Hace no mucho se hablaba de Nueva Guerra Fría. Parecía como si poco a poco las piezas se estuviesen acoplando en una nueva fase de tensión con dos actores principales —Estados Unidos y China—, un potente secundario —Rusia— y otros actores de reparto que iban desde la UE al sur global, pasando por Irán y Turquía.
Pero, en pocas semanas, todo ha cambiado. Como en otras regiones, la Administración de Trump ha agitado sin compasión el tablero europeo. El discurso de Múnich del vicepresidente Vance ha supuesto una conmoción en el continente y uno de esos momentos en los que la historia parece que se acelera.
"Echando la vista atrás es necesario no olvidar que, desde el final de la Guerra Fría, Estados Unidos trata de poner distancia respecto a Europa"
¿Qué es realmente lo nuevo? Echando la vista atrás es necesario no olvidar que, desde el final de la Guerra Fría, Estados Unidos trata de poner distancia respecto a Europa. La Administración de George H. Bush pactó con Gorbachov la no ampliación al Este de la OTAN y en un famoso discurso en Kiev instó a los ucranianos a que no rompieran el vínculo que les unía con Rusia. Poco después vino la desintegración de Yugoslavia.
Desde hace décadas, todo el establishment de política exterior de Estados Unidos utiliza con sarcasmo y desdén la expresión
la hora de Europa. La frase había sido pronunciada en 1991 por un ministro de Asuntos Exteriores de Luxemburgo y reflejaba, desde la impotencia militar más absoluta, la orgullosa voluntad de unos dirigentes europeos que se creyeron capaces de afrontar la crisis de los Balcanes dejando al margen a Estados Unidos. Ellos, por aquel entonces, rechazaban involucrarse en ese avispero que vislumbraban que se podría transformar en un
nuevo Vietnam y donde no tenían ningún interés nacional que defender.
Tras años de dudas y discusiones internas, de que sucedieran los mayores crímenes contra la humanidad desde 1945, de la determinación en la resistencia de croatas y bosnios y gracias al papel de
americanos europeos como Madeleine Albright, finalmente,
la Administración Clinton llevó a cabo una campaña militar que terminó en un acuerdo firmado en una base americana. Un frágil arreglo que ha permitido décadas de precaria estabilidad. Junto a ello, después de no pocos debates, impulsaron la ampliación al Este de la OTAN.
Años después, también en Múnich, Donald Rumsfeld, con los rescoldos del 11-S aún humeantes y en medio de la crisis desatada por la invasión de Irak, pronunció el discurso de la Nueva y la Vieja Europa que fue entendido como una agresión por parte de los dirigentes de entonces. Era un descortés canto del cisne de una política hacia Europa confirmado en la Cumbre de Bucarest de 2008, cuando se rechazó la entrada en la Alianza de Georgia y Ucrania. Es verdad que en ese tiempo la política de apaciguamiento hacia Rusia se compartía por las cancillerías europeas.
"Quizás la catástrofe política que fue el fin apresurado de la presencia militar en Afganistán obligó a la Administración Biden a reaccionar de un modo más contundente ante la agresión rusa"
La siguiente Administración, Obama, fue la del pivot to Asia y el
reset con Rusia. Con desconcierto, quienes hablaban con los dirigentes de esa Administración comprobaban el nulo interés hacia las cuestiones del viejo continente y la obsesión con China. La ausencia de reacción ante el primer cambio de fronteras en Europa a través del uso de la fuerza —Crimea— parecía inspirada por realistas como Kissinger, que siempre habían entendido a Ucrania como
patio trasero de Rusia.
Esa orientación al Pacífico se aceleró en la primera Administración Trump. La caótica salida de Biden de Afganistán fue siguiendo unos acuerdos firmados por su predecesor. Ambos veían la operación como un lastre estratégico en Asia Central ante una posible escalada en el Pacífico. A pesar de esa voluntad de soltar amarras, de nuevo los americanos quedaron anclados a una crisis europea. Quizás la catástrofe política que fue el fin apresurado de la presencia militar en Afganistán obligó a la Administración Biden a reaccionar de un modo más contundente ante la agresión rusa.
Pero lo que arrastró a Occidente a apoyar masivamente a Ucrania fue la capacidad de resistencia de su pueblo y el papel de su líder, Zelenski, que se mantuvo firme y rechazó huir.
La segunda Administración Trump ha decidido acelerar y concluir el proceso de desenganche de Estados Unidos respecto a Europa, poniendo fin, de un modo abrupto, al apoyo a Ucrania. La prioridad estratégica es China y el conflicto con Rusia significa un lastre estratégico aún mayor del que significaba Afganistán. Quieren evitar un conflicto en dos frentes y alejar a Rusia de China. El precio es regresar, en Europa, a las áreas de influencia de Yalta. ¿No fue así como reaccionó Eisenhower en 1956 con Budapest, Johnson en 1968 con la Primavera de Praga y Ford en 1976 en el famoso debate electoral? Los europeos conquistaron la libertad gracias a la valentía de sindicalistas de los astilleros de Gdansk, a los intelectuales de Carta 77 y de tantos y tantos ciudadanos anónimos que dieron un paso adelante y obligaron a Occidente a salir de su indiferencia respecto a su destino.
"Aunque haya quien espere que Trump sea algo pasajero, nada va a ser como antes"
Esto nos lleva a preguntarnos si es viable un orden basado en esferas de influencia. Después de 1945, los acontecimientos forzaron a que el precio pagado en Yalta y luego en Potsdam se entendiese inasumible políticamente. La Guerra Civil en Grecia, la fortaleza del partido comunista en Francia e Italia y tantas otras circunstancias llevaron a que la Administración Truman no se retirase militarmente de Europa; colaborase económicamente en la reconstrucción con el Plan Marshall, se comprometiese en su defensa con la OTAN y promoviese democracias liberales en las que socialdemocracia y democracia cristiana se alternasen en el Gobierno.
El paso dado por la Administración Trump actualiza el orden basado en esferas de influencia y pretende mantener el vínculo político a través de dirigentes y partidos iliberales a los que no duda en apoyar públicamente cruzando fronteras de injerencia política. Aunque haya quien espere que Trump sea algo pasajero, nada va a ser como antes. Es algo muy consistente en las prioridades estratégicas de Estados Unidos: la orientación hacia la cuenca del Pacífico. Esto nos deja solos. Además, el nuevo Gobierno en Alemania es un claro desafío a todo lo que Trump es y representa y cuya influencia se extiende a la Comisión Europea.
"No es 'la hora de Europa', es, sencillamente, el tiempo en el que los hombres y mujeres corrientes demos un paso al frente"
La UE tiene cuestiones abiertas aún sin resolver tanto en los Balcanes como en el Cáucaso. Ambas regiones, junto con los países bálticos, son líneas de fractura con Rusia. Una Rusia que quiere deshacer el orden europeo porque entiende que la UE es el bloque alternativo que limita su capacidad de acción. El Brexit fue el primer paso. Ante esto, toca actuar. En los Balcanes, la política de vecindad de la UE ya no da más de sí y es el momento de dar pasos mucho más decididos. En el Cáucaso, en países como Georgia y Armenia, la sociedad civil llama a las puertas de Europa y los dirigentes de Azerbaiyán pretenden convertirse en proveedores fiables de energía, al tiempo que necesitan de un paraguas de seguridad en una región frontera entre Rusia e Irán. No es tiempo de tecnócratas ni de diplomáticos, es tiempo de políticos que tomen decisiones audaces que amplíen los límites del proyecto europeo. Los realistas volverán a preguntar —como Stalin en Potsdam— cuántas divisiones tiene la Comisión Europea. Quizás es hora de que tenga más drones, pero la fuerza moral de los valores del proyecto europeo es imparable.
No es la hora de Europa, es, sencillamente, el tiempo en el que los hombres y mujeres corrientes demos un paso al frente. La hora de los ciudadanos europeos. Veremos si estamos a la altura.