La
llegada de Donald Trump a la Casa Blanca en enero de 2025 sacudió el tablero político de Europa de muchas maneras. Pero una de las principales fue la promesa del candidato republicano de poner
fin a la guerra de Ucrania. Aunque su idea de lograr un acuerdo entre Kiev y Moscú en menos de 24 horas se ha demostrado, como todo el mundo esperaba, una
exageración típica del presidente estadounidense, lo cierto es que la sensación de prisa y poco interés que esa afirmación encapsulaba sigue ahí. El miedo a que Washington empuje a Ucrania a un mal acuerdo de paz sigue siendo uno de los principales riesgos en el horizonte de medio plazo.
"El miedo a que Washington empuje a Ucrania a un mal acuerdo de paz sigue siendo uno de los principales riesgos en el horizonte de medio plazo"
Desde su llegada al Despacho Oval, Trump ha hecho varias
intentonas negociadoras, hablando por teléfono con
Vladímir Putin, presidente ruso, y mostrando una enorme sintonía con el líder de la potencia invasora que con el del país invadido,
Volodímir Zelenski, al que él y J. D. Vance, vicepresidente de EEUU, lanzaron una emboscada en Washington que
ha dejado en los líderes europeos un particular estrés postraumático que sigue convirtiendo cualquier visita a la Casa Blanca en una operación de alta tensión. A lo largo de 2025, Trump y su equipo plantearon varios órdagos, se celebró una reunión con Putin en Alaska y se llegó al colofón a finales de año:
un plan de 28 puntos elaborado por Steve Witkoff y con enorme sesgo prorruso. Fue, en el marco de Ucrania, el momento de máxima tensión entre socios europeos y Washington.
Ahora el ímpetu negociador americano parece haber desaparecido. Tras liderar varias rondas de conversaciones a principios de 2026, el
ataque de EE. UU. e Israel contra Irán ha hecho que la atención de la Casa Blanca se enfoque en otros asuntos. Aunque el desarrollo del conflicto con Irán es muy volátil, como han demostrado las últimas semanas, existe el temor en muchas capitales europeas de que, si se estabiliza la situación en Oriente Medio,
Trump pueda volver su atención a otras prioridades.
A medida que el conflicto con Irán va perdiendo, al menos por ahora, algo de intensidad, los europeos esperan que haya dos amenazas principales que puedan volver a estar en el radar. La primera es, precisamente,
la cuestión de Ucrania. Trump parece haber cambiado de enfoque en los últimos meses y se ha mostrado
menos proclive a defender a Rusia a medida que ha quedado claro que el
empuje ruso en el campo de batalla está perdiendo fuerza.
Las señales, por ahora, no son especialmente negativas.
Trump parece haber recuperado la sintonía con Zelenski y, de hecho, en la cumbre de Ankara (Turquía), la Administración estadounidense dio un paso importante a favor de Ucrania al anunciar que daría licencias a los ucranianos para construir
sistemas Patriot, que serían clave frente a Rusia. El presidente de EE. UU. llegó a explicar que se trataba de una "escalada" para "poner fin" a la guerra. Es lo que los defensores de Ucrania en Washington llevan mucho tiempo defendiendo: que la falta de interés ruso por la negociación debía llevar a una
escalada del respaldo estadounidense a Ucrania.
"A Trump le gustan los vencedores y, al menos ahora mismo, en Washington se está presentando a Ucrania como la ganadora"
Pero también se explica desde una perspectiva más sencilla: a Trump le gustan los vencedores y, al menos ahora mismo, en Washington se está presentando a Ucrania como la ganadora.
La imagen del conflicto es, en todo caso, engañosa: en la propia OTAN las fuentes consultadas explican que la narrativa de un lado u otro imponiéndose es fundamentalmente eso, narrativa. Que el conflicto está estancado y que no hay señales claras de que ninguna de las dos partes se pueda imponer por ahora. Lo que sí está claro es que,
si bien Moscú sigue avanzando, lo hace ahora muchísimo más lento y costándole muchos más soldados.
Sin embargo, el presidente estadounidense es una persona
inestable,
irascible y, en el pasado, se ha demostrado
especialmente sensible a la influencia de Putin y de su círculo cercano. En los últimos dos meses, la comunicación entre ambos líderes se ha vuelto a intensificar, con llamadas largas que se han repetido a finales de abril, a mediados de junio y justo antes de la cumbre de la OTAN. El Kremlin espera que Witkoff vuelva a viajar a Moscú junto con Jared Kushner en las próximas semanas o meses, como hicieron justo después de que se filtrara el polémico plan de 28 puntos.
La repentina muerte del senador republicano
Lindsey Graham, una de las principales voces proucranianas en el entorno de Trump, suma más incertidumbre a los próximos meses. El
miedo en Bruselas es que Moscú vuelva a influir en Trump y su equipo para que haga un nuevo intento de presionar a Ucrania para que acepte una paz en términos que beneficien a Rusia.
El caso groenlandés
La otra gran amenaza tiene que ver con Groenlandia, un riesgo que algunos en la capital comunitaria consideran que
se ha estado infravalorando durante mucho tiempo. La crisis vivida a principios de 2026, cuando la Administración Trump llegó incluso a dejar la puerta abierta a hacer uso de la fuerza para controlar Groenlandia,
un territorio dependiente de Dinamarca, provocó una ruptura sin precedentes entre los socios transatlánticos. Copenhague desplegó
efectivos militares en la isla, como hicieron también otros socios europeos, que fueron amenazados por Trump con aranceles.
"Surgió el convencimiento entre muchos líderes de la Unión de que debían plantar cara a Trump y dejar de intentar evitar siempre el conflicto"
El incendio se controló en Davos (Suiza), durante la reunión del
Foro Económico Mundial, con la intervención de
Mark Rutte, secretario general de la OTAN. Trump, resentido, afrontó la realidad de que los socios europeos habían trazado una
línea roja alrededor de Groenlandia. De ahí surgió el convencimiento entre muchos líderes de la Unión de que debían plantar cara a Trump y dejar de intentar evitar siempre el conflicto. El presidente de EE. UU. no ha olvidado esa afrenta.
Lo primero que hizo Trump al llegar en julio a Ankara (Turquía), donde se celebraba la reunión de la
Alianza Atlántica, fue volver a poner en el radar la cuestión de Groenlandia, llegando a vincularla con el proceso de revisión de la presencia de tropas en Europa y
amenazando con la retirada de todos los efectivos estadounidenses en el continente si no se cumplían sus peticiones respecto al territorio dependiente de Dinamarca.
Aunque la
cumbre de la OTAN acabó siendo un éxito en lo relativo a contener a Trump y evitar una implosión de la Alianza, el encuentro dejó a la vista que el presidente de Estados Unidos no ha cambiado de opinión respecto a Groenlandia, por lo que la
crisis puede volver a resurgir en los próximos meses.