Martes, 28 de julio de 2026
CARTOGRAFÍA

La guerra de Irán: mapas para entender una crisis que va mucho más allá de Oriente Medio

El de Oriente Medio es "uno de los últimos conflictos en los que el petróleo funciona como instrumento geopolítico de primer orden". El cofundador de Kartex Risk Darío Salinas analiza a través de varias cartografías las implicaciones locales, regionales y mundiales de la guerra de Irán: desde la asfixia a China por la pérdida de dos exportadores de petróleo hasta la incomodidad de los países del Golfo o la posición diplomática y estratégica de España.

Darío Salinas Palacios Darío Salinas Palacios 27 de marzo de 2026
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Darío Salinas Palacios
Darío Salinas Palacios
A veintisiete días de la Operación Furia Épica contra Irán, lanzada el 28 de febrero de 2026 por EE. UU. e Israel, el estrecho de Ormuz permanece cerrado; varios miles de personas han muerto en todos los frentes; más de cuatro millones han sido desplazadas, y el barril de Brent, referencia internacional del precio del petróleo, oscila entre los 100 y los 119 dólares tras partir de 67 antes del conflicto. La Agencia Internacional de la Energía la ha calificado como la mayor disrupción de suministro energético de la historia. Sin embargo, analizar este conflicto exclusivamente como una guerra regional impide comprender las dinámicas que lo alimentan. 

Estas dinámicas operan a varias escalas simultáneas (la competencia global entre grandes potencias, los equilibrios de poder en Oriente Medio y la geografía física de un estrecho de apenas 34 kilómetros) y solo adquieren sentido cuando se las analiza de forma conjunta.

Irán y Venezuela en el contexto de la rivalidad sinoestadounidense


Mapa 1: dependencias energéticas mundiales y alternativas chinas ante un bloqueo de Ormuz

Pase sobre el mapa para hacer zoom. Muestra las dependencias energéticas mundiales del estrecho de Ormuz y las alternativas que China ha desarrollado para reducir su vulnerabilidad, desde rutas terrestres hasta puertos e infraestructuras estratégicas. | Mapa: Agenda Pública / Kartex

La guerra de Irán no se explica sin lo que ocurrió ocho semanas antes en Caracas. El 3 de enero de 2026, EE. UU. capturó a Nicolás Maduro. Cada una de estas operaciones responde a motivaciones propias (en el caso de Irán, la proliferación nuclear y la presión israelí; en el de Venezuela, la política migratoria y la crisis democrática), pero ambas comparten un elemento que conviene poner de relieve. Irán y Venezuela son los dos principales proveedores de crudo de China fuera de las rutas que EE. UU. controla militarmente. Irán suministraba el 13,5% de las importaciones marítimas de crudo chino en 2025; Venezuela, otro 4%. En un periodo de sesenta días, aproximadamente el 17% del suministro petrolero de la segunda economía del mundo ha quedado interrumpido por dos operaciones estadounidenses consecutivas.

Considerada en conjunto, esta secuencia tiene implicaciones estratégicas que van más allá de cada operación por separado. Cerca del 40% del petróleo importado por China transita cada día por Ormuz, y el 80% de su crudo marítimo pasa por Malaca. La dependencia china de los cuellos de botella marítimos, una preocupación constante en la planificación estratégica del Gobierno chino desde hace dos décadas, ha dejado de ser un escenario hipotético.

"Japón depende de Ormuz para el 75% de su crudo importado, Corea del Sur para el 68%, India para cerca de la mitad de su petróleo y más de la mitad de su gas"
El mapa a escala mundial permite visualizar esta doble dinámica. De un lado, la vulnerabilidad de las economías asiáticas. Japón depende de Ormuz para el 75% de su crudo importado, Corea del Sur para el 68%, India para cerca de la mitad de su petróleo y más de la mitad de su gas. La propia China, pese a su estrategia de diversificación, sigue dependiendo de Ormuz para el 25% de su gas natural licuado (GNL). Del otro, la respuesta que el Gobierno chino ha ido construyendo durante años para reducir esa exposición. Oleoductos terrestres desde Siberia, Asia Central y Myanmar, puertos integrados en la Iniciativa de la Franja y la Ruta, y reservas de crudo estimadas en más de 1.200 millones de barriles, que ofrecen más de cien días de autonomía. A todo ello se añade un factor que muchos análisis pasan por alto. Más de la mitad de los automóviles vendidos en China en 2025 fueron eléctricos, y el parque de vehículos eléctricos del país supera ya los 30 millones de unidades. Según estimaciones de Nomura, el crudo que transita por Ormuz representa ya solo el 6,6% del consumo energético total chino. La transición energética está reconfigurando los equilibrios de vulnerabilidad entre las grandes potencias, y esta guerra contribuye a hacerlo evidente.


La posición de China ante el conflicto refleja esa ambivalencia. Pekín ha condenado los ataques, pero no ha proporcionado ayuda militar a Teherán, a pesar de un acuerdo de asociación estratégica de 25 años y más de 100.000 millones de dólares en inversiones acumuladas. La cumbre Xi-Trump, inicialmente prevista para finales de marzo, ha sido pospuesta varias semanas a causa del conflicto, lo que sugiere que China prefiere negociar con EE. UU. desde una posición de espera antes que arriesgar su relación bilateral por la defensa de un socio bajo presión militar. La relación de China con Irán ha sido siempre más comercial que ideológica y esta guerra lo ha puesto de manifiesto. Al mismo tiempo, diversos análisis apuntan a que la contención china no equivale a indiferencia, sino a un cálculo de largo plazo, en el que el desgaste militar y financiero de EE. UU. en el golfo Pérsico, la creciente dependencia de un Irán debilitado respecto de China y la posibilidad de liderar la reconstrucción posconflicto podrían terminar reforzando la posición de China en la región sin necesidad de una confrontación directa.

La guerra tiene también una dimensión que trasciende los hidrocarburos. Oriente Medio produce el 24% del azufre mundial, esencial para procesar cobre y níquel, y el 9% del aluminio primario del Consejo de Cooperación del Golfo. Grandes volúmenes de fertilizantes permanecen varados cerca del estrecho. China ha restringido sus propias exportaciones de estos productos. El conflicto no solo altera los flujos energéticos, sino que afecta a las cadenas de suministro que sostienen tanto la transición verde como la industria de defensa occidental.

"Según estimaciones de BBVA Research, el conflicto podría restar dos décimas al crecimiento del PIB español y añadir tres décimas a la inflación de 2026"
Para España, cuya dependencia directa de Ormuz es marginal (Catar representa apenas el 1,7% de las importaciones de gas, siendo Argelia, EE. UU. y Rusia los proveedores principales), el impacto llega por el precio, no por el suministro. El gas natural licuado se negocia en un mercado global, y el índice de referencia europeo del gas (el TTF holandés) ha pasado de unos 30 euros por megavatio hora en febrero a picos superiores a 60, arrastrando consigo el precio de la electricidad. La gasolina 95 ha superado los 1,60 euros por litro. Según estimaciones de BBVA Research, el conflicto podría restar dos décimas al crecimiento del PIB español y añadir tres décimas a la inflación de 2026, un efecto contenido, pero que se acumula sobre una economía europea que todavía no ha absorbido por completo las consecuencias de la guerra en Ucrania.

Una coalición con dos lógicas frente a un eje de resistencia iraní debilitado

Mapa 2: conflicto regional, alineamientos y actores en torno a Irán

Pase sobre el mapa para hacer zoom. Muestra los actores regionales del conflicto, las principales líneas de ataque, las bases militares y los alineamientos que explican la guerra a escala de Oriente Medio. | Mapa: Agenda Pública / Kartex

Si la escala global permite entender el papel de la competencia sinoestadounidense como factor estructural, el análisis a escala regional muestra que las motivaciones de los dos miembros de la coalición atacante difieren de forma significativa, lo cual condiciona tanto el desarrollo de las operaciones como cualquier perspectiva de negociación futura.

El mapa regional permite identificar los actores principales, las líneas de ataque y los alineamientos regionales. Para Israel, esta guerra tiene una dimensión existencial. Netanyahu ha invocado la necesidad de eliminar la amenaza nuclear iraní y ha dirigido una campaña de asesinatos selectivos contra la cúpula del régimen. Jamenei fue eliminado en los primeros bombardeos, Larijaní el 17 de marzo, el ministro de Inteligencia Khatib al día siguiente. Al mismo tiempo, Israel ha aprovechado el contexto para lanzar una ofensiva terrestre contra Hizbulá en Líbano y ha atacado el complejo gasístico de South Pars el 18 de marzo, una decisión que provocó la irritación explícita de Trump. La ambición israelí va más allá de la neutralización del programa nuclear y aspira a desmantelar la red de alianzas que Irán ha construido durante dos décadas en la región. Conviene no perder de vista que Israel afronta elecciones legislativas previstas para octubre de 2026, con la posibilidad de un adelanto a junio o julio, lo cual introduce un factor de política doméstica en la conducción de la guerra. Para EE. UU., en cambio, los objetivos son de otra naturaleza. Trump invocó explícitamente el cambio de régimen el 13 de febrero, en un momento en que Irán atravesaba la mayor crisis interna desde la revolución de 1979, con miles de manifestantes en las calles a lo largo de enero de 2026 y una represión que debilitó aún más la legitimidad del régimen. El marco estratégico de la operación conecta con la contención de China y la voluntad de reafirmar el control estadounidense sobre las rutas energéticas del Golfo. Sin embargo, la divergencia entre las dos agendas —que el análisis permitía anticipar— se ha hecho visible en las últimas jornadas. Mientras Israel intensificaba sus ataques contra infraestructura energética iraní y lanzaba una invasión terrestre en el sur de Líbano, Trump anunció el 23 de marzo una pausa de cinco días en los bombardeos contra centrales eléctricas iraníes, invocando la existencia de "conversaciones productivas" con Irán, que el Gobierno iraní ha desmentido categóricamente.

"La red de aliados de Irán no ha funcionado como un dispositivo coordinado, sino como un conjunto de actores con agendas propias y márgenes de acción desiguales"
El llamado "eje de resistencia" iraní, que tanto la retórica de la teocracia como buena parte de la literatura estratégica occidental presentaban como una amenaza regional cohesionada, venía mostrando signos de debilitamiento desde la ofensiva israelí sobre Gaza en octubre de 2023. La incapacidad de Irán para proteger a Hamás, la degradación progresiva de Hizbulá mediante operaciones israelíes selectivas durante 2024 y 2025 y la distensión entre los hutíes y Arabia Saudí habían ido erosionando la credibilidad de esta arquitectura de disuasión antes del inicio de la guerra actual. La Operación Furia Épica ha confirmado esa fragilidad de forma abrupta. Hizbulá abrió un segundo frente el 2 de marzo con cohetes sobre Haifa y la Alta Galilea, lo que provocó primero operaciones terrestres israelíes al sur del Litani y, desde el 16 de marzo, una invasión terrestre que ha elevado el balance en Líbano a más de 1.000 muertos y un millón de desplazados, cerca de una quinta parte de la población. Hamás se encuentra bajo un alto el fuego frágil desde enero de 2025 que la guerra ha congelado. En cuanto a los hutíes, su posición ha evolucionado en los últimos días. Tras mantenerse al margen durante las tres primeras semanas del conflicto, el movimiento declaró formalmente su entrada en la guerra el 22 de marzo, aunque sin lanzar ataques hasta la fecha. Esta declaración sin acción inmediata confirma la lógica que venía operando desde el inicio del conflicto. La red de aliados de Irán no ha funcionado como un dispositivo coordinado, sino como un conjunto de actores con agendas propias y márgenes de acción desiguales, cuya capacidad de proyección dependía de una disuasión que, puesta a prueba por la intervención directa, no ha producido la respuesta conjunta que el gobierno iraní necesitaba.


Los países del Golfo, por su parte, se encuentran en una posición especialmente compleja, atrapados entre su rivalidad histórica con Irán y su necesidad de estabilidad para proteger sus economías y su prestigio internacional. Irán ha lanzado represalias contra los seis Estados del Consejo de Cooperación del Golfo. Los Emiratos son el territorio más castigado, con más de 350 misiles balísticos y 1.800 drones recibidos. El complejo de GNL de Ras Laffan en Catar, el mayor del mundo, ha perdido el 17% de su capacidad tras el ataque del 19 de marzo, con daños que QatarEnergy estima irreparables durante tres a cinco años. El ataque israelí contra South Pars, el mayor yacimiento gasístico del mundo compartido entre Irán y Catar, ha agravado las tensiones entre Catar y la coalición. Estos mismos estados albergan las bases desde las que opera la coalición, de modo que la presencia militar que debía protegerlos es lo que los convierte en objetivo.

"El presidente Sánchez pronunció un «No a la guerra» televisado el 4 de marzo, prohibió el uso de las bases de Rota y Morón para operaciones contra Irán, retiró al embajador en Israel"
Europa se ha desmarcado, aunque con intensidades diferentes. Ningún aliado de la OTAN participó en los ataques iniciales ni fue consultado previamente. España se ha situado como la voz más crítica del continente. El presidente Sánchez pronunció un "No a la guerra" televisado el 4 de marzo, prohibió el uso de las bases de Rota y Morón para operaciones contra Irán, retiró al embajador en Israel y rechazó la propuesta de Macron de una misión naval en Ormuz. La Administración estadounidense respondió amenazando con cortar el comercio bilateral. Los cerca de 300 militares españoles de la misión OTAN en Irak han sido evacuados hacia Turquía en una operación que la ministra de Defensa calificó de "muy compleja". Es una posición que evoca el precedente de 2003, pero en un contexto donde la necesidad de autonomía estratégica europea resulta más acuciante que entonces.

Una geografía de 34 kilómetros que paraliza la economía mundial

El tercer cambio de escala sitúa el análisis en la geografía concreta del estrecho de Ormuz, un paso de apenas 34 kilómetros entre Irán y Omán, atravesado por dos corredores de navegación de 3,5 kilómetros cada uno que bordean territorio iraní. Las islas de Qeshm, Larak y Abu Musa, controladas por Irán, se sitúan sobre los propios corredores de tránsito, lo que otorga a las fuerzas iraníes una posición dominante sobre la navegación comercial.

El plano local permite apreciar la densidad de infraestructura concentrada en este espacio reducido. Los principales yacimientos del Golfo (Ghawar, el mayor campo de petróleo del mundo, Burgan, y el gigante gasístico South Pars/North Dome, compartido entre Irán y Catar) alimentan una red de terminales de exportación cuya producción sale casi exclusivamente por este corredor. Las bases militares de las partes en conflicto se despliegan a ambos lados del estrecho con una proximidad que explica tanto la eficacia del cierre como la dificultad de revertirlo.

"Es un ejemplo claro de guerra asimétrica, en el que un actor con capacidades navales limitadas consigue paralizar la principal arteria energética del planeta con medios cuyo coste es muy inferior al del daño que provocan"
El estrecho está efectivamente cerrado desde el 1 de marzo, algo que no ocurría desde la llamada "guerra de los petroleros" durante el conflicto Irán-Irak de los años ochenta, aunque a una escala sin precedentes. El mecanismo es significativo en sí mismo. No se trata de un bloqueo naval convencional, sino de una combinación de drones de bajo coste, ataques selectivos contra buques comerciales y minado del fondo marino. Tras el ataque al petrolero
Skylight, las aseguradoras cancelaron las coberturas marítimas y las principales navieras suspendieron todos los tránsitos. Solo una veintena de petroleros han cruzado desde el inicio de la guerra, frente a más de cien buques diarios en condiciones normales. Miles de navíos permanecen varados en la región. Es un ejemplo claro de guerra asimétrica, en el que un actor con capacidades navales limitadas consigue paralizar la principal arteria energética del planeta con medios cuyo coste es muy inferior al del daño que provocan.

Las cifras dan la medida de la disrupción. Los flujos normales de Ormuz ascienden a unos 15 millones de barriles diarios de crudo, el 31% del comercio marítimo mundial de petróleo, más el 20% del GNL global. La liberación coordinada de 400 millones de barriles de reservas estratégicas por los 32 países miembros de la Agencia Internacional de la Energía, la mayor operación de este tipo jamás realizada, equivale, sin embargo, a menos de cinco días del volumen interrumpido. De los seis grandes exportadores del Golfo, solo Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos disponen de oleoductos de derivación que permiten sacar parte de su producción sin pasar por el estrecho (el Petroline saudí hacia el mar Rojo y el oleoducto ADCOP emiratí hacia el puerto de Fujairah, en el golfo de Omán). Irak, Kuwait, Catar e Irán carecen de alternativa terrestre y dependen por completo de Ormuz para exportar. La capacidad máxima combinada de estos oleoductos alcanza unos 9 millones de barriles diarios frente a los 20 millones que transitaban normalmente, una brecha que ninguna infraestructura existente puede cubrir.

La guerra ha puesto de relieve también una vulnerabilidad que trasciende la cuestión energética. Más de 400 plantas desalinizadoras bordean las costas del Golfo Pérsico, producen más de la mitad del agua desalinizada del mundo y suministran agua potable a unos 100 millones de personas. Kuwait depende de la desalinización para el 90% de su agua, Catar para más del 99%. Irán, que pese a sus propios problemas de estrés hídrico obtiene la mayor parte de su agua de ríos y acuíferos interiores, no depende de esta infraestructura de desalinización costera. Sus vecinos del Golfo, en cambio, no pueden prescindir de ella. Esta asimetría confiere al Gobierno iraní una capacidad de presión que va más allá de lo estrictamente militar, porque un ataque contra estas instalaciones no solo destruiría infraestructura, sino que comprometería la habitabilidad misma de los territorios del Golfo. Los ataques directos contra plantas desalinizadoras han sido limitados hasta ahora, pero la posibilidad de una escalada en esta dirección constituye uno de los riesgos humanitarios más graves del conflicto.

Un cambio de era global, un contexto regional sin salida diplomática clara

Lo que el análisis a diferentes escalas permite ver es que solo articulando estos tres niveles se puede comprender un conflicto como el que estamos atravesando. Es el primer conflicto abierto en el que la rivalidad entre las dos primeras economías del mundo se proyecta directamente sobre las rutas energéticas, las cadenas de minerales críticos y la arquitectura de seguridad de una región entera. La secuencia Venezuela-Irán en apenas dos meses apunta a una lógica estratégica estadounidense orientada a reconfigurar los flujos energéticos globales en un contexto de competencia directa con China por el control de las rutas de suministro. Sin embargo, esta guerra, concebida en parte para limitar la posición de China, podría terminar reforzando la tendencia que pretende contener. La resiliencia energética que China ha demostrado, con sus reservas, sus rutas terrestres y su avance en electrificación, reduce progresivamente la eficacia de una estrategia basada en el control de las rutas marítimas. Es probable que estemos, si se confirman las tendencias actuales de electrificación y diversificación energética, ante uno de los últimos conflictos en los que el petróleo funciona como instrumento geopolítico de primer orden, y ante el primero en el que la transición energética de una gran potencia altera de forma tangible la ecuación estratégica de una guerra.

"Una veintena de países han firmado declaraciones a favor de la reapertura de Ormuz, pero ninguna operación naval de escolta se ha materializado"
En Oriente Medio, el panorama presenta escasos márgenes de resolución a corto plazo, aunque la última semana ha introducido señales contradictorias. El "eje de resistencia" iraní ha mostrado su fragilidad ante una confrontación directa. Los estados del Golfo ven cómo su infraestructura energética sufre daños que tardarán años en repararse. La normalización saudí-israelí, pieza central de la arquitectura diplomática que la Administración estadounidense promovía antes de la guerra, ha quedado suspendida indefinidamente. El 23 de marzo, Trump anunció una pausa de cinco días en los ataques contra infraestructura energética iraní, afirmando que existían "conversaciones productivas" para poner fin al conflicto. Irán desmintió cualquier negociación directa, aunque reconoció haber recibido propuestas estadounidenses a través de mediadores (Turquía, Egipto y Pakistán). Es pronto para saber si esta ventana conducirá a un proceso real o si se cerrará en los próximos días. Lo que sí ha quedado claro es que la divergencia entre Israel y EE. UU., que el análisis regional permitía anticipar, se ha materializado de forma abierta. Israel continuó atacando objetivos en Irán y Líbano durante la pausa estadounidense. Una veintena de países han firmado declaraciones a favor de la reapertura de Ormuz, pero ninguna operación naval de escolta se ha materializado.


España, físicamente distante pero políticamente expuesta, ha optado por oponerse a la intervención militar. Su dependencia de Ormuz es marginal, pero su vulnerabilidad al precio global de la energía es total. Su decisión de oponerse públicamente a la guerra, en un momento en que el consenso transatlántico se debilita como no lo hacía desde 2003, refleja tanto una posición nacional como una fractura más amplia dentro de las democracias occidentales ante el uso unilateral de la fuerza.

Sus repercusiones se extienden desde la seguridad energética asiática hasta los mercados europeos del gas, y redefinen los parámetros de la competencia geopolítica global para las próximas décadas.
Darío Salinas Palacios
Darío Salinas Palacios
Cofundador de Kartex Risk
Es doctor en Geopolítica (Université Paris 8, Instituto Francés de Geopolítica), cofundador de Kartex Risk y embajador del Pacto Climático de la UE.
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