España está a punto de alcanzar la cifra simbólica de los cincuenta millones de habitantes. Probablemente lo hará a finales de 2026 y la sensación es que el debate sobre las implicaciones de nuestra demografía no acaba de estar maduro.
Más allá del número redondo, el país viene aumentando año a año su población, con la inmigración como principal variable explicativa. Conscientes de este reto, desde la Sociedad Barcelonesa de Estudios Económicos y Sociales (SBEES) de Foment del Treball han impulsado el informe La España de los 50 millones de habitantes.
Este informe ha sido elaborado por el instituto de investigación social Opina360. Su director, Juan Francisco Caro, conversa con Agenda Pública sobre todos los desafíos en torno a la demografía: desde la percepción sobre la inmigración hasta la despoblación, la crisis de la vivienda o la sostenibilidad de las pensiones. A su juicio, el de la demografía "no es un reto fácil" y por eso es necesario "ir más allá de los discursos fáciles" para encontrar las mejores soluciones.
Uno de los primeros datos del informe es el de que la población percibe de forma positiva "el crecimiento demográfico". ¿Qué mecanismos puede haber detrás de esta percepción? Especialmente teniendo en cuenta un contexto de tensión discursiva con la migración.
Cuando hemos formulado esta pregunta lo hemos hecho un poco con el concepto general de crecimiento demográfico, sin que necesariamente se apunte en esa pregunta la inmigración. Queríamos salir de ese marco de la inmigración y ver qué entiende la ciudadanía por ese crecimiento demográfico y si cree que ha sido positivo, y es lo que vemos ahí. Y encontramos que esta valoración positiva es muy transversal en cuanto a tramos de edad.
Es verdad que hay diferencias: el nivel más bajo es el de los jóvenes de 25 a 34 años, y el nivel más alto es el de los mayores de 65. Pero, en líneas generales, vemos que no hay enormes diferencias en cuanto a la percepción que tiene la ciudadanía.
En cuanto al género tampoco encuentran diferencias.
Exactamente. Son prácticamente idénticas: los hombres, un 68%, y las mujeres, un 67,4%. No hay grandes diferencias.
"La idea era tener esa valoración general de si creemos que el crecimiento, más allá del marco de la inmigración, ha sido positivo"
Sobre todo, la idea era tener esa valoración general de si creemos que el crecimiento, más allá del marco de la inmigración, ha sido positivo. Luego ya preguntamos en la encuesta específicamente qué se ve de positivo y qué se ve de negativo en la inmigración. Incluso, además, lo hacemos de forma diferenciada para que no tengan por qué contraponerse unas cosas a las otras, sino que podamos entender qué se percibe como positivo de la inmigración y, si se ve algo negativo, qué es lo que se ve más negativo.
Por continuar con las variables demográficas: ¿Hay algunas diferencias relevantes en la opinión de estos grupos?
Sí, aunque quizás no tanto en la cuestión del crecimiento demográfico general. En el apartado de la inmigración hay un aspecto que sí nos llamaba más la atención. No en la parte positiva, porque ahí aparece de forma homogénea que la principal aportación de la inmigración es la contribución al crecimiento económico.
Las diferencias aparecen cuando vemos los aspectos negativos. Resaltamos en concreto que la principal preocupación de los jóvenes es el aumento de la inseguridad. Es decir, a mayor juventud, mayor nivel de percepción de inseguridad relacionada con la inmigración.
"Entre las personas de mayor edad se da más importancia a que la inmigración supone una mayor presión sobre los servicios públicos"
En cambio, entre las personas de mayor edad se da más importancia a que la inmigración supone una mayor presión sobre los servicios públicos. Probablemente, esto tiene que ver con los movimientos de intención de voto de la juventud, que van hacia la derecha radical. También puede que tenga relación con las grandes ciudades, que es donde mayor concentración hay de inmigración.
¿Qué percepciones hay detrás de las opiniones sobre estos temas? Hemos mencionado la seguridad, pero también están la cuestión de identidad, la movilidad social, las expectativas económicas, etc.
Si queremos darle una explicación al voto de la derecha autoritaria, es verdad que la inmigración es un factor básico, pero lo que vemos aquí, fundamentalmente, es que la clave está en la cuestión de la inseguridad.
Aunque hay personas que pueden mencionar la pérdida de identidad cultural —que a veces tiene mucha relevancia en los discursos de la derecha autoritaria—, la percepción general de la ciudadanía no es de riesgo ahí. Lo que aparece más como rechazo son otras cuestiones más allá de esas diferencias religiosas o culturales: es este riesgo que se percibe para la seguridad.
Si se mira por la autoubicación ideológica —presente en el estudio—, hay una diferencia muy clara entre quienes se identifican con la derecha y con la izquierda: entre quienes se sitúan en la izquierda, el aumento de la inseguridad solo lo menciona el 7%; en el caso de quienes se ubican a la derecha, roza el 50%.
Es decir, que además es una percepción muy concentrada en el espacio ideológico de la derecha. Como sabemos que este tipo de autoubicación ideológica está avanzando entre los jóvenes, ahí encontramos la relación entre los tramos de edad y este punto de vista de la identificación ideológica.
Llama la atención una pregunta que han hecho sobre si se percibe igual la inmigración que hicieron los españoles hace unos años y la que está llegando ahora al país. Primero, ¿qué querían ver con esto? Y segundo, ¿qué opina de los resultados encontrados?
España, durante algunas décadas, fue exactamente un país emigrante. En los años sesenta y setenta, los años del desarrollismo, España vio cómo crecían mucho las ciudades, pero también fueron décadas de mucha emigración española al exterior, fundamentalmente hacia países europeos.
Queríamos ver si la ciudadanía establece algún tipo de relación, correlación o paralelismo con el fenómeno inverso que vivimos ahora: personas de otros países que vienen a buscar trabajo a España. Quizá, para sorpresa de lo que esperábamos, una mayoría de los ciudadanos cree que no son situaciones comparables. Desde un punto de vista demográfico o sociológico, sí podríamos compararlas, porque en ambos casos son personas que van a buscar trabajo porque en su país no es posible. En cambio, la percepción que se tiene ahora es que no es así.
No sabemos si es porque se entiende que las circunstancias de los españoles en aquella época eran distintas y había una mayor necesidad de emigrar que la que se atribuye ahora a la gente que viene aquí. No lo sabemos porque no hemos entrado en ese nivel de detalle.
Sí que resulta sorprendente que, habiendo sido España un país netamente emigrante no hace tantas décadas —las personas que lo han vivido siguen vivas y han podido transmitir su experiencia—, ahora no quede un mayor poso, una mayor apertura o una mayor correlación entre esas situaciones que vivieron los españoles y las que experimentamos ahora.
En cuanto a la despoblación, sí que detectan que la gente tiene claros cuáles son los principales problemas y las causas detrás de esto. ¿Qué impresiones tiene al respecto?
Sí. En este tema hay un fenómeno curioso: desde la pandemia hacia aquí ha habido personas que han tenido algún cambio de mentalidad o de expectativas y se han ido a vivir a pequeños municipios, y eso ha frenado un poco la tendencia. Pero, en general, mirando a largo plazo, los pueblos muy pequeños siguen perdiendo población.
No solo porque la gente se vaya a las grandes ciudades, sino porque en muchos casos se va a ciudades intermedias, algunas veces incluso dentro de la propia comunidad autónoma, buscando otro nivel de expectativas laborales, de servicios públicos, etc.
Lo que vemos en los resultados de la encuesta es que la ciudadanía percibe sobre todo una falta de oportunidades laborales como clave principal. Esto, además, lo relacionamos con otra de las cuestiones que preguntábamos aquí, que es la dificultad a la hora de emprender.
"Desde la pandemia hacia aquí ha habido personas que han tenido algún cambio de mentalidad o de expectativas y se han ido a vivir a pequeños municipios"
Por un lado, no hay masa empresarial que pueda generar unas expectativas laborales a la población de esos pequeños municipios. Y luego se encuentran con muchas barreras para poder desarrollar también sus proyectos empresariales allí. Hay jóvenes que, incluso con las posibilidades que genera el teletrabajo, no encuentran facilidad para poner en marcha un negocio en pequeños municipios.
Luego, otro factor principal que menciona mucha gente es que las condiciones del mundo agrícola y ganadero, que sigue siendo un sector económico fundamental en los pequeños municipios, son cada vez más precarias. Se encuentran no solo con obstáculos comerciales —muchos agricultores se quejan de que llevan décadas con los precios por los suelos—, sino también con barreras administrativas o legales que dificultan su actividad.
Ese es uno de los discursos que utiliza la derecha autoritaria: que la Agenda 2030 está acabando con el campo. Y eso encuentra cierta correlación aquí, en la medida en que la gente percibe que, desde Bruselas y desde las grandes instituciones, se está abandonando el mundo rural.
Aquí la ideología vuelve a jugar un papel importante.
Así es. En el caso concreto de la derecha, la principal respuesta es precisamente la de las condiciones precarias del mundo agrario. En cambio, en la izquierda pesa más la falta de oportunidades.
Yo creo que esto confronta un poco dos visiones del mundo rural: por un lado, la de personas que viven del campo porque tienen sus explotaciones agrarias y ven las dificultades que estamos comentando; por otro, personas de izquierda que ven que no existe para ellas una oferta en el mercado como para poder quedarse allí.
Juan Francisco Caro, director de Opina360, durante la entrevista con 'Agenda Pública'. Foto: Agenda Pública
El título del informe elaborado por Opina360 es La España de los 50 millones de habitantes. Esa cifra está cerca, pero la presión es grande: inmigración, vivienda, etc. ¿Hacia dónde cree que se puede empezar a orientar esta situación?
Pues no es un reto fácil. Por eso la Sociedad Barcelona de Estudios Económicos y Sociales (SBEES), que es la que ha encargado este estudio, plantea sentarse a hablar de ello: ese pacto social que han querido lanzar como propuesta a los agentes sociales, a las patronales, a los sindicatos, pero sobre todo también a las instituciones y a los partidos políticos, para ver cómo se pueden afrontar los distintos retos demográficos.
Hace algunos años asociábamos la idea de reto demográfico a la despoblación, pero el desafío es mucho más amplio. Lo decía al principio: en este trabajo hemos tratado de reflejar todas aquellas tendencias de largo plazo que viene experimentando España, que definen la situación en la que estamos ahora y que van a determinar el futuro, porque todas ellas están interrelacionadas.
Es decir, no podemos analizar el fenómeno de la inmigración si no entendemos que también es consecuencia de los problemas estructurales demográficos que tiene el país: falta de natalidad, envejecimiento… Necesitamos verlo todo en su conjunto.
"Se sigue entendiendo que no se dan las condiciones para que los jóvenes puedan tener hijos: la vivienda, la inestabilidad laboral, los salarios, etc."
Las grandes tendencias de largo plazo son, claramente, la bajada de la natalidad —un fenómeno que ocurre en todos los países occidentales—, con cambios en las prioridades reproductivas de la ciudadanía. Pero también se sigue entendiendo que no se dan las condiciones para que los jóvenes puedan tener hijos: la vivienda, la inestabilidad laboral, los salarios, etc. Si no se solucionan las dificultades económicas de los jóvenes, será difícil que la caída de la natalidad encuentre una base sobre la que detenerse.
Por otro lado, la inmigración nos ha servido para amortiguar un poco esta caída. Buena parte de la población que llega a España es joven: o traen hijos muy pequeños o los tienen aquí. Este fenómeno lo combinamos con que cada vez se vive más tiempo: estamos llegando a niveles récord de expectativa de vida. La esperanza de vida ha llegado a los 84 años; estamos entre los países con mayor expectativa de vida del mundo. Por tanto, si tenemos una estructura muy desequilibrada —poca población joven y mucha población en edad de jubilación—, se va a ir agravando el déficit actual del sistema de pensiones.
Y no solo eso: además se va a generar un hueco teórico porque ahora va a jubilarse el grueso de la generación del baby boom. Ya han empezado, pero la cresta de la ola lo hará en esta próxima década.
Si cerramos las puertas a la inmigración —como parece que se desprende de algunos discursos—, en España hemos calculado que quedarían sin cubrir, de los puestos de trabajo actualmente existentes, en torno a 1,4 millones. No es solo que se frene el crecimiento, es que directamente no se podrían cubrir los empleos que tenemos hoy con los niveles de ocupación actuales.
Entonces, el fenómeno de la inmigración va a ser necesario. Así lo decían los empresarios cuando presentamos el estudio: es necesario planificarla. Si queremos también resolver o prevenir las consecuencias negativas que pueda traer algún tipo de inmigración, hay que planificar, porque va a ser necesaria.
A este respecto, también son importantes los movimientos dentro de España. La población se está concentrando mucho en las zonas costeras y en las provincias limítrofes de Madrid, fundamentalmente Toledo y Guadalajara. Hasta tal punto que, si analizamos solo los movimientos internos y nos olvidamos de la inmigración del exterior, vemos que la provincia de Barcelona y la de Madrid tienen más salidas que entradas. Es decir, expulsan gente hacia las provincias de alrededor.
Sabemos que esto está muy relacionado con el tema de la vivienda: como en esas ciudades es imposible comprarse una vivienda, hay que irse a Toledo y venir todos los días a Madrid, o desplazarse desde Tarragona o Girona todos los días a Barcelona a trabajar.
Son cuestiones que hay que planificar y ver cómo se puede hacer frente a estos fenómenos demográficos, porque determinan muchas veces la capacidad de crecimiento económico y la planificación de las ciudades. Son fenómenos complejos, muy interrelacionados, y es lo que intentábamos reflejar con este trabajo.
Incluso el tema de la vivienda podría hacer que menos inmigración acabase llegando a España por la presión que ya existe.
Claro. En los últimos años existe un déficit de vivienda que se está cubriendo, en buena parte, porque hay transformación de la segunda residencia en vivienda habitual. Ahora bien, el fenómeno del turismo marca un límite ahí. Si España quiere seguir creciendo y recibiendo inmigración, va a tener que responder a las necesidades del mercado de la vivienda, porque no hay suficiente.
"Si España quiere seguir creciendo y recibiendo inmigración, va a tener que responder a las necesidades del mercado de la vivienda"
El precio de la vivienda, sobre todo en las grandes ciudades —que es donde en muchas ocasiones hay mayor necesidad de mano de obra—, supone una barrera de entrada muy importante. Conocemos casos de gente a la que le suben el alquiler y, en la zona en la que viven, no pueden ni conseguir un nuevo alquiler a los precios actuales ni, por supuesto, enfrentarse a la compra de una vivienda.
Cuando una familia, en este caso extranjera, ha desarrollado su vida en un entorno donde además tiene sus trabajos, pero no puede vivir allí, ¿qué hace? Tiene que abandonar sus trabajos y marcharse. Eso ya está suponiendo un obstáculo muy importante para la gente que reside aquí. Cuanto más, puede actuar como una barrera importante para la entrada de nueva inmigración si no se actúa desde ahora.
Ha empezado hablando de la propuesta de un diálogo con todos los actores sociales, pero al final vivimos en un contexto de polarización enorme. ¿Cómo se pueden juntar estas dos ideas?
Esa es la gran dificultad y el gran reto que plantea esta propuesta de la SBEES. Por mucho que se radicalicen los discursos, la realidad demográfica es la que es y necesita una respuesta.
Y como los fenómenos demográficos no se transforman de la noche a la mañana, hay que hacer pedagogía y poner en evidencia que hay que actuar ya para planificar la España de la próxima década. Todas estas cuestiones tienen que estar por encima de los enfrentamientos y de los relatos políticos.
Es evidente que, si España no quiere sacrificar una parte de su economía, tendrá que admitir inmigración. Vamos a tratar de darle respuesta a cómo recibir esa inmigración, en qué condiciones, si se necesitan acuerdos con terceros países, si hay que establecer perfiles para los puestos de trabajo que se necesitan, etc. No basta con el rechazo: hay que ir más allá de los discursos fáciles.
Una de las opciones que planteamos aquí es que las propias administraciones se esfuercen en responder a aquellos discursos y afirmaciones sobre la inmigración que son falsas y transmiten a la sociedad una percepción negativa de este fenómeno sin valorar todas las aristas y todo lo positivo que puede tener. Sabemos que el reto es difícil, pero no por ello hay que darse por vencido.
Por último: ¿Cómo es posible tener un plan a largo plazo que entienda los ciclos electorales? También hace falta consenso entre los partidos.
Sí, y no parece fácil el consenso, porque es verdad que las posiciones de los partidos políticos en muchas cuestiones son radicalmente diferentes, precisamente por esta creciente polarización que vivimos en los últimos años en España.
Quizá por esta razón es fundamental que el pacto social que se propone aquí comience desde la propia sociedad. Es decir, que sean los agentes sociales y las organizaciones quienes construyan ese mínimo común múltiplo desde el que definir la España del futuro, para luego atraer las posiciones de los partidos a ese acuerdo social de base.
La sociedad debe llevar la iniciativa para ser capaz de atraer a los partidos a posiciones más razonables, que den respuesta al conjunto de los problemas y de los retos demográficos que tiene España en los próximos años.
Muchas gracias.