Martes, 28 de julio de 2026
LA BRÚJULA EUROPEA DE LÓPEZ PLANA

Europa, atrapada entre la vivienda y la fragmentación política

"Si Europa quiere romper el círculo vicioso —fracaso en vivienda → desconfianza → fragmentación → incapacidad política → nuevo fracaso en vivienda—, necesita conjugar tres ingredientes", advierte Marc López Plana en su Brújula semanal. "Un consenso político amplio sobre la vivienda como derecho. Mayorías estables y compromisos a largo plazo", concluye.

Marc López Plana Marc López Plana 3 de noviembre de 2025
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El precio y la accesibilidad a la vivienda son problemas transversales en Europa. | Unsplash / K.C. Schum
El precio y la accesibilidad a la vivienda son problemas transversales en Europa. | Unsplash / K.C. Schum
"Quienes sienten mayor vulnerabilidad residencial son también los más dispuestos a votar opciones nuevas o más radicales". Es el análisis de Joan Rodríguez Teruel, director del Centre d’Estudis d’Opinió (CEO) de la Generalitat de Catalunya, compartido en la sesión que organizamos la semana pasada con Irene Tinagli, la presidenta de la Comisión Especial sobre la Crisis de la Vivienda en el Parlamento europeo. Tras escucharle me surgió la pregunta sobre la que intento reflexionar en mi también análisis semanal: ¿Por qué la sociedad europea vota fragmentación si la solución de los problemas de la vivienda necesita estabilidad y consensos

"En las ciudades de Europa, los precios de compra y alquiler se disparan y colocan la vivienda fuera del alcance de amplias capas de la población"
En las ciudades de Europa, no es difícil ver las grietas que atraviesan el sistema democrático: entre Ámsterdam y Barcelona, entre Praga y Tallin, los precios de compra y alquiler se disparan y colocan la vivienda fuera del alcance de amplias capas de la población. Al mismo tiempo, el sistema político se fragmenta: los partidos tradicionales ya no dominan, las coaliciones se debilitan y los votantes se dividen cada vez más. Esos dos fenómenos no están desconectados, en tanto que cuando la necesidad de un hogar se topa con una política compleja y lenta, la confianza se erosiona, el voto se dispersa y esa dispersión hace que las soluciones estructurales sean aún más difíciles.

La presión sobre la vivienda

Hagamos un poco de números. Según el Comité Económico y Social Europeo (EESC), entre 2015 y 2023 los precios promedio de las viviendas y los alquileres en la UE aumentaron aproximadamente un 48%. Más de un 10% de los hogares urbanos ya destinan más del 40% de su renta disponible a vivienda. Estas cifras describen una emergencia social: los hogares están dejando de ser refugio y se convierten en fuente de ansiedad o vulnerabilidad financiera.

En el caso de España, Italia o los Países Bajos, la brecha entre ingresos y precios de la vivienda ha alcanzado niveles que, según la propia Comisión Europea, "ponen en riesgo la cohesión social y el crecimiento inclusivo". El acceso a la vivienda se ha convertido así en uno de los determinantes de desigualdad más importantes de la Europa contemporánea. 

Una democracia también tensionada

Que los ciudadanos se sientan frustrados ante la vivienda es una cosa. Que crean que su sistema político no puede responder ya es otra. El presidente del EESC ha advertido que la "crisis del coste de la vida" —en la que la vivienda juega un papel central— es "una gran amenaza para la confianza en la democracia y para la capacidad de Europa de actuar".

"Ese déficit de confianza se refleja en el comportamiento político, con una mayor fragmentación partidista y la llegada de muchas ofertas de nicho"
Ese déficit de confianza se refleja en el comportamiento político. En Europa, los sistemas de partidos se están fragmentando: más partidos pequeños, más ofertas nicho, menos dominancia de opciones amplias. Según datos de Who Governs Europe y EuropeElects, el número efectivo de partidos ha crecido de forma constante en la última década. En el Parlamento Europeo, la suma de los dos grupos más grandes (centroderecha y centroizquierda) pasó de cerca del 66% en la legislatura de 1999-2004 a aproximadamente el 45% tras las elecciones de 2019.


El resultado es el que vemos: hacer políticas duraderas y ambiciosas se ha vuelto mucho más difícil. La búsqueda de mayorías se ha transformado en un ejercicio de geometría variable, y las grandes reformas —como las que requiere la vivienda— se diluyen entre pactos frágiles y horizontes cortoplacistas.

La paradoja de la urgencia y la fragmentación

Aquí está la paradoja. La crisis de la vivienda exige planificación a largo plazo: reforma del suelo, inversión pública en vivienda asequible, regulación del alquiler y programas de renovación urbana, entre otras. Esas exigencias requieren compromisos plurianuales, cooperación entre partidos y, principalmente, estabilidad política.

Sin embargo, el electorado, que siente la presión de la vivienda ahora, busca alivio inmediato. El voto deja de ser un respaldo a un proyecto de largo plazo y se convierte en un instrumento de protesta, una suerte de tubo de escape emocional en lugar de una arquitectura para el futuro. La urgencia genera fragmentación. El votante busca al partido que promete la "solución ya", no al que plantea el "plan a diez años". Eso produce un mercado político de muchas ofertas, pero cuando muchas opciones logran escaños y ninguna logra una mayoría clara, el tipo de política estructural que se necesita se atasca.

No solo la fragmentación impide formar mayorías, sino que también altera el comportamiento de los grandes partidos, que dejan de actuar como anclas de estabilidad y se convierten en actores temerosos de perder votos por sus flancos.

En la mayoría de democracias europeas, las fuerzas tradicionales ya no gobiernan desde el centro con amplitud suficiente para tejer acuerdos de Estado. La presión de partidos más pequeños a su derecha e izquierda las empuja a competir por nichos ideológicos, reduciendo su margen para el consenso.

"Los grandes partidos temen parecer demasiado pragmáticos o transversales, porque eso puede traducirse en fuga de votos hacia opciones más puras o radicales"
En este contexto, los grandes partidos
temen parecer demasiado pragmáticos o transversales, porque eso puede traducirse en fuga de votos hacia opciones más puras o radicales. El resultado es una política atrapada entre la prudencia y el pánico: incapaz de diseñar estrategias a medio plazo y alérgica a los pactos amplios.

Sin embargo, problemas estructurales como la vivienda no se resuelven sin acuerdos de Estado. Sin consensos, la política de vivienda se convierte en un experimento recurrente que cada gobierno reinicia, sin continuidad ni escala. 

La vivienda como fallo democrático

Tomemos la vivienda como estudio de cómo la democracia puede fallar bajo presión. Cuando los jóvenes no pueden acceder a vivienda digna, cuando viven más años con los padres o alquilan en condiciones abusivas, no solo sufren estrés residencial: pierden fe en el contrato democrático.

La idea de que trabajando duro, con instituciones estables y partidos amplios, se puede asegurar una vida decente, se desvanece. El think tank Social Europe lo expresaba de manera elocuente: "una generación bloqueada en el mercado de la vivienda es una generación con menos interés en el orden democrático". Este vínculo entre vivienda inaccesible y desconfianza institucional explica por qué el voto se fragmenta y, al mismo tiempo, se debilita la capacidad de gobernar y de reformar.

"La estructura contemporánea de la democracia europea hace que el reto de la vivienda sea aún más difícil de resolver"
En una política fragmentada, los gobiernos son más débiles y por extensión las coaliciones pueden tener horizontes cortos. La política tiende a ser incremental, modesta, reversible. Los partidos tienen incentivos para prometer arreglos rápidos en lugar de reformas estructurales. Así, la estructura contemporánea de la democracia europea hace que el reto de la vivienda sea aún más difícil de resolver.

Fragmentación y bienes públicos

Los economistas políticos llevan tiempo observando este patrón. Ya a finales de los años noventa, Alberto Alesina demostró que las sociedades más fragmentadas —por etnia, clase o ideología— tienden a invertir menos en bienes públicos duraderos, desde infraestructuras hasta vivienda social.

Cuando los votantes tienen preferencias muy divergentes, los gobiernos encuentran menos consenso sobre cómo distribuir recursos y a quién beneficiar. El resultado es un gasto más bajo en políticas colectivas y una mayor orientación hacia beneficios visibles e inmediatos.

La vivienda, como se ha argumentado, es un ejemplo perfecto de ese dilema. En consecuencia, cuanto más se fragmenta el voto, más se reduce la capacidad del Estado para actuar como promotor de vivienda pública o regulador de precios.

En términos de Alesina, la fragmentación política no solo refleja divisiones sociales, sino que también las amplifica, creando un círculo vicioso: menos cohesión → menos inversión pública → más desigualdad → más fragmentación.

Respuesta política europea: limitada pero emergente

La Unión Europea no está completamente indefensa. Aunque la vivienda sigue siendo —en general— una competencia de los países, Bruselas ha empezado a moverse. La Comisión Europea ha incluido la vivienda asequible como una de las prioridades de la nueva agenda social. La propia Irene Tinagli sostiene que "la UE puede hacer mucho más que construir nuevos hogares": puede coordinar fondos, impulsar la renovación de edificios antiguos y movilizar inversión privada, siempre que exista voluntad política.

Sin embargo, incluso aquí la fragmentación juega su papel: los electores nacionales difieren, los sistemas de partidos difieren, la coordinación europea topa con soberanías y presupuestos. Así, la intervención europea, aunque creciente, sigue siendo modesta frente a la magnitud de la crisis.

"Si Europa quiere romper este círculo vicioso necesita más consenso sobre la vivienda como derecho, programas de vivienda y actores locales más fuertes"
Si Europa quiere romper el círculo vicioso —fracaso en vivienda → desconfianza → fragmentación → incapacidad política → nuevo fracaso en vivienda—, necesita conjugar tres ingredientes: un consenso político amplio sobre la vivienda como derecho. Mayorías estables y compromisos a largo plazo. Los programas de vivienda requieren continuidad más allá de los ciclos electorales. Y empoderar a los actores locales. Ciudades y regiones están en la primera línea del problema. Dotarlas —financiera e institucionalmente— puede sortear parte de la fragmentación nacional


Si Europa quiere seguir siendo gobernable y creíble, debe arreglar no solo los techos sobre las cabezas de sus ciudadanos, sino también las instituciones que están debajo.
Marc López Plana
Marc López Plana
Editor y director de 'Agenda Pública'
Participación