A mis
queridos lectores:
Mi editor me pidió que escribiera una reflexión sobre los
250 años de la experiencia estadounidense y que, de alguna manera, la situara en el contexto de la
relación entre Estados Unidos y España o, en términos más amplios, de la
relación transatlántica. Todo ello en 800 —o 1.200— palabras. Una tarea ambiciosa en la que, sin duda, me quedaré corto de una forma u otra, pero, tras mucho pensar y menos escribir, ya llevo un mes de retraso, así que vamos a intentarlo.
Dejemos una cosa clara: los Estados Unidos de América son una idea que cobró vida gracias al
coraje, la creatividad y las convicciones de nuestros padres fundadores. La prueba de que este país es una idea es precisamente lo que celebramos el
4 de julio. La
Guerra de Independencia de Estados Unidos comenzó, en realidad, en 1775 con las batallas de
Lexington y Concord. El conflicto militar propiamente dicho terminó en 1781 con la
batalla de Yorktown, y la guerra concluyó oficialmente en 1783 con el
Tratado de París.
"Nuestro documento fundacional se construyó más sobre la esperanza en el futuro que sobre la realidad del momento"
El
Segundo Congreso Continental adoptó la
Declaración de Independencia el 4 de julio de 1776. En última instancia, nuestro documento fundacional se construyó más sobre la esperanza en el futuro que sobre la realidad del momento. Esa es una de las características de este país:
sus mayores visionarios siempre han sido soñadores que miraban hacia delante, decididos a construir un futuro que superara incluso sus propios sueños.
Este es el país de
George Washington,
Thomas Jefferson y
Benjamin Franklin, entre otros padres fundadores. Pero también es el país de
Crispus Attucks, antiguo esclavo y marinero de ascendencia indígena americana y africana, que fue el primer estadounidense en morir en la Masacre de Boston de 1770. El poeta
John Boyle O'Reilly lo recordó como
"el primero en desafiar, el primero en morir". Nuestra independencia también fue posible gracias a otras figuras valientes, como
James Armistead Lafayette, un esclavo que ejerció como espía para el
Ejército Continental de George Washington y que sirvió como voluntario bajo las órdenes del
marqués de Lafayette. También están figuras como
Abigail Adams, esposa del padre fundador
John Adams, cuyas cartas a su marido mientras este formaba parte del Congreso Continental y ejercía como embajador en el extranjero tuvieron una enorme influencia en su pensamiento. Los consejos de Adams a su marido nos recuerdan que,
cuando alguien sirve en una guerra, su familia también está haciendo un gran sacrificio.
Los fundadores fueron figuras complejas.
Thomas Jefferson condenó la esclavitud en un primer borrador de la Declaración de Independencia, pero ese pasaje
acabó siendo eliminado del texto definitivo. El propio Jefferson, como es bien sabido, fue propietario de esclavos.
La esclavitud fue, sin duda, el pecado original de Estados Unidos.
Hizo falta un
grupo de nuevos padres y madres fundadores para enfrentarse a esta cuestión a lo largo de los años, entre los que destacan el presidente
Abraham Lincoln, el presidente
Ulysses S. Grant y el célebre abolicionista y orador
Frederick Douglass. A lo largo del tiempo, muchos estadounidenses han tenido que
luchar por sus derechos civiles, ya fuera mediante protestas pacíficas o recurriendo a los tribunales y defendiendo sus reivindicaciones ante el Congreso.
Ya fuera en la
Convención de Seneca Falls de 1848, en Nueva York; en el
Domingo Sangriento del 7 de marzo de 1965, en Selma, Alabama; en la
huelga de los recolectores de uva de Delano de 1965 o en las
protestas estudiantiles del Este de Los Ángeles de 1968; en los
disturbios de Stonewall del 28 de junio de 1969; o en
la Larga Marcha de 1978, los estadounidenses llevan mucho tiempo organizándose y defendiendo sus derechos. El valor de las generaciones pasadas y la continua vigilancia de los estadounidenses de hoy han dado lugar a avances legislativos y judiciales fundamentales.
"El valor de las generaciones pasadas y la continua vigilancia de los estadounidenses de hoy han dado lugar a avances legislativos y judiciales fundamentales"
En esencia, la identidad de Estados Unidos se resume en ser un país en el que las personas tienen la capacidad de vivir la vida que desean y en el que
sus libertades están protegidas por la ley. A Estados Unidos le ha llevado tiempo estar a la altura de su promesa fundacional, porque este país no es perfecto. Si ninguna persona es perfecta, ¿cómo puede serlo un país entero? No puede. Pero lo que sí es perfecto son los
ideales fundacionales de este país, y lo que resulta inspirador es comprobar cómo tantas personas han luchado durante 250 años para garantizar que esos ideales, esos sueños y
esos derechos sean para todos.
Más allá de la diplomacia
¿Qué significa el 250.º aniversario de Estados Unidos para España? A decir verdad, no estoy seguro. Pero sí sé que hemos compartido mucho a lo largo del tiempo. Otros han escrito hasta la saciedad sobre las aportaciones de
Bernardo de Gálvez, que también han sido destacadas, entre otros, por la
Embajada de España aquí en Washington D. C. a través de las redes sociales. Sus contribuciones fueron importantes, sí, pero también lo fueron las de
muchas otras personas cuyos nombres desconocemos, incluidas las de estadounidenses y españoles de hoy.
Quizá lo más importante en este momento para la relación entre Estados Unidos y España sean los
esfuerzos de los ciudadanos de ambos países por relacionarse entre sí. Es estupendo que haya
funcionarios públicos y
diplomáticos dedicados a fortalecer la relación entre los dos países, pero también es importante reconocer los esfuerzos de estudiantes, líderes empresariales, escritores y artistas que han contribuido a hacer de la relación bilateral lo que es hoy.
"Es importante reconocer los esfuerzos de estudiantes, líderes empresariales, escritores y artistas que han contribuido a hacer de la relación bilateral lo que es hoy"
Programas como
Fulbright y
NALCAP, en Estados Unidos y España, respectivamente, han contribuido enormemente a fomentar el entendimiento entre ambos países. La
inversión extranjera directa y el
comercio entre los dos países han ayudado a crear empleo y prosperidad para personas a ambos lados del Atlántico. Millones de personas de todo el mundo han encontrado inspiración leyendo las obras tanto de
Miguel de Cervantes como de
Ernest Hemingway. Y el
rey Felipe VI es un orgulloso graduado de la
Universidad de Georgetown.
Además, alrededor del
13 % de la población de Estados Unidos habla español y el dólar estadounidense se inspiró en el
real de a ocho español. Y hace apenas un mes, aficionados al fútbol —tanto estadounidenses como españoles— se reunieron en restaurantes, cafeterías, bares y centros comunitarios de todo Estados Unidos para ver a
España ganar la final del Mundial, que tuvo a
Estados Unidos como uno de sus países anfitriones. En definitiva, las historias de Estados Unidos y España están
intrínsecamente entrelazadas.
La mayor fortaleza de la relación entre Estados Unidos y España
reside en sus ciudadanos. No es ningún secreto que las relaciones entre los gobiernos de ambos países atraviesan un
momento complicado. Sin embargo, como alguien que vivió en España hasta el año pasado y que conoce a muchos españoles que viven aquí, en el área de Washington D. C., sigo confiando en que
lo mejor aún está por llegar para las relaciones entre nuestros dos países.