Miércoles, 2 de septiembre de 2026
UNA RECETA ALTERNATIVA

El "no" de Islandia, una ventana de oportunidad para Europa

"El referéndum islandés no es un toque de atención para la UE", sostiene el doctor en Derecho de la UE por la Universidad de Oxford Guillermo Íñiguez. A su juicio, este contexto puede ayudar a responder a una cuestión más amplia: cómo puede la UE reforzar su poder incorporando nuevos miembros y tejiendo alianzas más allá de sus fronteras, con ejemplos como Canadá, Japón o Corea del Sur. El profesor en IE University confía en que una UE "con voluntad política, creatividad jurídica y ambición estratégica" puede buscar fórmulas para incluir a estos países "en la muñeca rusa que es la política europea".

Guillermo Íñiguez Guillermo Íñiguez 2 de septiembre de 2026
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La primera ministra de Islandia, Mjoll Frostadottir (izquierda), junto al primer ministro canadiense, Mark Carney, en Londres. | Sean Kilpatrick / Zuma Press / Europa Press
La primera ministra de Islandia, Mjoll Frostadottir (izquierda), junto al primer ministro canadiense, Mark Carney, en Londres. | Sean Kilpatrick / Zuma Press / Europa Press
El pasado sábado, Islandia rechazó retomar sus negociaciones de adhesión con la Unión Europea. El resultado del referéndum es un no a la UE, pero no a Europa. Desde hace siete décadas, el país nórdico participa en la arquitectura institucional del continente: desde 1949, como socio fundador de la OTAN, y, desde el año 1970, como uno de los cuatro integrantes de la Asociación Europea de Libre Comercio (AELC), una organización supranacional compuesta por Noruega, Suiza, Liechtenstein y la propia Islandia, y cuyos miembros aplican gran parte de la legislación económica de la UE.

El encaje de Islandia en la UE siempre ha sido difícil. El país solicitó entrar en la Unión en 2008, en plena crisis financiera. Sin embargo, las negociaciones no tardaron en encallar por los desacuerdos entre Bruselas y Reikiavik respecto a la pesca. Para el electorado islandés, ceder parte de su soberanía en materia pesquera era una concesión implanteable, especialmente para adherirse a un bloque que, en esa época, atravesaba una profunda crisis económica y política. En 2013, por lo tanto, ambas partes suspendieron las negociaciones. Cuando, en 2025, Trump amenazó con invadir Groenlandia, el Gobierno islandés reabrió la "cuestión europea". Planteó que el sistema internacional nacido tras la Segunda Guerra Mundial había cambiado; que el nuevo orden mundial suponía una amenaza para Islandia; y que el futuro de la isla, de apenas 400.000 habitantes, estaba en la UE. Sin embargo, la supuesta amenaza de EE. UU. no caló entre el electorado islandés, como tampoco lo hicieron otros argumentos citados por el Gobierno: el coste de mantener una divisa propia, los supuestos beneficios de adoptar el euro o las ventajas de poder participar en la toma de decisiones en Bruselas. Para el electorado de uno de los países con mayor renta per cápita del mundo, pertenecer al Espacio Económico Europeo y al espacio Schengen era más que suficiente.

"Cuando, en 2025, Trump amenazó con invadir Groenlandia, el Gobierno islandés reabrió la «cuestión europea». Planteó que el sistema internacional nacido tras la Segunda Guerra Mundial había cambiado"
Si para Islandia la adhesión a la Unión Europea no era vista como una necesidad imperiosa, la negativa del electorado islandés tampoco supone una derrota dramática para la propia UE. El valor de incorporar a Islandia hubiera sido más simbólico —mostrar al mundo que, diez años después del brexit, la UE seguía siendo atractiva— que práctico. Retomar el proceso de adhesión hubiera requerido unas complejas negociaciones sobre la pesca. En el mejor de los casos, estas negociaciones hubieran conllevado el ingreso de una economía relativamente pequeña (su PIB sería el segundo menor de la UE, superando solamente a Malta) que, además, ya coopera con la UE tanto en política económica (mediante la AELC) como de seguridad y defensa (a través de la OTAN).


El "no" islandés tampoco es dramático porque sirve para recordar, precisamente, que Europa es más que la propia Unión Europea. La arquitectura política del continente europeo está compuesta por una serie de instituciones (la propia UE, la AELC, la OTAN, la Comunidad Política Europea, el Consejo de Europa) y de acuerdos (Schengen, el Espacio Económico Europeo, la unión aduanera) cuyas competencias y cuyos integrantes se solapan. En este mapa, la UE es el bloque más importante, pero no el único. Una vez descartadas las negociaciones de adhesión con Islandia, la Unión Europea debe centrarse, en lo que queda de década, en ampliar y profundizar esta política de alianzas.

En primer lugar, urge que la Unión Europea acelere la adhesión de los países candidatos. De los nueve países que cuentan con este estatus, no todos tienen las mismas opciones de ingresar en la UE. Las negociaciones más avanzadas son las mantenidas con Montenegro, que espera ingresar en la UE en 2028, y con Albania, que aspira a hacerlo en torno a 2030. Otros países, como Macedonia del Norte, Moldavia y Ucrania, se encuentran en plenas negociaciones, aunque con horizontes más lejanos. Hace años que tanto las instituciones de la UE como algunos Estados miembros arrastran los pies, demorando un proceso que, en algunos casos, lleva abierto más de dos décadas. Sin embargo, acelerar la incorporación de los países candidatos —si no de todos, sí del mayor número posible— es importante por tres motivos.

"El «no» islandés tampoco es dramático porque sirve para recordar, precisamente, que Europa es más que la propia Unión Europea"
Para empezar, la Unión Europea tiene una deuda política con unos países —tan europeos como cualquiera de los veintisiete que ya integran la Unión— que aguardan su ingreso desde hace décadas. En muchos casos, el proceso de adhesión ha conllevado un elevado coste político para sus distintos gobiernos, que se han visto obligados a realizar reformas políticas, institucionales y económicas de gran calado a cambio de una adhesión que nunca termina de llegar. En segundo lugar, incorporar a estos países a la Unión reduciría el poder de los cantos de sirena rusos, contribuyendo a reforzar la seguridad de la UE. Por último, enfrentarse a una adhesión también obligaría a la Unión Europea a replantearse su propia arquitectura institucional, llevando a cabo reformas para agilizar, por ejemplo, sus procesos de toma de decisiones en cuestiones de política exterior.


Ampliar la Unión Europea es importante, pero no puede ser suficiente. Bruselas también puede aprovechar el abanico de opciones a su disposición para reforzar sus alianzas con Canadá, Japón y Corea del Sur, tres actores fundamentales que, durante la segunda presidencia de Donald Trump, han llevado a cabo un acercamiento a Europa.

Cuando a principios de 2025 Donald Trump amenazó con anexionar Canadá, algunos analistas plantearon la posibilidad de que Canadá ingresara en la Unión Europea, un horizonte que cuenta con un apoyo considerable tanto entre el electorado canadiense (42%) como entre el europeo. Una adhesión formal es prácticamente imposible. Incluso en el caso de que Canadá se mostrase partidario, el artículo 49 del Tratado de la Unión Europea, la base jurídica que regula el proceso de adhesión, limita esta posibilidad a "cualquier Estado europeo". Sin embargo, existen muchas formas de integrar a Canadá en la estructura de la Unión Europea que no requieren su adhesión formal. En materia de seguridad y defensa, este acercamiento ya se ha empezado a producir: desde principios de año, las empresas canadienses pueden participar en SAFE, el programa que incentiva a empresas europeas a llevar a cabo adquisiciones conjuntas en materia de defensa. En cuanto a su integración económica, Ottawa y Bruselas disponen de una gran variedad de opciones: desde negociar acuerdos en sectores concretos —como los de los minerales, la energía o la investigación— hasta revisar el acuerdo de libre comercio entre ambos países. Canadá podría, incluso, incorporarse a una unión aduanera, ingresar en la AELC o adherirse al mercado interior.

"Existen muchas formas de integrar a Canadá en la estructura de la Unión Europea que no requieren su adhesión formal"
La integración económica con Canadá —un país de una enorme complejidad política, con un territorio parecido al de la UE y separado de Europa por 6.000 km de océano— plantearía muchos retos políticos, económicos e incluso logísticos. Sin embargo, también podría suponer un cambio de paradigma para una Unión Europea que, de una tacada, reforzaría su independencia económica frente a EE. UU., ganaría un aliado fundamental y mostraría al mundo que puede seguir jugando un papel importante en el tablero económico.


Estas mismas consideraciones también deberían propiciar un acercamiento a Japón y a Corea del Sur, dos aliados indispensables en Asia que, en los últimos años, han vivido tanto un distanciamiento de Trump como un acercamiento a EE. UU. Con Japón, los avances han llegado, sobre todo, en materia de seguridad y defensa; con Corea del Sur, en defensa, pero también en política económica y digital. En ambos casos, tanto las reiteradas amenazas por parte de Trump como la necesidad de diversificar alianzas ante el auge de China han sido fundamentales para acercar a estos países a la órbita europea. Y aunque, una vez más, una integración formal en las estructuras políticas de la UE es impensable, una Unión Europea con voluntad política, creatividad jurídica y ambición estratégica podría plantear una serie de opciones —desde la participación en SAFE hasta la integración económica en sectores concretos o la participación en la Comunidad Política Europea— que integraran a ambos países en la muñeca rusa que es la política europea.

El referéndum islandés no es un toque de atención para la UE, sino una ventana de oportunidad. Pese a que no supondrá la ampliación inmediata de la UE, sí permite reabrir el debate sobre la ampliación de la propia Unión, una ampliación que, con la doble amenaza de EE. UU. y de Rusia, urge más que nunca. También nos recuerda que Europa es más que la UE y que incluso esta última cuenta con mecanismos políticos, económicos e institucionales mediante los cuales estrechar sus alianzas con países como Canadá, Japón y Corea del Sur.

Si en el siglo XX el proyecto europeo buscó fomentar la integración económica y política para garantizar la seguridad y la prosperidad del continente, la geopolítica del siglo XXI requiere que Europa adopte un enfoque más global: el de tejer alianzas que trasciendan las fronteras continentales. El éxito de esta estrategia dependerá de la habilidad, la valentía y la ambición de los líderes europeos.
Guillermo Íñiguez
Guillermo Íñiguez
Doctor en Derecho de la Unión Europea por la Universidad de Oxford
Graduado de Derecho en la Universidad de Cambridge (Reino Unido). Máster en Derecho Europeo por la London School of Economics, donde recibió una beca de la Fundación Ramón Areces. Becario en el Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Escribe sobre política alemana e instituciones europeas.
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