En la celebración del Día de la Victoria en Moscú, con Vladímir Putin al frente del desfile y la guerra en Ucrania aún en marcha, el invitado más relevante no estaba en los tanques, sino en el texto.
Xi Jinping, en visita de Estado a Rusia, firmó ese mismo día un artículo en Rossiyskaya Gazeta en el que volvió a mostrar la capacidad china para hablar el lenguaje del orden internacional… mientras lo reescribe. "La ONU sigue siendo el núcleo del sistema internacional", decía el texto. Una frase que, dicha desde Moscú y en ese contexto, no suena a adhesión, sino a apropiación estratégica.
"Pekín ha comprendido que, en una arquitectura envejecida, quien se mantenga dentro y hable su idioma con fluidez podrá moldearla desde las costuras"
China no está desafiando frontalmente el sistema surgido tras 1945.
Está ocupándolo. No busca construir una alternativa explícita al multilateralismo, sino volverlo compatible con sus intereses, prioridades y valores. A diferencia de otros poderes revisionistas, Pekín ha comprendido que, en una arquitectura envejecida, quien se mantenga dentro y hable su idioma con fluidez podrá moldearla desde las costuras.
La estrategia no consiste en tumbar normas, sino en reformular sus significados. No es ruptura, es reinterpretación.
Este patrón no es nuevo, pero se acelera con cada vacío que deja Occidente. Estados Unidos ha oscilado entre el retraimiento estratégico y el unilateralismo desordenado; Europa, aunque comprometida, ha perdido tracción como arquitecta normativa. En ese espacio,
China avanza: ya lidera agencias clave como la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI) o la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT). Bajo su dirección, varias de estas instituciones han visto cambiar sus prioridades, sus códigos de decisión y, en ocasiones, su neutralidad.
Lo importante no es que estén dirigidas por Pekín, sino cómo Pekín las dirige.
No es un proceso invisible. En la FAO, por ejemplo, la gestión de Qu Dongyu ha sido criticada por diplomáticos europeos y africanos por su opacidad y por un estilo vertical, orientado más a las prioridades chinas que al consenso multilateral. Lo mismo puede decirse de la OACI, donde estados como Canadá han señalado intentos de Pekín por condicionar decisiones sobre Taiwán.
La inserción china en el sistema internacional no es solo institucional: también es política. Y en ese terreno, China se mueve con la ventaja de no tener que justificar su modelo, solo su eficacia.
"Moscú rompe para que Pekín pueda recomponer"
Esa eficacia tiene eco. En gran parte del sur global,
el discurso chino, basado en la soberanía, la no injerencia y el desarrollo económico, resulta más convincente que los llamados occidentales a una comunidad internacional basada en valores compartidos. Pekín no impone modelos, pero ofrece alianzas sin condiciones ideológicas. No exige reformas institucionales, pero premia lealtades funcionales. Y así, sin la pretensión de una nueva hegemonía,
ha empezado a hacer algo más difícil: sustituir el centro sin derribar el edificio.
La alianza con Rusia contribuye a esa lógica. No porque
China apruebe todos los movimientos de Moscú, que no lo hace, sino porque la presencia rusa como factor de disrupción permite a Pekín posicionarse como un actor de orden.
Mientras Putin desafía la legalidad, Xi la invoca. Mientras Rusia empuja al sistema al borde de su legitimidad, China se coloca como su garante alternativo. Moscú rompe para que Pekín pueda recomponer. La asimetría no solo es aceptada: es funcional.
En ese contexto,
Europa queda atrapada entre la defensa de principios y la falta de instrumentos. La retórica europea sobre el multilateralismo es sólida, pero su capacidad para reformularlo es limitada.
Más que una alternativa, ofrece una resistencia: intenta preservar un marco que cambia mientras lo defiende. En algunos foros, como el Consejo de Derechos Humanos o la Unesco, todavía puede articular coaliciones normativas. Pero su margen de maniobra se reduce si no reactiva alianzas, también con democracias del sur, y no reformula su narrativa para hacerla menos prescriptiva y más inclusiva.
"Europa queda atrapada entre la defensa de principios y la falta de instrumentos"
Este giro no implica necesariamente un colapso del sistema internacional. Pero sí señala una transformación de fondo:
el paso de un orden articulado en torno a valores a otro estructurado en torno a intereses; de un multilateralismo proactivo a otro transaccional. China no ha impuesto este cambio, sin embargo, lo ha leído mejor que nadie. Y en su estrategia de reordenar sin romper, de reescribir sin declarar, radica buena parte de su poder.
Hace poco fallecía Joseph Nye, el teórico que más agudamente advirtió que el poder en el siglo XXI residiría menos en la fuerza que en la capacidad de estructurar el entorno. Para Nye, el
poder inteligente consistía en combinar presencia, persuasión e inserción institucional.
Pekín nunca citó a Nye, pero lo ha comprendido. La pregunta es si lo han comprendido también quienes lo leyeron con admiración y ahora ven, con desconcierto, cómo su teoría se despliega sin ellos.