La publicación de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional por parte de Donald Trump ha provocado un estallido de críticas (y una indiferencia de la política española) en Europa. No tanto por su contenido geopolítico general, sino por algo más perturbador: el documento es inusualmente explícito al asumir que Estados Unidos ejercerá injerencia política en Europa cuando lo considere necesario para "proteger y avanzar los intereses americanos". La reacción pública ha sido inmediata. En X —tras unas declaraciones de Elon Musk en las que advertía que Europa "está destinada a desaparecer tal y como la conocemos"— miles de usuarios inundaron la plataforma con la bandera europea como gesto de afirmación identitaria y de resistencia simbólica.
"Poco después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos adoptó una estrategia de contención destinada a frenar el avance de la izquierda en Europa"
Pero sería engañarnos a nosotros mismos pensar que esta es la primera vez que sucede. Poco después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos adoptó una estrategia de contención destinada a frenar el avance de la izquierda en Europa. Estrategia que tiene su origen en el Long Telegram del diplomático estadounidense George F. Kennan y que, en parte, se plasmó en la NSC-68 (National Security Council Report 68) aprobado en 1950 por el Consejo de Seguridad Nacional de EE. UU., durante la presidencia de Harry S. Truman.
Lejos de limitarse al ámbito militar o diplomático, esta estrategia incluyó propaganda, financiación de partidos políticos y operaciones encubiertas. La lógica era simple: garantizar que el mapa político europeo permaneciera alineado con los intereses estratégicos de Washington.
De hecho, si hay un país que nunca ha ocultado —ni ante aliados ni ante adversarios— su disposición a moldear el entorno político de terceros, ese ha sido Estados Unidos. Desde la posguerra, Washington ha actuado con la convicción de que su seguridad dependía de impedir que Europa se desviara de determinadas coordenadas estratégicas. En ocasiones lo hizo con sutileza diplomática; en otras, con intervenciones abiertas o encubiertas. Si la nueva estrategia de Trump incomoda, es en parte porque verbaliza lo que siempre se ha preferido dejar en un sugerente silencio: la política europea nunca ha sido solo cosa de Europa.
La intervención de Estados Unidos en Grecia (1946-1949) fue un caso temprano y decisivo de la política de contención durante la Guerra Fría. Tras la liberación del país del dominio nazi, estalló una guerra civil entre el gobierno griego, apoyado primero por los británicos y luego por Estados Unidos, y las fuerzas comunistas del ELAS y el EAM/ELAM, respaldadas por países vecinos. Ante el riesgo de que Grecia cayera bajo influencia soviética, en 1947 Truman se comprometió a proporcionar ayuda militar y económica para sostener al gobierno y derrotar a los insurgentes. Esta intervención permitió consolidar un gobierno prooccidental y marcó un precedente clave de la estrategia estadounidense de contención del comunismo en Europa.
Otro ejemplo, uno de los más emblemáticos, tuvo lugar en Italia en 1948, como bien explica la película La gran ambición (2024) de Andrea Segre. En unas elecciones consideradas decisivas para el equilibrio político europeo, la CIA y la diplomacia estadounidense apoyaron activamente a la Democracia Cristiana (DC) para evitar una victoria del Partido Comunista Italiano (PCI).
Enrico Berlinguer, líder del PCI, promovió el compromiso histórico, un proyecto que buscaba integrar al PCI en las instituciones democráticas para estabilizar el país. Para Washington, esto representaba una amenaza: una forma de comunismo democrático y popular podía alterar el equilibrio europeo.
La CIA y los diplomáticos estadounidenses siguieron muy de cerca al PCI, a su liderazgo y a sus decisiones estratégicas.
"La embajada estadounidense orientó a las élites españolas para garantizar que la Transición no derivara en un escenario desfavorable a los intereses de Washington"
España ofrece un caso más sutil, pero igualmente revelador. En su libro La Transición según los espías (editorial Akal, 2024), Jorge Urdánoz documenta cómo el embajador estadounidense en España estuvo presente en todas las decisiones clave durante la Transición: desde la arquitectura del sistema electoral hasta la legalización del Partido Comunista.
Según Urdánoz, la embajada estadounidense orientó a las élites españolas para garantizar que la Transición no derivara en un escenario desfavorable a los intereses de Washington. Esto demuestra que,
incluso sin operaciones encubiertas visibles, la diplomacia y el asesoramiento estratégico pueden ser herramientas muy eficaces de intervención.
Episodios más recientes confirman este patrón. Durante el mandato de Barack Obama, la NSA interceptó el teléfono móvil de la canciller alemana Angela Merkel, desencadenando un importante escándalo diplomático. Este hecho mostraba que la vigilancia y la presión estadounidenses no se reservaban para adversarios; incluso los aliados más estrechos podían ser objeto de espionaje para garantizar que sus decisiones se mantuvieran alineadas con los intereses de Estados Unidos.
Una estrategia institucionalizada
La NSS (National Security Strategy) identifica cuatro intereses vitales: proteger el territorio y el modo de vida estadounidenses, promover la prosperidad, preservar la paz mediante la fortaleza y —crucialmente— "avanzar la influencia estadounidense en el mundo". Este cuarto pilar legitima explícitamente la intervención política, diplomática, económica y tecnológica en otros países como un componente central de la seguridad nacional.
La NSS de Trump refleja un principio de larga data en la política exterior estadounidense: la seguridad nacional no se limita a defenderse de amenazas externas, sino que incluye proyectar poder y moldear contextos políticos y económicos a escala global. Los métodos varían con los tiempos: desde propaganda, financiación de partidos y diplomacia de la Guerra Fría hasta espionaje digital y presión económica en la actualidad.
"Estados Unidos ha combinado diplomacia, inteligencia, espionaje y otras para asegurar que los procesos políticos externos permanezcan alineados con sus prioridades estratégicas"
Este patrón demuestra que la influencia estadounidense no es ocasional; es un componente estructural de su arquitectura de seguridad nacional. De Italia a España, de Berlín a Washington, Estados Unidos ha combinado diplomacia, inteligencia, espionaje, presión económica e influencia cultural para asegurar que los procesos políticos externos permanezcan alineados con sus prioridades estratégicas.
Esto explica por qué muchas transiciones europeas no pueden interpretarse como procesos puramente internos. La NSS de Trump simplemente explicita una lógica que lleva presente mucho tiempo: intervenir, influir y proyectar poder no son excepciones, sino instrumentos del Estado.
Un momento inevitable
Desde 1945 hasta la era Trump, Estados Unidos ha mostrado una notable coherencia: su seguridad nacional va más allá de la protección territorial e incluye la capacidad de moldear el orden político, económico y cultural global. La intervención puede adoptar muchas formas pero su objetivo es siempre el mismo: garantizar que el poder en otros países siga la lógica estratégica estadounidense.
La NSS de Trump confirma que este intervencionismo no es un residuo de la Guerra Fría, sino una práctica plenamente vigente, legitimada y adaptada a los desafíos del siglo XXI. Comprender este patrón es indispensable para interpretar la política europea contemporánea y reconocer que la soberanía nacional se negocia en un tablero global donde Estados Unidos ocupa, desde hace décadas, un asiento permanente.
"Estados Unidos interviene en Europa porque Europa se lo permite, porque Europa lo necesita y porque Europa no ha construido los instrumentos para evitarlo"
Si Europa quiere dejar de sorprenderse por la política estadounidense, quizá deba empezar por admitir lo que siempre ha sido evidente: Estados Unidos interviene en Europa porque Europa se lo permite, porque Europa lo necesita y porque Europa no ha construido los instrumentos para evitarlo. La estrategia de Trump no inaugura nada. Simplemente pone luz donde antes había sombras amables. Y obliga al continente a enfrentarse a su mayor debilidad: no la injerencia estadounidense, sino la incapacidad europea para actuar como un actor estratégico pleno.
Y esto sucederá si el compromiso histórico entre socialdemócratas y democratacristianos se tensiona aún más y se rompe. En realidad, el compromiso histórico formulado por Enrico Berlinguer —que nunca llegó a materializarse plenamente— y el acuerdo efectivo entre socialdemócratas y democristianos que hizo posible la construcción europea parten de una misma intuición política: que la estabilidad democrática en contextos de alta polarización exige grandes
pactos entre tradiciones ideológicas enfrentadas. En Italia, el proyecto de Berlinguer
quedó truncado por resistencias internas, el clima de violencia y la lógica de la Guerra Fría; en Europa occidental, en cambio, el entendimiento entre socialdemócratas y democristianos sí se consolidó y permitió levantar un orden político basado en el Estado del bienestar, la integración económica y el anclaje institucional del conflicto social.
Ese consenso transversal es el que hoy se ve amenazado por la política de ruptura que encarna Donald Trump: una lógica que desconfía de los acuerdos amplios, debilita las alianzas históricas y erosiona la cultura del compromiso que sostuvo durante décadas la estabilidad del proyecto europeo.