"La frontera española está abierta, se puede pasar sin papeles". La mayor parte de los testimonios recogidos desde la arena del Tarajal, nada más cruzar la frontera, señalaron a las
redes sociales como un vector clave de la mayor crisis migratoria que haya vivido nuestro país.
La idea de que la frontera estaba abierta, o de que bastaría con cruzar a nado para no ser detenido, llegó a las pantallas de las
más de 70.000 personas que se lanzaron al mar frente al espigón mucho antes que a los grandes medios y televisiones. También a las de
las 88 que perdieron la vida en el camino y cuyos familiares buscan hoy en los grupos que ahora sí salen en los periódicos, haciendo carteles con IA en español y dariya.
WhatsApp y Facebook, ambas propiedad del gigante tecnológico Meta, fueron los
canales principales por los que se propagó el mensaje. En el caso de Facebook, con
más de 30 millones de usuarios en el país vecino, hoy sabemos que el entramado de grupos por los que se viralizó
la convocatoria sumaba hasta 400.000 miembros.
Cómo circuló la convocatoria para cruzar a Ceuta
La llamada a cruzar la frontera se difundió a través de información falsa o engañosa e
instrucciones peligrosas que ponían en riesgo sus vidas ("por aquí cubre menos", "si no sabes nadar, venden hinchables"). Además, las páginas y grupos de esta red social desembocaban en
grupos privados de WhatsApp, un servicio propiedad de la misma compañía. Sin embargo, tras la tragedia, la tecnológica estadounidense
suspendió discrecionalmente algunos de ellos sin ofrecer grandes explicaciones, y lo hizo
sin entregar los datos a las autoridades, borrando el rastro.
"La discusión sobre la responsabilidad de las propias plataformas ha escapado al debate público, alimentando una peligrosa cultura de la impunidad de la que se beneficia su modelo de negocio"
Desde aquel día, las
especulaciones sobre el origen y la autenticidad de estos grupos, las huellas de redes de 'bots' operando desde el extranjero o las indagaciones en enrevesadas
teorías de la conspiración solo han ido en aumento; tan rápido como la expectación intranquila frente a nuevas convocatorias, empezando por la del 15 de agosto. Y, por el contrario, la discusión sobre la responsabilidad de las propias plataformas ha escapado al debate público, alimentando una peligrosa cultura de la impunidad de la que se beneficia su modelo de negocio.
Durante la crisis, compañías como Meta, que se lucran de dominar mercados y servicios casi enteros en España y Marruecos, fueron piezas clave de al menos cuatro grandes cuestiones. Primero, la
difusión de la información falsa e insegura sobre el paso del Tarajal, para la que la plataforma no habría visto necesidad de moderación o contexto, poniendo vidas en juego. Segundo, la exposición de miles de usuarios a la
interferencia de redes de cuentas anónimas cuyos intereses no están claros y que la suspensión de grupos dificulta esclarecer. Tercero, la
amplificación algorítmica de desinformación y teorías de la conspiración tras desatarse la crisis, especialmente en X y YouTube. Y cuarto, pero no menos grave, los
intentos de estafa especialmente dirigidos a los familiares de las víctimas y desaparecidos, de los que cuentas anónimas se habrían intentado aprovechar ofreciendo información a cambio de dinero.
Cuando hablamos de estos asuntos, como apunta el experto en desinformación
Marcelino Madrigal, "la responsabilidad principal es de Facebook, la plataforma más grande en Marruecos, y las aplicaciones de mensajería que permiten a estos grupos organizarse".
Meta tiene un monopolio virtual de los servicios de mensajería instantánea en ambos países a través de WhatsApp, que más de dos tercios de los ciudadanos de ambos países llevan instalada en sus teléfonos. Si en el río hay una sola fábrica, ¿quién lo habrá llenado de vertidos por su imprudencia, su indiferencia o su irresponsabilidad?
Quienes migran buscando una vida mejor usan las redes sociales como brújula. En nuestro país mismamente, son centenares los migrantes españoles que crean
contenidos virales para quienes dejan atrás, instruyéndolos sobre
cómo ir a trabajar a minas o plantaciones de Australia donde "forrarse" a cambio de trabajar en condiciones que aquí no aceptaríamos. En el caso de Marruecos, donde centenares de jóvenes están dispuestos a arriesgar su vida, y no solo a alejarse de los suyos, esta brújula toma la forma de grupos de Facebook como "Castillejos 🏊 🇪🇸 Ceuta", que llegó a tener
más de 177.000 seguidores.
En los grupos que marcaron la motivación de miles de personas para cruzar la frontera a nado se acumularon supuestos reportes desde la frontera,
capturas de Google Maps indicando las distancias a nado e informaciones engañosas o falsas para
evitar la detención (por ejemplo, que "no devolverán a los que tengan oficios" o "si entras por mar no te pueden echar del país"). Pero también
anuncios de aletas publicados desde la otra punta del país y venta de neoprenos de segunda mano.
Según reviso las publicaciones, me es imposible no preguntarme: ¿por qué alguien desde Casablanca, a 439 km, encuentra la oportunidad de poner en venta sus aletas, pero ni Facebook ni las autoridades podían encontrar una oportunidad de moderar —o poner contexto— a esos contenidos? Igual que algunos medios locales habían informado días antes de un posible cruce en masa y los grandes medios no,
las plataformas no actuaron preventivamente.
" La cobertura mediática de estos grupos oscila entre dos extremos: los que hablan de un fenómeno espontáneo y los que anticipan la revelación de tupidos entramados de manipulación digital desde el extranjero"
La cobertura mediática de estos grupos oscila entre dos extremos: los que hablan de un fenómeno espontáneo y los que anticipan la revelación de tupidos entramados de manipulación digital desde el extranjero. La realidad es siempre más compleja. Efectivamente, la
moderación de los grupos recae muchas veces en cuentas que se apoyan en
esquemas de seguridad operativa, lo contrario a un comportamiento espontáneo. Los nombres de las páginas cambian,
muchos perfiles clave son falsos o están vacíos, los enlaces se cuelgan siempre en la sección de comentarios y diversas redes de usuarios intervienen en las conversaciones para conectar esos grupos a otros en WhatsApp, donde
el escrutinio es más difícil.
Son muchos —quizás varios— los tipos de
motivaciones detrás de estas redes, incluso si no dominan siempre la conversación de estas páginas. Algunos pueden ser
grupos de diáspora migrante que buscan ayudar a otros a migrar por su propia mano intentando evitar que les suspendan las cuentas, pero también puede haber
interferencias de servicios de inteligencia, como la
DGST marroquí, ya sea para condicionar los flujos o para monitorizar esas conversaciones. Sin embargo, la responsabilidad última de que lo hagan está en los
proveedores de esos servicios y en los Estados. Tanto si hablamos de la interferencia de estas redes como si nos referimos a los riesgos de lo que llamamos conversación "espontánea": la conversación que promueven los algoritmos basados en la interacción y la viralidad, que tampoco está libre de sesgos.
Que el
Estado marroquí tenía capacidades para hacer un seguimiento de la situación en redes para evitar que miles de personas se pusieran en riesgo es una afirmación difícil de cuestionar. El cruce masivo tuvo lugar menos de un año después de que el Estado marroquí lograra reprimir una
oleada de protestas de la "Generación Z", cuyas estrategias de movilización se apoyaban precisamente en estas aplicaciones de mensajería y grupos masivos en plataformas como
Discord.
Cuando se trataba de desarticular
movimientos democráticos como "Genz 121" —que se organizaba precisamente en servidores masivos de
más de 200.000 usuarios—, el régimen marroquí no pareció tener problemas para monitorizar la conversación digital, identificar riesgos y obrar en consecuencia. En el caso de España, cuyo Gobierno ha prometido enfrentarse a
los "oligarcas" del tecnofeudalismo en contra de una tendencia global al vasallaje, habremos de preguntarnos si el problema tiene que ver con los medios disponibles, la estrategia o la correlación de fuerzas.
Regular las plataformas cuando la desinformación pone vidas en riesgo
Sin embargo, en lo que respecta a las plataformas,
el problema es aún más profundo. Igual que los algoritmos que enseñan a un adolescente contenidos de autolesión, odio a su propio cuerpo o incitación a quitarse la vida están basados en un modelo de negocio inseguro y dañino, los que incitan a menores a echarse al mar "por donde menos cubre" también
juegan con sus vidas por dinero.
"Lo hacen a costa de los más vulnerables, permitiendo que las redes que usamos diariamente puedan poner en riesgo a quienes buscan un futuro mejor o a quienes llevan días sin rastro de sus seres queridos"
Lo hacen a costa de los más vulnerables, permitiendo que las redes que usamos diariamente puedan poner en riesgo a quienes buscan un futuro mejor o a quienes llevan días sin rastro de sus seres queridos. Pero lo hacen también
a costa de todo el país, que en los momentos más duros —una crisis en la frontera, el incendio más grande de la historia reciente— no encuentra en las plataformas soluciones y herramientas para advertir de los riesgos, para amortiguar la desinformación, sino
un agravante de sus problemas.
Cuando hablamos de
regular los servicios digitales, no hablamos solo de prevenir estos problemas, sino de
construir una relación con la tecnología que invierta la situación. Porque los obstáculos para que esas miles de personas recibiesen información real sobre la situación en la frontera o el riesgo en el que estaban poniendo su vida no fueron tecnológicos, sino
empresariales y políticos. Por eso
la tecnología tiene que poner la vida en el centro, y no los beneficios de unos pocos, aún menos en un episodio letal que se ha llevado la vida de 88 personas.