El acuerdo UE–Mercosur no se trata solo de granjas y motores. Va de litio, autonomía estratégica y diversificación, y del lugar que Europa quiere ocupar en un mundo cada vez más multipolar. Si la UE quiere dejar de ser espectadora y convertirse en protagonista, necesita mirar al sur con otros ojos.
En una lectio magistralis, el presidente Sergio Mattarella se dirigía a la Universidad Aix-Marsella en febrero de 2025 después de haber recibido el título
honoris causa. En su discurso planteaba la encrucijada en la que se encuentra actualmente la Unión Europea: "¿
Atrapada entre oligarquías y autocracias, con la perspectiva, como mucho, de una feliz vasallización?" "¿Ser
protegidos o ser protagonistas?"
Sus palabras son contextuales. En la actual sociedad internacional, la Unión Europea se encuentra, de muchas formas, atrapada entre aguas turbulentas. Por un lado, a nivel de la estructura misma de las propias relaciones internacionales, en tanto que intenta resistir el embiste del iliberalismo insurgente. Por otro lado, busca su sitio en una carrera in crescendo por recursos y fuentes de energía.
"Junto a EE. UU., Europa se enfrenta al desafío de las tierras raras frente al monopolio de China, con la autonomía estratégica en mente"
En esta última, el panorama competitivo por asegurar el acceso a materias primas críticas y tierras raras parece ser poco confortante para los europeos. Junto con los EE. UU., nos enfrentamos a un fuerte monopolio chino en lo que respecta a su producción y procesamiento. Los informes Draghi y Letta lo advierten, y siendo conscientes de ello, nuestra acción exterior, cada vez más "realista", se enfoca en diversificar cadenas de suministros y reducir dependencias. Ejemplo de ello son el recién firmado Acuerdo UE-Chile o las últimas asociaciones estratégicas de la UE con terceros países en este ámbito. El sempiterno lema —repetido hasta el cansancio— de avanzar hacia la "
autonomía estratégica" puesto en práctica.
Las materias primas críticas, que son esenciales para sectores estratégicos como la transición verde (baterías, paneles solares, turbinas eólicas, coches eléctricos); la defensa y la tecnología digital, están marcando las nuevas relaciones de poder en la escena internacional. Recientemente, en respuesta a los aranceles del "Día de la Liberación", Pekín introdujo nuevamente controles de exportación sobre materias primas críticas. Esta respuesta por parte de las autoridades chinas no es nueva, cada vez que la Casa Blanca endurece las restricciones a la transferencia tecnológica, China dirige sus armas comerciales a la base industrial estadounidense, afectando también a los europeos.
Es una herramienta contundente, el gigante asiático controla alrededor del 60% de la producción global de tierras raras y casi el 90% del refinamiento, de acuerdo con la Agencia Internacional de la Energía. De hecho, estas restricciones, junto con el acceso al mercado chino, han sido objeto de debate dentro de la
Cumbre UE – China, celebrada el 24 de julio en el marco del 50 aniversario de relaciones diplomáticas entre ambos.
La presidenta Von der Leyen señaló que mientras la cooperación bilateral se profundiza, también lo hacen sus desequilibrios, llegando a un punto de inflexión que exige un reajuste de las relaciones.
"El principal aliado de la Unión Europea parece sentir rechazo hacia el proyecto europeo y el multilateralismo"
Sin embargo, el objetivo de reducir dependencias se presenta más complicado que antes. ¿Qué hacer cuando uno de los históricos aliados de la UE siente una aparente animadversión hacia el proyecto europeo y al multilateralismo basado en normas? Solo en el mes de enero de 2025, días antes del discurso del presidente Mattarella, el presidente Donald Trump ya había manifestado su interés en anexionar Groenlandia (una posible gallina de los huevos de oro "mineral") a los EE. UU. incluso por la fuerza. Y no podemos olvidar que, unos días después, el vicepresidente J.D. Vance lanzaba un feroz ataque ideológico hacia la democracia liberal en Europa en la Conferencia de Seguridad de Múnich.
Somos testigos de una intencionada decadencia de la pax americana y la acentuación del multipolarismo. Las alternativas que se nos presentan son: o aceptar ser vasallos, o dotarnos de las herramientas necesarias para ser realmente un actor global que cuente con alianzas sólidas.
Esta dicotomía pone a los europeos en un aprieto. Entramos en un período de interregnum y dependemos en gran medida de proveedores externos para el abastecimiento de estas materias. Según el servicio de investigaciones del Parlamento Europeo (
EPRS),
importamos el 98% de las tierras raras, el 97% del litio y porcentajes similares de otros materiales como el cobalto, el grafito o el manganeso. Esta dependencia genera una vulnerabilidad estructural en este contexto geopolítico cada vez más marcado por la competición. El pasado 10 de julio, el Parlamento adoptó en Estrasburgo una
resolución al respecto con varias sugerencias.
Sin embargo, entre las medidas, faltaba una fundamental: la necesidad de reforzar —y redefinir— nuestras relaciones con países del sur global que, según el anterior Alto Representante, Josep Borrell, es un "imperativo estratégico".
Una de las respuestas comunitarias más recientes ha sido la adopción del "Critical Raw Materials Act" (Ley de Materias Primas Fundamentales), cuyo objetivo es diversificar las fuentes de aprovisionamiento, fomentar la extracción y el procesamiento dentro de la UE, y reforzar las alianzas internacionales para un suministro seguro, sostenible y previsible de materias primas críticas.
En este marco, América Latina y, en particular, el Mercosur, se perfilan como socios estratégicos y aliados clave. Como indica un estudio del Polish Economic Institute, de la lista de 34 materias primas críticas catalogadas por la UE, 25 son extraídas en América Latina.
"El acuerdo con Mercosur acercaría a las potencias mineras de Argentina y Brasil a una UE necesitada de estos materiales"
La región del Mercosur concentra algunas de las mayores reservas mundiales de recursos minerales críticos. Argentina forma parte del triángulo del Litio, que alberga más del 60% de las reservas globales de este mineral esencial para baterías eléctricas. Brasil es un gigante minero con importantes yacimientos de bauxita, níquel, manganeso, tierras raras, cobre y grafito, y el principal exportador de Latinoamérica a la Unión.
El Acuerdo UE-Mercosur incluye una reducción progresiva de aranceles y la eliminación de barreras no arancelarias para productos industriales y materias primas. Para la Unión, esto implica un acceso preferente y más competitivo a un mercado considerable y actualmente relativamente cerrado, situándose por delante de China, cuyo avance en sectores estratégicos en la región representa un desafío directo a la influencia europea. Empresas chinas ya controlan parte del negocio del litio en Argentina y Bolivia, y han incrementado exponencialmente su presencia en el cono sur.
Definitivamente, y a pesar de las fundamentadas críticas por parte de los más escépticos, el acuerdo es necesario. El pasado 3 de septiembre, la Comisión Europea presentó el Acuerdo (con algunas modificaciones) iniciando el proceso del consentimiento por parte de los colegisladores, Consejo y Parlamento Europeo. El primero requiere mayoría cualificada, el segundo simplemente mayoría.
"La influencia de la UE podría permitir el desarrollo de una explotación minera más sostenible en América Latina"
Ahora bien, para que el acuerdo sea efectivamente sostenible y tenga un impacto positivo para ambas partes, la UE debe acompañarlo con apoyo financiero para la transición verde del Mercosur; consultas y campañas de información dirigidas a la sociedad civil, especialmente en aquellas zonas de extracción minera; o la creación de plataformas de investigación conjunta en materia de transformación digital, por ejemplo. Sin duda alguna, el Brussels effect podría crear incentivos para una minería más sostenible y socialmente responsable, y fomentar el establecimiento de proyectos industriales y digitales conjuntos a largo plazo. La experiencia de China en este sector nos enseña que el acceso no lo es todo, es necesario alinear nuestra agenda geopolítica con la geoeconómica.
Por lo tanto, la Unión deberá proveer incentivos a las empresas europeas implicadas y actuar para buscar reducir la volatilidad de precios y brindar seguridad jurídica —especialmente teniendo en cuenta la opacidad del mercado de estas materias— por un lado. Y, por el otro, fomentar la colaboración con las empresas locales que deberían estar muy presentes en la cadena de valor. El acceso a este mercado solo se podrá garantizar a largo plazo con unas verdaderas relaciones equitativas que no caigan en una postura meramente extractivista ni dejar de lado objetivos como el fortalecimiento del Estado de derecho y los derechos humanos en estos países.
La cuestión que queda abierta es una para el futuro: ¿cómo querrá relacionarse Europa con el sur global en este cambio paradigmático de las relaciones internacionales? Si la UE desea ser protagonista y no vasalla, tendrá que estar presente, ser inclusiva, entender las necesidades del sur global y fomentar la consecución de intereses compartidos. Las alianzas de hoy definitivamente ordenarán el tablero global del mañana.