Lunes, 17 de agosto de 2026
ESTRATEGIA MILITAR (Y ELECTORAL)

¿Y si Donald Trump se ha equivocado atacando Irán?

La ofensiva militar en Oriente Próximo amenaza con fracturar la hegemonía global estadounidense. Mientras Washington concentra sus mermados recursos navales en el golfo Pérsico, el flanco del Pacífico queda expuesto ante Pekín y se desmorona su estructura política interna. El experto en defensa y seguridad Antonio Legaz muestra que la destrucción institucional no pacificará la región y corre el riesgo de entregar a los ayatolás "un balón de oxígeno" frente a sus disidentes.

Antonio Legaz Antonio Legaz 9 de marzo de 2026
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El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, junto al presidente estadounidense, Donald Trump. | Casa Blanca / Joyce N. Boghosian
El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, junto al presidente estadounidense, Donald Trump. | Casa Blanca / Joyce N. Boghosian
"En veinte años, Irán será una de las cinco grandes potencias del mundo", declaró Mohammad Reza Pahlevi a Oriana Fallaci en 1973. Dos años después, el hombre más respaldado por Washington en toda la región huía de Teherán en pijama, sin ser derrocado por ningún ejército extranjero, sino por su propio pueblo. La historia de la relación entre EE. UU. e Irán está sembrada de una certeza recurrente: la convicción americana de que comprende a Irán mejor de lo que Irán se comprende a sí mismo.

"La pregunta es si alguien en Washington ha tenido la honestidad de mirarse en el espejo de Bagdad y de Kabul"
Esa certeza falló en 1979, cuando Washington apostó todo por un sha que resultó ser de cartón piedra. Oriente Próximo no es una partida de ajedrez donde cada movimiento sigue una lógica previsible; se parece más a una carambola de billar donde cada golpe lanza bolas en direcciones que nadie anticipó. La pregunta no es si EE. UU. puede golpear a Irán. La pregunta es si alguien en Washington ha tenido la honestidad de mirarse en el espejo de Bagdad y de Kabul antes de apuntar a la tronera.


Este artículo hace el ejercicio de frenar la euforia de la operación y enumerar todo lo que puede salir mal. Bismarck, que construyó el Estado moderno alemán precisamente porque nunca confundió la audacia con la imprudencia, lo formuló con una precisión que no ha envejecido: "Una guerra preventiva me parece tan imprudente como suicidarse por miedo a la muerte".

El cálculo electoral de las midterm

La guerra llega en el peor momento posible del ciclo político doméstico de Donald Trump. Las midterm de 2026 se celebran con una mayoría republicana en la Cámara de Representantes que, en muchos distritos, depende de márgenes de tres o cuatro puntos. El patrón histórico de presidentes en guerra durante este tipo de elecciones apunta hacia la pérdida de escaños. La diferencia con los precedentes es que aquí no existe el impulso unificador de una crisis externa inesperada. El 59% de los americanos desaprobó los ataques desde el primer día.

"Cada familia de cada militar desplegado en el Golfo se convierte en munición electoral para los demócratas en noviembre"
El daño político más notorio podría no venir del desapruebo general. Viene de obligar a senadores y congresistas en distritos
swing (bisagra) a votar sobre la autorización de poderes de guerra, con la operación ya en marcha, sin victoria visible y con petición simultánea de fondos suplementarios. Cada ciclo de noticias sin una narrativa clara de éxito, cada subida en el precio de la gasolina y cada familia de cada militar desplegado en el Golfo se convierte en munición electoral para los demócratas en noviembre. Trump ha abierto un frente donde el efecto rally 'round the flag puede actuar en su contra.

Los Estados del Golfo como rehenes

Hay una dimensión del conflicto que merece especial atención: la vulnerabilidad hídrica estructural de los propios aliados del Golfo. Kuwait depende en un 90% de plantas desalinizadoras para su agua potable. Omán, en un 86%. Arabia Saudí, en un 70%. Los Emiratos, en un 42%. Estas instalaciones (descomunales complejos industriales distribuidos por las costas del Golfo) procesan agua de mar y la convierten en el agua potable que sostiene a decenas de millones de personas en territorios donde el agua subterránea es prácticamente inexistente.

Un misil convencional sobre una planta desalinizadora no es solo un ataque a una infraestructura energética, es un ataque a la supervivencia directa de la población civil. Se estima que la destrucción de la planta de Jubail, que abastece al 90% de Riad, haría inviable mantener la capital operativa en menos de una semana. No hay agua embalsada de reserva, no hay acuíferos alternativos, no hay red de distribución que funcione sin estas instalaciones. El modelo de ataque tiene precedentes: los hutíes respaldados por Irán ya atacaron en 2022 la planta desalinizadora de Al-Shuqaiq en el sur de Arabia Saudí, probando que estas instalaciones están dentro del perímetro de objetivos iraníes. En la guerra actual, los restos de un dron interceptado desencadenaron un incendio en la planta eléctrica y desalinizadora de West Doha, en Kuwait.

"EE. UU. ha construido toda su arquitectura de seguridad regional sobre aliados a los que ha metido en una guerra que no pidieron y cuya salida nadie ha diseñado todavía"
Además, los aliados del Golfo no eligieron esta guerra. Antes del primer bombardeo, varios de estos regímenes trasladaron a Washington su petición expresa de contención. Riad sabía que una confrontación militar arrastraría su infraestructura civil, su modelo económico y su estabilidad interna. El exembajador estadounidense en Arabia Saudí, Michael Ratney, lo resume diciendo que Riad no está tanto sorprendida como confirmada en sus peores temores y su mayor miedo ahora no es Irán, sino no saber qué viene después. EE. UU. ha construido toda su arquitectura de seguridad regional sobre aliados a los que ha metido en una guerra que no pidieron y cuya salida nadie ha diseñado todavía.


Asimismo, Arabia Saudí no es el mismo socio estratégico de hace una década. Ha construido un proyecto de transformación nacional, Vision 2030, que ha trasladado una parte creciente de su economía a sectores no petrolíferos (turismo, entretenimiento, finanzas, manufactura) mediante la atracción de inversión extranjera a una escala sin precedentes. NEOM, AlUla, los megaproyectos del PIF… todo ese modelo reposa sobre la premisa de estabilidad regional sostenida.

Los ataques iraníes sobre instalaciones saudíes han detonado una pérdida de credibilidad ante inversores internacionales cuyo capital tardará años en recuperarse, independientemente de cuándo termine el conflicto. Adicionalmente, Arabia Saudí no comparte el objetivo israelí ni el estadounidense en esta guerra; no quiere un posible Estado fallido de 92 millones de personas generando flujos migratorios masivos, radicalización y caos institucional en su propio vecindario durante décadas. Esta ambivalencia convierte a Riad en un aliado que puede romper la disciplina de coalición si la guerra se alarga y forzar a EE. UU. a gestionar fricciones entre sus propios socios.

Dos teatros, un ejército

El ejército americano llega a este conflicto logísticamente comprometido. Solo dispone de once portaaviones operativos, con varios en mantenimiento simultáneo. Con el Golfo como teatro principal, la cobertura del Pacífico se reduce al mínimo. Las reservas de municiones de precisión, ya bajo mínimos por el apoyo sostenido a Ucrania, tienen ciclos de producción industrial de entre dieciocho meses y dos años. La superioridad tecnológica es condición necesaria pero no suficiente para ganar, sobre todo en un conflicto prolongado cuando los almacenes se vacían más rápido de lo que las fábricas los reponen.

"Esta puede ser la mejor ventana de oportunidad para atacar Taiwán, precisamente porque el desgaste temporal en el Golfo comprime el margen de respuesta americana en el Pacífico"
En términos operativos, esto significa que todo portaaviones desplegado frente a las costas iraníes es un portaaviones ausente del estrecho de Taiwán; toda munición consumida sobre Natanz es una munición que no estará disponible si el PLA decide cruzarlo. China, golpeada económicamente por las disrupciones energéticas del conflicto, cuenta, sin embargo, con reservas estratégicas de petróleo suficientes para absorber ese coste a corto plazo. Washington no tiene el mismo margen. Mientras EE. UU. sangra capacidad operativa en Oriente Próximo, Pekín observa, calcula y espera. Esta puede ser la mejor ventana de oportunidad para atacar Taiwán, precisamente porque el desgaste temporal en el Golfo comprime el margen de respuesta americana en el Pacífico. Trump puede estar ganando una guerra mientras pierde otra.


Esta tensión entre teatros de operaciones también alcanza a la OTAN. Los aliados europeos que reconstruyeron sus arsenales orientados a Rusia se ven ahora forzados a elegir entre Ucrania y el Golfo sin capacidad real para sostener ambos frentes. La guerra en Irán no debilita solo a EE. UU., fractura la coherencia estratégica de la alianza.

La trampa del día después

Sin irnos a efectos dominó, hay posibilidades de que esta guerra falle operativamente. Irán lleva casi cincuenta años construyendo su arquitectura militar sobre la premisa única de sobrevivir al ataque americano que siempre supo que llegaría. Irán tuvo además un ensayo general en junio de 2025 que le permitió identificar las capacidades de ataque americanas e israelíes y disponer de ocho meses para corregir vulnerabilidades.

"El coste humano de una invasión terrestre sería de una magnitud que ningún presidente americano podría sostener políticamente más de unas semanas"
EE. UU. domina el espacio aéreo iraní, pero, ¿y si los bombardeos no bastan? Aquí la geografía se convierte en el mejor aliado de Irán. Es el decimoséptimo país más grande del mundo, con una superficie equivalente a la de Europa occidental, dominada por cadenas montañosas como el Zagros y el Elburz que crean corredores naturales de defensa donde cualquier avance terrestre se convierte en imposible. Tomar una posición militarmente no significa bombardearla desde el aire; significa ocuparla, controlarla y sostenerla, y eso requiere infantería, columnas blindadas expuestas y líneas de suministro que atraviesan un territorio diseñado para destruirlas. Afganistán tenía 38 millones de personas; Irán tiene 92 millones, con unas Fuerzas Armadas regulares, el IRGC y milicias de reserva que en conjunto superan el millón de efectivos entrenados para una guerra de resistencia en su propio suelo. El coste humano de una invasión terrestre sería de una magnitud que ningún presidente americano podría sostener políticamente más de unas semanas.


Por estas dificultades, tanto Washington como Tel Aviv parecen apostar por que los bombardeos activen a una sociedad civil iraní harta del régimen para que se levante desde dentro. La apuesta no es absurda; las protestas de 2019, 2022 y 2026 demostraron que existe una fractura real entre amplios sectores de la población y la República Islámica. El problema es que un ataque exterior masivo con víctimas civiles podría activar un mecanismo psicológico opuesto al deseado. El cierre de filas ante el agresor externo. Irán es una nación con más de 2.500 años de identidad histórica continua que ha sobrevivido a invasiones mongolas, árabes y rusas, absorbiendo el impacto y reconstituyéndose. Sus fracturas internas son reales, pero son fracturas que los iraníes resuelven entre ellos y que un bombardeo extranjero podría no ampliarlas, sino soldarlas. La misma ciudadanía que protesta contra el régimen en tiempo de paz puede convertirse en su escudo más sólido cuando los misiles caen sobre sus barrios. Washington puede estar, sin saberlo, entregándole al régimen un balón de oxígeno.

"Cada imagen de ciudad iraní bombardeada que circula por redes sociales en el mundo árabe y musulmán es combustible para una nueva generación de antiamericanismo"
Incluso en el escenario en que EE. UU. logre sus objetivos, el día después podría ser peor que el día antes. Un Irán destruido institucionalmente no es un Irán pacificado; es un vacío de poder de casi cien millones de personas en el corazón de Oriente Próximo, un posible caldo de cultivo para grupos armados. A eso se añade el efecto rebote ideológico. Cada imagen de ciudad iraní bombardeada que circula por redes sociales en el mundo árabe y musulmán es combustible para una nueva generación de antiamericanismo, exactamente como Faluya y Abu Ghraib alimentaron una década de yihadismo global.


¿Y si todo esto ocurre? ¿Qué sucede si entramos en el peor escenario posible? ¿Y si Trump ha confundido destruir un régimen con resolver un problema, exactamente como hizo Bush en Bagdad?

La historia de Oriente Próximo está llena de potencias que llegaron convencidas de que comprendían la región mejor de lo que la región se comprendía a sí misma. Todas se fueron. Si hay una lección que cincuenta años de historia americana en Oriente Próximo han grabado a fuego, es que la certeza de haber ganado suele ser el primer síntoma de que se está empezando a perder.
Antonio Legaz
Antonio Legaz
Analista de defensa e inteligencia en una empresa del sector de la defensa
Participación