Lunes, 17 de agosto de 2026
INCÓMODA PERO INDISPENSABLE

Turquía, entre la OTAN 3.0 y la arquitectura de seguridad europea

El investigador del CIDOB Samuele Abrami analiza cómo la cumbre de la OTAN en Ankara confirmó el creciente peso militar e industrial de Turquía. Europa, que ya integra sus capacidades mediante compras, tecnología y cooperación operativa, tiene ahora la labor de definir su encaje político. Como sostiene el autor, Ankara es "demasiado importante" para seguir siendo tratada como un actor periférico.

Samuele Abrami Samuele Abrami 23 de julio de 2026
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El presidente de Turquía, Recep Erdoğan, durante la cumbra de la Alianza en Ankara. | Beata Zawrzel / Zuma Press / Europa Press
El presidente de Turquía, Recep Erdoğan, durante la cumbra de la Alianza en Ankara. | Beata Zawrzel / Zuma Press / Europa Press
Si la cumbre de la OTAN en Ankara pretendía consolidar el lema de una "Europa más fuerte dentro de una OTAN más fuerte", en buena medida lo consiguió. Los aliados reafirmaron la defensa colectiva y el apoyo a Ucrania, anunciaron más de 50.000 millones de dólares en nuevas adquisiciones y reforzaron sus compromisos de inversión militar. Pero bajo la apariencia de unidad, las críticas de Donald Trump a España y sus reiteraciones sobre Groenlandia siguen generando dudas sobre el futuro de las relaciones transatlánticas, el compromiso estadounidense y la capacidad europea para convertir presupuestos y contratos en poder militar efectivo. En otras palabras, tras la cumbre, el resultado apunta a una arquitectura híbrida: "más amplia que la Unión, menos completa que la OTAN y obligada a soportar cada vez más peso".

"Bajo la apariencia de unidad, las críticas de Donald Trump a España y sus reiteraciones sobre Groenlandia siguen generando dudas sobre el futuro de las relaciones transatlánticas"
En medio de esas incertidumbres, numerosos observadores señalaron a Turquía, la anfitriona, como una de las ganadoras de la cumbre. La sintonía exhibida entre los presidentes Donald Trump y Recep Tayyip Erdoğan, la posibilidad de revisar las sanciones estadounidenses y la reapertura del debate sobre una eventual vuelta turca al programa F-35 reforzaron esa impresión. Pero el momento estratégico de Ankara va mucho más allá de la relación personal entre ambos presidentes. Turquía llegó a la cumbre desde una posición de fortaleza impulsada por transformaciones estructurales que están redefiniendo la seguridad euroatlántica.

Europa necesita capacidades militares, industria, interoperabilidad y presencia en el mar Negro, el Mediterráneo y su vecindad meridional. Turquía dispone de todos esos activos. El problema es que pertenecen a un aliado indispensable, pero también políticamente controvertido. Si antes la cuestión era si Turquía pertenece a Europa en términos políticos o identitarios, ahora cabe preguntarse si Europa puede construir una arquitectura de seguridad creíble sin integrar de algún modo a Turquía.

El momento estratégico de Ankara

La cumbre confirmó un cambio que trasciende el debate tradicional sobre cuánto debe gastar cada aliado. La cuestión ya no es únicamente el burden sharing, o reparto de la carga, sino quién puede proporcionar capacidades militares, producción industrial, innovación tecnológica y preparación operativa. Aunque Estados Unidos seguirá siendo el ancla estratégica de la Alianza, Washington no solo pide a los europeos que paguen más, sino que también pretende que asuman una parte creciente de su defensa convencional.

Esta transición favorece a Ankara. Turquía posee el segundo mayor ejército de la OTAN y, desde 2022, ha reforzado un papel que combina la contención de la influencia rusa con la gestión de amenazas procedentes del sur. Ha suministrado asistencia militar a Ucrania, profundizado en la cooperación industrial con Ucrania y aplicado la Convención de Montreux para restringir el paso de buques de guerra beligerantes por los estrechos. Al mismo tiempo, ha mantenido abiertos sus canales con Moscú y no se ha sumado a las sanciones occidentales. Este equilibrio ha frustrado con frecuencia a sus aliados, pero también concede a Ankara un margen de interlocución que pocos miembros de la Alianza poseen.

"Turquía posee el segundo mayor ejército de la OTAN y, desde 2022, ha reforzado un papel que combina la contención de la influencia rusa con la gestión de amenazas procedentes del sur"
Al mismo tiempo, es importante reconocer que su valor ya no depende exclusivamente de la geografía. En las últimas dos décadas, Turquía ha desarrollado una industria de defensa capaz de producir drones, vehículos blindados, plataformas navales, municiones, misiles y tecnologías aeroespaciales. Sus exportaciones superaron los 7.000 millones de dólares en 2024, mientras empresas como Baykar, ASELSAN, Roketsan y TUSAŞ han ampliado su presencia internacional y sus asociaciones con compañías europeas. Para una Europa que necesita aumentar rápidamente su producción y cubrir las carencias expuestas por la guerra en Ucrania, estas capacidades resultan difíciles de ignorar. La centralidad del Foro de la industria militar celebrado durante la cumbre quiso demostrar precisamente que Ankara no solo reclama un lugar en los debates, sino que también puede contribuir a materializarlos.

Turquía quiere convertir esa disponibilidad de capacidades en tres beneficios duraderos: contratos para su industria, la normalización de sus relaciones de defensa con Washington y el reconocimiento político dentro del futuro pilar europeo de la OTAN. El expediente F-35 es especialmente significativo. Una eventual reincorporación eliminaría uno de los principales obstáculos para un reajuste estratégico con Estados Unidos, pero no será inmediata. La presencia de los S-400 rusos, las sanciones CAATSA, las exigencias técnicas y la participación necesaria del Congreso estadounidense mantienen abierto un proceso complejo. Aun así, que la discusión haya regresado revela que Washington empieza a contemplar a Turquía menos desde los desencuentros del pasado y más desde las necesidades del presente. Por eso, surge la pregunta de si, frente a necesidades inmediatas y cambios geopolíticos acelerados, la UE puede reconsiderar su relación con Turquía, dejando de lado los temas delicados de su difícil proceso de adhesión y explorando nuevas formas de integración y cooperación que sean creíbles y actuales.

Integrada 'de facto', excluida de 'iure'

La paradoja es que la incorporación de Turquía a la seguridad europea ya está ocurriendo. Avanza mediante decisiones de compra, transferencias tecnológicas, la integración de cadenas de suministro y asociaciones industriales. Italia funciona hoy como el principal laboratorio de este proceso. La empresa turca Baykar y la italiana Leonardo formalizaron en 2025 una sociedad conjunta al 50%, LBA Systems, que desplaza la relación desde la compraventa de plataformas hacia la producción, la integración, la certificación, los sistemas de misión y el apoyo logístico compartidos. La intención de la Marina italiana de operar el dron naval Bayraktar TB3 desde el portaaviones Cavour resume bien ese salto: Baykar deja de ser únicamente un proveedor externo y pasa a integrarse en el ecosistema industrial de una de las principales empresas europeas de defensa.

España ofrece un modelo no muy diferente, construido sobre más de una década de confianza operativa. La batería Patriot española desplegada en Turquía ha contribuido de manera sostenida a la defensa aérea y antimisiles de la OTAN. Su detección de un misil iraní en marzo de 2026 mostró cómo la cooperación operativa puede generar seguridad tangible y, con ella, capital político y confianza estratégica. Sobre esa base, también se desarrolla una dimensión industrial. El programa HÜRJET conecta a Turkish Aerospace con Airbus y con empresas españolas para adaptar el nuevo avión de entrenamiento avanzado a las necesidades del Ejército del Aire y del Espacio, incorporando componentes y subsistemas producidos en España. A ello se añaden acuerdos orientados a integrar pymes y grandes contratistas de ambos países, reforzar cadenas de suministro y explorar fórmulas de transferencia tecnológica y producción conjunta.

"Turquía está entrando 'de facto' en la arquitectura europea de seguridad mediante plataformas, componentes, certificaciones y cadenas industriales, pero todavía no 'de iure'"
Italia y España muestran así dos vías complementarias para la integración turca. En ambos casos, la relación avanza más deprisa que los marcos políticos europeos. Turquía está entrando de facto en la arquitectura europea de seguridad mediante plataformas, componentes, certificaciones y cadenas industriales, pero todavía no de iure. Esta diferencia no es meramente semántica. Las tecnologías y empresas turcas se incorporan gradualmente a las cadenas europeas de suministro, pero Ankara continúa fuera de muchos de los instrumentos políticos y financieros que impulsan la transformación de la defensa continental. El programa de la UE, SAFE (Acción por la Seguridad de Europa), dotado de 150.000 millones de euros, constituye el ejemplo más visible. Aunque en teoría contempla fórmulas para la participación de terceros países, Turquía permanece excluida. Desde Ankara, Europa parece querer acceder a las capacidades turcas sin concederle un lugar en los marcos que las financian y regulan. Desde Bruselas, en cambio, pesan las disputas con Grecia y Chipre, las dudas sobre la errática política exterior turca de los últimos años y la falta de consenso interno para construir una cooperación más estructurada. A ello se suma el deterioro democrático doméstico, que refuerza cada vez más la desconfianza hacia Ankara y, al mismo tiempo, pone en duda la credibilidad de Europa.

No se trata solo de una objeción normativa. Una cooperación duradera requiere previsibilidad institucional y garantías de que los acuerdos, las instituciones y los compromisos sobrevivirán a los cambios de liderazgo. La vuelta de Trump ha reforzado una visión más transaccional de las alianzas, mientras Europa misma atraviesa lo que mejor se puede describir como un estado de crisis. Las preocupaciones de seguridad reciben hoy una atención mayor que hace una década, cuando la condicionalidad democrática ocupaba un lugar mucho más central en las relaciones entre la UE y Turquía. Esto no significa que la democracia y el Estado de derecho hayan dejado de importar, sino que las críticas que antes dominaban los debates sobre Turquía coexisten ahora con una creciente conciencia del valor estratégico del país. El desafío, por tanto, no es si las preocupaciones políticas deben desaparecer, sino si Europa puede desarrollar marcos capaces de sostener una cooperación estratégica a pesar de los desacuerdos recurrentes.

Una arquitectura más amplia que la Unión

La cumbre de Ankara mostró que la seguridad europea y la de la UE ya no son necesariamente equivalentes. Si los gobiernos quieren construir un pilar europeo más fuerte dentro de la OTAN, difícilmente podrán confinarlo a las instituciones comunitarias. Reino Unido, Noruega, Turquía y, progresivamente, Ucrania ocupan posiciones demasiado importantes como para quedar en los márgenes. La propuesta reciente del ministro de Defensa italiano refleja el debate sobre una respuesta verdaderamente continental y evidencia una creciente conciencia de que los desafíos estratégicos en Europa avanzan más rápido que su estructura institucional.

Turquía está en el centro de esa contradicción. Ha construido autonomía y margen de maniobra mediante su activismo regional y su industria de la defensa, pero continúa profundamente conectada con el ecosistema occidental a través de la cooperación bilateral y de la propia OTAN. Es "demasiado importante" para seguir siendo tratada como un actor periférico, pero también "demasiado integrada" en el sistema euroatlántico para perseguir una separación completa. La dependencia es mutua.

"Reino Unido, Noruega, Turquía y, progresivamente, Ucrania ocupan posiciones demasiado importantes como para quedar en los márgenes"
Mantener la relación dentro del actual "pragmatismo gestionado" —cooperación cuando resulta necesaria y distancia política cuando parece inevitable— corre el riesgo de producir el peor resultado para ambas partes: un socio estratégicamente indispensable, pero permanentemente infraintegrado. La alternativa no pasa por silenciar las críticas democráticas ni por resucitar artificialmente un proceso de adhesión sin credibilidad. Pasa por diseñar pilares institucionales específicos que permitan sostener la cooperación industrial, operativa y política, preservando al mismo tiempo condiciones claras de previsibilidad y de resiliencia democrática. Porque, como escribió recientemente el exlíder del mayor partido de la oposición turca, "los socios europeos de Turquía deben aprender a mirar más allá del gobierno actual".

Europa ya ha comenzado a integrar las capacidades de Turquía. Ahora debe decidir si está dispuesta a definir su lugar institucional dentro de la arquitectura que esas capacidades ayudan a sostener. La cumbre de Ankara no resolvió la paradoja, pero hizo mucho más difícil seguir evitándola.
Samuele Abrami
Samuele Abrami
Investigador principal en CIDOB
Es doctor por la en la Università Cattolica del Sacro Cuore (UCSC) e investigador principal en CIDOB (Barcelona Centre for International Affairs)
Participación