que intentar derribar las barreras que frenan al sector agroalimentario español en China. Segundo, es necesario tratar de equilibrar la balanza comercial, impulsando exportaciones españolas (por ejemplo, en telecomunicaciones o en el sector agroindustrial). Tercero, no basta con atraer fábricas chinas de baterías o coches eléctricos.
"España podría así convertirse en un nodo logístico que conecte los capitales asiáticos con los mercados de Europa"
Sería vital que esas inversiones traigan transferencia de conocimiento y fomenten la creación de empleo digno. España podría así convertirse en un nodo logístico que conecte los capitales asiáticos con los mercados de Europa y Latinoamérica.
G. R. L.: El éxito no será tanto que China invierta más, sino que esa inversión deje más economía en España de la que se lleva. Por ello, la cuestión es qué cambia y no tanto qué se firma.
Primero, acceso real al mercado chino. La inclusión de España como país prioritario en la iniciativa china para impulsar importaciones —con más de 100 acciones— abre una ventana, pero el verdadero test es si eso se traduce en exportaciones sostenidas en sectores con valor añadido.
Segundo, calidad de la inversión. El capital chino ya está integrado en la transformación industrial española: Ebro-Chery en Barcelona, Stellantis-CATL en Zaragoza, Santana-BAIC en Jaén. El punto de interés está en cómo se da dicha participación: si genera capacidad productiva, transferencia tecnológica y tejido industrial, o si convierte a España en una plataforma de ensamblaje y entrada al mercado europeo. Ahí es donde se está produciendo el cambio más relevante: el intento de pasar de atraer inversión a condicionar su impacto estructural, mediante criterios de arraigo productivo, proveedores locales y permanencia.
"La asimetría no se corrige en una visita, pero sí puede empezar a modificarse si se actúa sobre el acceso y las condiciones"
Tercero, el desequilibrio estructural. Un déficit comercial de más de 42.000 millones de euros no es coyuntural, es el reflejo de una relación profundamente asimétrica. Esa asimetría está estrechamente ligada a barreras de acceso, falta de reciprocidad y distorsiones competitivas que siguen marcando la relación económica con China. No se corrige en una visita, pero sí puede empezar a modificarse si se actúa sobre el acceso y las condiciones.
A. G. H.: Un éxito real de esta visita debería medirse por avances concretos que refuercen la autonomía estratégica de Europa: inversiones equilibradas que no aumenten nuestra vulnerabilidad, mejor acceso recíproco al mercado chino y avances sectoriales sin crear nuevas dependencias. Lo importante no es firmar más acuerdos con China, sino hacerlo de forma que Europa gane capacidad de acción propia.
No se pueden olvidar las tensiones en torno al vehículo eléctrico, las materias primas críticas y la reciprocidad en el acceso al mercado. ¿Está España anticipándose a una nueva etapa de relación con China o está corriendo el riesgo de quedarse sola dentro de una UE cada vez más recelosa con Pekín?
S. M. C.: Aunque parece difícil conciliar una relación preferencial con la tendencia europea de reducir la dependencia de China, España podría abogar por una etapa de integración productiva, sustituyendo aranceles por fábricas dentro de la UE. Si la producción de marcas chinas ocurre en España, creando empleo local y ajustándose a la normativa de la UE, la vulnerabilidad podría convertirse en fortaleza productiva. En un mercado global implacable, España tiene que intentar hacer valer su peso como potencia automotriz para captar esas inversiones sin quedar desplazada por otros socios europeos.
G. R. L.: España no se está quedando sola. Lo que estamos viendo es, más bien, cómo una posición que España adoptó antes que otros empieza a parecerse cada vez más a la de la propia Unión Europea. Las tensiones en torno al vehículo eléctrico, las baterías, las materias primas críticas o la falta de reciprocidad en el acceso al mercado no apuntan a una ruptura, pero sí a un cambio de fase. Son precisamente esos ámbitos donde la relación con China deja de ser puramente económica y pasa a ser estratégica. Y es ahí donde encaja la evolución europea.
La UE no está desacoplando, pero sí está endureciendo las condiciones de la relación: control de inversiones extranjeras, Foreign Subsidies Regulation, condicionalidad en contratación pública, requisitos de contenido europeo o estándares de ciberseguridad que permiten limitar la presencia en sectores sensibles. Esto no es una política de alejamiento, sino de redefinición de términos. Europa no está dejando de relacionarse con China; está intentando hacerlo con más capacidad de negociación y menos exposición. Esto incluye no solo instrumentos económicos, porque incorpora también la defensa de estándares regulatorios y condiciones de competencia que la UE considera esenciales para preservar un level playing field. En ese contexto, España, en realidad, anticipa esa lógica. Entendió antes que otros que la relación con China no podía plantearse como apertura o cierre. En este sentido, debe abordarse como una gestión de interdependencia bajo condiciones: industriales, tecnológicas y regulatorias. Por eso, más que quedarse sola, España se encuentra en una posición que hoy resulta cada vez más reconocible en Bruselas.
A. G. H.: Con las tensiones abiertas en torno al vehículo eléctrico, las materias primas críticas y la falta de reciprocidad, España no debería correr el riesgo de quedarse sola adelantándose a una UE cada vez más cautelosa con Pekín. Nuestro papel debe ser impulsar la autonomía estratégica europea, reduciendo la dependencia de EE. UU. donde sea razonable, pero sin reemplazarla por una mayor dependencia de China. De lo contrario, nos exponemos a quedar aislados y más vulnerables.
Mirando a medio plazo, ¿cuál es la principal oportunidad y cuál es el principal riesgo para España en su relación con China? Los acercamientos van in crescendo y están llegando al mismo tiempo que un fuerte distanciamiento de EE. UU.
S. M. C.: España podría consolidarse como entrada de China hacia Europa, Latinoamérica e incluso el norte de África. Si las empresas chinas ven a España como una plataforma estratégica para proyectar sus intereses, Madrid podría dotarse de una influencia geopolítica que supere su peso económico. Pero ello conlleva riesgos estructurales. Si la inversión china se limita a plantas de ensamblaje, sin garantizar la transferencia de conocimiento, podría desencadenar un empobrecimiento tecnológico en España.
Por otra parte, si para atraer capital Sánchez estuviese dispuesto a rebajar estándares medioambientales o laborales, podrían generarse fricciones con nuestros socios europeos. El desafío es perseguir la autonomía estratégica sin fracturar la unidad de la UE ni comprometer los valores fundamentales europeos ni la alianza de seguridad transatlántica.
G. R. L.: La clave, a medio plazo, es entender que la relación con China no es una opción que España pueda intensificar o reducir a voluntad, sino una condición estructural del sistema económico e industrial en el que opera. Desde esa premisa, la oportunidad es clara: posicionarse dentro de esa interdependencia en los tramos de mayor valor. China es central en sectores que van a definir la transformación europea —baterías, electrificación, energías renovables— y España tiene margen para convertirse en plataforma industrial relevante si consigue atraer inversión que genere capacidad productiva, tecnología y cadena de valor local. Pero esa oportunidad no es automática, es completamente condicional.
En el fondo, aquí está la tensión estructural que define la relación: Europa intenta gestionar una interdependencia que en gran medida no controla y de la que no puede salir sin coste. El riesgo está lejos de ser la relación con China en sí. Por el contrario, este se encuentra en la asimetría dentro de esa relación. Sin reciprocidad en el acceso al mercado, sin transferencia de valor, sin control sobre infraestructuras críticas o nodos tecnológicos, la interdependencia deja de ser una ventaja y se convierte en una vulnerabilidad estructural. Y ese no es un riesgo teórico. Es precisamente el que la UE está intentando corregir: sin reducir la relación, está redefiniendo sus términos mediante control de inversiones, supervisión de subsidios, condicionalidad en el acceso al mercado, requisitos de contenido europeo y protección de sectores estratégicos.
El contexto transatlántico influye, pero no explica esta dinámica. Esto no es una reacción frente a EE. UU. porque es un ajuste más profundo. Hablamos de la constatación de que Europa tiene que operar en un sistema donde las interdependencias son inevitables y donde la cuestión central ya no es si participar en ellas, sino en qué condiciones hacerlo.
A. G. H.: A medio plazo, la principal oportunidad para España es contribuir activamente a construir una auténtica autonomía estratégica europea, reduciendo la dependencia excesiva de EE. UU. sin caer en una nueva dependencia de China. El principal riesgo, y claramente mayor, es aumentar nuestra vulnerabilidad al escorarnos hacia Pekín, erosionando la confianza en el Consejo Europeo y debilitando nuestra posición de seguridad y estabilidad en un momento de fuerte distanciamiento con Washington. España tiene mucho más que perder que ganar si rompe ese delicado equilibrio.