¿Tiene Europa una estrategia para lidiar con Donald Trump? Puede parecer una pregunta excesivamente simple, pero merece ser planteada. El primer aniversario de su investidura está a la vista y, sin embargo, durante estos meses muchos europeos han oscilado de forma errática entre la esperanza y el pánico ante los planes del presidente para el continente.
"Según informaciones, una versión más extensa del documento estadounidense llegaba a plantear el objetivo aún más radical de separar a Austria, Hungría, Italia y Polonia del proyecto comunitario"
La reacción europea a la Estrategia de Seguridad Nacional (NSS, por sus siglas en inglés) de la Administración Trump ha sido un buen ejemplo de ello: emotiva, reactiva y sorprendentemente ajena a lo que ya estaba escrito. El documento defendía la necesidad de "cultivar la resistencia a la trayectoria actual de Europa dentro de las propias naciones europeas", frente al "riesgo evidente de una erosión civilizatoria" atribuida, entre otros, a la Unión Europea. Según informaciones, una versión más extensa —no publicada— llegaba a plantear el objetivo aún más radical de separar a Austria, Hungría, Italia y Polonia del proyecto comunitario.
Nada de esto debería haber causado sorpresa. El Mandate for Leadership 2025 de la Heritage Foundation, un plan de inspiración trumpista publicado en 2023,
sostenía que "la diplomacia estadounidense debe prestar mayor atención a la evolución interna de la UE, al tiempo que desarrolla nuevos aliados dentro de ella". El vicepresidente J.D. Vance advirtió en la Conferencia de Seguridad de Múnich, en febrero, sobre "la amenaza interna" que supondría el retroceso europeo respecto a "algunos de sus valores más fundamentales".
En mayo, una entrada del Departamento de Estado en Substack defendía el apoyo de Estados Unidos a "aliados civilizatorios en Europa" frente a un "proyecto liberal global" que, según el texto, estaría "pisoteando la democracia y el legado occidental".
Que, pese a todo ello, la NSS haya desconcertado a parte de la opinión pública europea revela una verdad más compleja: ambas orillas del vínculo transatlántico sobrestiman el grado de conocimiento mutuo. Las fronteras entre lo doméstico y lo transatlántico se han difuminado. Una niebla se ha instalado sobre el Atlántico.
Desde el lado europeo, los líderes han interpretado de forma errónea la estructura de la Administración Trump. Los académicos Stacie Goddard y Abraham Newman la han descrito como "neomonárquica": menos un Ejecutivo moderno con aspiraciones tecnocráticas que una corte medieval donde distintas facciones compiten por acceder al oído del rey. Los dirigentes europeos han entendido este esquema, pero han extraído la conclusión equivocada: que ellos también pueden participar en ese juego.
Así, los gobiernos europeos han dedicado enormes esfuerzos a maniobrar entre las distintas camarillas de Washington. El secretario general de la OTAN ha llegado a llamar a Trump daddy. Ministros de capitales como Londres o Berlín
presumen de sus supuestas relaciones privilegiadas con figuras como Vance o Marco Rubio. Al mismo tiempo,
Trump deja cada vez más claro que, si bien aprecia la adulación dentro de su corte —y a veces incluso la recompensa—, interpreta ese comportamiento por parte de actores externos como una muestra despreciable de debilidad. No es casual que China, que se ha negado a inclinarse ante Trump y ha mostrado una disposición creíble a responder,
haya recibido un trato relativamente moderado en la NSS, a diferencia de una Europa sumisa.
Desde el lado estadounidense, la confusión también es evidente. "Yo soy vuestra retribución", proclamó Trump en 2023. Dos años después, Reuters informa de que "al menos 470 personas, organizaciones e instituciones han sido objeto de represalias desde que Trump asumió el cargo, una media de más de una al día". Para el presidente y su entorno, la política europea se percibe como una extensión de su vendetta interna.
"Los ataques selectivos de la Administración contra sus enemigos parecen trascender las fronteras estadounidenses y dirigirse también contra la Unión Europea"
El mismo blog del Departamento de Estado al que se hacía referencia afirmaba, sobre el supuesto "pisoteo" de la democracia en Europa, que "los estadounidenses están familiarizados con estas tácticas", ya que estrategias similares de "censura, demonización y uso instrumental de la burocracia" habrían sido empleadas contra Trump y sus seguidores. De este modo, los ataques selectivos de la Administración contra sus enemigos —ya sean la fiscal Letitia James, el humorista Jimmy Kimmel o instituciones como la Universidad de Harvard— parecen trascender las fronteras estadounidenses y dirigirse también contra la Unión Europea.
Líderes europeos convencidos de que pueden jugar a un juego de facciones en Washington que en realidad les está vedado; una Administración estadounidense que trata la política europea como un apéndice de su campaña interna de represalias: esta es la esencia del actual embrollo transatlántico. El resultado es que Europa transmite involuntariamente una señal de debilidad, que el movimiento MAGA interpreta como una luz verde para extender su campaña de represalias al otro lado del Atlántico con mayor rapidez y ambición. La NSS es la cristalización de esta realidad.
Basta ya. Cualquier respuesta europea seria a la amenaza trumpista debe comenzar por disipar esta niebla transatlántica. Eso implica abandonar las ideas ingeniosas sobre el gameplaying en Washington y desmontar las expectativas de la Administración Trump de llevar a cabo una campaña transatlántica de represalias de gran alcance. Y la clave para ello es una evaluación fría y despiadada de los instrumentos de coerción disponibles para ambas partes.
Ese es precisamente el elemento que más ha faltado en la reacción europea posterior a la NSS: una reflexión concreta sobre cómo pretende la Administración "cultivar la resistencia en Europa". A partir de la evidencia disponible, pueden identificarse cuatro grandes tipos de instrumentos.
El primero es la concesión de exenciones selectivas a las sanciones y a la política arancelaria estadounidense para líderes europeos afines. Un ejemplo reciente se produjo el mes pasado, cuando Trump concedió a la Hungría de Viktor Orbán una exención de un año de las sanciones al petróleo ruso.
El primer ministro húngaro, estrecho aliado de Trump, afronta además unas elecciones generales difíciles en abril, tras años de concentración de poder y ataques a la sociedad civil y a los medios independientes.
Otro caso, potencialmente más relevante a largo plazo, se dio en octubre, cuando Trump retuiteó una publicación de un asesor de la Casa Blanca que sugería que el Gobierno italiano de Giorgia Meloni estaba negociando reducciones arancelarias bilaterales con Estados Unidos. Aunque Roma insistió posteriormente en que respeta el papel exclusivo de la UE en las negociaciones comerciales, el episodio abrió la puerta a la posibilidad de condiciones comerciales preferentes para gobiernos europeos "favorecidos".
El segundo instrumento estaría relacionado con el uso del paraguas de seguridad estadounidense para avanzar esta agenda política.
La Administración ha publicado ya su Estrategia de Seguridad Nacional, pero los borradores de la Estrategia de Defensa Nacional siguen en discusión. Junto con la esperada revisión del despliegue militar estadounidense, el texto final podría incluir anuncios de
retirada o redistribución de tropas en Europa.
La relación entre estos movimientos y el objetivo de "cultivar resistencia" es menos directa que en el ámbito comercial, entre otras cosas porque parte del electorado de algunos partidos iliberales europeos —como Alternativa para Alemania (AfD)— es escéptico respecto a la presencia militar estadounidense. Sin embargo, la politización de estas decisiones fue explícita en el discurso de Vance en Múnich, cuando vinculó la provisión de seguridad estadounidense a su interpretación de los "valores democráticos compartidos".
"No es difícil imaginar cómo esto podría traducirse en el traslado de tropas desde países considerados «no democráticos» (Reino Unido, Alemania) hacia otros «democráticos» (Polonia, Italia)"
Dicho de otro modo, los gobiernos que no se ajusten a esa interpretación podrían dejar de merecer la generosidad defensiva de Estados Unidos. No es difícil imaginar cómo esto podría traducirse en el traslado de tropas —y de su capacidad de apoyo y disuasión— desde países considerados "no democráticos" (como Reino Unido o Alemania, blancos habituales de las críticas de Vance) hacia otros considerados "democráticos" (como Polonia o Italia).
Una tercera forma en que el Gobierno de Estados Unidos podría intentar impulsar su agenda en Europa sería
apuntar directamente a los funcionarios implicados en decisiones que no le gustan. Hay una documentación sólida de que se han planteado amenazas de este tipo: incluida la posibilidad de sanciones contra responsables europeos que apliquen la
Ley de Servicios Digitales o que sean críticos con X/Twitter de Elon Musk (tanto para las preocupaciones trumpistas sobre la libertad de expresión en Europa)
y amenazas de consecuencias personales contra quienes promueven normas de transporte marítimo sostenible.
La mayor incógnita es el cuarto instrumento: la interferencia directa en la política de partidos europeos.
Administraciones estadounidenses con un respeto mucho mayor por las normas internacionales ya recurrieron en el pasado a canales comerciales, presión diplomática o actividades de inteligencia para inclinar la balanza política en países aliados. Que la Administración Trump haga lo mismo es, por tanto, más que probable.
De hecho, ya existen ejemplos públicos. Trump y Vance apoyaron abiertamente a Marine Le Pen tras su condena por malversación en abril de 2025, que el presidente calificó de "caza de brujas", utilizando el mismo término que empleó para referirse a su propio impeachment. AfD ha sido recibida en Washington y Elon Musk llegó a intervenir en un mitin del partido antes de las elecciones federales alemanas de febrero.
En España, Vox presume de sus vínculos con la Administración Trump y de su presencia en foros conservadores estadounidenses como la CPAC.
Y el abanico de opciones es aún más amplio. Incluye préstamos a partidos o políticos europeos concretos, financiación de think tanks y medios de comunicación, o el uso de grandes plataformas digitales estadounidenses —especialmente redes sociales— para amplificar a fuerzas de extrema derecha y a voces alineadas con Trump en los algoritmos que consumen los votantes europeos.
"La respuesta europea a largo plazo apenas necesita ser formulada: reducir de forma acelerada su dependencia de Estados Unidos"
La respuesta europea a largo plazo apenas necesita ser formulada: reducir de forma acelerada su dependencia de Estados Unidos
. En ocasiones, los líderes europeos han reconocido esta realidad. El canciller alemán Friedrich Merz declaró el pasado 13 de diciembre que la era de la Pax Americana había terminado. Algunos gobiernos han respaldado estas palabras con hechos, como la decisión de España de descartar la compra de cazas F-35 estadounidenses en favor de modelos europeos.
Sin embargo, en conjunto, Europa sigue comportándose como si el trumpismo fuera una anomalía pasajera. El discurso sobre la compra de más armamento estadounidense —celebrado por la Casa Blanca, por imprecisos que sean los compromisos reales— transmite el mensaje equivocado. En los dos ámbitos que más determinarán la diferencia entre soberanía y subordinación —la defensa común y la integración del mercado único—, los avances durante el primer año de Trump han sido, en el mejor de los casos, fragmentarios.
Mientras tanto, persiste la doble ilusión transatlántica. Europa sigue dedicando más energía a intentar influir en la política de Washington que a desmontar su dependencia estructural. Animados por ello, Trump y su entorno conciben cada vez más a Europa como un espacio donde ensayar las venganzas políticas que aún no pueden desplegar plenamente en Estados Unidos. El círculo se retroalimenta.
De nuevo: basta ya. Europa no solo debe comprender los instrumentos que Trump puede utilizar; también debe acostumbrarse a emplear los suyos propios para defender su democracia, su soberanía, su pluralismo y su dignidad. Porque Europa sí dispone de instrumentos de presión.
También puede imponer costes a su socio transatlántico. Simplemente, carece de experiencia en hacerlo y, por tanto, no domina aún ese repertorio.
"Tanto la obsesión europea por seducir a Trump como el juego de confianza que este despliega en Europa desvían la atención del equilibrio real del poder coercitivo"
Mi colega del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, Tobias Gehrke, ha publicado recientemente un inventario detallado de esa caja de herramientas. Incluye desde aranceles europeos sobre productos estadounidenses políticamente sensibles hasta medidas contra las grandes tecnológicas, controles de exportación, reducción de tenencias de deuda estadounidense e incluso sanciones individuales contra cargos de EE. UU., junto a otras iniciativas creativas. El documento es una afirmación clara de la capacidad de agencia europea: del derecho del continente a decidir su propio rumbo y a contemplar con serenidad las opiniones de la Administración estadounidense sobre su política interna. Reconocer esto supone superar la doble ilusión transatlántica. Tanto la obsesión europea por seducir a Trump como el juego de confianza que este despliega en Europa desvían la atención del equilibrio real del poder coercitivo.
Y esa distracción perjudica sobre todo a Europa, porque su capacidad de presión queda sistemáticamente infravalorada.
Europa se enorgullece de presentarse como una potencia ajena al uso de la fuerza bruta, defensora del orden multilateral y de las soluciones cooperativas. Pero ese orgullo corre el riesgo de convertirse en autoengaño ante la realidad del mundo de finales de la década de 2020 y, en particular, de la relación transatlántica. Puede resultar incómodo, pero ha llegado el momento de que Europa adopte un enfoque coercitivo hacia Estados Unidos.