Martes, 28 de julio de 2026
HOJA DE RUTA EUROPEA

Del Tratado de Roma al Laboratorio de Competitividad: la segunda fundación europea

Europa atesora un abundante ahorro ciudadano, pero padece una inversión productiva insuficiente. Ante esta debilidad histórica, el consultor sénior de políticas públicas Francisco Javier Rodríguez detalla cómo este "laboratorio del futuro" aspira a integrar mercados financieros fragmentados. ¿Conseguirá la Unión Europea convertir su liquidez dispersa en capital estratégico?

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Mario Draghi (derecha) junto al presidente del Consejo Europeo, António Costa. | Consejo Europeo
Mario Draghi (derecha) junto al presidente del Consejo Europeo, António Costa. | Consejo Europeo
Desde lo alto del castillo de Alden Biesen, en Bélgica, el 12 de febrero de 2026, Europa no asistió a otra cita más de su interminable calendario institucional. Se miró, casi sin decirlo, en el espejo del Tratado de Roma. Si en 1957 el mercado común fue la palanca para hacer irreversible la paz, ¿qué palanca vamos a elegir ahora para volver irreversible la prosperidad?

Entre muros medievales que han visto guerras, pactos y derrotas, los presidentes europeos hablaron de crecimiento económico sin pedir perdón, de mercado único sin complejos y de competitividad sin susurros. Parecía que, por fin, la prosperidad dejaba de ser una palabra sospechosa: es la condición de nuestra convivencia democrática. António Costa lo formuló con claridad casi pedagógica al recordar dónde reside el verdadero superpoder europeo. No está en un ejército común —que aún no existe— ni en una diplomacia omnipotente. Está en algo más tangible y, precisamente por eso, más poderoso: un mercado único de 450 millones de ciudadanos que producen, consumen, innovan y compiten bajo las mismas reglas. Esa cifra, repetida a veces como mantra burocrático, es en realidad una declaración de escala y ambición histórica.

"La historia del proyecto europeo es la de una vanguardia que avanza y de otros que se suman cuando el camino ya ha sido despejado"
Durante demasiado tiempo hemos hablado de la Europa de las dos velocidades como si estuviéramos confesando un fracaso. Sin embargo, la historia del proyecto europeo es la de una vanguardia que avanza y de otros que se suman cuando el camino ya ha sido despejado. El euro no nació homogéneo. Schengen tampoco. Y, aun así, ambos terminaron ampliando la idea de pertenencia. El riesgo aparece cuando fingimos que los ritmos no existen y diseñamos reglas como si todos los Estados miembros compartieran la misma capacidad administrativa y productiva. En Alden Biesen el tono fue otro: aceleración positiva. Que algunos países prueben primero, midan, ajusten y, después, el conjunto incorpore lo que funciona. Esa lógica experimental no fractura el proyecto europeo. Actualiza, con inteligencia, su método fundacional, porque Europa nunca fue un bloque rígido, sino una arquitectura flexible que aprendía sobre la marcha.


El consenso en torno a la simplificación normativa conviene entenderlo como algo más que un tecnicismo. Es una admisión implícita de que el exceso regulatorio tiene un coste político y social que ya no podemos ignorar. Cada obligación redundante, cada formulario duplicado, cada interpretación divergente entre Estados miembros consume recursos empresariales y erosiona la promesa original del mercado único. El llamado 28.º régimen, un estatuto societario común para facilitar que las empresas operen más allá de su jurisdicción de origen sin tropezar en cada frontera administrativa, apunta a algo más profundo que una reforma mercantil. Reconoce que la unidad europea no puede seguir apoyándose en la paciencia infinita de las pymes. Cuando una pequeña empresa necesita más energía para descifrar el marco jurídico que para innovar, el problema está en el diseño institucional, no en la falta de talento. Y Europa, si quiere seguir siendo relevante, debería empezar por respetar el tiempo de quienes crean valor.

En ese mismo espíritu se inscribe la apuesta por las European Business Wallets. A primera vista pueden parecer un simple avance tecnológico, pero condensan una transformación cultural: una identidad digital única válida en toda la Unión, la posibilidad de firmar contratos, compartir licencias o delegar poderes sin peregrinar por ventanillas nacionales. Reducir hasta 26 veces determinadas cargas administrativas no es un detalle estadístico. Significa liberar capacidad productiva hoy atrapada en trámites innecesarios. Los miles de millones que se estiman en ahorro de costes tampoco son una abstracción, ya que se trata de horas de trabajo que podrán destinarse a contratar, exportar o investigar. En una Europa que compite con gigantes continentales, cada simplificación administrativa y normativa funciona como inversión estratégica en autonomía económica: reduce fricción, acelera decisiones y convierte la escala del mercado único en poder real. En un mundo donde Estados Unidos impone ritmo con músculo fiscal y Asia con velocidad estratégica, Europa no puede ganar con reglamentos perfectos pero lentos. Necesita reglas claras y exigentes, sí, y también ejecutables, medibles y corregibles. La soberanía económica se construye cuando el tiempo regulatorio deja de ser freno y pasa a multiplicar inversión y productividad.

"Este laboratorio no pretende ser un club exclusivo. Es una plataforma de aprendizaje colectivo donde el riesgo se distribuye y el éxito se comparte"
El Laboratorio Europeo de Competitividad, impulsado con determinación por España y otros socios, añade un elemento que trasciende la técnica y roza lo político en su sentido más noble. La idea de que grupos de países lancen proyectos piloto ambiciosos, los sometan a evaluación rigurosa por parte de la Comisión y los extiendan después al conjunto si demuestran eficacia, implica asumir que la gobernanza europea puede ser dinámica, adaptable y, sobre todo, evaluable. Este laboratorio no pretende ser un club exclusivo. Es una plataforma de aprendizaje colectivo donde el riesgo se distribuye y el éxito se comparte. Entre los debates ya abiertos destaca la creación de un producto europeo de ahorro que canalice depósitos ciudadanos hacia inversiones estratégicas comunes, desde energías renovables hasta industrias tecnológicas emergentes. En un continente donde el ahorro abunda pero la inversión productiva sigue siendo insuficiente, convertir liquidez dispersa en capital orientado a prioridades compartidas es, a la vez, un acto de racionalidad económica y de visión política.


La Unión de Ahorros e Inversiones, formalizada tras los informes de Draghi y Letta y convertida en hoja de ruta en 2025, encarna esa ambición de integrar mercados financieros fragmentados y reducir asimetrías de financiación que todavía persisten entre Estados miembros. Si el ahorro captado en un país puede financiar proyectos innovadores en otro con menos fricción y menor coste, el mercado único deja de ser una aspiración incompleta y se convierte en una realidad financiera tangible. En un contexto geopolítico donde la competencia también se libra en la capacidad de movilizar capital a gran escala, Europa no puede conformarse con estabilidad sin dinamismo. Necesita combinar prudencia con ambición, regulación con agilidad, cohesión con competitividad.

Lo que se perfila en este laboratorio del futuro es una relectura de la mejor herencia europea. Europa fue grande cuando entendió que la cooperación debía traducirse en prosperidad concreta y cuando aceptó que la diversidad interna podía convertirse en motor de innovación institucional. La Europa de dos velocidades orientada a la convergencia no es un síntoma de debilidad. Es un instrumento de avance. La simplificación normativa, las European Business Wallets, el "28.º régimen" y la Unión de Ahorros e Inversiones no son piezas aisladas, sino capítulos de un mismo relato: el de una Unión que decide competir sin renunciar a su modelo social y que entiende que la cohesión no se preserva frenando a los más dinámicos, sino facilitando que todos alcancen la misma escala.

Desde Alden Biesen se lanzó un mensaje que va más allá de la coyuntura: Europa no puede limitarse a administrar su pasado. Tiene que diseñar su futuro con la misma audacia con la que, tras la guerra, decidió empezar de nuevo. Entonces se reconstruyó con una decisión fundacional que convirtió la interdependencia en destino. Hoy la pregunta es si sabremos repetir ese gesto para evitar algo más silencioso y letal: la irrelevancia. Si el mercado único es nuestro superpoder, la tarea histórica consiste en hacerlo real en la vida de cada pyme y de cada ciudadano, hasta que crecer y competir deje de ser un privilegio reservado a quienes pueden pagar la fricción. La grandeza europea no estará en la solemnidad de sus palabras. Estará en su capacidad de construir estructuras que cambien la vida cotidiana. Y si Roma fue un acto de fe en el mercado común, Alden Biesen puede ser el acto de voluntad que, por fin, lo convierta en potencia.
Francisco Javier Rodríguez Lozano
Francisco Javier Rodríguez Lozano
Consultor sénior de Políticas Públicas y Regulación en Kreab España
Graduado en Derecho y Ciencias Políticas por la Universidad Carlos III de Madrid, con estancia en la Università di Pisa en Derecho internacional. Certificado MiFID II, especializado en mercados financieros, fintech y regulación. Ha trabajado en la intersección entre regulación financiera, análisis político y estrategia institucional, con experiencia en el Consulado de España en Roma y en Political Watch. Se especializa en la agenda regulatoria europea y su impacto competitivo.
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