La llegada a Ceuta de alrededor de
70.000 personas en apenas unos días, la mayoría jóvenes marroquíes, ha sido el mayor episodio de cruce irregular en el menor período de tiempo en esta parte de la frontera sur europea. Decenas de personas murieron tratando de alcanzarla. La magnitud de lo ocurrido invita a buscar una explicación única, pero ninguna, por sí sola, resulta suficiente. Ceuta ha vivido una crisis migratoria, sin duda, pero también una
crisis política y geopolítica multifactorial en la que intervinieron múltiples actores, con intereses distintos y grados de responsabilidad todavía difíciles de determinar.
"La sentencia es discutible, pero su alcance es preciso: no abría la frontera ni impedía el retorno de quienes entrasen irregularmente"
El
detonante inmediato parece relativamente claro. Una reciente
sentencia del Tribunal Supremo español había establecido que el procedimiento excepcional de rechazo inmediato en frontera previsto para Ceuta y Melilla no podía aplicarse a quienes fueran interceptados en el mar cuando intentaban entrar a nado. La sentencia es discutible, pero su alcance es preciso: no abría la frontera ni impedía el retorno de quienes entrasen irregularmente. Obligaba a aplicar el
procedimiento ordinario de devolución, con las garantías previstas en la legislación, en lugar del rechazo inmediato utilizado para quienes intentan superar los elementos físicos de contención fronteriza.
En las
redes sociales, sin embargo, esta decisión judicial se convirtió en algo muy distinto: el mensaje de que la frontera estaba abierta y de que quien llegara por mar no podría ser devuelto. Esta
información engañosa circuló con enorme rapidez y
generó la expectativa de una oportunidad excepcional para entrar en Europa, pero esto no explica por sí solo cómo una expectativa difundida digitalmente pudo convertirse en un movimiento de semejante escala. Tampoco está claro qué beneficio podían obtener las redes criminales, a las que se ha atribuido un rol principal, de unos cruces realizados en gran medida de forma autónoma, a pie o a nado y sin pagar por un transporte clandestino.
Un espacio singular
Ceuta es una ciudad española situada en la
costa norte de África, separada del resto de España por el estrecho de Gibraltar y rodeada por territorio marroquí. Su perímetro terrestre está protegido por una
valla de alta seguridad, complementada por sistemas de vigilancia y por barreras marítimas en sus extremos. Es una frontera exterior de España y de la Unión Europea, pero también una frontera sobre la que Marruecos mantiene una
reivindicación territorial.
La ciudad forma parte del
espacio Schengen, aunque con un
régimen específico. Las conexiones desde Ceuta hacia la España peninsular están sometidas a controles de identidad y documentación. Entrar irregularmente en Ceuta no equivale, por tanto, a acceder sin controles al continente europeo
ni a adquirir libertad de circulación por el resto de Schengen. Durante esta crisis tampoco se produjeron movimientos hacia la Península o hacia otros Estados miembros.
Esta precisión importa porque
Schengen fue utilizado rápidamente como argumento político.
Italia reintrodujo controles a viajeros procedentes de España, mientras diversos dirigentes europeos sugirieron que la actuación española podía poner en peligro el
espacio de libre circulación.
La mayor parte de quienes llegaron a Ceuta
regresaron espontáneamente a Marruecos. No fueron objeto de una operación masiva de retorno organizada por el Estado. Ante la imposibilidad de continuar hacia la Península y después de encontrarse en una ciudad desbordada, sin alojamiento ni perspectivas, decenas de miles de personas decidieron volver por sus propios medios usando el paso que España abrió en la valla.
Marruecos aceptó su reentrada. A partir de determinado momento, sus fuerzas de seguridad actuaron también para impedir que el flujo de entrada continuase.
"La imagen de decenas de miles de marroquíes avanzando hacia una ciudad cuya españolidad Rabat no reconoce evoca para España ecos de otros tiempos"
La
inhibición inicial de sus fuerzas de seguridad fue visible y decisiva para que los cruces adquirieran aquella dimensión, algo que se ha interpretado por algunos analistas en el terreno como una
operación planificada y, por otros, como una
pérdida completa de control. Entre ambas existen otras posibilidades y muchos matices. La coincidencia temporal añade una dimensión simbólica inevitable. Los acontecimientos comenzaron el 30 de julio,
Fiesta del Trono de Marruecos, mientras
Mohamed VI celebraba en Tetuán, a unos 40 kilómetros de Ceuta, el aniversario de su acceso al trono. La imagen de decenas de miles de marroquíes avanzando hacia una ciudad cuya españolidad Rabat no reconoce evoca para España ecos de otros tiempos. Este episodio adquiere un cariz que desborda la gestión migratoria y entra en el ámbito de la
geopolítica, particularmente en un
Mediterráneo que está viendo sacudido el derecho del mar en su zona oriental, en el
estrecho de Ormuz. En Ceuta y el estrecho de Gibraltar se unen cuestiones de soberanía, seguridad y equilibrio, además de cuestiones migratorias entre dos países cuya cooperación fronteriza es tan estrecha como asimétrica.
La paradoja española
Volviendo a la migración y entrando en el ámbito comunitario, vamos a señalar que España ocupa una
posición singular en el actual debate europeo. Su Gobierno defiende una
narrativa sobre la inmigración distinta de la dominante en numerosos Estados miembros: reconoce su aportación económica y demográfica y ha aprobado una
regularización extraordinaria para personas que ya residían y trabajaban en el país. Pero España es también, y ha sido bajo gobiernos de distinto signo, uno de los países más estrictos en el control de la frontera sur. El Gobierno español invirtió un considerable capital político en la aprobación del
Pacto Europeo sobre Migración y Asilo. Su narrativa interna no implica una política de fronteras abiertas, sino una combinación de control exterior y gestión realista de la población migrante ya incorporada a la economía y a la sociedad.
En esta divergencia narrativa se enmarca la
crítica a la reciente regularización por parte de algunos países europeos. La regularización no desempeñó ningún papel acreditado en los acontecimientos de Ceuta. Se aplica a personas que podían demostrar una presencia previa en España y no ofrece una vía de regularización a quienes llegaron durante la crisis. Presentarla como un
"efecto llamada" traslada al episodio una controversia política anterior. Es más, algunos de los países que censuran la decisión española han adoptado
mecanismos distintos pero funcionalmente comparables.
Una prueba para la Unión Europea
"Algunos gobiernos cuestionaron a España y vincularon la crisis con su regularización o con el funcionamiento de Schengen, aun cuando no se había producido movimiento hacia otros Estados miembros"
La primera reacción europea estuvo condicionada por las
narrativas nacionales sobre la inmigración. Algunos gobiernos cuestionaron a España y vincularon la crisis con su regularización o con el funcionamiento de Schengen, aun cuando no se había producido movimiento hacia otros Estados miembros. La
videoconferencia de ministros de Interior del 4 de agosto corrigió esa dinámica: los Estados expresaron su
solidaridad con España, reconocieron la
rapidez de su respuesta y defendieron una
actuación europea común. Para entonces, la dimensión inmediata de la crisis había sido contenida.
Ceuta muestra hasta qué punto una frontera puede verse alterada por una combinación que incluye las
aspiraciones de miles de personas, en este caso jóvenes marroquíes, la
actuación cambiante de las autoridades y una
relación bilateral cargada de historia, todo ello alimentado por unos medios que facilitan la rapidez y la escala con que estos hechos se han producido. No es necesario reducir esa complejidad a un solo factor o a una conspiración para reconocer su dimensión geopolítica, ni ignorar sus implicaciones migratorias para señalar que no se agotan en ellas.
La respuesta europea debe partir precisamente de ese carácter multifactorial y multiactor. Tanto en el ámbito migratorio como en el geopolítico, la Unión necesita
mejores mecanismos de anticipación y coordinación, junto con procedimientos eficaces compatibles con el
Estado de derecho y una responsabilidad verdaderamente compartida sobre sus fronteras exteriores. En ambos ámbitos, la política interior y la exterior, cada vez más intrincadas, deben reducir sus vulnerabilidades y sostener la
solidaridad interior para preservar los principales
logros de la integración y los valores que los sustentan.
© Este artículo ha sido publicado originalmente en International Politics and Society.