El presidente de EE. UU. está aprovechando los puntos más vulnerables de la Unión Europea para imponer sus exigencias al club comunitario, arrancándole acuerdos humillantes, como el de los aranceles del pasado mes de julio, o sometiéndole a un acoso desmedido como en el caso de la soberanía de Groenlandia. En cierto modo, se trata de un daño autoinfligido por la UE o, al menos, facilitado por numerosos errores de cálculo político y geoestratégico cometidos por el club comunitario durante el último cuarto de siglo.
La Unión ha incumplido una y otra vez los objetivos que se había marcado para mejorar su competitividad, ha ralentizado los avances hacia una autonomía estratégica por mor de pruritos nacionales anacrónicos y ha ignorado las señales procedentes de Washington sobre un peligroso resquebrajamiento de la tradicional relación transatlántica. Trump está ahora haciendo pagar muy caras esas negligencias de los gobiernos europeos. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, aseguró ayer en Davos que "el cambió sísmico que estamos viviendo es una oportunidad para Europa" y que "está nueva Europa ya está emergiendo". Pero la historia reciente del club no corrobora tanto optimismo.
Veinticinco años y pocos cambios
La Unión llegó al siglo XXI pisando fuerte. Con una moneda única recién estrenada, con una ampliación hacia Europa central y del este a punto de completarse y con la aparente voluntad de no dejarse comer en el terreno económico por EE. UU. y, mucho menos, por una China que todavía parecía una competidora muy rezagada.
Los quince socios de la UE de entonces iban a por todas y lo dejaron por escrito en la cumbre europea de Lisboa en marzo del 2000: "La Unión se ha fijado hoy
un nuevo objetivo estratégico para la próxima década:
convertirse en la economía basada en el conocimiento más competitiva y dinámica del mundo".
"La dependencia de EE. UU. se ha disparado no solo en la tradicional materia de la defensa sino también en la gestión de la vida diaria de ciudadanos y empresas"
Un cuarto de siglo después de aquella solemne declaración —suscrita por políticos olvidados u olvidables como Chirac, Schröder, Blair o Aznar— la Unión ha perdido pie en la carrera tecnológica, tanto respecto a EE. UU. como respecto a China. La dependencia de EE. UU. se ha disparado no solo en la tradicional materia de la defensa sino también en la gestión de la vida diaria de ciudadanos y empresas, para los que los servicios de las grandes plataformas digitales estadounidenses se han vuelto prácticamente imprescindibles y muchas veces vitales.
"La clave del aumento de la brecha de productividad entre la UE y EE. UU. ha sido la tecnología digital, y en la actualidad Europa parece estar quedándose aún más atrás", diagnosticó el año pasado el expresidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, en su renombrado informe sobre el futuro de la competitividad europea.
Tres empresas estadounidenses —Amazon, Microsoft y Google— dominan el 66% de las infraestructuras de la nube digital en Europa, con el 92% de los datos occidentales almacenados en EE. UU. Empresas europeas tan neurálgicas como Airbus apenas acaban de comenzar este año a buscar una alternativa europea para disponer de
una nube soberana que no esté sujeta a las órdenes de Washington.
El retraso tecnológico de Europa obedece en buena parte a la falta de inversión privada. En 2021, las compañías europeas invirtieron 270.000 millones de euros menos en I+D (investigación y desarrollo) que sus rivales estadounidenses, según detalló Draghi. Y las tres con mayor inversión pertenecían al sector del automóvil en el Viejo Continente, mientras que en EE. UU. fueron tecnológicas.
Desafíos incompletos de Bruselas
Europa tampoco se ha mostrado resolutiva en otros campos. El acuerdo comercial con Mercosur, cuya firma el pasado sábado se presentó como una respuesta al proteccionismo de Trump, ha tardado más de veinticinco años en negociarse. La Unión Bancaria pactada en 2012 va a cumplir tres lustros sin llegar a rematarse. La Unión de la Energía se anunció a bombo y platillo en 2015. Pero el mercado continúa fragmentado y la interconexión sigue muy lejos del objetivo del 10% previsto para 2020 en países como España, Francia o Italia. Se ha reducido la dependencia energética de Rusia pero
a costa de aumentar la de EE. UU., justo cuando la Casa Blanca se muestra más imprevisible y peligrosa que el Kremlin.
"Las compañías europeas de reciente creación más innovadoras trasladan su sede a EE. UU. para buscar una financiación que en este lado del Atlántico no logran obtener"
La Unión de los Mercados de Capital, destinada a mejorar la financiación de las empresas y a evitar que cada año 300.000 millones de euros del ahorro de los europeos se inviertan en EE. UU., se anunció en 2015 con vistas a completarla en 2019. Un año después de ese plazo se volvió a relanzar. Hoy sigue sin ser realidad. Un botón de muestra: las compañías europeas de reciente creación más innovadoras trasladan su sede a EE. UU. para buscar una financiación que en este lado del Atlántico no logran obtener: el 30% de los unicornios fundados en Europa cruzan el Atlántico por ese motivo.
Y en algunos de los indicadores que utiliza la Comisión para medir la integración del mercado de capitales se ha dado marcha atrás. Por ejemplo, en el ratio de financiación no bancaria de las empresas, que en 2024 fue del
49,6%, un punto menos que diez años antes. O el uso de las pymes de métodos de financiación como la participación de inversores (en lugar de préstamos), que fue del
11,7%, dos puntos menos que en 2015.
Von der Leyen también reiteró ayer en Davos su intención de proponer el llamado 28.º régimen, un esquema supranacional que permitirá crear en 48 horas una compañía en cualquier Estado miembro para operar en toda la Unión. La presidenta no mencionó que ese régimen se creó ya hace más de veinte años, se denominó Societas Europaea y ha sido un absoluto fracaso.
En todas las políticas mencionadas, por cierto, no se requiere la unanimidad para avanzar. Lo que muestra que el temido veto, a menudo invocado como excusa para justificar la falta de progresos, solo oculta una falta de voluntad política para rematar los proyectos prometidos.
En el área de defensa, uno de los talones de Aquiles más visibles de la UE, los presupuestos nacionales han aumentado enormemente. En 2021, un año antes de la invasión rusa de Ucrania, los socios de la UE destinaron a la partida de defensa un total de 218.000 millones. Solo cuatro años después, la Agencia Europea de Defensa calcula que esa cifra alcanzó en 2025 los 381.000 millones de euros, un 75% más. Y según la misma Agencia, el gasto anual tendrá que alcanzar los 630.000 millones para cumplir el objetivo del 3,5% pactado en la OTAN por exigencia de Trump.
La Casa Blanca pesca ante una Europa desorientada
El gran beneficiario de ese gasto en armamento no es otro que Trump porque el grueso del suministro procede de empresas estadounidenses. En cambio, no redunda proporcionalmente en la seguridad de Europa. Según Bruselas, buena parte del esfuerzo presupuestario se desperdicia por falta de coordinación porque las compras se repiten de un país a otro sin apenas coordinación. La Agencia Europea de Defensa marcó en 2007 el objetivo de que el 35% de las adquisiciones se hicieran de manera conjunta. Casi veinte años más tarde, ese porcentaje no llega al 3%. Proyectos como el futuro avión europeo de combate, lanzado hace casi una década, siguen siendo eso: un futurible sin avión a la vista hasta ahora.
El resultado de todos esos retrasos e incumplimientos es que la UE da una sensación de parálisis e impotencia. La UE avanza, a pesar de todo. Pero demasiado a menudo se duerme en los laureles. Y el aparente descontrol alienta la manipulación catastrofista cultivada desde la derecha radical euroescéptica.
"Washington incluso ha anunciado oficialmente su intención de apoyar a los grupos políticos partidarios de renacionalizar las políticas europeas"
La Administración Trump no ha dudado en sumarse a las teorías sobre la obsolescencia de la Unión Europea. Washington incluso ha anunciado oficialmente su intención de apoyar a los grupos políticos partidarios de renacionalizar las políticas europeas y de combatir las actividades de una Unión Europea que, según la Casa Blanca, "
socava la libertad política y la soberanía".
En tiempos normales, la procrastinación de la UE en asuntos cruciales podía parecer inocua y se aceptaba como intrínseca a un club que solo es capaz de dar grandes saltos en momentos de profunda crisis. Pero con un enemigo de la talla de Trump, dispuesto a aprovechar todos los puntos vulnerables de Europa, los Veintisiete quizá ya no puedan permitirse el lujo de seguir incumpliendo sistemáticamente sus propios compromisos. Como dijo ayer Von der Leyen, "si el cambio [en el orden mundial] es permanente, Europa debe cambiar de manera permanente también". Está en juego la supervivencia de su modelo de integración y convivencia.