El mismo día en que tuvo lugar esta entrevista con Nacho Torreblanca, OpenAI hizo público un incidente de ciberseguridad que calificó de "sin precedentes": durante una evaluación interna, un agente basado en varios de sus modelos logró escapar del entorno de pruebas y, actuando de forma autónoma,
comprometió parte de la infraestructura de Hugging Face sin el control de sus desarrolladores. Parece una historia de película —de película de terror—, pero sirve para situar el debate tecnológico en la base de la pirámide de las necesidades políticas.
Torreblanca es investigador distinguido del ECFR en Madrid y ha sido uno de los panelistas de la cuarta edición del curso
España en el Mundo 2026. Con la tecnología y la geopolítica como dos de sus principales áreas de especialización, teníamos mucho de lo que hablar: la soberanía digital europea y el papel de las redes sociales —sobre las que advierte que la agenda actual
"puede fracasar porque intenta arreglar el problema en el lugar equivocado"—, pero también las injerencias electorales extranjeras, los tecnoligarcas y el papel de la derecha radical en esto de la
"autonomía estratégica".
Nacho habla con la tranquilidad que proporciona dominar un tema de principio a fin y con la convicción de quien aspira a contribuir a que Europa esté mejor preparada. Con él abordamos los riesgos que plantea el poder tecnológico, las debilidades de la respuesta europea y las decisiones políticas necesarias que favorezcan una mayor autonomía del continente.
Torreblanca es ganador del premio Salvador de Madariaga de prensa escrita. Foto: Agenda Pública
¿En qué punto se encuentra Europa en el proceso de reducir su dependencia tecnológica y digital de Estados Unidos?
Estamos en un momento muy incipiente. Al menos la mayoría de las instituciones y de quienes estudian estas cuestiones han identificado correctamente el problema. También se ha identificado una parte de la solución, pero solo una parte, porque enseguida aparecen las divisiones: si debe resolverlo el Estado, el mercado o una combinación de ambos.
Además, en algunos pronunciamientos de una parte importante de la industria europea aparece una narrativa derrotista: hemos identificado el problema, pero la única solución sería llevarnos bien con Estados Unidos para que no nos haga daño. El debate sigue muy abierto y eso hace que las políticas sean, en ocasiones, confusas.
Cuando se habla de soberanía tecnológica, algunos responden que eso es autarquía. Pero, si tenemos una dependencia del 90%, estamos muy lejos de que la autarquía sea un riesgo creíble para Europa. Ya hablaremos de ella más adelante.
"Si tenemos una dependencia del 90%, estamos muy lejos de que la autarquía sea un riesgo creíble para Europa"
También hay mucho dinero privado y de los grupos de presión interviniendo en este debate y planteando falsos dilemas, como
innovación frente a regulación. Se repite que en Europa no se innova, cuando no es verdad. Cuesta mucho más hacer visibles las historias de éxito europeas y explicar qué debemos hacer que dar por hecho que lo mejor es rendirse, someterse y esperar a que lo que ocurre en Estados Unidos pase, porque, aunque sea desagradable, no durará toda la vida.
Dentro de ese mapa de posiciones, ¿dónde sitúa a la Comisión Europea?
La Comisión Europea está claramente posicionada en defensa de las normas digitales, pero con una salvedad. Europa se encuentra en una situación de vulnerabilidad extrema frente a Estados Unidos y frente a China, no solo en materia tecnológica, sino también comercial. Tenemos una doble dependencia tecnológica y comercial.
La Comisión está más preocupada por lo que considera que tendrá un impacto negativo más duradero sobre la industria europea: China. Las exportaciones chinas están destruyendo empleos industriales en Europa y existe una división profunda entre los Estados miembros y dentro de cada industria. Una parte del sector del automóvil fabrica en China y quiere seguir haciéndolo porque, de alguna manera, ha tirado la toalla: si continúa produciendo allí, acabará produciendo globalmente desde China. Otros, como los franceses, defienden que Europa debe hacerse fuerte e intentar salvar su industria. Incluso dentro de Alemania hay posiciones enfrentadas.
La Comisión entiende que no puede abrir una guerra simultánea en dos frentes, contra Estados Unidos y contra China. Con Washington, considera que dispone de pocos instrumentos y que una escalada de sanciones comerciales podría causarnos mucho daño con gran rapidez. Por eso intenta quitar el pie del acelerador y dejar claro que las sanciones, resoluciones o multas contra las grandes tecnológicas estadounidenses no responden a una intencionalidad política, sino a la aplicación de la legislación europea.
"La Comisión entiende que no puede abrir una guerra simultánea en dos frentes, contra Estados Unidos y contra China"
Frente a las protestas de EE. UU. se insiste en que las empresas pueden acudir al Tribunal de Justicia de la Unión Europea y obtener una resolución favorable o desfavorable, como ocurrió con Apple y los 14.000 millones de euros de multa que estuvieron en disputa. La Comisión quiere despolitizar las discrepancias tecnológicas con las empresas estadounidenses y presentarlas como una cuestión técnica y jurídica. Le da pánico que alguien salga diciendo que hay que cerrar X o romper Google, porque eso equivale a llamar a la puerta de alguien que está deseando que lo despierten para librar precisamente esa batalla.
El también analista político y periodista valora la posición española en política digital. Foto: Agenda Pública
¿Y qué papel está desempeñando España?
Con Pedro Sánchez, España ha ejercido un liderazgo internacional fuerte en la denuncia del poder de las grandes tecnológicas, de la concentración de poder y de las amenazas a la democracia. En los últimos tiempos ha adoptado también la protección de los menores como palanca para construir una agenda positiva.
Los daños a los menores ofrecen una agenda capaz de unir a gobiernos y partidos de izquierda y de derecha. Ahí es posible trabajar con un gobierno liberal como el francés o con gobiernos conservadores como el alemán o el italiano y formar una coalición que evite que España quede aislada. No se puede plantear esta pelea como la del último Gobierno progresista relevante de Europa contra las grandes tecnológicas.
Retóricamente, España puede coordinarse con Brasil y con otros países, pero, en la práctica, lo que cuenta dentro de la Comisión Europea es ser capaz de construir una coalición en la que cada Gobierno participe, aunque por motivaciones distintas.
"España ha ejercido un liderazgo internacional fuerte en la denuncia del poder de las grandes tecnológicas, de la concentración de poder y de las amenazas a la democracia"
Otra cuestión es cómo materializar esa agenda. La política digital europea
depende en gran medida de la Comisión y de la vicepresidenta ejecutiva Henna Virkkunen. España tampoco dispone de paquetes de inversión de 100.000 millones de euros con los que pueda convertirse por sí sola en el centro de la soberanía tecnológica. España necesita construir coaliciones europeas, que son lentas y a menudo frustrantes. Aun así, España ha querido ejercer un liderazgo moral y europeo en este ámbito, y en parte lo está consiguiendo.
¿Puede ser eficaz la agenda europea de protección de los menores en internet?
Muchos de quienes trabajamos en este ámbito pensamos que la agenda, tal y como está planteada, puede fracasar porque intenta arreglar el problema en el lugar equivocado. El problema no es únicamente el acceso a las redes sociales, sino qué encuentran los usuarios una vez que acceden y por qué no somos capaces de crear redes que no sean tóxicas.
Sería como tener que apagar la televisión y tirarla por la ventana porque no podemos crear un canal infantil. La pregunta debería ser por qué no puede existir una red social adecuada para adolescentes. ¿Qué ocurre cuando mi hija cumple dieciséis años? ¿La arrojamos de golpe al pozo de la anorexia, el odio y los contenidos dañinos?
"El problema no es únicamente el acceso a las redes sociales, sino qué encuentran los usuarios una vez que acceden y por qué no somos capaces de crear redes que no sean tóxicas"
La prohibición nos ofrece una pausa para pensar cómo hemos llegado al punto de tener que prohibir estas plataformas. Pero la solución no debe ser únicamente prohibicionista, porque existe otra alternativa: que las
redes sociales cumplan la ley, no sean tóxicas y no hagan daño.
Todavía estamos al principio de este debate. Es posible que la agenda se frustre porque los menores seguirán entrando de forma ilegal o porque, al cumplir dieciséis años, accederán de golpe a un entorno horrible sin estar preparados ni protegidos. Además, ese entorno también es perjudicial para los adultos y para las personas mayores. Nos falta un debate más sofisticado.
¿Cómo debería traducirse la soberanía tecnológica en decisiones concretas?
La soberanía tecnológica debe entenderse también como la capacidad europea de ofrecer soluciones críticas en sectores críticos. No se trata necesariamente de sacar a toda España de los servicios digitales estadounidenses, pero no tiene mucho sentido que ámbitos como la defensa, el interior, la justicia o la Presidencia del Gobierno continúen dependiendo de grandes proveedores estadounidenses cuando existen alternativas europeas.
También podríamos apostar por el código abierto en educación y sanidad y desarrollar
modelos de inteligencia artificial adaptados a usos públicos. Hay una crítica creciente a que todos estemos adoptando el modelo estadounidense de IA: grandes centros de datos, inversiones masivas y enormes modelos, sin detenernos a pensar si eso es realmente lo que necesitamos.
"No se trata de construir un modelo estadounidense a menor escala, sino de desarrollar herramientas más pequeñas y manejables para necesidades concretas"
Quizá necesitamos una inteligencia artificial pública, orientada a usos públicos y adaptada a las necesidades del país. India está trabajando bien en esa dirección. No se trata de construir un modelo estadounidense a menor escala, sino de desarrollar herramientas más pequeñas y manejables para necesidades concretas, sin reproducir grandes monopolios ni inversiones gigantescas.
Torreblanca apuesta por un modelo de desarrollo de inteligencia artificial distinto al estadounidense y al chino. Foto: Agenda Pública
¿Puede Europa construir un modelo de inteligencia artificial alternativo al estadounidense y al chino?
Sí. En una red europea de soberanía tecnológica en la que participo, formada por unos sesenta investigadores, existe un discurso muy crítico con la costumbre de medirnos siempre respecto a aquello que no somos, no debemos ser y tampoco podemos ser.
Europa no va a reunir las mismas inversiones multimillonarias que Estados Unidos, pero quizá tampoco las necesita. La pregunta es cómo puede regular, hacer bien lo que quiere hacer y desarrollar usos públicos sin tener que escoger entre el modelo estadounidense cerrado y un modelo chino más abierto que también genera dependencias y vulnerabilidades.
Además, debemos tener cuidado con la idea de EuroStack. Ya cometimos un error parecido con la autonomía estratégica: el resto del mundo lo interpretaba como un asunto exclusivamente europeo. Un brasileño, un coreano, un japonés o un australiano pueden preguntarse qué hay en EuroStack para ellos y decidir mantenerse al margen, lo que sería malo para la UE.
"La soberanía consistiría en controlar el proceso, no necesariamente en que todo sea exclusivamente europeo"
Sería más lógico construir una especie de
minilateralismo: una infraestructura tecnológica soberana, pero interoperable y abierta a la participación de otros países. La soberanía consistiría en controlar el proceso, no necesariamente en que todo sea exclusivamente europeo.
He firmado una propuesta sobre una inteligencia artificial multinacional inspirada en modelos como el CERN, Airbus o la Agencia Espacial Europea. La idea es dedicar recursos a proyectos en los que distintos países puedan participar de forma abierta. ¿Para qué queremos un EuroStack que obligue a Canadá o Brasil a escoger entre tres modelos cerrados —estadounidense, chino y europeo— que les generen dependencias y vulnerabilidades?
Si todos compartimos el mismo problema, no deberíamos buscar soluciones distintas.
¿Qué ejemplos existen de esa cooperación tecnológica abierta con terceros países?
El Barcelona Supercomputing Center es un ejemplo interesante. Está prestando capacidad de computación a Brasil para desarrollar sus modelos de lenguaje. La comunidad académica y de investigación brasileña no dispone de esa capacidad, pero puede acceder a ella mediante proyectos de cooperación con España.
También se pueden construir servicios sobre Galileo y facilitar que otros países desarrollen aplicaciones propias. La cuestión es cómo incorporar a terceros Estados a un espacio que les permita escapar de la securitización, del cierre y de las vulnerabilidades.
"Hay muchos candidatos para una cooperación de este tipo fuera de Estados Unidos y China, porque numerosos países saben que la opción china también genera dependencias"
Hay muchos candidatos para una cooperación de este tipo fuera de Estados Unidos y China, porque numerosos países saben que la opción china también genera dependencias. Europa suele colocar las asociaciones digitales al final de sus paquetes de soberanía tecnológica. Habla del Global Gateway, pero casi nunca dispone de dinero suficiente y la cooperación es costosa. Sin embargo, ese componente internacional es fundamental.
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2027 es un año muy relevante desde la perspectiva electoral. ¿Qué podría ocurrir con la agenda tecnológica si la derecha radical gana más peso en Europa?
Una de las tragedias de la derecha radical es que se presenta como soberanista, pero no extrae correctamente las consecuencias de su propio pensamiento. Ocurre también con la energía y el cambio climático.
España no produce combustibles fósiles. Por tanto, un buen nacionalista o soberanista debería apoyar cualquier política que le proporcione autonomía. Puede optar por una solución de inspiración francesa y apostar por la energía nuclear, aunque hoy quizá bastaría con un respaldo nuclear a las renovables, junto con una inversión fuerte en almacenamiento y baterías. Pero, desde una perspectiva nacionalista, la prioridad debería ser reducir dependencias.
En 1975 no se intentó reducir la dependencia de los combustibles fósiles del golfo Pérsico por razones climáticas, sino porque suponía una amenaza para la seguridad económica de los españoles. La actual crisis en Ormuz demuestra que aquella apuesta, combinada con la descarbonización, ha dejado a España mejor situada que otros países.
En tecnología ocurre lo mismo. A una fuerza de extrema derecha puede no preocuparle hoy depender de tecnología militar estadounidense porque simpatiza con Donald Trump. Pero ¿qué sucedería si en Washington gobernaran Alexandria Ocasio-Cortez o Bernie Sanders? ¿Querría que ellos decidieran sobre sus F-35 ante un conflicto en el Sahel o con Marruecos? Probablemente no.
"Es mejor una soberanía energética y tecnológica europea a gran escala que intentar construir veintisiete soberanías nacionales imposibles"
Esas fuerzas no asumen las consecuencias de su propio pensamiento. Quienes defendemos una soberanía europea proponemos compartir recursos para complementar nuestras debilidades. Es mejor una soberanía energética y tecnológica europea a gran escala que intentar construir veintisiete soberanías nacionales imposibles. Incluso Francia o Alemania tendrían muchas dificultades para hacerlo solas.
Ese es el componente trágico de un nacionalismo que se aplica a casi todo menos a los ámbitos donde, en el mundo actual de los chantajes económicos, tendría más sentido reducir exposiciones y vulnerabilidades.
¿Cuál es la vulnerabilidad tecnológica más urgente para Europa?
La dimensión tecnológica está estrechamente vinculada con tres ámbitos que preocupan especialmente: el comercio, la seguridad y la democracia.
Una represalia comercial puede traducirse en sanciones importantes. Una represalia en materia de seguridad puede acabar perjudicando a Ucrania por las
regulaciones digitales europeas. Y existe, además, una
vulnerabilidad democrática ante la interferencia en procesos electorales.
Alemania optó por ignorar la interferencia de Elon Musk en las elecciones generales de 2025. No sabemos si lo hizo porque consideraba que no podía actuar, porque pensaba que no influiría en el voto o porque creía que responder podía movilizar todavía más apoyo a Alternativa para Alemania. Pero no fue una buena solución: consistió básicamente en no hacer nada y esperar.
El problema es que sabemos cómo empeorar la situación, pero no siempre cómo mejorarla. Si prohíbes a una figura como Elon Musk, puedes convertirla en un mártir global, concentrar toda la atención sobre ella y aumentar el apoyo a la extrema derecha.
También es posible que Trump y sus aliados se hagan daño a sí mismos. Su intervención puede acabar enfrentando a las derechas radicales europeas entre sí y con Estados Unidos. Steve Bannon intentó apoyarlas desde una fundación en Roma y, aunque no logró un gran éxito, tampoco las dividió de esta manera. La agenda de Trump ya ha generado tensiones en España, Francia e Italia; la extrema derecha polaca es de las pocas que todavía mantiene una relación más estrecha, pero también puede cambiar.
"No sabemos todavía cómo arreglar el problema, pero la propia desorganización provocada por Trump puede perjudicar a sus aliados"
Por eso puede existir un escenario relativamente optimista: no sabemos todavía cómo arreglar el problema, pero la propia desorganización provocada por Trump puede perjudicar a sus aliados. Las tecnológicas, además, son vulnerables por su concentración de mercado, sus necesidades de financiación y su exposición bursátil. Tal vez sean ellas mismas las que acaben diciendo que no quieren arriesgar sus negocios en Europa en plena carrera por el monopolio de la inteligencia artificial.
¿Qué puede hacerse para reducir los riesgos de injerencia electoral?
Es complicado, pero hay algo que no debe hacerse: actuar
como Rumanía. Anular una elección a partir de pruebas procedentes de los servicios de inteligencia que difícilmente podrán superar un examen judicial puede causar un daño enorme.
En las operaciones de injerencia casi nunca existe una prueba definitiva que permita entrar en la cabeza del votante y saber por qué cambió su voto.
Moldavia ofrece otro modelo, aunque se trata de un caso muy extremo porque allí había personas comprando votos físicamente. En ese contexto, una campaña policial podía advertir de las penas de cárcel y las multas asociadas a la venta del voto.
"Anular una elección a partir de pruebas procedentes de los servicios de inteligencia que difícilmente podrán superar un examen judicial puede causar un daño enorme"
En nuestras democracias es mucho más difícil. Nunca sabremos exactamente por qué votó cada persona. Lo que sí podemos observar es si antes de las elecciones se está agitando el temor al fraude, si durante la votación se magnifican informaciones falsas sobre irregularidades y si después se intenta deslegitimar el resultado. Ese debe ser el mínimo absoluto de actuación.
Desde 2018, el código de conducta de la Comisión Europea ya permitió trabajar con Facebook y Twitter para monitorizar contenidos durante procesos electorales. Si circula un vídeo falso de una persona que sale corriendo con una urna de un centro de votación, se puede retirar porque sabemos que no corresponde a un hecho real.
A partir de ahí pueden añadirse capas: transparencia sobre la amplificación de contenidos, normas europeas sobre publicidad política y los mecanismos de emergencia de la Ley de Servicios Digitales. Pero hay que avanzar de abajo arriba y con mucho cuidado.
Lo que no debe ocurrir es que el servicio de inteligencia de un país afirme que ha detectado una injerencia, cancele unas elecciones y se niegue después a mostrar las pruebas porque son información de seguridad nacional. Son zonas grises y exigen prudencia. No hay que romper lo que todavía funciona.
También debe enviarse un mensaje político claro a las plataformas y a sus propietarios: determinados comportamientos pueden tener consecuencias regulatorias en Europa y afectar a sus distintos negocios. Pero esa respuesta debe ser firme y, al mismo tiempo, extremadamente cuidadosa.
Muchas gracias.