El triángulo conformado por Europa, Estados Unidos y China y, especialmente, la relación atlántica están afrontando una rápida transformación y, en el segundo caso, una importante degradación. En el informe de la encuesta del European Council on Foreign Relations (ECFR), How Trump is making China great again – and what it means for Europe, se señala con claridad que
la presidencia de Donald Trump está alterando de forma profunda la percepción global del poder,
debilitando la imagen de Estados Unidos y, de manera indirecta,
reforzando la posición internacional de China. Esta misma semana,
Mark Leonard —autor también del texto del ECFR—
afirmaba en
POLITICO que
"el Occidente unido ha muerto". Para Europa, ambas piezas describen el mismo problema:
la desaparición del marco estratégico en el que el continente ha operado durante décadas.
"En gran parte del mundo —incluida Europa— se extiende la idea de que China será más influyente en la próxima década, mientras que pocos creen que el poder estadounidense vaya a aumentar"
En gran parte del mundo —incluida Europa— se extiende la idea de que China será más influyente en la próxima década, mientras que pocos creen que el poder estadounidense vaya a aumentar. Estados Unidos sigue siendo relevante, pero ya no se percibe como el centro indiscutido del orden internacional. Esta erosión de confianza es el telón de fondo del diagnóstico de Leonard: el vínculo transatlántico ya no actúa como eje organizador del sistema global.
El declive del liderazgo estadounidense y la crisis de confianza europea
El ECFR halla, a través de datos de encuesta, una caída de la confianza europea en Estados Unidos como aliado fiable. En varios países europeos, una parte significativa de la población ya no ve a Washington como un socio estratégico estable, y en algunos casos incluso lo percibe como un rival. Esta sensación no se debe a un antiamericanismo clásico, sino al efecto de imprevisibilidad que emana de la política exterior de Trump y de su lógica de confrontación transaccional.
Aquí encaja de forma directa la tesis de Mark Leonard: el "Occidente unido" no se rompe porque Europa haya dejado de creer en él, sino porque Estados Unidos ha dejado de actuar como su garante. Según Leonard, la política exterior estadounidense ya no busca preservar un bloque cohesionado de democracias liberales, sino maximizar ventajas nacionales a corto plazo. El resultado es una alianza vaciada de certidumbre estratégica.
"Europa aparece atrapada en una contradicción fundamental: sigue dependiendo de Estados Unidos para su seguridad, pero ya no puede asumir que ese compromiso sea automático ni duradero"
Europa aparece atrapada en una contradicción fundamental: sigue dependiendo de Estados Unidos para su seguridad, pero ya no puede asumir que ese compromiso sea automático ni duradero. El artículo del ECFR confirma que esta ansiedad se traduce en una creciente preocupación por la guerra, la seguridad y la necesidad de reforzar capacidades propias, especialmente frente a Rusia. Leonard va un paso más allá y sostiene que esta dependencia sin garantías es insostenible.
China como beneficiaria indirecta del desorden occidental
El texto del ECFR subraya que el ascenso de China no se explica únicamente por su peso económico o tecnológico, sino por el vacío de liderazgo que deja Estados Unidos. En muchas regiones del mundo, China es percibida como una potencia en ascenso, capaz de ofrecer estabilidad, inversiones y una visión de futuro, mientras que Estados Unidos aparece como una potencia errática, centrada en conflictos internos y en disputas bilaterales.
Leonard no presenta a China como un modelo normativo para Europa, pero sí como la gran beneficiaria de la fragmentación occidental. Si el Occidente unido ya no existe como bloque coherente, China puede relacionarse con los países europeos de forma bilateral, explotando divisiones internas y la falta de una estrategia común. En consecuencia, el problema para Europa no es solo el ascenso chino, sino su propia incapacidad para actuar como polo autónomo en un mundo multipolar.
Los datos revelan que muchos europeos creen que China liderará sectores clave del futuro, como las energías renovables o los vehículos eléctricos. Esta percepción refuerza la idea de que el centro de gravedad económico se está desplazando, mientras Europa duda de su propia capacidad para competir.
Europa: entre el pesimismo interno y la irrelevancia estratégica
El think tank europeo también destaca el
crecimiento del pesimismo europeo. A diferencia de otras regiones, donde el futuro se percibe con mayor optimismo, Europa aparece como un continente inseguro, temeroso del declive y poco convencido de su propio poder. Esta autopercepción contrasta con su peso económico real, pero coincide con la
falta de ambición estratégica que denuncia Leonard.
Para Leonard, este contexto obliga a Europa a tomar una decisión histórica: o acepta su condición de actor secundario en un mundo dominado por Estados Unidos y China, o construye una autonomía estratégica real. No se trata solo de defensa, sino de capacidad de acción política, coherencia interna y voluntad de asumir costes.
Esto encaja con el hecho de que los europeos ya no esperan que el orden internacional funcione como antes. La multipolaridad no es una hipótesis futura, sino una realidad asumida por la opinión pública. Sin embargo, asumirla no equivale a saber gestionarla.
Leonard es especialmente contundente en este punto: Europa no puede seguir actuando como si el retorno a un Occidente unido fuera solo cuestión de tiempo o de ciclos electorales en Estados Unidos. El problema es más profundo y estructural. El consenso transatlántico que sostenía el orden liberal ya no existe, y no hay garantías de que vuelva a existir en el mismo formato.
"Seguir apostando exclusivamente por la restauración del vínculo transatlántico equivale, en palabras de Leonard, a ignorar la realidad del mundo"
El ECFR aporta los datos que respaldan esta afirmación: la confianza global en Estados Unidos disminuye, mientras la percepción de China mejora. Europa queda en medio, sin una narrativa propia convincente. Seguir apostando exclusivamente por la restauración del vínculo transatlántico equivale, en palabras de Leonard, a ignorar la realidad del mundo tal como es.
Europa ante una decisión ineludible
El diagnóstico, por tanto, es que Donald Trump no solo está debilitando la posición de Estados Unidos, sino que está acelerando el final del marco estratégico en el que Europa se sentía protegida. China emerge fortalecida no tanto por su virtud, sino por la descomposición del orden occidental.
Para Europa, el mensaje es inequívoco. El problema es qué hacer en un mundo donde ese concepto de Occidente ha dejado de ser operativo. Por tanto, es momento de que Europa se convierta en un actor propio, mientras esté a tiempo de no quedarse atrapada entre dos potencias que ya han entendido las reglas del juego.