Si vales y te esfuerzas, tendrás tu recompensa.
Las desigualdades se hacen más soportables si se asume que cada uno tiene lo que se merece, y es el mercado el que coloca a cada uno en su sitio. Si esto no es así, es porque hay quienes alteran el funcionamiento del mercado.
Esta forma de pensar legitima el mundo en el que vivimos, y, sobre todo, orienta las propuestas de reformas: más mercado.
El sistema educativo es una parte central en esta comprensión de la sociedad: el mérito (talento + esfuerzo) se recompensa en la escuela. Así, los más meritorios tendrán mejores títulos educativos, más notas, estarán en carreras más difíciles y mejor remuneradas. Todos ganan. Los ganadores de esta carrera, por el premio justo que reciben. Los perdedores también, pues se aseguran de que los mejores ocuparán los puestos más valiosos de la sociedad. La competición en torno al mérito ordena y cohesiona la sociedad, con sus ganadores y perdedores; todos ganamos.
Vamos a dejar de lado el resentimiento que esto podría generar en los perdedores, y que podría estar explicando el auge de los populismos de derechas. Nos vamos a centrar en comprobar si el sistema educativo realmente responde al mérito, o hay algo más. En el gráfico 1 observamos el porcentaje que ha repetido al menos un curso al llegar a los quince años de edad, según el nivel de estudios de la madre y el nivel de
literacia (competencia) en matemáticas.
Los defensores de que la escuela se ordena en torno al mérito pueden encontrar en este gráfico evidencia a su favor: a mayor nivel de competencias, menor porcentaje de repetición. Así lo vemos en la línea de cada color, es decir, para cada nivel de estudios de la madre, mayor competencia matemática está asociado a menor repetición de curso. Esta es la experiencia vital de muchas personas con el mérito: han vivido en su aula, en su colegio, que, a quienes se les daba bien las matemáticas, repetían menos. Es lo que técnicamente llamamos variabilidad intragrupo.
En la medida que existe la segregación escolar por origen social (España es uno de los países donde es más alta), se tienden a agrupar en mayor medida personas con el mismo nivel de estudios de la madre en los mismos centros. La experiencia cotidiana es la de moverse a lo largo de una de las líneas.
Madres universitarias, hijos menos repetidores
Por tanto,
dentro del mismo origen social sí existe el mérito.
Se puede llegar a una tasa de repetición del 70% por caminos muy distintos según el nivel educativo de la madre. Si la madre es universitaria (máster o licenciada), sus hijos repetidores se sitúan en el nivel más bajo de competencia en PISA (inferior a 358 puntos). En cambio, cuando la madre no terminó la ESO (o la EGB), el nivel de los hijos repetidores se encuentra en un nivel mayor, entre 358 y 420 puntos. Apreciamos que la tasa de repetición están "desfasadas en un nivel" de competencias entre los hijos de madres universitarias y los de madres sin estudios. Es decir, provenir de una familia de bajo nivel educativo es una mochila que pesa en nivel de competencias. Si la diferencia intragrupos puede ser talento + esfuerzo, la diferencia entre grupos de origen social es reproducción: en el sistema educativo las desigualdades sociales de origen se transforman en desigualdades de mérito, como repetir curso.
"Las familias con mayor nivel educativo logran amortiguar el riesgo de repetir curso incluso cuando el rendimiento académico de sus hijos es muy bajo"
España es de los países donde la repetición de curso por origen social a igualdad de competencias es mayor. Sin entrar a valorar la eficacia de la repetición como política educativa, estos datos muestran la desigualdad social que genera. Desde la perspectiva personal de paso por el sistema educativo, en tanto que hay cierta homogeneidad social en las aulas, es cierta la vivencia de que el mérito se recompensa con el éxito educativo. Se cumple la ecuación mérito = talento + esfuerzo. Pero cuando vemos cómo funciona el conjunto de la sociedad, el éxito educativo se revela como una forma oculta de desigualdad de oportunidades. Ahora la fórmula es mérito = talento + esfuerzo + origen social.
El mérito es la experiencia personal de la reproducción social. Por eso la reproducción social cuenta con tanta legitimidad: no se percibe el tercer término de la ecuación. El sesgo del superviviente termina de explicar la fuerza de la meritocracia como ideología: "Si yo escapé a la reproducción social, cualquiera puede hacerlo", sin tener en cuenta que
la probabilidad de abandono educativo temprano de los jóvenes de familias sin estudios ronda el 30%, mientras que entre quienes provienen de familias universitarias es menor al 5%.
En resumen, el talento y el esfuerzo pueden explicar las diferencias de resultados educativos dentro del mismo origen social. Pero no se tiene en cuenta que, además, hay diferencias según el origen social. La meritocracia como ideología se olvida del tercer término de la ecuación, convirtiendo así la desigualdad social de origen en mérito puramente individual.
Es una alquimia ideológica en la que la desigualdad arbitraria de condiciones de partida muta en responsabilidad individual.
En colaboración con la Fundación "la Caixa"
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