Donald Trump sigue siendo una figura políticamente disruptiva incluso fuera de Estados Unidos. A casi una década de su irrupción en la escena global y tras su regreso al centro del tablero político estadounidense, la opinión pública en las principales democracias occidentales muestra una relación ambivalente con el actual presidente: se le percibe como fuerte, decisivo y capaz de alterar el statu quo, pero
no como un referente legítimo de buen gobierno ni como un modelo deseable de liderazgo democrático.
Los datos del estudio realizado por Public First para POLITICO entre el 5 y el 9 de diciembre de 2025 en Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania y Canadá revelan una tensión clave para entender el momento político actual:
Trump es visto como poderoso, pero no como respetable; influyente, pero no admirable. Esta paradoja condiciona tanto la política internacional como las estrategias comunicativas de los líderes occidentales frente a él.
Una gestión que no convence
Cuando se pregunta a la ciudadanía si el jefe de Gobierno de su país ha hecho un buen o mal trabajo gestionando la relación con Donald Trump durante el último año, la respuesta dominante no es el respaldo, sino la ambivalencia. En todos los países analizados, alrededor de un tercio de los encuestados responde que su dirigente no lo ha hecho ni bien ni mal, una opción que funciona como refugio cuando no existe una narrativa clara de éxito.
"En Reino Unido y Alemania solo un 29 y un 24% respectivamente consideran que su líder político ha gestionado bien la relación con Trump"
Las valoraciones positivas son especialmente bajas en Reino Unido y Alemania, donde solo un 29 y un 24% respectivamente consideran que su líder ha gestionado bien la relación con Trump. Francia destaca además por el elevado porcentaje de respuestas negativas: casi cuatro de cada diez franceses creen que Emmanuel Macron ha hecho un mal o muy mal trabajo. Canadá, en cambio, presenta un perfil más indulgente, con un 42% de valoraciones positivas y solo un 21% de negativas.
Este reparto sugiere que la gestión de Trump no es percibida como un activo político, sino como un
terreno resbaladizo que rara vez genera réditos claros.
¿Convivir o resistir? El dilema estratégico
La división aparece con nitidez cuando se plantea cómo deberían actuar los líderes extranjeros frente a Trump. A nivel abstracto, la opinión pública está profundamente dividida: en Estados Unidos, prácticamente se empatan quienes creen que los líderes deberían llevarse bien con Trump (42%) y quienes apuestan por resistirlo y desafiarlo (41%). En Europa continental y Canadá, sin embargo, la balanza se inclina hacia la confrontación: en Alemania, la mitad de los encuestados defiende una postura de resistencia; en Canadá, casi seis de cada diez.
Pero el matiz aparece cuando la pregunta se concreta en el propio líder nacional. En Reino Unido, una mayoría clara (55%) cree que Keir Starmer debería tratar de llevarse bien con Trump, frente a un 30% que apuesta por desafiarlo. La lógica es evidente: el principio abstracto de resistencia se diluye cuando entran en juego los costes internos y las relaciones de poder reales.
Este doble rasero refleja un pragmatismo político muy extendido. La ciudadanía puede aprobar normativamente la confrontación, pero entiende, y en algunos casos exige cautela cuando se trata de su propio gobierno.
El conflicto no penaliza (y a veces beneficia)
Uno de los hallazgos más relevantes del estudio es que enfrentarse públicamente a Trump no tiene un coste reputacional elevado, y en algunos países incluso puede ser beneficioso.
Ante el escenario de un enfrentamiento público entre su líder y Trump, más ciudadanos dicen que mejoraría su percepción del dirigente que los que creen que empeoraría. Canadá vuelve a destacar: un 46% afirma que un choque público mejoraría su imagen del líder, frente a solo un 14% que cree que la empeoraría. Reino Unido presenta un patrón similar, aunque menos intenso. Francia es el país más dividido, pero incluso allí el saldo negativo es limitado.
"Trump no intimida tanto como para silenciar a los líderes y que una confrontación bien planteada puede interpretarse como un gesto de autonomía y firmeza"
Lo que se acaba viendo es que Trump no intimida tanto como para silenciar a los líderes y que una confrontación bien planteada puede interpretarse como un gesto de autonomía y firmeza. En contraste,
ser elogiado públicamente por Trump no genera entusiasmo.
En todos los países, alrededor de la mitad de los encuestados afirma que ese respaldo no tendría ningún impacto en su percepción del líder, mientras que los efectos negativos superan sistemáticamente a los positivos. Trump, en términos simbólicos, no transfiere prestigio.
Dos modelos de liderazgo
La batería de atributos comparativos entre Trump y los líderes nacionales ofrece la clave interpretativa del conjunto del estudio. El republicano domina con claridad en los rasgos asociados al poder duro y la disrupción: "poner el país primero", "cambiar radicalmente la forma en que funcionan las cosas" o "ser fuerte y decisivo". En estos atributos, el presidente estadounidense se impone de forma abrumadora en todos los países, especialmente en Francia y Reino Unido.
Sin embargo, cuando se trata de cualidades asociadas al gobierno democrático (buscar compromisos, escuchar al votante medio, unir a personas con visiones distintas, ser honesto y transparente, tener una visión a largo plazo) los líderes de las principales democracias occidentales superan claramente a Trump. Esto supone un contraste que dibuja dos modelos de liderazgo opuestos: Donald Trump encarna la ruptura, la unilateralidad y la acción inmediata; l
os líderes europeos, la gestión, el consenso y la legitimidad institucional. La ciudadanía reconoce la eficacia simbólica del primero, pero sigue prefiriendo normativamente el segundo.
El significado político de Trump
En Alemania, Francia y Reino Unido, una mayoría considera que la elección de Trump en Estados Unidos ha sido más significativa para su país que la elección de su propio líder nacional. Esta percepción revela hasta qué punto es visto como un actor global con capacidad de alterar equilibrios internos, incluso fuera de sus fronteras. Pero esa centralidad no se traduce en admiración. Trump es relevante porque es imprevisible, no porque sea ejemplar. Es influyente porque puede generar inestabilidad, no porque represente un horizonte deseable.
Una conclusión incómoda
El retrato que emerge de los datos es incómodo tanto para el presidente Trump como para quienes intentan gestionarlo. Para él mismo, porque confirma que su poder simbólico no va acompañado de legitimidad moral ni de respeto internacional. Para los líderes occidentales, porque demuestra que no existe una estrategia claramente ganadora frente a él: ni la complacencia genera beneficios claros, ni la confrontación resulta necesariamente costosa.
En ese equilibrio inestable se mueve hoy la política transatlántica. Trump sigue siendo un factor determinante, pero ya no impone silencio ni adhesión. Es, en términos políticos, un poder incómodo al que se teme menos de lo que se reconoce y se respeta menos de lo que se admite.