En el mundo hiperdigitalizado e hiperbélico, todo resulta una paradoja: la lejanía, medida en kilómetros, no corresponde con la cercanía de las consecuencias. La guerra en Irán está, prácticamente, al otro lado del mundo, pero sus ecos resuenan hasta los rincones más recónditos de América Latina.
Las bombas que caen en Teherán tienen un eco que nadie pidió. En México, el estruendo de Medio Oriente se traduce en mercados convulsos: el precio del petróleo sube y baja como un electrocardiograma; ese efecto, sin duda alguna, golpea a una economía que depende de la energía y las remesas (la migración es el otro tema en el que este fenómeno comenzará a impactar dentro de unos meses, según voces expertas). Y en Argentina, aquel conflicto se convierte en metáfora: los argentinos están, prácticamente, lejos de todo, de todos, pero siempre, los conflictos globales les recuerdan que, para pagar las consecuencias, todo está más cerca de lo que se pueda creer.
"Para Estados Unidos, el país con mayor tradición intervencionista en Occidente, las palabras «democracia» y «libertad» son sinónimos de una vía libre para lanzar bombas en cualquier rincón"
Por otro lado, está Chile. Fiel a sus eternas contradicciones y a sus irresolubles contrastes, la transición de Gabriel Boric a José Antonio Kast supone otro giro extremo, otro movimiento pendular inesperado. El ya expresidente sentenció con dureza la intervención estadounidense en Irán; se refirió a ello como "la banalidad del mal" y defendió el derecho humanitario internacional. No obstante, en la otra cara de la moneda está el recién estrenado presidente, quien no tardó en expresar su apoyo "a las naciones que defiendan la democracia y la libertad". Claro, para Estados Unidos, el país con mayor tradición intervencionista en Occidente, las palabras "democracia" y "libertad" son sinónimos de una vía libre para lanzar bombas en cualquier rincón, en cualquier palacio de gobierno.
Venezuela, como en casi todos los temas geopolíticos, es otra historia. En ese país, que copó las portadas de todos los diarios internacionales a principios de este año, la guerra en Irán se lee más como un espejo deformado que como un evento ajeno. Caracas sigue con un vacío de poder, una suerte de cráter político que todavía huele a pólvora, a petróleo robado y a incertidumbre. Comparar ambos escenarios es inevitable: hace menos de tres meses, ambos estaban en la lista negra de Washington, pero ahora uno se incendia desde dentro, mientras que el otro se tambalea ante las amenazas del exterior. Cabe destacar que Irán (con 208.600 millones de barriles de petróleo en reservas) es el tercer país con mayores reservas de petróleo probadas, solo por detrás de Venezuela y Arabia Saudí. "Guerra", "petróleo", "democracia y libertad"; "Venezuela", "Irán", "Donald Trump". ¿Coincidencia o consecuencia?
En pocas palabras, esta región, que solo suele interesar al resto del mundo por cuestiones culturales o por sus recursos naturales, se está convirtiendo también en parte del enorme mosaico que queda roto, afectado, a veces vacío y a veces vaciado, por guerras que se libran en otros lugares. Los bombardeos en Irán no son parte de una guerra que se libre solo en Teherán: ese es un conflicto que comienza a impactar en los mercados mexicanos, en los discursos de la Casa Rosada de Buenos Aires, en las promesas que se hacen desde Santiago y en las ruinas que siguen calientes en Caracas. De esta manera, América Latina vuelve a ser el escenario de una historia que se escribe (con bolsillos vacíos, con crisis económicas), simultáneamente, al otro lado del mundo.
"¿Está América Latina dispuesta a pagar el precio de los desajustes económicos que suceden en otras latitudes?"
En todo caso, la pregunta pertinente es: ¿está América Latina dispuesta a pagar el precio de los desajustes económicos, de los desastres humanitarios, de los reajustes geopolíticos que suceden en otras latitudes y por capricho de Estados Unidos? También cabe preguntarse: ¿existe alguna opción, alguna disyuntiva?
Una guerra que golpea, de rebote, a una región
Después de Eduardo Galeano y de Carlos Fuentes, quien mejor ha descrito, desmenuzado, entendido y reinterpretado, contado y "fotografiado" a América Latina es Martín Caparrós. En Ñamérica (2021), el periodista argentino escribió lo siguiente: "Ñamérica tiene una influencia política menor, una fuerza económica menguada, poco peso estratégico. No es, en esos temas decisivos, una de las regiones del mundo que el mundo mira con interés o susto. Pero su peso cultural es gozosamente desproporcionado".
Para el resto del mundo, América Latina es un producto cultural o un paraíso natural, pero difícilmente alguien piensa que, desde los rincones de su exotismo, nacen las decisiones más importantes a nivel global. Y, salvo en casos excepcionales, esa hipótesis lleve algo de razón. Sin embargo, en el tablero geopolítico, esa región siempre está presente, y es esa presencia la que le vale también recibir el impacto de eventos como el actual conflicto que Estados Unidos e Israel iniciaron en Irán.
Por ejemplo, esa guerra llegó a México como una suerte de rumor lejano, pero terminó impactando en el bolsillo de millones de personas. El precio del petróleo, que se mueve como un péndulo sin control, define el día a día de los mexicanos con el encarecimiento de la gasolina, recalienta la inflación (un problema que lleva una década golpeando duro a las clases medias y económicamente más frágiles de ese país), desestabiliza el mercado de los alimentos, etc. Es decir, aunque en la Ciudad de México Teherán parezca un lugar lejanísimo, las bombas caídas en la capital iraní resuenan en una canasta básica que se resiste a bajar de precio.
"México, que depende de las cadenas globales, ha descubierto que las guerras lejanas también se sienten en tierra propia"
Además, la logística es otro punto donde el golpe al otro lado del mundo también se siente. Los barcos tardan más en llegar (debido a los cierres y cambios de rutas), los insumos industriales —como cada vez que explota un conflicto bélico— se encarecen y, sobre todo, las exportaciones hacia el norte cierran el día entre la incertidumbre y el miedo (las exportaciones de México hacia Estados Unidos suponen más del 80% de su comercio internacional). En pocas palabras, México, que depende de las cadenas globales, ha descubierto que las guerras lejanas también se sienten en tierra propia. Basta con que un contenedor llegue tarde, con encarecer un insumo; basta que el mundo se recomponga para que la economía mexicana también tiemble.
Ante lo sucedido, la presidenta Claudia Sheinbaum se ha mostrado, como suele hacerlo, serena y firme: el no a la guerra, el no a la intervención, siempre son cartas que se juegan desde el Ejecutivo mexicano, antes de contemplar cualquier alianza, cualquier pacto. Por lo pronto, ella intenta contener los efectos negativos. Pero
solo es eso, por ahora: emergencias y medidas de contención. Si el conflicto se extiende, la crisis, probablemente, sea inevitable.
Por otra parte, está Javier Milei; tan polémico, tan polarizado, tan excéntrico como siempre. Tras el estallido del conflicto en cuestión, el presidente argentino, durante una charla en la universidad neoyorquina Yeshiva, lanzó tres frases que concentran todo lo que se tiene que saber sobre su postura al respecto. La primera fue: "Irán es el enemigo". La segunda, "vamos a ganar la guerra". Y la tercera: "Soy el presidente más sionista del mundo". Honestamente, era muy difícil esperar algo distinto del libertario radical más famoso de América Latina.
"¿Estará siendo presionado Trump para sostener ese conflicto que, como ya sucedió en Ucrania, solo golpea a los bolsillos de los ciudadanos de latitudes que nada tienen que ver con eso?"
En contraste está Perú. El Ejecutivo peruano, a través de la Cancillería, ha expresado su preocupación por los bombardeos en Medio Oriente y ha exhortado a la desescalada de la violencia en pro de los derechos humanos. Ahora bien, ¿cómo golpea esta crisis de seguridad internacional a este país latinoamericano? La respuesta es tan sencilla como previsible: debido a que Perú tiene una gran dependencia de los combustibles importados, se prevé un encarecimiento en el sector energético, una inflación marcada y el dólar al alza (debido a la incertidumbre generada en el mercado internacional).
De esta manera es como América Latina resiente los primeros efectos del nuevo conflicto en Medio Oriente, que tiene miras de convertirse en algo mucho más complejo que un asunto de índole regional. Aún es pronto para hacer más predicciones, ya que todo dependerá de cuándo y cómo concluyan las hostilidades entre Teherán, Tel Aviv y Washington.
Ahora bien, ¿tendrá algo que ver el caso Epstein con la guerra en Irán? ¿Estará siendo presionado Trump para sostener ese conflicto que, como ya sucedió en Ucrania, solo golpea a los bolsillos de los ciudadanos de latitudes que nada tienen que ver con eso? Más preguntas sin respuestas. Lo único cierto, por el momento, es que Irán ya le dijo a Estados Unidos lo que, muy probablemente, no quería escuchar: "Nosotros decidimos cuándo termina la guerra, no ustedes".