

La industria de defensa española ocupa una posición central en el debate político en un escenario marcado por la aceleración del gasto militar en Europa, la presión de los aliados y la revolución tecnológica. Los nuevos planes industriales del Ministerio de Defensa y la pugna por el liderazgo de las grandes corporaciones españolas evidencian la coyuntura que atraviesa el sector. Las decisiones en el corto plazo van a determinar si esta oportunidad constituye un verdadero punto de inflexión para la industria o si se traduce en business as usual con mayor disponibilidad presupuestaria.
Al mismo tiempo, las lecciones que pueden identificarse en los conflictos actuales —con Ucrania como verdadero campo de pruebas de una transformación militar en curso— introducen una imposición adicional para que dichas decisiones, con el objetivo de configurar un tejido industrial competitivo y un posicionamiento en el marco europeo, se traduzcan en capacidades reales que contribuyan a la seguridad de España. Este elemento resulta imprescindible para evitar el desfase entre inversión, industria y dichas capacidades. De ello se deriva un triple alineamiento —entre política de defensa, política industrial y base tecnológica— que constituye el principal desafío de esta política pública.
En este marco, conviene fijar algunas ideas.
En consecuencia, el momento demanda incorporar las lecciones de los conflictos en curso y adaptar los modelos industriales a procedimientos de innovación y adquisición acelerados. Esta situación abre la puerta a nuevos actores industriales y desplaza parte del dinamismo del complejo militar-industrial hacia el ámbito civil, otorgando mayor protagonismo a empresas tecnológicas no tradicionales y (potencialmente) reduciendo las barreras de entrada a determinados segmentos del sector.
El aumento del esfuerzo presupuestario de los Estados miembros de la Unión Europea —donde España continúa por debajo de la media y por debajo de su peso económico—, junto con la movilización de instrumentos financieros comunitarios, ha alterado el papel que este sector desempeña en las economías nacionales. Europa (UE + Reino Unido, Noruega y, sobre todo, Ucrania) concentra una proporción creciente de las importaciones globales de armamento e impulsa programas de inversión orientados a reforzar su base industrial. Un proceso que no responde únicamente a la guerra en Ucrania, sino a una tendencia ya en curso de reconfiguración profunda del entorno estratégico europeo.
Al mismo tiempo, la revolución tecnológica redefine el perímetro del sector, donde la IA, los sistemas no tripulados, la ciberseguridad o el espacio vienen a ocupar una posición estructural en la planificación militar y en la definición de capacidades futuras; estas tecnologías no operan como meros habilitadores, sino como elementos que reconfiguran el modo en que se concibe el uso de la fuerza. Finalmente, este incremento del gasto se acompaña de una voluntad política explícita de revisar los fundamentos de la política de defensa.
"Uno de los problemas que emerge es la aceleración de dinámicas previas que no siempre incorporan este diagnóstico, con el problema de caer en la trampa de la inercia"En este sentido, el momento actual difiere de ciclos anteriores por la convergencia de factores que afectan simultáneamente a la demanda, la tecnología y la organización industrial. Como resultado, uno de los problemas que emerge es la aceleración de dinámicas previas que no siempre incorporan este diagnóstico, con el problema de caer en la trampa de la inercia. España afronta este ciclo desde una estructura industrial condicionada por rasgos persistentes, marcada por una organización piramidal en la que un número reducido de empresas concentra las capacidades principales (Navantia, Santa Bárbara Sistemas, Airbus o —muy especialmente desde que el Gobierno la "designara" como el potencial campeón nacional— Indra), mientras una red amplia de pequeñas y medianas empresas sostiene la cadena de suministro o se especializa en nichos concretos (Oesía, GMV o ITP Aero).
Esta configuración plantea un complicado equilibrio en la política industrial. La estrategia oscila entre la consolidación de un actor con capacidad de liderazgo y la preservación de ese ecosistema diversificado (y fragmentado). La apuesta por Indra como eje de un posible "campeón nacional", reforzada mediante operaciones corporativas de amplia resonancia reciente en prensa y su papel en programas estratégicos, respondería a esa primera estrategia de contar con una empresa capaz de competir en el ámbito europeo. No obstante, la propia Indra tiene una posición de especialización tecnológica que hacía debatible la opción de darle tanto peso a las plataformas terrestres a través de la compra —por el momento frustrada— de EM&E Group, ni siquiera bajo prisas de la creación de ese gigante o sin considerar a otras empresas de tradición en el ámbito.
Si bien desde el tejido empresarial se observa una inclinación por esa segunda estrategia, como muestran los resultados del proyecto de I+D REPENFAS. Diversos actores consideran más viable posicionarse como proveedores tecnológicos en segmentos concretos de la cadena de valor en lugar de competir como integradores de sistemas completos. Esta lógica se traduce en la preferencia por operar como tier 2 —empresas que aportan subsistemas o componentes especializados— frente a tier 1 —empresas que integran plataformas completas y gestionan grandes programas—. Esta posición no reduce su relevancia, sino que la redefine, al situarlas como proveedores críticos de capacidades tecnológicas. Asimismo, la dependencia de grandes programas también puede introducir rigideces en la planificación industrial, limitando esa capacidad de adaptación a cambios tecnológicos rápidos.
Dicho equilibrio es aún más complicado si consideramos que: primero, el peso del capital extranjero en la industria española es elevado y puede intensificarse en el contexto actual de concentración europea, donde grandes grupos buscan ampliar su presencia; segundo, la inversión en investigación y desarrollo continúa siendo limitada en términos comparados, lo que condiciona la capacidad de generar tecnologías propias; y tercero, existe una percepción social y política de la defensa dividida y cada vez más polarizada, lo que influye en el debate sobre el aumento del gasto.
"La localización de capacidades industriales y proyectos tecnológicos tiene implicaciones económicas, sociales y políticas relevantes"A esta complejidad se añade la dimensión territorial. La localización de capacidades industriales y proyectos tecnológicos tiene implicaciones económicas, sociales y políticas relevantes, en la medida en que afecta al empleo, a la especialización regional y a la distribución de recursos públicos. Algunos análisis interpretan los cambios recientes en la dirección de Indra como un intento sobrevenido por articular una conexión entre Catalunya y Madrid que complemente o supere los corredores industriales actuales.
"Estos cambios estratégicos-operacionales desplazan el foco desde la superioridad tecnológica individual de grandes plataformas hacia la capacidad de generar volumen, sostener el ritmo de uso bélico y asumir costes de reposición"Dicha evolución se quiere acompasar a un cambio más amplio de las formas de librar la guerra. Ámbitos como los sensores, las comunicaciones y el análisis de datos han adquirido un peso crítico, facilitando la potencial entrada de empresas del sector civil a través de tecnologías de doble uso. Ciberseguridad, sistemas antidron o capacidades que permiten integrar información, comunicaciones y sistemas de mando se sitúan en el centro de la transformación del sector. En efecto, la expansión de la drónica introduce una transformación transversal del campo de batalla en los dominios aéreo, terrestre y marítimo, al permitir la combinación de volumen, persistencia y bajo coste relativo en la generación de efectos operativos. También la proliferación de drones y misiles apunta hacia dinámicas propias de un paradigma de "guerra de salvas", caracterizada por el lanzamiento simultáneo o secuencial de municiones de precisión con el objetivo de saturar defensas, como ha teorizado mi colega Guillermo Pulido. Estos cambios estratégicos-operacionales desplazan el foco desde la superioridad tecnológica individual de grandes plataformas hacia la capacidad de generar volumen, sostener el ritmo de uso bélico y asumir costes de reposición, alterando la relación tradicional entre calidad, cantidad y efecto militar. Un fenómeno que altera, además, la lógica de la disuasión y el cálculo ofensivo-defensivo.

Recibe nuestro análisis diario en tu correo
Recibe una alerta diaria en tu teléfono