Martes, 28 de julio de 2026

Branko Milanovic: "Cuando la riqueza se concentra excesivamente, el sistema se vuelve hipócrita"

Tras dedicar su carrera a analizar la desigualdad, el economista serbo-estadounidense denuncia que "el poder político tiende a desplazarse hacia quienes tienen dinero" y la democracia acaba siendo "aparente". En conversación con el vicepresidente de 'Agenda Pública', Rodrigo Pinedo, también remarca que "la globalización está llegando a su fin en el ámbito externo" desde la primera Administración Trump, pero que el neoliberalismo sigue operando "en el ámbito interno".

Rodrigo Pinedo Texidor Rodrigo Pinedo Texidor 28 de diciembre de 2025
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Milanovic durante la 40 Reunió Cercle d'Economia. | David Zorrakino / Europa Press / ContactoPhoto
Milanovic durante la 40 Reunió Cercle d'Economia. | David Zorrakino / Europa Press / ContactoPhoto
Si nos fijamos en las cifras de pobreza o de alfabetización, "el mundo está mejor" hoy que a finales del siglo XX, pero "en muchos lugares la desigualdad también es mayor" y esto "genera varios problemas" de calado. Así lo advierte el economista Branko Milanovic en conversación con Agenda Pública

El investigador principal del Centro Stone sobre Desigualdad Socioeconómica de la City University de Nueva York y profesor visitante del Instituto Internacional de Desigualdades de la London School of Economics advierte de que "la neoliberalización ha monetizado muchas actividades que antes eran gratuitas, como la salud y la educación". "Cuando comparamos los ingresos actuales con los del pasado sin tener en cuenta que bienes esenciales como la vivienda, la salud o la educación se han encarecido considerablemente, la comparación resulta engañosa", asevera.

Tras consagrar gran parte de su carrera a analizar la desigualdad, denuncia que esta genera "un problema político" y compromete la propia democracia. Tal y como subraya, "cuando los ingresos y la riqueza se concentran excesivamente, el poder político tiende a desplazarse hacia quienes tienen dinero y el sistema se vuelve hipócrita". "Es una democracia aparente, pero en la que los ricos gobiernan", afirma.

Asimismo, el anteriormente economista principal del Departamento de investigación del Banco Mundial sostiene que, con la primera Administración Trump, comenzó "el fin de la globalización neoliberal", al tiempo que incide en que "en el ámbito interno" pervive el neoliberalismo. "Con Trump vemos reducciones de impuestos, desregulación y una reducción del tamaño, o al menos de la importancia, del Gobierno, así como una expansión de la producción de petróleo y gas sin restricciones ambientales. Esto es liberalismo de mercado nacional: neoliberal en el ámbito económico nacional, pero no en la política internacional".

Mucha gente se pregunta por qué seguimos publicando contenidos sobre la desigualdad cuando, en su opinión, el mundo está mejor que hace cincuenta años. La pobreza extrema ha pasado de 2.300 millones a 800 millones de personas, las tasas de alfabetización son las más altas de la historia y los ingresos globales han aumentado. Si el mundo ha mejorado, ¿por qué centrarse en la desigualdad?

El mundo está mejor. Los ingresos globales son hoy más altos que hace 30 años, tanto a escala mundial como en muchos países. Sin embargo, en muchos lugares la desigualdad también es mayor que hace tres décadas.

"Una gran desigualdad de ingresos dificulta que las personas con menos recursos accedan a la educación y puedan ser productivas"
La pregunta de por qué nos importa la desigualdad surge con frecuencia, y algunos sostienen que deberíamos centrarnos únicamente en los ingresos y la pobreza. Pero la desigualdad genera varios problemas. Una gran desigualdad de ingresos dificulta que las personas con menos recursos accedan a la educación y puedan ser productivas. Muchas cosas que antes eran gratuitas se han mercantilizado. España sigue contando con un sistema educativo relativamente gratuito en todos los niveles, pero en muchos otros países el acceso a una buena educación depende en gran medida de los colegios privados, que a su vez facilitan el acceso a mejores universidades y a mejores empleos.

Otro aspecto relevante es que la neoliberalización ha monetizado muchas actividades que antes eran gratuitas, como la salud y la educación. En muchos países, los sistemas privados ofrecen mejores servicios que los públicos. Cuando comparamos los ingresos actuales con los del pasado sin tener en cuenta que bienes esenciales como la vivienda, la salud o la educación se han encarecido considerablemente, la comparación resulta engañosa. Los ingresos no han aumentado tanto como parece si se ignora el coste de estos servicios.

El segundo problema es político. Cuando los ingresos y la riqueza se concentran excesivamente, el poder político tiende a desplazarse hacia quienes tienen dinero y el sistema se vuelve hipócrita: es una democracia aparente, pero en la que los ricos gobiernan.

Según su investigación, ¿el auge de economías emergentes como China o India seguirá reduciendo la desigualdad o estamos llegando a un punto de inflexión en el que las desigualdades internas pasarán a dominar el panorama global?

Es una cuestión compleja. China ha pasado de ser un país pobre a situarse por encima de la renta mediana mundial gracias a su vertiginoso crecimiento durante los últimos cuarenta años. En la China urbana, la renta mediana se sitúa hoy en el percentil setenta a escala mundial; en la China rural, se encuentra en torno a la mediana mundial.

"China ha pasado de ser un país pobre a situarse por encima de la renta mediana mundial gracias a su vertiginoso crecimiento durante los últimos cuarenta años"
Un crecimiento rápido adicional acerca a China a los países ricos, pero al mismo tiempo la aleja aún más de países pobres como Etiopía, Sudán, Congo, Bangladés o Myanmar. China ya no es un motor de reducción de la desigualdad global. De hecho, ahora contribuye ligeramente a su aumento. Esto implica que India y los grandes países africanos tendrían que convertirse en los principales motores de la reducción de la desigualdad global.

Para que los países africanos cerraran la brecha, necesitarían tasas de crecimiento del 7–8% anual y, por ahora, ninguno lo ha logrado. Puede que estemos llegando a un punto en el que la desigualdad global aumenta no porque crezca la desigualdad dentro de los países, sino porque África no consigue ponerse al día.

¿Deberíamos entonces trasladar el foco de la desigualdad entre países a lo que ocurre dentro de cada país?

Es un enfoque distinto. Históricamente, la desigualdad global aumentaba o disminuía en función de las diferencias de crecimiento entre países. Si observamos la desigualdad dentro de los países, el panorama es más complejo. A menudo se afirma que la desigualdad sigue aumentando en todas partes, pero eso no es del todo cierto. Si comparamos los países de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) actuales con los años ochenta, la desigualdad ha aumentado en casi todos. Pero si la comparación se hace con el año 2000, esa afirmación ya no se sostiene. En Estados Unidos la desigualdad se ha mantenido estable; en España también, y en el Reino Unido, de hecho, ha disminuido durante la última década.

La desigualdad no puede aumentar indefinidamente. Está limitada no solo por las políticas públicas, sino también por factores estructurales: ningún país puede llegar a un punto en el que una sola persona lo posea todo. Las transferencias sociales, las pensiones, las prestaciones por desempleo o las ayudas por hijo imponen límites naturales.

"La desigualdad no puede aumentar indefinidamente. Está limitada no solo por las políticas públicas, sino también por factores estructurales: ninguna persona puede poseerlo todo"
Deberíamos ajustar nuestro relato. En los países ricos, la desigualdad se ha estancado en niveles más altos que hace treinta años, pero no ha seguido aumentando. En América Latina, la desigualdad ha disminuido en varios países. Brasil registró una caída de unos diez puntos del índice de Gini a lo largo de veinte años, que comenzó incluso antes del primer mandato de Lula. México también ha experimentado descensos. Estos países siguen teniendo una desigualdad elevada, pero ya no está aumentando. En China, la desigualdad también se ha mantenido estable. Por tanto, el relato de una desigualdad en aumento constante está, en cierta medida, desconectado de la realidad de la última década.

¿Tiene ejemplos en los que la política pública haya contribuido a reducir la desigualdad?

Brasil es un buen ejemplo. Introdujo transferencias monetarias incondicionales que no representaban más del 1% del PIB, pero estaban dirigidas a los más pobres. También amplió el acceso a la educación universitaria. Otros países latinoamericanos introdujeron transferencias condicionadas con efectos similares.

Un ejemplo especialmente ilustrativo procede de Estados Unidos durante la COVID-19. La desigualdad de ingresos de mercado aumentó bruscamente porque muchas personas perdieron sus empleos e ingresos. Se incrementó en 1,5 puntos del índice de Gini, un salto enorme. Sin embargo, gracias a las transferencias masivas del Gobierno en el marco de la Ley CARES, la desigualdad de la renta disponible cayó en 1,5 puntos del índice de Gini. Eso supone una oscilación de tres puntos, una prueba clara de lo que los gobiernos pueden lograr si deciden actuar. Evidentemente, no es políticamente viable mantener transferencias equivalentes al 15% del PIB cada año, pero el episodio muestra el poder de la redistribución.
 

El economista durante la entrevista. Foto: Agenda Pública


El año pasado escribió que el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca podría marcar el fin de la globalización tal como la conocíamos. ¿Qué ha observado desde entonces?

El fin de la globalización neoliberal no comenzó con la segunda Administración de Trump, sino con la primera. Fue entonces cuando se introdujeron los aranceles a China. La Administración Biden básicamente continuó e incluso intensificó estas políticas —frente a China, Rusia, Cuba, Irán y Venezuela—. Reaparecieron las políticas industriales, incompatibles con las ideas neoliberales clásicas. La Organización Mundial del Comercio (OMC) dejó de funcionar correctamente después de que Estados Unidos se negara a nombrar jueces para su órgano de apelación. También asistimos al surgimiento de bloques económicos y al friend-shoring: externalizar la producción únicamente a países aliados. Todo esto ya estaba en marcha antes del regreso de Trump.

En mi nuevo libro, The Great Global Transformation, sostengo que, si bien la globalización está llegando a su fin en el ámbito externo, el neoliberalismo no lo está haciendo en el ámbito interno. Con Trump vemos reducciones de impuestos, desregulación y una reducción del tamaño, o al menos de la importancia, del Gobierno, así como una expansión de la producción de petróleo y gas sin restricciones ambientales. Esto es liberalismo de mercado nacional: neoliberal en el ámbito económico nacional, pero no en la política internacional.

Dado su origen —nacido en Serbia y habiendo pasado su vida en Estados Unidos—, ¿cómo ve hoy la posición de Europa?

La política europea es cada vez más difícil de entender. Europa se enfrenta a varios problemas: el descenso demográfico, la necesidad de mano de obra migrante combinada con la resistencia a la inmigración, y una ideología de liberalismo multicultural que convive con vallas fronterizas físicas. Estas contradicciones son desconcertantes.

"Tengo la sensación de que partes de la élite europea siguen comportándose como si estuviéramos en los años noventa, dando por sentado que pueden dar lecciones al resto del mundo"
Europa también se benefició durante décadas de la energía rusa barata. Ahora paga cuatro veces más por importar energía de Estados Unidos, lo que perjudica su competitividad. Al mismo tiempo, las relaciones con China se están deteriorando. Desde un punto de vista económico y político, estas decisiones parecen contraproducentes.

Además, tengo la sensación de que partes de la élite europea siguen comportándose como si estuviéramos en los años noventa, dando por sentado que pueden dar lecciones al resto del mundo. Sin embargo, países como Brasil, Sudáfrica o Indonesia son hoy mucho más grandes que la mayoría de los estados europeos. Tanzania tiene la misma población que Francia. India cuenta con 1.400 millones de habitantes y genera el 9% del PIB mundial, frente al 2% del Reino Unido. El mundo ha cambiado de forma drástica y la élite europea no es necesariamente consciente de estos cambios.

El 50% más pobre de los españoles posee solo el 6% de la riqueza neta total, mientras que el 5% más rico concentra el 53%. En la UE, estas cifras son del 9% y del 35%, respectivamente. La desigualdad es, por tanto, aún mayor en España. ¿Tiene algún consejo para los responsables políticos?

Viví en España y conozco razonablemente bien su panorama político. España es algo diferente del resto de Europa. El Gobierno de Sánchez ha adoptado posiciones que se apartan de la corriente principal europea, no solo en relación con Gaza, sino incluso respecto a Rusia. Las políticas internas también difieren. La desigualdad de la riqueza en España es superior a la media de la UE, y las razones históricas desempeñan un papel importante. Sin embargo, la desigualdad de ingresos —medida a través de salarios, intereses, dividendos, transferencias sociales e ingresos por trabajo autónomo— no ha aumentado de manera significativa.

"La desigualdad de la riqueza en España es superior a la media de la UE. Sin embargo, la desigualdad de ingresos no ha aumentado de manera significativa"
España también tiene una mayor capacidad para absorber migrantes que muchos otros países europeos. No observo en España el tipo de reacción adversa que se percibe en Italia, Francia o el Reino Unido. La población española sigue creciendo, en gran medida gracias a la inmigración procedente de América Latina. La similitud cultural puede ayudar, pero no es una explicación completa. La religión puede desempeñar algún papel, pero la idea central es que la experiencia de España difiere en varios aspectos. La migración, en particular, puede ser una ventaja en un contexto de escasez de mano de obra en toda Europa. Si los países necesitan trabajadores pero cierran sus fronteras, ¿qué esperan que ocurra?

Un último punto son los jubilados. En toda Europa, los ingresos de las personas mayores de sesenta años han superado a los de quienes tienen alrededor de cuarenta. En décadas pasadas, las tasas de sustitución de las pensiones eran más bajas y las personas mayores solían tener ingresos inferiores. Muchas ventajas —como los descuentos en museos o transporte— siguen vigentes. Sin embargo, hoy los jubilados suelen tener ingresos más altos y mantienen esos privilegios. Tal vez haya llegado el momento de replantearse el sistema. Quizá deberían ser los jóvenes quienes tengan descuentos para museos o billetes de tren. El problema es que, una vez que se concede un beneficio, es muy difícil quitarlo.

Muchas gracias.
En colaboración con la Fundación "la Caixa"
Rodrigo Pinedo Texidor
Rodrigo Pinedo Texidor
Periodista y anteriormente vicepresidente de 'Agenda Pública'
Apasionado de los medios. Licenciado en Derecho y Periodismo por la Universidad CEU San Pablo y Executive MBA por IESE, se curtió en distintas redacciones antes de trabajar en comunicación institucional, ocupando, entre otras responsabilidades, el cargo de director de Comunicación del Arzobispado de Madrid. Formó parte de los consejos de administración de TRECE, Cope y, después, Ábside Media. Entre 2024 y 2026 fue consejero delegado de BEKANE Media y vicepresidente de 'Agenda Pública'. Trabaja en comunicación corporativa y es patrono de la Fundación Luca de Tena.
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