En política, a veces basta una palabra para desnudar un liderazgo. Para Alberto Núñez Feijóo esa palabra es "genocidio". El líder del Partido Popular (PP), que aterrizó en Madrid con la promesa de devolver estabilidad y fiabilidad a la derecha española, pero también la moderación, se encuentra hoy atrapado en un laberinto semántico que lo ha dejado sin relato, sin cohesión interna y sin rédito electoral. Lo que en un principio parecía un elemento más de la batalla cultural contra el Gobierno aprovechando un matiz jurídico —evitar un término que, según Génova, corresponde únicamente a los tribunales internacionales— se ha transformado en un socavón en el PP, que ha terminado reforzando la figura de Pedro Sánchez mientras Vox sigue creciendo.
La vía de los barones
La secuencia de los últimos días es reveladora. Alfonso Rueda en Galicia, Juanma Moreno en Andalucía, Jorge Azcón en Aragón y Juan José Imbroda en Melilla rompieron el guion trazado por la dirección nacional desde que las protestas propalestinas marcaron la última Vuelta Ciclista a España. Mientras Feijóo, Miguel Tellado y Elías Bendodo se aferraban a fórmulas como "atrocidades" o "masacre", ellos pronunciaron sin titubeos la palabra que Génova se niega a aceptar: genocidio.
"Con el gesto de Alberto Rueda, Moreno Bonilla o Azcón hablado de genocidio, la 'línea roja' de Feijóo quedaba reducida a papel mojado"
El gesto no fue menor. Rueda, heredero directo de Feijóo en la Xunta, fue el primero en desmarcarse. Que Galicia, la tierra que vio crecer políticamente al líder popular, se convirtiera en la avanzadilla del desafío tuvo un valor simbólico difícil de ignorar: el propio bastión de Feijóo cuestionaba su autoridad. Por su parte, Moreno Bonilla, el barón con mayor poder territorial del partido —incluso por encima de Ayuso—, se permitió también reconocer el genocidio en sede parlamentaria. Lo hizo con cierta sorna, pero con la clara intención de demostrar que en el PP existen otros liderazgos que no pasan por Madrid. Azcón, desde Aragón, añadió un matiz jurídico que dinamitó la prudencia de Génova: advirtió que la Corte Penal Internacional (CPI) probablemente acabaría confirmando esa calificación. De pronto, la "línea roja" de Feijóo quedaba reducida a papel mojado.
Ayuso, la voz de Netanyahu en España
En el otro extremo del tablero, Isabel Díaz Ayuso se reafirmaba como la voz más férrea de Israel en la política española.
La presidenta madrileña no solo rechazó hablar de genocidio, sino que ha articulado un discurso contra Sánchez acusándole de "alimentar el antisemitismo" con su postura ante Gaza en el que
se reproduce todo el argumentario del Gobierno de Netanyahu. Sus vínculos con grupos empresariales y culturales próximos al ejecutivo israelí, como la Fundación Hispano Judía,
reforzaban esa posición y la situaban en un espacio político más cercano al discurso de Vox que al de Génova.
"El PP tiene una dirección nacional aferrada a la fórmula ambigua de la "masacre" y un ala madrileña que se abraza sin matices al relato proisraelí"
El resultado ha sido un PP fracturado en sensibilidades: unos barones autonómicos que empezaban a reconocer abiertamente el genocidio; una dirección nacional aferrada a la fórmula ambigua de la "masacre"; y un ala madrileña que se abraza sin matices al relato proisraelí. En medio de estas corrientes enfrentadas, Feijóo apareció como un líder atrapado en un fuego cruzado, incapaz de imponer un relato común y condenado a ejercer más de espectador que de árbitro.
El poder de los presidentes autonómicos
El episodio confirma una debilidad estructural del liderazgo de Alberto Núñez Feijóo: su poder real es menor que el de los presidentes autonómicos de su partido. Es la misma vulnerabilidad que ya le costó el puesto a Pablo Casado, defenestrado tras perder el pulso con los barones territoriales. Moreno Bonilla en Andalucía o Díaz Ayuso en Madrid no solo gobiernan territorios clave, sino que lo hacen con mayoría absoluta, con presupuestos millonarios y con un altavoz mediático de alcance nacional. Frente a ellos,
Feijóo carece de poder ejecutivo y su autoridad orgánica se resquebraja cada vez que sus barones marcan distancias.
"Cada presidente autonómico se siente con legitimidad para fijar posición. Y en cuestiones de enorme carga moral, como Gaza, lo hacen incluso a costa de contradecir al líder nacional"
Lo que en otro tiempo fue la gran fortaleza del PP —un partido con poder territorial sólido y cohesión interna— hoy se ha convertido, en cierta forma, en un problema orgánico. Cada presidente autonómico se siente con legitimidad y necesita hablar en nombre propio y fijar posición. Y en cuestiones de enorme carga moral, como Gaza, lo hacen incluso a costa de contradecir abiertamente al líder nacional, dejando a Feijóo en evidencia.
Vox marca el paso
Vox ha sabido aprovechar la confusión del Partido Popular y presentarse como la voz firme y sin ambigüedades de la derecha española, alineándose sin fisuras con Israel, acusando Sánchez de ser cómplice de Hamás y exacerbando su islamofobia en cada intervención. El partido de Santiago Abascal
enmarcó la guerra de Gaza no solo como un conflicto geopolítico, sino como una supuesta prueba del "peligro islámico" para Europa y España. Un discurso diseñado para agitar a sus bases más radicales, cargado de miedo y simplificación.
"Mientras el líder popular se enreda en tecnicismos sobre qué término utilizar, la extrema derecha ofrece un mensaje directo y emocional y el efecto que ya se refleja en las encuestas"
Cada vez que Feijóo intentaba matizar su posición, Vox sube un grado el tono y lo deja en evidencia. Mientras el líder popular se enreda en tecnicismos sobre qué término utilizar,
la extrema derecha ofrece un mensaje directo y emocional. Un efecto que ya se refleja en las encuestas: el PP pierde terreno y
Vox consolida a un electorado que prefiere la ira y la claridad —aunque sea incendiaria— a los equilibrios retóricos.
Sánchez, el beneficiado inesperado
Paradójicamente, el gran beneficiado de esta batalla semántica ha sido Sánchez. Desde el inicio del conflicto, el presidente del Gobierno se alineó con la narrativa humanitaria, denunciando el genocidio en Gaza y exigiendo a Benjamin Netanyahu el fin inmediato de los bombardeos y el genocidio del pueblo palestino. Lejos de enredarse en debates terminológicos, Sánchez se ubicó en un marco moral con amplio respaldo social e internacional, proyectándose como un líder capaz de hablar claro en un escenario de horror.
"Para la opinión pública, Sánchez es el defensor de la causa palestina y los derechos humanos y Feijóo el dirigente incapaz de fijar una posición coherente"
Frente a esa empatía y determinación, Feijóo aparece como un equilibrista atrapado entre tecnicismos y contradicciones internas. En la opinión pública, la asociación quedó sellada: Sánchez, el defensor de la causa palestina y los derechos humanos; Feijóo, el dirigente incapaz de fijar una posición coherente.
El coste político de una palabra
El daño para el PP es triple. Primero, ha reforzado la imagen de Pedro Sánchez como líder moral en el plano nacional internacional, identificándolo con el marco humanitario sin fisuras. Segundo, es incapaz de plantar cara a Vox, que gana protagonismo con un discurso nítido y sin matices. Y tercero, ha fracturado internamente al propio PP, con barones que se sienten con más autoridad que su líder nacional y con el que discrepan en público buscando evitar la estrategia y la confusión generada por Génova 13.
La lección no es menos clara: en política, las palabras importan. Negarse a pronunciar "genocidio" no ha otorgado a Feijóo una contraposición ventajosa frente a Sánchez; al contrario,
lo ha dejado atrapado en un laberinto.
Hoy, el PP se muestra como un partido dividido sin una única voz, Feijóo como un jefe de la oposición sin estrategia coherente y Vox como la fuerza que amenaza electoralmente al partido alfa de la derecha. Lo que empezó como una discusión semántica ha terminado siendo un símbolo del problema de fondo: la fragilidad de un liderazgo que, lejos de consolidarse, se diluye cada vez que la política exige claridad y convicción.