El trumpismo no es una anomalía pasajera: es un proceso de demolición del orden institucional estadounidense. Bajo su influencia,
Estados Unidos ha dejado de ser el ancla de estabilidad que cimentó su hegemonía en el siglo XX.
Ya no lidera el mundo libre; ahora desconcierta, divide y genera desconfianza.
Los ataques al Estado de derecho se han traducido en deportaciones ilegales de ciudadanos, residentes y estudiantes sin garantías de justicia. En el plano económico, la amenaza de una
guerra arancelaria —actualmente suspendida por un periodo de gracia de noventa días, aunque susceptible de acabar en cualquier momento—
refleja una visión proteccionista que va contra siete décadas de apertura económica y que, de aplicarse, aislaría a Estados Unidos y lo haría más vulnerable, no menos.
"Lo que estamos presenciando es el momento 'Sell America': una fuga masiva de capitales que afecta simultáneamente a las divisas, los bonos y las acciones estadounidenses"
El ideario económico de Donald Trump está asentado en una versión nostálgica y reaccionaria del país. Se aferra a sectores en declive como el carbón —donde hoy trabajan menos de 40.000 personas—, mientras continúa minando el potencial del sector verde, que ya emplea a más de 400.000 trabajadores en las industrias solar y eólica.
Una estrategia regresiva disfrazada de defensa de los trabajadores americanos.
Esta combinación de una creciente deriva autoritaria, proteccionismo comercial y disonancia económica ha generado una respuesta inédita de los mercados.
Lo que estamos presenciando es el momento Sell America: una fuga masiva de capitales que afecta simultáneamente a las divisas, los bonos y las acciones estadounidenses. La pérdida de la última calificación triple A por parte de Moody's la semana pasada confirma esta deriva. Y confirma una tendencia creciente durante la última década: la proporción de deuda pública en manos extranjeras ha pasado del 50% en 2014 a apenas un tercio en 2024.
La confianza inversora está, simplemente, desapareciendo.
Frente a esta hemorragia reputacional y financiera, Europa se ha convertido en un refugio. Entre 2023 y 2024, los inversores internacionales compraron
Bunds alemanes por valor de 160.000 millones de euros, el 8% del total en circulación. En renta variable, la tendencia también es clara: el índice europeo Stoxx 600 ha subido un 8,3% en lo que va de año, mientras que el S&P 500 apenas ha crecido un 1,4%. Todo ello está reforzando el euro, que desde comienzos de año ha ganado casi un 10% de valor frente al dólar.
Por primera vez en mucho tiempo, Europa aparece como una alternativa financiera y estratégica real.
Pero este giro geoeconómico también encierra un peligro:
la distribución desigual de los flujos de capital. Alemania, Francia, España —e Italia y Polonia, en menor medida— podrían beneficiarse de forma individual, profundizando las divergencias dentro del bloque. España, por ejemplo, se ha posicionado con éxito gracias a una política industrial coherente y un crecimiento robusto. Pero
si el capital se canaliza de forma descoordinada, perderemos una oportunidad histórica para fortalecer el proyecto europeo en su conjunto.
La fuente de muchas frustraciones europeas —su lentitud, su afán por el consenso, su predictibilidad— se convierte ahora en una virtud. En un mundo cada vez más dominado por la volatilidad política, la estabilidad institucional y la transparencia normativa que ofrece la Unión Europea son valores refugio. Para capitalizar esta oportunidad,
Europa debe actuar con decisión en dos frentes: la emisión de eurobonos y la unión efectiva de los mercados de capitales.
"Europa debe actuar con decisión en dos frentes: la emisión de eurobonos y la unión efectiva de los mercados de capitales"
Los
eurobonos, concebidos como deuda mutualizada respaldada por todos los Estados miembros, no deben limitarse a respuestas excepcionales, como fue el programa NextGenerationEU.
Su emisión estructural permitiría construir un activo financiero de referencia, líquido, profundo y confiable, que rivalizaría con los Treasuries americanos. La diversificación del riesgo soberano mejoraría la calificación crediticia de la deuda pública de cada Estado, desmontando el pesimismo de los países frugales. A medio plazo, daría al euro un papel central en los mercados internacionales, reduciendo los costes de financiación tanto públicos como privados. Su papel como refugio permitiría que los bancos europeos siguieran financiando a la economía incluso en tiempos de crisis —protegiéndonos de repetir un escenario como el de 2008—.
La unión de mercados de capitales —una prioridad estratégica respaldada por el
informe Letta—
permitiría movilizar el abundante ahorro europeo hacia inversiones productivas comunes. Transformaría el mercado único en un verdadero espacio político-económico integrado, alineado con objetivos comunes en transición ecológica, digitalización y defensa.
Si Europa consiguiera alinear estos nuevos flujos de capital con una reducción de sus barreras de comercio internas, el aumento de la demanda interna podría crear una alternativa al modelo de exportaciones actual e incluso una era de boom económico sostenible mediante el aumento de salarios y de la productividad.
Como ya advertía el
informe Draghi, sin una financiación compartida, Europa no podrá asumir los costes colosales de las transformaciones necesarias.
La decisión es clara: o avanzamos juntos o declinamos por separado. La unión fiscal sigue siendo un desafío político mayúsculo. Pero
la captación y canalización del capital privado pueden permitir sostener el proyecto europeo sin sobrecargar a los contribuyentes.
"La decisión es clara: o avanzamos juntos o declinamos por separado"
Por supuesto, es importante tener en cuenta que un mundo poshegemónico no será más estable ni más justo por sí solo.
La erosión del liderazgo estadounidense, si va acompañada de una deriva autoritaria, puede tener consecuencias desestabilizadoras para Europa. Pero precisamente por eso,
tenemos ante nosotros una oportunidad única: convertirnos en el nuevo ancla de estabilidad y previsibilidad que el mundo necesita.
La hora de Europa ha llegado. Y con ella, la responsabilidad de sus líderes de avanzar hacia una integración financiera a la altura del momento histórico.
Porque la alternativa a una Europa que se financia unida no es otra que una Europa que se endeuda sola y declina en solitario.