Argentina es, ante todo, un lugar de emociones fuertes. La economía y la gente vibran tan alto como bajo en un abrir y cerrar de ojos. "Del éxtasis a la agonía, con la misma facilidad", reza una canción popular. Así es el país; mucho más aún, su capital. La vida allí suena desde el dramatismo nostálgico de un tango hacia la desfachatada estridencia del rock más pesado, pasando, por supuesto, por el pop más glamouroso. Su historia es la de récords y títulos en campeonatos mundiales, así como la de finales que terminaron con las manos vacías y de una de las guerras más inútiles. Argentina es y ha sido muchas cosas, pero, hoy, se parece más a un extraño híbrido que se mueve entre la modernidad libertaria y un infinito campo de nostalgia que siempre evoca a la vieja política. Describir a este país es muy difícil: todo es, siempre, una paradoja.
"Argentina hoy se parece más a un extraño híbrido que se mueve entre la modernidad libertaria y un infinito campo de nostalgia que siempre evoca a la vieja política"
Justo dos años antes de que Javier Milei llegara al Gobierno, la vida aquí era así: el precio de la carne (debido a las restricciones gubernamentales) estaba disparado y el sector atravesaba una importante crisis; un aluvión de causas recién le caían a Cristina Fernández de Kirchner, mientras que a Mauricio Macri lo acusaban de espionaje; Alberto Fernández, el entonces presidente, navegaba a la deriva en un país con la inflación más alta del mundo, y se acercaba cada vez más hacia la cornisa del desastre; dos años antes, debido a la desconfianza en el Gobierno, los ahorradores ya habían retirado de los bancos depósitos por 400 millones de dólares, mientras tanto, el Banco Central vendía más de 235 millones de dólares en una semana; el sistema de turnos en el consulado italiano, estaba (seguía) colapsado: cinco de cada siete jóvenes querían emigrar a la tierra de sus abuelos; la Unesco declaraba que el sistema educativo argentino jamás había estado en cotas tan bajas; y, por si fuera poco, el riesgo país estaba en uno de sus puntos más altos. En el mercado negro de dólares, estos se ofrecían a más del doble del valor oficial. Eran los últimos años de la Argentina kirchnerista.
Pero, inesperadamente, llegó diciembre de 2023 y todo cambió. Dos años antes, La Libertad Avanza solo tenía dos diputados. Ahora tiene 94. Aún en tiempos pandémicos, Milei era un gran desconocido, otro argentino más. Ahora es el presidente, y está pasando a la historia de su país como la persona que se atrevió a desafiar a un sistema basado en el control del gasto público, a las estructuras kirchneristas más corruptas y a lo políticamente correcto. Claro, la pregunta es: ¿qué resultados ha dado hasta el momento?
El nuevo y estrafalario presidente, acompañado de su inclemente motosierra, llegaron a la Casa Rosada con un objetivo muy claro: cambiarlo todo, reordenarlo hasta la médula. Al menos, así ha sido en su discurso, pero, en las calles, la constante dualidad y el contraste entre la opulencia y la miseria siguen definiendo la realidad.
Jubilados y trabajadores llenos de rabia, a los que los recortes los condena a la carencia, conviven frente a empresarios y a una clase media alta que tiene la esperanza de que su país vuelva a ser aquel que les contaron en la infancia.
Por lo pronto, le quedan dos años más en el cargo. Dos años tiene para demostrar que recortando el gasto público, abriendo el mercado, y fortaleciendo a las fuerzas del orden, se puede consolidar su proyecto. ¿Lo logrará?
Pintada callejera contra el FMI en Buenos Aires. Foto: Mauricio Hdez. Cervantes
Entre el laboratorio libertario y la motosierra en el bolsillo
El laboratorio libertario es una suerte de experimento abstracto, que suena bien en el discurso (demagogia, como lo tildan algunos), pero que siempre termina sintiéndose en la mesa y en el bolsillo. La inflación anual sigue por encima del 150%, aunque no es tanta como lo fue en 2024 (Milei, una vez que asumió el poder, advirtió que en los primeros años de su Gobierno serían de reajustes y que los efectos de estos serían incómodos). El superávit fiscal se sostiene a base de recortes. ¿Y la macroeconomía? Ese es, sin duda, otro experimento basado en una deuda renegociada, reservas que se recomponen (y que viven expectantes de las tibias y dubitativas voluntades de las finanzas estadounidenses), y una suerte de apuesta compulsiva de que la cara de la moneda caiga con la de un rescate millonario desde Washington.
"La motosierra tan anhelada se convirtió en un bisturí que corta siempre en el mismo lado: en el de la clase media contribuyente"
Esa fotografía no dibuja una realidad muy cómoda: ni para el Gobierno ni para el ciudadano de a pie. Y la microeconomía sigue siendo de barrio: salarios que pierden frente a los cambiantes precios. El kilo de carne sigue cambiando entre la mañana y la tarde (muchas parrillas —una base importante en el sector de la restauración— prefieren comprar carne y tenerla en el stock que tener dólares —el mercado negro de divisas ya no es negocio—), el precio de la cerveza está disparado estratosféricamente (hace tres años
el equivalente a una caña doble costaba aproximadamente cincuenta céntimos de euro; hoy, en un bar o un restaurante alcanza los cinco o seis euros), y el alquiler se indexa como si fuese un juego cruel en el que difícilmente ambas partes ganan. Y, por si fuera poco, la motosierra tan anhelada se convirtió en un bisturí que corta siempre en el mismo lado: en el de la clase media contribuyente y que trabaja para la mera subsistencia.
Argentina, nunca mejor dicho, es como una moneda: siempre tiene una cara optimista, pero del otro lado hay una que la opaca. La pobreza, que en 2023 alcanzó niveles insoportables, bajó porcentualmente en 2025: hacia 2023 se asomaba al 50% (algo increíble, cuando llegó a ser el país más rico del continente americano durante las primeras décadas del siglo XX), y ahora se encuentra entre el 32 y el 36%. Sin embargo, detrás de esa estadística hay millones de personas que subsisten en la precariedad: niños que ya no comen lo necesario, familias que flotan con ingresos insuficientes. Además, si algo se ha acrecentado desde 2001 (cuando el corralito explotó) es la desigualdad: Argentina, durante más de la mitad del siglo pasado, presumió de una creciente y consolidada clase media —una que vivía mejor que la clase alta de otros países—, pero hoy eso es distinto, pues los ricos son cada vez más ricos, mientras que los pobres no paran de empobrecerse. Pasear por la zona de Tigre o San Isidro, en el norte bonaerense, y después hacerlo por la zona sur, es vivir dos realidades tan contrastantes, como si de dos países (o dos mundos) distintos se tratara. Recordemos que, según los datos de la calificadora de riesgos MSCI, Argentina es el único país americano que hoy es más pobre que hace cien años.
Buenos Aires, reflejo de la pobreza
La cicatriz que está dejando la motosierra no se borra con porcentajes, ni con interpretaciones. No hay censos oficiales al respecto, pero, si hoy uno pasea por las calles del centro de Buenos Aires, fácilmente se percatará del aumento de gente que vive buscando comida en la basura. Y el encarecimiento de los precios funciona como un mecanismo perverso: cada semana, cada día, cada hora, los valores de todo cambian. Es como si el argentino hubiese aprendido a vivir en una suerte de presente continuo: comprar hoy porque mañana será más caro; ahorrar en dólares porque el peso se evapora; calcular en euros porque, aún hoy, muchos quieren viajar a Europa solo con el billete de ida. A dos años de la llegada reformadora de Milei, la Argentina sigue siendo un país que se ajusta y desajusta todo el día, todos los días.
En el devenir de la vida argentina, la promesa es por la libertad, pero lo que se vende en realidad es incertidumbre. Hoy está todo más caro, y hay quien vive mejor ahora que hace cinco años. Pero, como ya es costumbre aquí, nadie sabe cuánto durará esa supuesta mejoría.
Por otra parte, están los que no se han beneficiado de este experimento libertario. Son los jubilados y la clase media trabajadora urbana. Con ellos, la motosierra fue inmisericorde. Además del fin de las ayudas sociales y de los recortes a las pensiones, el encarecimiento de la vida en general, ha hecho que estos sectores sean los más golpeados. Y el malestar se siente en la calle. "Trabajé toda mi vida. Con el fruto de mi esfuerzo mantuve a las lacras que están en el Gobierno, y ahora me quitan mi derecho vivir dignamente en la última etapa de mi vida. Esto no es un país, es una estafa", cuenta a este periodista, Ramón, un jubilado.
"El actual proyecto de Javier Milei, según la mayoría de las encuestas (tras las arrasadoras elecciones locales de octubre) cuenta con cerca del 50% de aprobación de la gente"
Buenos Aires, donde vive el 35% de la población argentina, parece Europa en muchas cosas. Pero, si en algo nos recuerda que esto es América Latina, es en el contraste, en la polarización socioeconómica. El actual proyecto de Javier Milei, según la mayoría de las encuestas (tras las arrasadoras elecciones locales de octubre) cuenta con cerca del 50% de aprobación de la gente. Entre ellos están muchos empresarios, votantes libertarios y grupos asociados a la ultraderecha, y gente que valora mucho la notable bajada de la inflación. Por el otro lado está la gente como Ramón: los ciudadanos de a pie que, día con día, estiran el bolsillo y los billetes porque el fin de mes nunca llega.
Finalmente, la conclusión de esta pieza es que Argentina sigue siendo un país que se parte en dos, uno que difícilmente se reconoce frente a un espejo roto. ¿Cómo se puede creer que una persona que vive en las zonas más elitistas de esta nación, donde el lujo y la comodidad son la norma, sea parte del mismo lugar que alguien que vive (sobrevive) a base de ayudas sociales mientras mira la vida pasar desde la esquina tomando cerveza y estirando los pesos ganados en la informalidad? Solo entendiendo a América Latina se puede responder a esa pregunta. Porque la polarización no es solo política, está también en la mesa, en el ladrillo. Y, así, entre la esperanza y la rabia, Argentina sigue dibujada como lo que ha sido desde que estalló el corralito en 2001: un territorio en el que hay una grieta que no termina de cerrar, una que apenas se muda de lugar.