Domingo, 16 de agosto de 2026
CONVERSACIONES

Un nuevo orden mundial: "La democracia sobrevivirá siempre que demuestre que puede ser resiliente"

Bruno Maçães, asesor sénior de Flint Global y escritor, y Pol Morillas, director del Barcelona Centre for International Affairs (CIDOB) conversan con el redactor de 'Agenda Pública' Jorge de Diego Hurtado sobre la transformación del escenario internacional. Ambos dan por sentado que efectivamente hay un cambio en curso y que el sistema de hegemonía occidental no va a regresar, pero consideran que las lógicas y los principios de este nuevo sistema están todavía definiéndose.

Jorge de Diego Hurtado Jorge de Diego Hurtado 23 de julio de 2026
Añadir AgendaPública en Google
Bruno Maçães y Pol Morillas conversan con 'Agenda Pública' en Santander. | Agenda Pública
Bruno Maçães y Pol Morillas conversan con 'Agenda Pública' en Santander. | Agenda Pública
El mundo ha metido una marcha más en el cambio del orden internacional. Asumiendo esta nueva realidad, parece que hoy la discusión está en cómo se definirá este nuevo orden, qué potencias se levantarán, cuáles se apartarán y qué principios y valores se impondrán en este periodo.

No hay una respuesta clara, pero las reflexiones de Pol Morillas y Bruno Maçães acercan algunas razones para ser positivos desde una perspectiva europea. Asimismo, abren de forma realista un abanico de frentes en los que hay más incertidumbre y donde será necesario hacer especial énfasis. 

Morillas, director de CIDOB, entiende las "disrupciones" del presente —como la guerra en Oriente Medio— como síntoma de que "todavía dudamos sobre la forma que adoptará el nuevo orden", pero, dentro de esa incertidumbre, tiene claro que hay que hablar de un "mundo posoccidental".

Por su parte, Maçães apunta que "el problema fundamental es la nostalgia" desde un punto de vista europeo, especialmente de sus líderes. Sobre la revolución tecnológica, que ambos identifican como uno de los principales aceleradores del cambio, señala que "puede parecer que Europa se está quedando atrás, pero las revoluciones tecnológicas del pasado nunca se limitaron a la propia tecnología". Es decir, la implementación de estos avances dentro de los sistemas de gobernanza puede ser aún más determinante que el desarrollo de las propias tecnologías.
 

Maçães y Morillas forman parte de los panelistas de la cuarta edición del curso España en el Mundo. Foto: Agenda Pública


Cuando intentamos comprender hacia dónde se dirige el mundo, ¿dónde deberíamos mirar? ¿Qué está impulsando este nuevo orden mundial?

Bruno Maçães (B. M.): En algunos aspectos, se trata simplemente de una transición normal, de lo que los académicos llaman una transición hegemónica. Sabemos por la historia que existen ciclos hegemónicos y, aunque algunas personas discrepen, me parece evidente que estamos atravesando uno.

El poder estadounidense está disminuyendo y la tecnología se está difundiendo por todo el mundo. En la época moderna, la tecnología es una fuente de poder, por lo que esa difusión se traduce directamente en cambios en su distribución.

También se están produciendo transformaciones dentro de Estados Unidos. Ya no se comporta como una potencia hegemónica benevolente, sino como una en declive y profundamente inquieta. Y, por supuesto, surgen preguntas sobre el lugar de Europa en este orden futuro, porque Europa formaba parte de la estructura existente y del propio sistema hegemónico.

"En la época moderna, la tecnología es una fuente de poder, por lo que esa difusión se traduce directamente en cambios en su distribución"
Bruno Maçães - Escritor
No estamos únicamente ante una transición entre potencias occidentales, como sucedió en el pasado con Portugal, España, los Países Bajos, Francia, el Reino Unido y Estados Unidos. Esa ha sido la historia de los últimos quinientos años. Este es un momento especialmente importante porque, en ciertos aspectos, supone una transición que se aleja de Occidente, no una transición que se produce únicamente dentro de él.

Pol Morillas (P. M.): A partir de lo que señala Bruno, creo que estamos debatiendo dos fenómenos paralelos, ambos muy importantes para configurar tanto el estado actual del orden mundial como su forma futura.

Por una parte, hablamos de la distribución del poder en todos sus ámbitos: económico, tecnológico, militar e incluso en el terreno del poder blando, que ha sido un componente fundamental durante las últimas décadas y que ahora se está erosionando en muchos países. La distribución del poder nos ofrece una imagen del mundo en el que vivimos, pero, sobre todo, del mundo en el que estamos entrando.

Aquí aparecen los debates sobre si nos dirigimos hacia una nueva bipolaridad o si las potencias medias serán igualmente importantes y contribuirán a construir algún tipo de sistema más multipolar. Todo el mundo coincide en que no será un sistema unipolar.

Por otra parte, está la cuestión de cómo gestionar esa distribución del poder. ¿Seguiremos haciéndolo mediante mecanismos de cooperación que deben ser reformados? El sistema actual no está preparado para el nuevo mundo al que nos dirigimos ni para esta nueva distribución del poder.

Tenemos que preguntarnos si pretendemos reformar los mecanismos de cooperación existentes para gestionar el cambio climático, la inteligencia artificial, las tecnologías y los bienes públicos globales. También debemos plantearnos qué dinámicas de cooperación vamos a construir: si estamos asistiendo al nacimiento de nuevas organizaciones y nuevas formas de cooperación entre regiones, o incluso dentro de ellas, y si posteriormente esas regiones colaborarán a escala mundial mediante una arquitectura completamente nueva de gobernanza internacional.

"¿Seguiremos distribuyendo el poder mediante mecanismos de cooperación que deben ser reformados? El sistema actual no está preparado para el nuevo mundo al que nos dirigimos"
Pol Morillas - Director de CIDOB
En el momento actual, con estas dos dimensiones todavía abiertas, lo que vemos es disrupción. La vemos en los conflictos, en la instrumentalización de las interdependencias y en la rivalidad entre las grandes potencias. Son disrupciones del sistema porque todavía dudamos sobre la forma que adoptará el nuevo orden. Creo que ese es exactamente el punto en el que nos encontramos.
ARTÍCULOS RELACIONADOS
Maçães y López Plana conversan en Portugal.
Maçães y López Plana conversan en Portugal. | Agenda Pública / Ana Brígida
El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, junto al presidente estadounidense, Donald Trump, en la Casa Blanca.
El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, junto al presidente estadounidense, Donald Trump, en la Casa Blanca. | Aaron Schwartz - Pool vía CNP / Zuma Press / ContactoPhoto
Ante intereses nacionales tan diferentes, ¿qué debería hacer Europa? ¿Cómo encaja todo ello en esta cooperación entre regiones y nuevos centros de poder?

B. M.: Europa tiene que aceptar el cambio e incluso abrazarlo. Creo que el problema fundamental es la nostalgia, especialmente aguda en este momento por una cuestión generacional.

La generación que está ahora en el poder es la que alcanzó la edad adulta en 1989. Está tan marcada por aquel momento que le resulta muy difícil pensar de otra manera. Es un problema que se resolverá de forma bastante natural mediante el cambio generacional.

Tendremos una generación menos apegada al pasado y que no sufrirá tanto esta nostalgia. 1989 fue un momento hermoso de la historia, casi un milagro, pero no se puede vivir para siempre en el pasado.

Espero que se produzca una aceptación del futuro. Eso significa asumir que el orden mundial está cambiando y que Europa debe participar en ese proceso. Tiene que disponer del poder necesario para contribuir a configurar el futuro, aunque no de una manera hegemónica, porque eso también sería una forma de nostalgia por una época imperial. Debe hacerlo como una parte interesada entre muchas otras y representando sus propios valores.

Ese es otro de los cambios que se están produciendo. Tenemos que aceptar algo parecido al pluralismo de valores. China e India representan civilizaciones diferentes. La propia Europa es también una civilización.

Representamos valores que no son universales. Cabe esperar que el orden mundial del futuro sea configurado desde distintos lugares y mediante diferentes contribuciones. Será una especie de orden mundial híbrido.

"Espero que se produzca una aceptación del futuro. Eso significa asumir que el orden mundial está cambiando y que Europa debe participar en ese proceso"
Bruno Maçães
No suelo hablar de multipolaridad, sino de hibridez o de un orden mundial híbrido, porque, en última instancia, existe un único orden configurado desde distintos lugares. No creo que vayamos hacia un orden fragmentado.

El orden siempre es global, especialmente en la era de las tecnologías avanzadas. No es posible mantener órdenes exclusivamente locales. En último término, existe un sistema global de carácter financiero, tecnológico y económico.

Europa tiene que ser una de las partes que intervengan en él. Es una cuestión de porcentajes: diferentes regiones del mundo contribuirán de distinta manera a configurar ese orden futuro.

P. M.: En esa misma línea, creo que es fundamental entender que hablamos mucho de un mundo posoccidental, y lo hacemos por buenas razones. Estados Unidos y Europa ya no están avanzando en la misma dirección, y existen múltiples actores que tienen mucho que decir sobre el presente y el futuro del orden mundial.

La entrada en esta fase posoccidental responde a que el contexto ha cambiado, tanto en las relaciones transatlánticas como en lo relativo a la importancia de otras potencias. Pero este mundo posoccidental no avanza en una única dirección ni conduce hacia un orden alternativo que excluya completamente a Occidente.

"La entrada en esta fase posoccidental responde a que el contexto ha cambiado, tanto en las relaciones transatlánticas como en lo relativo a la importancia de otras potencias"
Pol Morillas
No está emergiendo un sistema completo, con un nuevo conjunto de valores e instituciones, preparado para reemplazar al anterior. Eso no es lo que está sucediendo. Lo que presenciamos es la obsolescencia del orden liderado por Occidente y la necesidad de que el nuevo orden represente mejor el papel de los demás actores en su configuración.

En esta coyuntura, Europa todavía conserva capacidad para influir. Como no existe un orden alternativo ya construido, corresponde a muchos actores —y Europa es uno de ellos— contribuir a configurar el futuro. Debemos aceptar que no será el mismo orden que conocíamos y que tendrá que ser más representativo, más eficiente y más acorde con la nueva distribución del poder. Pero eso no significa que Europa vaya a ser irrelevante.

Esta oportunidad puede ser todavía mayor si Estados Unidos se repliega, porque alguien del llamado Occidente tendrá que aportar una visión sobre el futuro del orden mundial. Ahí se encuentra la ventana de oportunidad para Europa.

El problema es que Europa no siempre es consciente de estos grandes cambios tectónicos ni tiene claro qué quiere defender en este momento. En ocasiones se debe a sus divisiones internas, que limitan su capacidad para influir en la forma del nuevo orden. Otras veces responde a sus dependencias tradicionales respecto a Estados Unidos. Muchos países europeos creen que alejarse de Washington conduce a la irrelevancia, mientras que otros consideran que ha llegado el momento de la autonomía estratégica y de un papel europeo más fuerte.

Por tanto, el meollo está dentro de Europa. Debemos conseguir que nuestros interlocutores en este nuevo sistema puedan identificar una voz europea. Primero tenemos que construir esa voz y, después, comprender que el nuevo orden todavía está por construir. Esa es precisamente nuestra oportunidad.
 

Los analistas atajan los procesos de cambio en el mundo y el papel de la democracia. Foto: Agenda Pública


Me interesa saber qué piensan del futuro de la democracia. ¿Creen que será cuestionada de una manera todavía más amplia en Europa, teniendo en cuenta lo que sucede en Estados Unidos y el ascenso de nuevos centros de poder?

B. M.: En primer lugar, creo que Pol ha planteado una cuestión muy importante. Vivimos con la ansiedad permanente de que existe otro orden mundial completamente construido y preparado para sustituirnos. Proyectamos la imagen de un enemigo que espera junto a la puerta para reemplazarnos, cuando, en realidad, el futuro está abierto y también será configurado por nosotros.

Es una idea importante y está relacionada con la cuestión de la democracia. Podríamos adoptar una perspectiva optimista —en ocasiones somos demasiado pesimistas— y afirmar que estamos atravesando un proceso de democratización del sistema mundial. El poder estará más distribuido y los valores estarán más abiertos a la impugnación, al cambio y al debate.

"Proyectamos la imagen de un enemigo que espera junto a la puerta para reemplazarnos, cuando, en realidad, el futuro está abierto y también será configurado por nosotros"
Bruno Maçães
En última instancia, la imagen de Fukuyama sobre el fin de la historia era extremadamente antidemocrática. Se puede discrepar: era democrática en el interior de las democracias occidentales, pero, en el nivel del sistema mundial, el poder debía permanecer concentrado en determinados lugares y la forma del sistema no estaba abierta a la discusión, al debate ni al cambio. Supuestamente habíamos alcanzado el final de la historia y tanto los valores como el sistema habían quedado definidos para siempre.

Por eso este también puede ser un momento de democratización. La democracia tiene, por supuesto, una cierta ambivalencia. En democracia debemos aceptar muchas veces que la solución adoptada no será la que preferimos porque nos encontramos en minoría. Además, la democracia es por naturaleza algo inestable, precisamente porque el resultado final permanece abierto.

Por tanto, afirmar que estamos entrando en un proceso de democratización del sistema también implica reconocer que atravesamos un momento peligroso.

Sin embargo, la herencia intelectual de Occidente —la crítica y el cuestionamiento de las estructuras establecidas, las monarquías, el clero y las jerarquías— no ha desaparecido. De hecho, ha sido asumida por India, China y el resto del mundo.

Ese cuestionamiento es, en cierto sentido, la fuente de la democracia: no debemos aceptar las estructuras sociales y políticas como algo dado o perteneciente necesariamente a la tradición, sino que deben permanecer abiertas a la crítica.

No soy pesimista respecto a la democracia. Simplemente creo que la estructura y la forma de la democracia que tuvimos en Occidente —liberal, estable y organizada— probablemente no serán las de la democracia del futuro.

Quizá se parezca más a la democracia de India, que es menos liberal y puede parecer menos estable desde fuera. Pero no necesariamente podemos concluir que sea menos democrática.

P. M.: Estoy de acuerdo en que el estado y la calidad de la democracia están en crisis. Todos los grandes institutos que estudian esta cuestión nos dicen lo mismo. Existe un giro hacia la autocracia y la calidad democrática está empeorando en muchos lugares.

Al mismo tiempo, la democracia también es resiliente, porque consiste precisamente en gestionar los cambios de nuestras sociedades. El futuro del mundo dependerá de la capacidad de adaptación. El problema es que esta adaptación se está produciendo, en el ámbito interno, en medio de una profunda transformación de nuestros sistemas políticos: la fragmentación, la polarización, el papel de las redes sociales, las noticias falsas y la desinformación.

Todos estos fenómenos nos llevan a preguntarnos si la democracia, como herramienta, está preparada para gestionar los cambios actuales. Pero eso no significa cuestionar el principio democrático. Lo que se está cuestionando es el esquema operativo mediante el cual funciona la democracia.

Nuestros sistemas políticos deben demostrar que su resiliencia les permite adaptarse a unas condiciones que han cambiado.

También coincido con la crítica de Bruno a la idea de que la democracia sea exportable: la creencia de que existe una única manera de practicarla y de que todos los demás deben aprender a hacerlo como lo hacemos en Occidente. Eso es precisamente lo que hoy se encuentra profundamente cuestionado.

Existen formas alternativas de entender la democracia. Algunas grandes potencias sostienen que también son democráticas, pero que sus sistemas necesitan una determinada dirección, y consideran que esa dirección es lo verdaderamente importante.

Hay muchas maneras de interpretar la democracia. El problema surge cuando la entendemos como algo estático, tanto dentro de nuestras sociedades como en el exterior. Si solo admitimos una concepción de la democracia, esta no podrá ser resiliente y terminará desmoronándose ante los numerosos factores que la están llevando a la crisis.

En ese sentido, la interpretación de Fukuyama era muy estática: la forma occidental de democracia sería exportada o adoptada tarde o temprano por los demás. Es una concepción estática y lineal.

"Si solo admitimos una concepción de la democracia, esta no podrá ser resiliente y terminará desmoronándose"
Pol Morillas
Sin embargo, lo que estamos atravesando, tanto geopolítica como políticamente, se caracteriza por la falta de linealidad. Existen múltiples formas de interpretar los valores, los elementos fundamentales de una sociedad, la economía o el uso de las tecnologías. Todo es muy fluido. La democracia sobrevivirá siempre que demuestre que puede ser resiliente y adaptarse a estas circunstancias.

Para terminar, ¿cuál es el mejor argumento para mantener el optimismo sobre el futuro de Europa?

B. M.: Creo que Europa todavía conserva ventajas importantes. Mantiene una conexión con valores procedentes del pasado, especialmente con los valores de la Ilustración, que también serán importantes en el futuro.

Nuestras sociedades todavía cuentan con un amplio consenso social. Comparadas con otras, me parecen menos fragmentadas, y ese es un valor importante. Creo que estamos bien preparados para afrontar estos tiempos difíciles.

Pensemos en la llegada de nuevas tecnologías. En un primer momento puede parecer que Europa se está quedando atrás, pero las revoluciones tecnológicas del pasado nunca se limitaron a la propia tecnología. También dependieron de cómo cambiaron los sistemas sociales y económicos con su llegada.

Para gestionar ese cambio se necesitan democracias que funcionen correctamente y que sean capaces de responder. Creo que las democracias europeas probablemente funcionan mejor que el sistema estadounidense y, quizá, que otras alternativas existentes en el mundo.

¿Cómo cambiarán las sociedades en respuesta a la inteligencia artificial? Será un proceso extremadamente difícil, con grandes desafíos, por ejemplo para el empleo. Creo que las democracias europeas están mejor preparadas para afrontarlos.

"Para gestionar ese cambio se necesitan democracias que funcionen correctamente y que sean capaces de responder"
Bruno Maçães
Esta cuestión me parece más importante que la mera invención de nuevas tecnologías. Lo decisivo es cómo se difunden, cómo las absorben las sociedades, cómo se adaptan a ellas y cómo aprenden a gestionarlas. Gestionar una nueva tecnología disruptiva es, en realidad, más importante que inventarla.

Estados Unidos fue extraordinario a la hora de gestionar la llegada de la electricidad, por ejemplo. Lo hizo mediante unos sistemas sociales, políticos y económicos que ahora parecen profundamente disfuncionales en Estados Unidos y mucho menos disfuncionales en Europa.

En último término, creo que nuestra política se encuentra en mejor estado que la de otros lugares. Ese será el factor determinante para establecer qué sociedades tienen más éxito.

P. M.: Para responder también desde una perspectiva positiva, creo que es fundamental comprender la política europea actual. Existe una reacción muy fuerte por parte de quienes defienden la Europa de las naciones y de los llamados patriotas, que presentan un modelo alternativo para el futuro del continente.

Hablan de devolución de competencias, de situar el poder en las naciones y no en la Unión Europea, de detener la integración, de reforzar el intergubernamentalismo e incluso de devolver competencias ya transferidas. Existe, por tanto, un modelo alternativo.

Pero interpreto este modelo como una reacción ante muchas cosas que han funcionado mal. Me refiero a la situación económica, la distribución de la riqueza, el coste de vida, las recientes crisis socioeconómicas, la inmigración y la idea de que el mundo avanzaba de forma lineal y de que no existían alternativas al poder establecido o al centro político.

La Europa de las naciones y los patriotas es, en buena medida, una respuesta al abandono de problemas reales. Para mí, esa respuesta constituye un primer paso, pero no el último.

No significa que Europa esté a punto de desintegrarse. Significa que debe reconocer la existencia de una nueva fractura que está sometiendo a una enorme presión a muchos Estados miembros: la oposición entre las voces favorables a la integración y quienes defienden la Europa de las naciones y los patriotas.

El futuro europeo puede ser positivo si entendemos que las demandas procedentes de muchos Estados miembros reclaman reformas, una nueva manera de hacer las cosas en Europa y un nuevo papel para Europa en el mundo.

"La Europa de las naciones y los patriotas es, en buena medida, una respuesta al abandono de problemas reales. Para mí, esa respuesta constituye un primer paso, pero no el último"
Pol Morillas
Necesitaremos una Europa unida, resiliente y capaz de actuar en el escenario mundial. Por eso creo que, a largo plazo, la integración continúa siendo la fórmula correcta. Mientras tanto, debemos solucionar los problemas que han impedido que esa fórmula tenga éxito o que han provocado que sea percibida negativamente por quienes defienden la Europa de las naciones.

El futuro no está escrito. La disputa entre estos modelos no ha terminado. En realidad, no ha hecho más que comenzar.

Muchas gracias a ambos.
Jorge de Diego Hurtado
Jorge de Diego Hurtado
Redactor en 'Agenda Pública'
Politólogo y analista electoral. Cuenta con experiencia en consultoría en Bruselas y actualmente es redactor en 'Agenda Pública'. También es cofundador de 'El Tablero Político'.
Participación