La semana pasada, Pedro Sánchez se alzó como contrapunto inesperado al puño de hierro de Trump y Netanyahu. Su "no a la guerra" ante la ofensiva de EE. UU. e Israel contra Irán ha calado hondo, al conectar con una preocupación transversal: la normalización de la arbitrariedad en el plano geopolítico. La clave ha sido recordar que se puede condenar la brutalidad de un régimen y, al mismo tiempo, erigirse en guardián de la legalidad. Como ya advirtiera el primer ministro canadiense, Mark Carney, el sistema internacional es una construcción frágil cuya vigencia depende de nuestra voluntad compartida de creer en ella. Si se rompe el pacto, se resquebraja el muro que nos ha protegido de la imposición de la fuerza bruta durante más de ochenta años.
"Quizá el cambio de época sea ya imparable. El orden multilateral es un paréntesis histórico y parece cerrarse"
Las muestras de apoyo a Sánchez trascienden fronteras e ideologías, aunque las repercusiones que tendrá su decisión son inciertas. Quizá el cambio de época sea ya imparable. El orden multilateral es un paréntesis histórico y
parece cerrarse.
Tampoco está claro que el momento viral de Sánchez vaya a reflejarse en las urnas. El electorado es menos sensible a la
política exterior que al estado de la economía nacional —la cual, paradójicamente, está abocada a sufrir las consecuencias de la guerra—.
Lo importante es que la ilusión que ha generado su postura recuerda la relevancia de atender a la voluntad popular. El
respaldo ciudadano es condición
sine qua non para garantizar
la viabilidad del proyecto europeo.
España y la Unión Europea se expresan de formas distintas
Frente a la voz nítida de Madrid, Bruselas balbucea. El temor a desatar la ira de Trump parece haber paralizado a sus dirigentes. La alta representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Kaja Kallas,
se ha limitado a condenar a Irán. La presidenta de la Comisión, Úrsula von der Leyen,
ha llegado incluso a cuestionar el futuro del sistema basado en reglas, sugiriendo que no puede ser la única forma de
defender los intereses europeos. Quien hace tres años prometía "liderar los esfuerzos encaminados a lograr que el orden basado en reglas sea
más justo" ahora sentencia que Europa no puede seguir siendo la guardiana de ese orden.
Resulta particularmente desconcertante viniendo de la institución encargada precisamente de ser la guardiana de los Tratados.
"Legitimar la ley del más fuerte nos deja desnudos ante la invasión rusa de Ucrania o las pretensiones de EE. UU. sobre Groenlandia"
Las palabras de Von der Leyen proyectan una preocupante indiferencia hacia la voluntad de una ciudadanía que no desea verse arrastrada a un conflicto ajeno. Ahondan en el divorcio entre la élite de Bruselas y la sociedad civil, alimentando la sensación del déficit democrático en un momento sumamente delicado. Es un error de cálculo subestimar el valor de la cohesión social como defensa. Como demostrara Winston Churchill el siglo pasado, la fortaleza a veces reside en el estado de ánimo, y una población amedrentada es una población vencida. Legitimar la ley del más fuerte nos deja desnudos ante la invasión rusa de Ucrania o las pretensiones de EE. UU. sobre
Groenlandia. Además,
la inevitable crisis —económica, energética, migratoria— que se avecina presagia malestar en el plano nacional. El populismo y el antieuropeísmo prosperan sobre las cenizas de la estabilidad social.
Estamos ante un tablero geopolítico desconocido, sí. Pero la nueva realidad aún está en proceso de gestación y, por tanto, puede ser moldeada. La autonomía estratégica que anhela Bruselas será papel mojado si Europa no defiende sus intereses por temor a contrariar a un antiguo socio que se ha vuelto muy poco fiable.
La Unión Europea y el espejo de Donald Trump
Para forjar una verdadera autonomía estratégica, en primer lugar es necesario blindar los valores fundamentales de la Unión, que chocan frontalmente con la agenda de Trump. La desregulación y las políticas neoliberales han fracturado el contrato social estadounidense, afectado por una profunda
brecha económica y social. Trump supo capitalizar ese malestar, difundiendo un mensaje populista amplificado por la libre circulación de desinformación en las redes sociales. Pese a su famoso
Make America Great Again,
el declive democrático interno se ha acelerado desde que llegara al poder, con acoso directo a universidades, jueces, periodistas, juristas y, en definitiva, todos los contrapesos del sistema.
Frente al paleoconservadurismo de rumbo caprichoso, la UE se ha consolidado como potencia normativa
fundamentada en valores de solidaridad y políticas de convergencia económica garantes del bienestar. Como mercado indispensable, ha podido desarrollar un marco normativo que vela por la sostenibilidad, la competencia, los derechos de los trabajadores o la protección de datos. Su repercusión va más allá de las fronteras europeas. Para acceder a su mercado,
hasta los actores globales más poderosos deben acatar las reglas. En ese modelo normativo reside la verdadera soberanía europea. Los intentos de Trump de
intimidar a la UE a golpe de aranceles para frenar el impacto de su regulación digital demuestran la efectividad de estas leyes.
"El propio 'Informe Draghi' también señala que las dependencias y la escasa inversión en innovación son las verdaderas asignaturas pendientes"
Pese a ello,
Europa lleva tiempo cediendo terreno. Bajo el lema de la
simplificación, se está erosionando la red normativa de protección que tanto costó construir. Desde que Mario Draghi señalase que la burocracia de Bruselas es el principal
lastre de la competitividad europea,
se ha gestado un afán por la desregulación. Decepciona que Europa esté dispuesta a renunciar tan rápido a su cometido con la igualdad y el bienestar, sobre todo cuando el propio
Informe Draghi también señala que las dependencias y la escasa inversión en innovación son las verdaderas asignaturas pendientes.
Un segundo paso fundamental hacia la autonomía estratégica de la UE es concebir la geopolítica como un tablero de alianzas más dinámicas. Ante un atlantismo frágil, la defensa de los intereses europeos y la gestión de sus vulnerabilidades exigen nuevos socios. Curiosamente,
la crisis geopolítica también ha gestado un eje de paz espontáneo entre Pekín y Madrid. China no solo se ha hecho eco de la preocupación española por el atropello al derecho internacional que supone la guerra; también
ha advertido que el comercio no debe utilizarse como arma arrojadiza, refiriéndose a la amenaza de Trump de romper lazos comerciales con España. Este cierre de filas contrasta con el
silencio atronador del canciller alemán Friedrich Merz, que estaba sentado al lado de Trump cuando arremetió contra Sánchez.
Los líderes europeos desfilan por Pekín, pero la UE necesita un frente común para negociar de tú a tú. Hasta hace poco, las marcadas diferencias entre Europa y China en lo que respecta a la geopolítica o los derechos fundamentales complicaban su acercamiento. Pero la percepción europea de China mejora a pasos agigantados según las encuestas, y las amenazas de Washington a diestro y siniestro empujan más que nunca a tender puentes distintos.
Ante la crisis, Europa tiene una oportunidad única de reivindicar sus valores, fraguar nuevos ejes de cooperación y convertir su vulnerabilidad en fuerza unificadora. Defender con firmeza los pilares del orden internacional genera respeto e ilusión y permite reconectar con la ciudadanía. Esperemos que el liderazgo de la UE no olvide que a veces la fuerza no reside solo en el arsenal, sino también en la autoridad moral de defender la legalidad frente a la barbarie.