Lunes, 17 de agosto de 2026
ESPAÑA GANA EL MUNDIAL

La mejor España le quitó el balón a Trump

Mientras Donald Trump convirtió el Mundial en un escaparate de su nacionalismo, España levantó el trofeo con un equipo que cuenta una historia muy distinta: diversidad, movilidad, instituciones y juego colectivo. El fútbol no resuelve los problemas de un país, pero a veces revela qué modelo de sociedad funciona mejor. Y el campeón del mundo ofrece una lección que trasciende el deporte. Escribe Francesc Trillas, economista y autor de 'Pan y fútbol'.

Francesc Trillas Jané Francesc Trillas Jané 20 de julio de 2026
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Donald Trump, presidente de EE. UU., y Pedro Sánchez, presidente del Gobierno de España | Joel Marklund / Zuma Press / Europa Press
Donald Trump, presidente de EE. UU., y Pedro Sánchez, presidente del Gobierno de España | Joel Marklund / Zuma Press / Europa Press
A estas alturas del partido, no vamos a disculparnos por mezclar la política con el deporte. La exitosa selección española, igual que muchas otras, constituye una derrota del nacionalismo y una victoria de la multiculturalidad. El país que Trump más detesta ha ganado su Mundial, en sus narices, con un relato que es la antítesis del trumpismo. En los partidos de la Copa del Mundo, la nación tradicional termina con los himnos. Lo que viene después es un enfrentamiento posnacional donde la camiseta es algo laico, es un proyecto.

"Esa selección federal, multicultural, plural y diversa, resulta que se ha erigido en campeona vigente del fútbol global, el deporte más exitoso y globalizado, tanto femenino como masculino"
La camiseta de la selección española, esa selección federal, multicultural, plural y diversa, resulta que se ha erigido en campeona vigente del fútbol global, el deporte más exitoso y globalizado, tanto femenino como masculino. Y campeón europeo sub-19, también femenino y masculino. Y no podemos decir que no lo viéramos venir, porque el éxito no es nuevo y ha sido de cocción lenta. A diferencia de nuestras infraestructuras, es una España muy poco radial, donde la periferia no solo está bien representada, sino que comparte la voz cantante. En ambas hay una sólida presencia de deportistas de familias inmigrantes, o que comparten varias nacionalidades, y no especialmente de origen latinoamericano (esos que el estereotipo dice que son más fáciles de integrar por la lengua y la religión). Y también hay futbolistas emigrantes, que han ido a mejorar fuera de España y que, gracias a una institución (la regla de pertenencia a una sola selección), pueden devolver todo lo que aprenden compitiendo fuera, a su país de origen (o al país que eligen representar). Y que gracias a las instituciones de la Unión Europea y al sector donde trabajan, están menos discriminados que sus ancestros españoles que iban a Alemania o a Suiza. Y también hay jugadores como Oyarzábal, que no migran, sino que ejercen su derecho a quedarse (y también a no tatuarse, ni a gritar, ni a dar la nota).


La selección que ha ganado el Mundial es un ejemplo de lo mejor que podemos ser. El gol de Mikel Merino contra Portugal o los goles de Pedro Porro contra Austria (precedido de una jugada como de balonmano) o Francia, ilustran lo mejor del tiki-taka, esa mezcla de trabajo e improvisación donde tan importantes son los que tocan el balón en red como los jugadores que no la tocan pero que están donde tienen que estar (Lamine y Cucurella abriendo el campo en el de Merino) o se mueven levemente para dejar un hueco (Oyarzábal en el segundo de Porro). Tan importante es el que sale en la foto como el que no. Como dijo Thierry Henry, no depende de los nombres, porque cualquier niño español de 9 años sabe qué tiene que hacer en un campo de fútbol desde la llegada a España de Johan Cruyff y las sucesivas mutaciones del juego de posición a través del mecanismo evolutivo del ensayo y error.


La selección española hace realidad en el fútbol europeo la máxima de Al Pacino en el fútbol americano (en su charla motivacional como entrenador en la película "Any Given Sunday"): "Vamos a vencer como un equipo, o moriremos como individuos". Una lección sencilla que Kylian Mbappé (ejemplar en otros terrenos) y sus entrenadores se resisten a aprender, y por eso siguen ganando pichichis y hundiendo a sus equipos.


Trump y su aliado Infantino representan los valores opuestos al juego colectivo y paciente de España. Las reglas son algo meramente decorativo en ese mundo de impaciencia, populismo y corrupción (tan presentes en el fútbol a todos los niveles) donde solo importa el bienestar de una oligarquía.


Pero no nos hagamos ilusiones, porque aquí en el pasado ya hemos mezclado el éxito con el "negro de mierda", y Rubiales no está tan lejos. Ahora están Borja y Lamine para poner a Rajoy en su sitio, pero eso no quiere decir que todos los protagonistas de nuestro fútbol se hayan leído el libro "España diversa" de Eduardo Manzano. El éxito y la notoriedad del fútbol seguirán atrayendo a corruptos y oportunistas.


La España de Javier Bardem, Penélope Cruz y Rosalía ha estado detrás de los goles de Oyarzábal, Ferran y Merino. Pero también lo está esa Europa de la socialdemocracia de la que formamos parte, donde no hay que ser rico ni hijo de nativos para tener cerca una instalación deportiva, como explica el mejor periodista deportivo (y periodista a secas) Simon Kuper, en sus columnas del Financial Times.


"La España por la que vinieron a luchar George Orwell, Willy Brandt o Albert Hirschman, no se ha hecho todavía realidad, pero se intuye entre ese grupo multirracial, multilingüe, trabajador y brillante"
En Europa el fútbol moderno tiene su mejor ecosistema: un mercado grande combinado con gobiernos a todos los niveles e instituciones reguladoras, desde la sentencia Bosman hasta las reglas de pertenencia a una selección nacional. La España por la que vinieron a luchar George Orwell, Willy Brandt o Albert Hirschman, no se ha hecho todavía realidad, pero se intuye entre ese grupo multirracial, multilingüe, trabajador y brillante. La España de la Institución Libre de Enseñanza que albergó a Dalí y Lorca, esa combinación de arte y método, ha paseado también su espíritu por los estadios de Norteamérica, igual que Juan Diego Botto, ese español de origen argentino, la pasea por nuestros teatros.


Por una vez, ha habido planificación y paciencia. Me equivoqué con De La Fuente, como se equivocaron tantos. No es brillante y enfático como Luis Enrique, no es ni siquiera de izquierdas como Borja Iglesias (ni estuvo especialmente rápido alejándose de Rubiales), pero es un tipo serio que ha minimizado los errores futbolísticos, y que no se ha distraído haciendo Twitch. El rol del entrenador no es lo más importante, pero sí que importa que se equivoque lo mínimo.


El azar también importa, pero hay que saberlo: podía haber sido de otra manera. Que España tuviera una probabilidad del 53% de ganar a Argentina quiere decir que de 100 partidos, Argentina podía haber ganado 47, pero llegar a ese 53 ha sido un trabajo de años. Lo mismo con los penaltis, todavía esos grandes desconocidos: los comentaristas todavía no han entendido que los jugadores, sobre todo los grandes jugadores, disparan de modo aleatorio, porque es la única manera de ser impredecibles. Lo cual no quiere decir que marquen, porque el portero hace lo mismo (le diga lo que le diga el entrenador de porteros), y por eso, entre otras razones, el 25% de los penales no entran. Todo eso son números, pero lo bueno del fútbol moderno es que poesía y ciencia son compatibles. Nadie pretende "reducir" el fútbol a números ni quitarle el sitio de rapsoda mayor a Valdano.


"La España libre, igualitaria, plural y diversa es posible. Pero no es automática"
España es un caso de éxito no solo en fútbol, también en gastronomía, esperanza de vida y libertad. Pero no la libertad de que los ricos hagan lo que quieran, sino la libertad de que cada niña o niño de cualquier barrio (como Rocafonda, el barrio de Lamine Yamal) o pueblo (como Don Benito, el pueblo de Pedro Porro) de España pueda hacer realidad sus sueños, educarse y tener todos los medios para llegar a prosperar. Sería ideal si, además de campos de fútbol, pudieran tener mejores escuelas. Libertad es compartir para prosperar y prosperar para compartir. 


Que la España futbolística proyecte estos valores no implica que se trasladen fácilmente a otros ámbitos. Pero señalan una posibilidad. La España libre, igualitaria, plural y diversa es posible. Pero no es automática. El mejor contraejemplo de que un gran fútbol no se corresponde con un país exitoso en otros terrenos es la misma Argentina, donde los futbolistas emigrantes no son unos cuantos, sino varias generaciones enteras que emigran a Europa. En otras épocas los movimientos migratorios fueron al revés (y por eso los jugadores argentinos tienen apellidos italianos, o españoles, o británicos), y no sabemos cómo será en el futuro. Hoy Argentina tiene a Scaloni, que reside en España, en el banquillo, pero a Milei en el gobierno, blandiendo su motosierra y su borrador de la memoria. Su estrella máxima llegó a España con 13 años y nunca ha vuelto a vivir en su país. Pero en España proliferan los fans de Milei, encabezados por la influyente presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso.


Mañana dejaremos de hablar de esta España y se volverá a hablar de los muertos que el ICE de Trump va dejando en las calles, de su intimidación a periodistas, de su corrupción a gran escala, de sus guerras inútiles, de su apoyo a genocidios, de sus intentos de manipular las próximas elecciones (si es que las permite). Ejerzamos nuestro derecho a recordar que otro mundo es posible, y nuestro derecho a decir que Europa no solo tiene que plantarse en el fútbol, sino hacer realidad su promesa de igualdad, democracia y libertad en todos los ámbitos.
Francesc Trillas Jané
Francesc Trillas Jané
Profesor de Economía Aplicada de la Universitat Autònoma de Barcelona y autor del libro 'Pan y Fútbol' (Alternativas Económicas).
Participación