Martes, 28 de julio de 2026
AGENDA PÚBLICA UE

El acuerdo UE-Mercosur: un ejercicio de soberanía estratégica

El vicepresidente del Parlamento Europeo Javi López analiza las implicaciones del acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur, defendiendo que "llega en el momento adecuado". Para Europa, afirma que el tratado supone "un punto de partida imprescindible si quiere ser un actor relevante". Centrándose en España, detecta "una relevancia particular" y destaca que el país ha sido, junto con Alemania, el "motor para empujar su aprobación".

Javi López Javi López 17 de enero de 2026
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De izquierda a derecha, aparecen el comisario europeo de Comercio y Seguridad Económica, Maroš Šefčovič, la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, y el ministro brasileño de Asuntos Exteriores, Mauro Vieira. | Redes sociales de Úrsula von der Leyen
De izquierda a derecha, aparecen el comisario europeo de Comercio y Seguridad Económica, Maroš Šefčovič, la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, y el ministro brasileño de Asuntos Exteriores, Mauro Vieira. | Redes sociales de Úrsula von der Leyen
Tras veinticinco años de negociación, la Unión Europea culmina y firma el acuerdo de asociación con el Mercosur: Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay. La duración del proceso no es una anécdota burocrática: refleja la complejidad de conciliar sensibilidades productivas, exigencias normativas y prioridades políticas a ambos lados del Atlántico. Y dice algo más: la envergadura de la decisión que tenemos delante. Este acuerdo no es un gesto técnico ni un mero tratado arancelario. Es un ejercicio de reafirmación de soberanía estableciendo un marco firme de relación que combina apertura gradual de mercados, cooperación económica y diálogo político

"El comercio global se fragmenta, la geopolítica atraviesa la economía y las cadenas de suministro se han convertido, de forma creciente, en instrumentos de poder"
El contexto internacional en el que llega este acuerdo no podría ser más significativo. El comercio global se fragmenta, la geopolítica atraviesa la economía y las cadenas de suministro se han convertido, de forma creciente, en instrumentos de poder. Al mismo tiempo, regresan con fuerza lógicas de esferas de influencia, coerción económica y unilateralismo. La reaparición, desde Washington, de una lectura contemporánea de la doctrina Monroe —la idea de un hemisferio occidental bajo tutela— no es un recurso retórico: es un programa político. Si Europa quiere seguir siendo un actor y no un objeto de decisiones ajenas, debe responder con políticas y con alianzas reales, y abandonar la tentación del dulce vasallaje. En relación con América Latina, esa respuesta no puede reducirse a la nostalgia, a la retórica cultural o a los vínculos históricos. Debe ser institucional, medible y sostenida en el tiempo. UE-Mercosur lo es. Es, en esencia, la propuesta europea para la región: asociación entre iguales, reglas, estabilidad y cooperación. Y, en términos políticos, el instrumento que permite dar un salto adelante en las relaciones entre Europa y América del Sur.

La UE llega a este punto con una necesidad evidente de reforzar su autonomía estratégica. La guerra de agresión rusa contra Ucrania y el retorno de Trump han cambiado de manera duradera la percepción europea de la seguridad. La competencia global se ha endurecido. Y Europa ha aprendido —a menudo tarde— que la apertura económica sin estrategia genera vulnerabilidades. Las alianzas geopolíticas, el acceso a mercados, la fiabilidad de las cadenas de suministro y la protección del modelo social europeo no son debates separados: forman parte de una misma conversación sobre soberanía y capacidad de actuar. En ese marco, el acuerdo con el Mercosur adquiere una dimensión que trasciende lo comercial: es, también, una decisión de política exterior y de seguridad económica.

Conviene recordar un hecho básico: el Mercosur era, hasta ahora, el único gran socio latinoamericano con el que la UE no contaba con un acuerdo preferencial, pese a una relación económica densa. Según los últimos datos disponibles, los Veintisiete exportan al Mercosur en torno a 55.000 millones de euros en bienes y 29.000 millones en servicios. La UE representa cerca del 17% del comercio total del bloque sudamericano. Sin embargo, esa relación se desarrollaba con un marco incompleto, sometido a aranceles, incertidumbre y barreras que desincentivaban inversiones de largo recorrido. El acuerdo corrige esa anomalía y aporta previsibilidad. Las reducciones arancelarias serán graduales, con transiciones largas, precisamente para evitar disrupciones y permitir adaptación. Pero su valor no reside solo en abaratar intercambios. Está en la estabilidad de las reglas, en el acceso ordenado y en la posibilidad de construir una relación económica más orientada a objetivos estratégicos.

"España también cuenta con una ventaja diferencial: el conocimiento profundo de la región y una presencia empresarial acumulada durante décadas"
Para Europa, en un momento de tensiones comerciales recurrentes y tentaciones proteccionistas, abrir un marco sólido con un mercado de más de 700 millones de personas tiene un efecto directo: diversifica oportunidades, reduce dependencias y ofrece a nuestras empresas —industriales, tecnológicas y de servicios— un acceso más competitivo. Para España, además, el acuerdo tiene una relevancia particular. Nuestra economía combina un tejido industrial exportador, un sector servicios con proyección global y un agroalimentario de alta calidad. Pero España también cuenta con una ventaja diferencial: el conocimiento profundo de la región y una presencia empresarial acumulada durante décadas. Eso convierte a nuestro país en un actor natural para impulsar una relación birregional más ambiciosa. La apertura de mercado no se traduce únicamente en más exportaciones; se traduce en más inversión, más cooperación empresarial y más capacidad de construir proyectos conjuntos con vocación de permanencia.

A menudo se presenta el acuerdo como un intercambio simple: Europa vende manufacturas y el Mercosur vende materias primas. Esa lectura es reduccionista y, además, políticamente equivocada. El acuerdo ofrece oportunidades reales para el Mercosur que van mucho más allá de exportar productos agrícolas o minerales. El acceso preferencial al mayor mercado integrado del mundo, bajo un marco estable, crea un incentivo para elevar valor añadido, modernizar procesos, invertir en industria transformadora y reforzar capacidades productivas. Europa es, por definición, un mercado de estándares altos. Acceder mejor a ese mercado exige trazabilidad, calidad, mejoras sanitarias, innovación y capacidad industrial. Ese esfuerzo no es una carga; es una palanca de modernización. Y, en términos de empleo, significa más posibilidades de generar trabajo cualificado, más densidad industrial y cadenas regionales más robustas. En otras palabras: el acuerdo puede contribuir a que el Mercosur avance desde un patrón excesivamente dependiente de exportaciones primarias y combata las presiones extractivistas con un modelo más equilibrado y más industrializado.

Hay otro aspecto que conviene subrayar: un acuerdo de asociación con la Unión Europea puede ser, además, un elemento de fortalecimiento institucional del propio Mercosur. En un mundo que tiende a organizarse en grandes áreas económicas, los bloques regionales solo se sostienen si se dotan de reglas comunes, coordinación interna y capacidad real de negociación externa. Este acuerdo introduce un incentivo para reforzar la cohesión del bloque, armonizar políticas y consolidar un proyecto regional que, en distintos momentos, ha sufrido tentaciones de repliegue o fragmentación. Para los países del Mercosur, la asociación con la UE no es solo comercio; es también una oportunidad de consolidación política y estratégica.

En paralelo, para Europa el acuerdo contribuye a un objetivo que se ha vuelto central: garantizar resiliencia y seguridad económica. El debate europeo sobre autonomía estratégica ya no se limita a defensa o energía. Incluye la capacidad de sostener nuestra industria y nuestra transición verde sin depender en exceso de pocos proveedores o rutas. El acceso seguro a materias primas críticas y recursos esenciales para tecnologías de futuro, así como la construcción de cadenas de suministro diversificadas, forma parte de una estrategia europea de supervivencia industrial. América del Sur dispone de recursos y potencial productivo relevantes en este terreno, y el acuerdo ofrece un marco para construir relaciones previsibles, con reglas y con cooperación. No se trata de promover una relación extractiva, sino de construir cadenas de valor con inversión, transferencia tecnológica y estándares. Ese enfoque, además, es coherente con la visión europea de asociación: prosperidad compartida y reglas comunes.

"En un mundo donde la presión y la subordinación reaparecen como método, Europa necesita demostrar que existe otra forma de ejercer influencia"
Todo ello sería incompleto sin la dimensión política. El acuerdo UE-Mercosur no debe leerse como un tratado comercial con un barniz diplomático. La geopolítica es el núcleo. En un mundo donde la presión y la subordinación reaparecen como método, Europa necesita demostrar que existe otra forma de ejercer influencia: no a través de tutelas, sino mediante acuerdos; no mediante imposiciones, sino mediante instituciones; no mediante chantajes, sino mediante reglas. La doctrina Monroe de Trump propone para el hemisferio occidental una relación jerárquica. Europa responde con una oferta distinta: cooperación horizontal, respeto y estabilidad institucional. UE-Mercosur es la principal materialización de esa alternativa.

En este punto, el papel de Brasil es decisivo. Por peso económico, demográfico y diplomático, Brasil es el eje del Mercosur y el actor sin el cual este acuerdo no es políticamente viable. Y, dentro de Brasil, es difícil separar el momento del acuerdo del giro que ha supuesto el retorno de Lula. Con su Gobierno, Brasil ha recuperado una diplomacia activa, con vocación multilateral y capacidad de liderazgo regional. Ha situado la protección amazónica y la transición energética como prioridades, y se ha consolidado de nuevo como interlocutor global creíble. Ese cambio era condición necesaria para desbloquear el acuerdo en Europa. No por simpatía, sino por credibilidad política: Europa necesitaba una contraparte capaz de sostener compromisos, de integrar sostenibilidad en la agenda y de defender una inserción internacional basada en cooperación y reglas.

La sostenibilidad ha sido, con razón, uno de los debates centrales durante los últimos años. Tras un principio de acuerdo en 2019, el contexto político brasileño de entonces y el deterioro de políticas ambientales hicieron inviable avanzar sin instrumentos adicionales. La UE ha trabajado para incorporar salvaguardas ambientales superiores a las habituales en tratados comerciales, combinando compromisos y cooperación. Es importante señalarlo: el método europeo no puede ser la imposición unilateral ni el paternalismo. América del Sur rechaza, por motivos históricos evidentes, cualquier lógica que suene a tutela neocolonial. La clave está en mecanismos que funcionen: compromisos verificables, cooperación técnica e incentivos correctos. Un acuerdo no sustituye a las políticas nacionales; pero crea un marco para elevar estándares y alinear intereses.

En agricultura, el acuerdo exige rigor. Existen preocupaciones legítimas en parte del campo europeo, y deben abordarse con seriedad. Pero los hechos importan: no se trata de una apertura ilimitada. Existen cuotas, transiciones largas, exigencias sanitarias europeas y mecanismos de salvaguarda ante perturbaciones significativas. En paralelo, el sector agroalimentario europeo también gana acceso, protección de denominaciones y expansión de mercados para productos de calidad. La política agrícola europea se ha comprometido a acompañar estos procesos con instrumentos de adaptación y apoyo financiero. La estrategia no puede consistir en negar el mundo; debe consistir en gestionar cambios sin sacrificar cohesión social.

"En una Unión de veintisiete, los acuerdos complejos no avanzan por inercia: avanzan cuando algunos gobiernos deciden asumir el coste político de defender decisiones estructurales"
Un elemento que no debería pasar desapercibido es el papel que han desempeñado España y Alemania. Este acuerdo no se habría reactivado sin liderazgo europeo claro. España, junto con Alemania, ha sido uno de los motores para empujar su aprobación en el Consejo. España por razones evidentes: capacidad de interlocución, conocimiento profundo de la región y convicción estratégica sobre el vínculo birregional. Alemania porque una potencia industrial exportadora necesita marcos estables y mercados abiertos con reglas. En una Unión de veintisiete, los acuerdos complejos no avanzan por inercia: avanzan cuando algunos gobiernos deciden asumir el coste político de defender decisiones estructurales. Este es un ejemplo.

UE-Mercosur llega, por tanto, en el momento adecuado. Es una decisión que responde a intereses económicos, sí, pero sobre todo a intereses políticos: autonomía estratégica europea, seguridad económica, reforzamiento institucional del vínculo con América del Sur y una oferta alternativa a la lógica de esferas de influencia. Para Europa, significa diversificar mercados, reforzar resiliencia industrial y consolidar alianzas con socios con los que se pueden compartir reglas. Para el Mercosur, significa acceso preferencial, inversión, modernización, industrialización y cohesión institucional.

En el mundo que viene, la influencia se ejercerá por la fuerza o mediante acuerdos y alianzas consolidadas. Europa proyecta y elige el camino que quiere seguir en esta disyuntiva con el Acuerdo UE-Mercosur. Y, ahora que su soberanía se ve presionada por todos los flancos, hace un ejercicio firme de soberanía estratégica. Es un punto de partida imprescindible si Europa quiere ser un actor relevante y si América del Sur aspira a reforzar su posición global desde el desarrollo, la industrialización y la cooperación. Esa es la oportunidad. Y esa es, también, la responsabilidad.

Javi López
Javi López
Vicepresidente del Parlamento Europeo
Eurodiputado del PSC - PSOE desde el 2014, hoy, ejerce como vicepresidente del Parlamento Europeo. Es Licenciado en Derecho y ha sido Profesor Visitante de Historia de la UE en Blanquerna - Universitat Ramon Llull.
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