Cada semana trae consigo nuevas noticias preocupantes de Washington: la más relevante en materia de política exterior ha sido, sin duda, la exclusiva del periodista Jeffrey Goldberg, del diario
The Atlantic, que descubrió de la manera más increíble posible que
el equipo de seguridad nacional estaba usando la red social Signal para compartir información clasificada: fue añadido por uno de los participantes, el asesor de Seguridad Nacional, Mike Waltz, al chat.
Durante el periodo en que Goldberg se mantuvo en el mismo,
el secretario de Defensa, Pete Hegseth, cuya incapacidad para el cargo hemos comentado ya en un artículo anterior,
decidió confirmarla compartiendo con los participantes en el chat las coordenadas y los datos de un ataque contra los rebeldes Hutí en Yemen, una brecha de seguridad que puso en peligro a los pilotos encargados del mismo.
Pero más allá de eso:
el uso por parte de los participantes en el chat de sus teléfonos, que podían ser hackeados por potencias extranjeras, es un fallo de seguridad tan grave que en cualquier otra Administración hubiera provocado el despido de todos o casi todos los implicados.
Pero la Administración Trump se caracteriza por esta dejadez perpetua, liderada por su presidente.
"Se han aplicado aranceles en algún caso a territorios como las islas Heard y McDonald, cerca de la Antártida, habitadas tan solo por pingüinos"
La imposición, pocos días después, de aranceles masivos a la inmensa mayoría de los países del mundo ha sido otra muestra llamativa del descuido y la chapuza que caracteriza la actuación de la Administración:
no solo se ha utilizado una fórmula matemática errónea para calcular el déficit comercial con los distintos países afectados (y decidir así qué arancel le correspondía a cada uno), sino que los cálculos efectuados con base en esa fórmula también eran erróneos, y ya para rematar, se han aplicado en algún caso a territorios como las islas Heard y McDonald, cerca de la Antártida, habitadas tan solo por pingüinos.
La incompetencia de la Administración solamente se ve superada por su malicia, como están pudiendo comprobar, para su mal, las personas afectadas por la misma: por ejemplo,
los inmigrantes en situación irregular que han sido deportados en las últimas semanas a Venezuela o, de manera más espantosa aún, a prisiones de El Salvador que violan sistemáticamente los derechos humanos, y todo ello sin base legal alguna (en el caso de El Salvador todo el fundamento de las deportaciones es la supuesta pertenencia de los deportados a un cartel de drogas, El Tren de Aragua, basada en el hecho de que los deportados tenían tatuajes). Cuando los abogados de los deportados han obtenido el apoyo de los Tribunales y las órdenes de estos de que su deportación debe ser revocada, la respuesta de la Administración Trump ha sido desobedecer estas y alegar que el juez federal de turno no tiene jurisdicción, algo que marca un patrón peligrosísimo:
la desobediencia de las resoluciones judiciales por parte del Gobierno es una de las derivas autoritarias más evidentes que están degradando a ojos vistas la democracia estadounidense.
Por otra parte, Elon Musk y su Departamento de Eficiencia Gubernamental
continúan despidiendo empleados públicos a mansalva y poniendo en peligro algunas de las funciones gubernamentales más básicas (como el seguimiento de epidemias cuando en Texas, por ejemplo, se expande la epidemia de sarampión más grave de las últimas décadas).
"La destitución del director y la subdirectora de la Agencia de Seguridad Nacional por su 'falta de lealtad' al presidente, alegada por Laura Loomer"
Si a eso le añadimos
decisiones poco menos que surrealistas, como la destitución del director y la subdirectora de la Agencia de Seguridad Nacional por su 'falta de lealtad' al presidente, alegada por Laura Loomer, una lunática conspirativa de extrema derecha que no ocupa cargo alguno en la Administración, pero que tiene entrada libre en la Casa Blanca, el panorama se oscurece cada vez más.
Resulta evidente, en retrospectiva, que
la primera Administración Trump operó todavía con cierta normalidad, porque el aparato del Partido Republicano, mal que bien, la nutrió de personas competentes, que pusieron por delante de la lealtad personal al presidente, la lealtad al país.
Pero
en esta segunda Administración la mayoría de los cargos ha sido elegida basándonos en el criterio opuesto y, al mismo tiempo,
muchas de las personas que sirvieron en la primera han renunciado a hacerlo esta vez (un dato relevante:
tan solo cuatro de los cuarenta y cuatro miembros del primer Gabinete de Trump apoyaron su reelección, y algunos, por el contrario, se opusieron fervorosamente a ella).
La media de las encuestas indica que el 50% de los estadounidenses desaprueba ya la actuación de Trump, y sus absurdas decisiones arancelarias —y el daño, bastante inmediato, que causarán las mismas— probablemente engordarán esos números en las próximas semanas y meses. Pero
en tanto el Congreso y el Senado republicanos mantengan su lealtad lacayuna al mandatario, no cabe esperar que se puedan contener los peores excesos de la actuación presidencial.