Se cumplen 80 años del lanzamiento de la primera bomba atómica sobre Hiroshima. Aún hoy se mantiene la controversia y
deberíamos preguntarnos si aquel acto fue realmente inevitable y si respondió a intereses estratégicos de Estados Unidos y al objetivo de hacer una demostración de poder ante Rusia. ¿Era imprescindible para forzar la rendición de Japón y evitar la muerte de miles de soldados estadounidenses en una ocupación del territorio japonés? ¿O fue un acto de guerra desproporcionado en un contexto geopolítico que ya anticipaba la Guerra Fría?
La entrada de la Unión Soviética en la guerra contra Japón, el 8 de agosto de 1945, pudo haber sido un factor suficiente para precipitar la rendición japonesa, tal como reconocieron varios miembros del alto mando nipón en sus declaraciones posteriores. Pero suponía
un riesgo para los intereses americanos que no querían que se reprodujera la expansión de Rusia en Asia como acababa de suceder en Europa para derrotar a Hitler.
La bomba causó la muerte inmediata de unos 70.000 civiles en Hiroshima. En los meses siguientes, las víctimas aumentaron drásticamente debido a las heridas, quemaduras y efectos de la radiación. Tres días más tarde, el 9 de agosto de 1945, Nagasaki fue atacada con una segunda bomba atómica. En conjunto,
más de 240.000 personas murieron como consecuencia directa o indirecta de los bombardeos.
La bomba causó la muerte inmediata de unos 70.000 civiles en Hiroshima. En los meses siguientes, las víctimas aumentaron drásticamente. Tres días más tarde, el 9 de agosto de 1945, Nagasaki fue atacada con una segunda bomba atómica"
Es cierto que
el ataque japonés a Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941, había desencadenado la guerra del Pacífico. Sin embargo, resulta llamativo que el emperador Hirohito, responsable de no aceptar la rendición tras las tragedias del bombardeo convencional que arrasó Tokio (costó la vida a 100.000 personas en marzo de 1945) y el de la bomba de uranio sobre Hiroshima, no fuera juzgado por el Tribunal Militar Internacional cuando sí lo fueron otros altos mandos. La decisión de excluirlo de los juicios fue tomada por el general MacArthur y validada por el presidente Truman, con el objetivo de evitar una desestabilización interna en Japón y facilitar su rendición, pero manteniendo la institución y su impunidad.
Se puede hablar de una "guerra justa" por parte de Estados Unidos, en términos de legítima defensa. Pero eso no impide preguntarse si el lanzamiento de las bombas nucleares fue desproporcionado. La dimensión del sufrimiento humano, como consecuencia de los efectos que produjeron, me llevan a considerarlo como un acto ilegítimo que debería ser calificado como crimen de guerra.
De Japón a Palestina pasando por Alemania
Los libros de Historia documentan las atrocidades cometidas por el Ejército japonés y recogen un relato de conveniencia que justifica el uso de las bombas atómicas. También explican y denuncian el genocidio perpetrado por la Alemania nazi. Sin embargo,
cuesta más encontrar un análisis crítico de los dos bombardeos atómicos o de los ataques aéreos masivos sobre ciudades alemanas, como Dresde, al final de la guerra europea, que castigaron duramente a la población civil bajo el pretexto de haber apoyado a Hitler. Lo más preocupante es que la historia se narre, en ocasiones, desde una mirada acrítica, desde la óptica de los vencedores que escriben los hechos, sin aceptar ningún cuestionamiento ético de fondo.
"En el escenario político actual es más necesario que nunca que la opinión pública levante la voz contra el uso de las armas nucleares, contra los actos desproporcionados y las atrocidades de la guerra"
¿Qué dirán los libros de texto sobre lo que ocurre hoy en Gaza? ¿Se hablará del genocidio sufrido por la población palestina o solo del ataque terrorista inicial de Hamás invadiendo el suelo israelí con toma de rehenes, que desató una respuesta desproporcionada y sostenida por parte de Israel? Las palabras importan. Y el modo en que nombramos los hechos puede condicionar cómo los comprendemos y juzgamos.
Por eso, en el escenario político actual —con figuras como Trump, Putin, Netanyahu y otros autócratas belicistas en escena, capaces de lo peor— es más necesario que nunca que la opinión pública levante la voz contra el uso de las armas nucleares, contra los actos desproporcionados y las atrocidades de la guerra.
Los conflictos han de abordarse desde el diálogo, el multilateralismo y la diplomacia. Aunque suene ingenuo son esos los verdaderos instrumentos en favor de la paz, además de la disuasión y prevención. Y no pueden seguir siendo despreciados si queremos hacer posible la defensa de la pervivencia de la humanidad y la dignidad humana.