Martes, 28 de julio de 2026
CONVERSACIONES

Bruno Maçães, escritor: "La generación que está en el poder en Europa sigue viviendo en 1989"

Bruno Maçães analiza el papel de España ante el nuevo orden global, la relación de Europa con China y Estados Unidos, la crisis de la democracia liberal y el auge de la derecha radical. El escritor y analista portugués sostiene, en conversación con el director y editor de 'Agenda Pública', que "somos menos democráticos que antes", apunta a los retos de China y la derecha radical y sitúa a España como uno de los pocos países europeos que ha entendido que el mundo ha cambiado.

Marc López Plana Marc López Plana 6 de mayo de 2026
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Maçães y López Plana conversan en Portugal. | Agenda Pública / Ana Brígida
Maçães y López Plana conversan en Portugal. | Agenda Pública / Ana Brígida
Bruno Maçães fue secretario de Estado de Asuntos Europeos de Portugal entre 2013 y 2015, pero desde entonces se ha consolidado como uno de los mejores analistas en la lectura del cambio de época. En nuestra conversación durante un encuentro en Portugal, el escritor portugués analiza los bloqueos políticos, intelectuales y estratégicos que impiden a Europa actuar con autonomía.

Maçães interpreta el auge de la derecha radical como "una especie de colapso de la política europea". A su juicio, estos partidos no ofrecen una teoría política comparable a la de otros movimientos ideológicos del pasado, sino una mezcla de emoción, simplificación y agresión. En esa misma lógica sitúa el poder creciente de los oligarcas tecnológicos, al que lee como un síntoma de sociedades donde las instituciones pierden capacidad para equilibrar intereses y hacer rendir cuentas al poder.

La conversación se detiene también en Estados Unidos, donde Maçães sostiene que "Trump no es el problema. Es un síntoma". Su crítica apunta a un sistema que, según afirma, ya no responde de forma democrática a sus ciudadanos. En la parte final, el escritor portugués lleva el diagnóstico al terreno intelectual: Europa, dice, carece de centros de pensamiento con escala suficiente para disputar la agenda estratégica. "No tenemos centros de pensamiento genuinamente europeos", lamenta.
 

Bruno Maçães es doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de Harvard. Foto: Agenda Pública / Ana Brígida.


Permítame hacerle una primera pregunta sobre España. Usted defiende mucho el papel de España en Europa y en la política global.

Se supone que soy alguien de centroderecha. Pero para mí la cuestión no es política en ese sentido. Tiene más que ver con la estrategia y con la estrategia nacional. España, más que cualquier otro país, con este Gobierno, pero no solo y no necesariamente por este Gobierno, ha mostrado conciencia de cómo está cambiando el mundo y está preparando al país para un mundo fundamentalmente distinto.

Los demás países de Europa ni siquiera son conservadores; son reactivos y pasivos. En su mayoría, tienen una nostalgia por el pasado que resulta muy paralizante. Hay varios ejemplos de ello.

Por un lado, en la cuestión energética, me parece evidente que avanzamos hacia un nuevo paradigma energético. En Europa, hace diez años había interés por las renovables, pero en realidad procedía más de preocupaciones medioambientales. Para mí, esa no es toda la cuestión, ni siquiera la cuestión principal. Eso es un detonante para la transición energética, pero la transición energética debe hacerse de todos modos porque tenemos fuentes de energía más baratas y más potentes.

"Es indiscutible —hay que estar ciego para no darse cuenta— que el mundo ya no está dominado por Occidente. Occidente es una fuente de poder geopolítico, pero hay otras fuentes"
A medida que nuestras sociedades necesitan cada vez más energía, está muy claro que tendremos que aprovechar la energía solar, que es una fuente fundamental de energía en nuestro planeta. El 99,98% de la energía que llega al planeta es solar de una forma u otra, así que es mucho mejor aprovecharla directamente en origen. España se ha dado cuenta de esto. Muchos otros países europeos, posiblemente por razones ideológicas, pero también por la forma en que funciona la economía política en esos países, se están moviendo muy, muy despacio, incluso con retrocesos.

Luego está la cuestión del orden global. Es indiscutible —hay que estar ciego para no darse cuenta— que el mundo ya no está dominado por Occidente. Occidente es una fuente de poder geopolítico, pero hay otras fuentes. Por cierto, no me gusta llamarlo multipolar porque la cuestión no es solo la existencia de distintos polos. La cuestión es cómo se organizan esos polos.

Así que la multipolaridad es simplemente un hecho, pero necesitamos plantearnos la cuestión normativa de cómo van a convivir esos distintos polos. No basta con decir que habrá distintos polos y que ya encontrarán una forma de entenderse. Tenemos que trabajar en instituciones para un mundo nuevo. El discurso de Pedro Sánchez en Pekín trataba de eso. De hecho, no habló tanto de multipolaridad porque simplemente la reconoció como un hecho. Y después dijo: ¿cómo vamos a gestionar este hecho?

Por tanto, en estas dos cuestiones fundamentales, la energía y el orden global, me parece que España se está adaptando y avanzando hacia un mundo nuevo desde la conciencia de que esto es inevitable. Y los países que lo hacen primero tienen siempre una ventaja. Son pioneros, van por delante de los demás.

Si la transición se hace de manera planificada y deliberada, puede salir bien. Pero si solo se reacciona, o se reacciona ante un choque, muchos países europeos vivirán esta transición más como un choque que como un proceso. Por eso veo a España como representante de un movimiento hacia este nuevo mundo que no es reactivo, sino activo; una elección más que un choque. Esa es la cuestión principal.

¿Y qué otros países europeos cree que están en la misma línea que España, intentando ser los primeros en moverse?

Ninguno tan claramente como España, ninguno de forma tan completa como España, ninguno de manera tan deliberada y estratégica como España. Pero hay otros países que, en distintas áreas, pueden ser buenos aliados.

Por ejemplo, en cuestiones geopolíticas, existe claramente una coincidencia de posiciones entre España y Francia. Curiosamente, hace cinco años uno habría esperado que Francia desempeñara el papel que España está desempeñando ahora en la cuestión geopolítica. Y, por razones de las que podemos hablar, eso no ocurrió.

En la crítica a esta guerra disparatada en Irán, las primeras declaraciones del Ministerio de Exteriores francés sobre la guerra fueron extremadamente favorables. Puedo encontrarlas. Cualquiera puede encontrarlas. Están disponibles. Macron fue algo más prudente, pero desde el Ministerio de Exteriores el apoyo fue total. Uno habría esperado que Francia, en los dos primeros días, liderara una reacción de principios, como ocurrió con la guerra de Irak, pero resultó ser España.

Y en Gaza parece que Francia es completamente incapaz de ser crítica con Israel. Macron parece completamente incapaz de hacerlo. Su Gobierno tiene miembros que son partidarios fanáticos de Israel. Así que no sorprende. Pero, de nuevo, hay que decir que Francia ha hablado durante mucho tiempo de autonomía estratégica europea y, en los últimos cinco años, especialmente desde el 7 de octubre, ha fracasado por completo. Y, en particular desde que Trump volvió al poder, Francia ya no representa eso.

Así que, de manera algo sorprendente, fue España la que lo hizo. Pero eso no quita que, en estos asuntos, los dos países estén claramente cerca y que quizá debieran trabajar más juntos de lo que lo hacen. Y en cuestiones de transición energética, los países del norte de Europa, Escandinavia, también pueden ser buenos socios. España tiene que trabajar con estas alianzas.

También debe decirse que el actual Gobierno de España siempre ha dejado claro que habla en nombre de Europa. A veces se le acusa de representar lo que se llama una visión tercermundista o del Sur Global, pero eso me parece bastante equivocado. Eso ha ocurrido en el pasado con determinados países de Europa, pero ahora no es el caso en absoluto. Se trata de cómo debe situarse Europa.

"Cuando Pedro Sánchez se acercó recientemente a China [...] estaba intentando liderar una política europea hacia China, no una política española"
Por eso, cuando Pedro Sánchez se acercó recientemente a China, según mi interpretación, estaba intentando liderar una política europea hacia China, no una política española. Lo que intenta es empujar a la UE en una determinada dirección. Pero, de nuevo, en estos asuntos de energía, orden global y China, España también ha ido por delante.
 

López Plana se interesa por la visión de Maçães sobre el papel de España en Europa y en el nuevo orden global. Foto: Agenda Pública / Ana Brígida.


Si solo hay dos o tres países en la Unión Europea capaces de entender lo que está ocurriendo ahora mismo, ¿qué pasa con Europa? Porque si la gran mayoría de países europeos están menos preparados para afrontar la nueva situación o el nuevo orden global, ¿qué ocurre con la capacidad de construir un papel europeo importante en el mundo?

Será difícil. Ha resultado ser mucho más difícil de lo que pensaba hace diez años. Hay distintas razones para ello.

De hecho, usted en esa época fue secretario de Estado de Asuntos Europeos, ¿no?

Sí, hace unos diez años. Ahora es más difícil de lo que pensaba. Europa resultó ser más débil de lo que creíamos, bastante dominada por el miedo en muchos casos. La presencia estadounidense resultó ser muy profunda. Las mentalidades fueron la mayor sorpresa para mí.

En retrospectiva, ahora lo entiendo mejor: la generación que está en el poder en Europa —digamos, las personas nacidas entre 1955 y 1965— es la que vivió el final de la Guerra Fría, el colapso de la Unión Soviética y la caída del Muro de Berlín. Y eso moldeó por completo su visión del mundo. En cierto modo, la generación que está en el poder en Europa sigue viviendo en 1989.

Siguen viviendo en un mundo en el que la presencia estadounidense es completamente benigna. Siguen viviendo en un mundo determinado por la Guerra Fría y por la victoria sobre la Unión Soviética. Están atrapados en ese momento y quieren repetirlo. Es casi como una compulsión freudiana a la repetición. Y ahora quieren tener una victoria de Guerra Fría sobre China, aunque China no sea la Unión Soviética. 2026 no es 1989. La historia avanza, cambia. Pero no parecen darse cuenta.

"A veces siguen en Berlín en 1989, bailando de noche cuando cayó el Muro. No pueden pasar a otros momentos de la historia"
A veces siguen en Berlín en 1989, bailando de noche cuando cayó el Muro. No pueden pasar a otros momentos de la historia. No recuerdo exactamente qué edad tiene Pedro Sánchez, pero en mi caso, por ejemplo, tengo 40, 45, 46 años. Eso ayuda, porque usted era demasiado joven para haber vivido esos momentos al final de la adolescencia o al principio de la veintena, que son los momentos que moldean una vida.

Yo también era demasiado joven y estaba demasiado lejos. No estaba en Berlín. Eso ayuda a pensar fuera de la caja, fuera de esa caja de 1989. Y ese es un gran problema, pero en cierto modo se resolverá porque muy pronto hablaremos de una generación completamente distinta, moldeada por acontecimientos muy diferentes. Pronto hablaremos de una generación más marcada por la guerra de Irak que por 1989.

Quienes tenían 20 años durante la guerra de Irak ahora tienen 40, 43, 45 años. Cuando esta generación esté en posiciones de poder, será diferente. Doy mucha importancia a la generación, más que al individuo. La generación está moldeada por el pasado, y la historia avanza cuando las generaciones son reemplazadas. Thomas Kuhn solía decir que hay revoluciones en la ciencia cuando muere la generación anterior de científicos. Y hay revoluciones en la política cuando se retira la generación anterior de políticos.

Y no quiero que mueran, sino que se retiren. Esa es una parte importante. Pero Europa ha resultado ser muy ineficaz a la hora de dar forma a este nuevo mundo, muy atrapada en el pasado y con mucho miedo al cambio.

Hablemos un momento de los partidos de derecha radical como movimientos importantes que podrían cambiar la forma en que entendemos la Unión Europea. Es importante, porque estamos viendo ahora mismo lo que ocurre en España y Francia, pero también con AfD en Alemania o con Meloni y Fratelli d'Italia.

Y aquí también, estos días. En Portugal también tenemos un partido que podría incluso ganar las elecciones en algún momento en el futuro. Lo veo como un signo de decadencia de nuestra política y de nuestra cultura política, porque cuando miro a estos partidos populistas no veo una teoría de la política. Ni siquiera pueden compararse con los partidos comunistas. Los partidos comunistas tenían una visión del mundo.

"Representan simplemente una caída desde el estilo político anterior hacia algo mucho menos racional, mucho menos organizado y mucho menos ordenado"
Estos partidos representan esencialmente una especie de colapso de la política europea. Representan fenómenos que son claramente fenómenos de deterioro y corrupción, de simplificación del discurso político; por supuesto, formas muy emocionales de política basadas en el resentimiento, la envidia y la ira. La desaparición del racionalismo de nuestra política o de la discusión racional. Un intento de culpar al de fuera.

Son fenómenos de emoción, de simplificación, de agresión. Todos ellos son fenómenos de un sistema que se está degradando, que se erosiona y que ya no funciona como debería. Esa es mi interpretación del populismo en Europa, y la derecha radical es un fenómeno enteramente negativo. Representan simplemente una caída desde el estilo político anterior hacia algo mucho menos racional, mucho menos organizado y mucho menos ordenado.
 

Maçães aborda el auge de la derecha radical y su lectura como síntoma de deterioro de la política europea. Foto: Agenda Pública / Ana Brígida.


¿Qué papel tienen los oligarcas tecnológicos en este fenómeno de los partidos de derecha radical?

Esa es otra área en la que España, de manera algo más tentativa, también está intentando liderar la discusión. Me refiero a cómo regular estas nuevas tecnologías y estas nuevas fuentes de poder tecnológico. No es una cuestión de izquierda o derecha. Es una cuestión que tanto la izquierda como la derecha tendrán que abordar.

Eso también revela sociedades que se están resquebrajando bajo presión. Muchos de estos fenómenos de los que hablamos los tratamos como si fueran visiones de futuro o, a veces, en el caso del populismo, a los populistas les gusta describir su movimiento como un retorno a la razón.

Pero yo pediría a la gente que pensara cómo vería este fenómeno si estuviera ocurriendo en otras sociedades. Sin duda, lo verían como signos de desagregación. Por ejemplo, si un líder político en América Latina o África utilizara el lenguaje del fútbol o un lenguaje muy básico de emoción e ira, probablemente sería ridiculizado y atacado en Europa. Pero cuando lo hacen europeos, tendemos a darle una capa de respetabilidad.

Lo que diría es que debemos tratar esto como lo que es: signos de decadencia, corrupción, deterioro y desorden. En cuanto al papel de los oligarcas tecnológicos, está muy claro que procede de lugares donde el orden político está desapareciendo, donde ya no se puede lograr el equilibrio entre distintos intereses, donde el poder empieza a ejercerse de forma muy directa, no a través de instituciones políticas, y donde no hay rendición de cuentas ni transparencia.

"Estamos viendo fenómenos que ya vimos en Rusia después del final de la Unión Soviética, cuando las instituciones desaparecen y se impone una especie de ley de la selva"
No hay ningún gran misterio en todo esto. Si viéramos este fenómeno en un país africano del África subsahariana, sabríamos exactamente cómo llamarlo. Diríamos que esa sociedad está al borde del colapso, que sus instituciones, sus reglas, su sentido del orden y del equilibrio están desapareciendo. Y esto es potencialmente muy peligroso porque conduce a un aumento del conflicto social, a peores resultados sociales y económicos, y puede derivar en formas de control, autoritarismo e incluso, más adelante, en totalitarismo.

Me sorprende que, cuando vemos este fenómeno en nuestra sociedad, parezcamos incapaces de llamarlo por su nombre. En todas estas áreas, eso es lo que se ve. Lo que me sorprende en la cuestión de las plataformas digitales y los oligarcas tecnológicos es que estamos viendo fenómenos que ya vimos en Rusia después del final de la Unión Soviética, cuando las instituciones desaparecen y se impone una especie de ley de la selva, donde el poder se ejerce directamente, no filtrado por el Estado y las instituciones.

Y mucho de eso está ocurriendo en nuestras sociedades. Lo evidente es que el Estado ya no puede reaccionar ante este fenómeno. Ya no tiene el poder, ni la capacidad, ni las instituciones, ni la estructura para hacerlo. Y en una segunda oleada, empeora todavía más, porque cuando la gente empieza a ver que muchas élites no respetan las normas ni los patrones de comportamiento, crece la convicción de que todo el mundo debería hacer lo mismo.

Así que el debate ahora en Estados Unidos es si se debería robar en supermercados. Hubo un debate en The New York Times sobre esto. Y las dos personas, jóvenes activistas influyentes, defendían que, si nada más funciona, se recurre a la acción directa, a la acción directa anarquista o revolucionaria. Pero no puedo presentar eso como una virtud política, y solo puede terminar muy mal.

¿Es posible hoy hacer política democrática en Estados Unidos?

No, parece casi imposible. El sistema político no responde. Se ve que el Partido Demócrata ni siquiera parece querer ganar elecciones. Se distancia de sus votantes y de las encuestas. Uno pensaría que, si en una democracia una encuesta muestra que el 90% de la ciudadanía apoya una posición, un político se movería hacia ahí. Pero el Partido Demócrata está tan controlado por un pequeño número de élites que responde a esas élites y no a los votantes.

Esto ocurre en otros países y lo reconocemos cuando lo vemos, pero no lo reconocemos allí. En Gaza, la ciudadanía tiene una determinada posición, pero los partidos no responden a ella. Y ahora la cuestión es: si la democracia no funciona, ¿deberían utilizarse medios no democráticos?

"Es posible que en el futuro haya en Estados Unidos un movimiento no democrático que intente restablecer la igualdad económica"
Es posible que en el futuro haya en Estados Unidos un movimiento no democrático que intente restablecer la igualdad económica. Por primera vez quizá en su historia, Estados Unidos se enfrenta a un movimiento de izquierda radical, pero no democrático. Tenemos intentos democráticos como Bernie Sanders y Mamdani, pero son limitados. Y quizá pronto veamos intentos no democráticos.

En cualquier caso, el verdadero peligro es que el sistema se vuelva no democrático.

¿Qué cambió en Estados Unidos para permitir que alguien como Trump llegara a la presidencia?

Trump no es el problema. Es un síntoma.

Joe Biden, al que parece apreciar la izquierda europea, fue responsable de la destrucción completa de Gaza, incluso más que Trump. Hizo la mayor parte del trabajo. Y lo hizo de una forma ofensiva y poco seria. Se burló de ello y lo despreció. Gobernó sin capacidad mental en muchos casos, y esto se ocultó.

Cientos de personas lo sabían y no lo hicieron público. Cuando se hizo público, se negó. Las personas que intentaron exponerlo fueron amenazadas. Así que esto no ocurrió bajo Trump. El problema va más allá de él. Es un sistema que ya no funciona de manera democrática ni basada en principios.

Durante la guerra en Irán, también vemos que la información procedente de Estados Unidos suele ser incompleta o manipulada. Sabemos que los daños en bases estadounidenses son mucho mayores de lo informado. Los periodistas que informan de ello se meten en problemas. No hay transparencia por parte de la Casa Blanca.

Lo ocurrido con CBS News fue impactante. Personas que llevaban trabajando allí veinticinco años están siendo despedidas sin explicación por sus posiciones sobre Israel y Palestina. No es un periódico pequeño; es una de las grandes cadenas. Y Europa muestra poca curiosidad al respecto.
 

La conversación gira hacia Estados Unidos, Trump y los límites actuales de la política democrática. Foto: Agenda Pública / Ana Brígida.


Y, por otro lado, tenemos a China, con un sistema político muy diferente. Pero, como europeos, no tenemos una posición real sobre China. Tenemos posiciones nacionales, pero no una posición europea.

Al final necesitamos una posición europea. Pero, como regla general, y también por mi experiencia en política, las posiciones europeas se desarrollan cuando los Estados empujan. A veces los Estados incluso tienen que seguir su propio camino y luego la UE los seguirá de alguna manera.

Por tanto, no puede ser que los Estados tengan que esperar a la UE. Porque la posición de la UE se forma a partir de las posiciones de los Estados. Si los Estados no quieren tener una posición y esperan a que la UE tenga una, entonces la UE nunca tendrá una.

Este es un error, por cierto, de la política europea portuguesa que siempre he percibido, incluso cuando estaba en el Gobierno: Portugal siempre espera a la posición europea. Pero no hay una posición europea. Si Portugal espera, la posición que se llamará europea será la posición configurada por aquellos países que la hayan definido. Así es simplemente como funciona.

"España lo está haciendo bien al intentar ofrecer una orientación sobre cuál debería ser la posición de la UE respecto a China"
Por eso España lo está haciendo bien al intentar ofrecer una orientación sobre cuál debería ser la posición de la UE respecto a China. Y siempre que esto se haga con diálogo, sin medidas unilaterales, acabará siendo reconocido. Porque muy pronto se necesitará una posición sobre China. Y entonces uno mira alrededor: ¿qué hay disponible?

Está la posición estadounidense y quizá hay un pequeño embrión de posición española. La posición española parecerá más atractiva porque realmente puede funcionar. La posición estadounidense es la de querer que China desaparezca, algo que nunca he entendido.

China no va a desaparecer. Está profundamente arraigada en la historia china. Algunas personas en Estados Unidos parecen creer que China se convirtió en una potencia industrial solo porque Occidente se lo permitió. Pero eso no es cierto. Está arraigado en siglos de historia y no va a desaparecer.

Por tanto, una política de confrontación creciente esperando el colapso es pura locura. En muchos aspectos, es contraproducente y acelera el desarrollo chino. Cuando privamos a China del acceso a los chips, nos aseguramos de que China los desarrolle antes. Es una política contraproducente. Y crea inestabilidad y conflicto, y podría terminar muy mal.

No excluiría un escenario en el que Estados Unidos desencadene una guerra por Taiwán y luego espere que los europeos la combatan. Ya vimos algo parecido en el caso del estrecho de Ormuz, donde Estados Unidos creó un problema y luego esperaba que los buques de guerra europeos lo resolvieran.

Así que necesitamos una nueva política hacia China. No una política prochina, sino una realista. China seguirá siendo una gran potencia económica y tecnológica. España está interesada en beneficiarse de la tecnología china. En diez o quince años, la tecnología que necesitemos quizá no sea estadounidense, sino china.

"Con la energía y una nueva política energética, y con acceso a tecnología china, España podría convertirse muy rápidamente en una potencia industrial"
Los países que establezcan esos puentes se beneficiarán mucho. Con la energía y una nueva política energética, y con acceso a tecnología china, España podría convertirse muy rápidamente en una potencia industrial. No será competitiva con el gas natural estadounidense, ni con la tecnología verde o los automóviles estadounidenses.

De nuevo, Friedrich Merz vive simplemente en los años sesenta. No es el mundo real.

Pero es un problema real, en mi opinión, que Merz y Macron parezcan lejos de entender lo que está ocurriendo ahora mismo. Francia y Alemania siempre han sido las potencias que construyen Europa. Sin ese poder común, es difícil entender que Europa pueda hacerse más fuerte.

Estas cosas están cambiando y cambiarán muy rápidamente ahora porque los acontecimientos se están acelerando. Incluso la elección de Donald Trump acelera la historia. Si hubiera ganado un demócrata, el mismo proceso estaría ocurriendo, pero más despacio.

Este divorcio entre Estados Unidos y Europa se profundiza cada semana. No es malo que las cosas se muevan más rápido. Hay que gestionar la velocidad, pero el divorcio está ocurriendo rápidamente porque la gente se está adaptando.

La política es lenta, pero cuando las cosas empiezan a moverse, aceleran. Muchas cosas que ahora parecen normales habrían sido imposibles hace un año. La declaración de ayer de Merz, según la cual Estados Unidos está siendo humillado por Irán, casi parece una ruptura psicológica. Y probablemente enfadará a Donald Trump. En su mente, algo ya ha cambiado: ya no le importa del todo la reacción de Trump.

Merz ve imprevisibilidad y presión de los votantes. Los políticos empiezan a reaccionar cuando ven cambios a su alrededor. Meloni ya ha cambiado su posición en las últimas semanas. Merz parece estar cambiando también.

Los dos únicos que no cambian son Mark Rutte y Ursula von der Leyen. Coincidentemente, no han sido elegidos. Así que no se enfrentan a incentivos electorales. Y esa presión hace falta: supervivencia, elecciones, competencia. Meloni tendrá elecciones y, si pierde, quizá sea por su alineamiento previo con Trump. Así que tiene que cambiar rápido. Merz también podría afrontar elecciones anticipadas.

Así que las cosas se están moviendo.

Sobre China, las cosas cambiarán más despacio porque en Europa la gente no conoce China. Desconfían y la ven como una caja negra. Es positivo que Pedro Sánchez vaya con regularidad. Eso ayuda a reducir el miedo y los malentendidos.

Uno empieza a ver cómo beneficiarse de las relaciones con China. Los vehículos chinos llegarán de todos modos. La cuestión es si los integramos de una forma que cree empleo y transferencia tecnológica. China hizo esto con las empresas occidentales importando fábricas, no solo productos. Entonces, ¿por qué no hacer lo mismo en Europa?
 

Maçães analiza la relación de Europa con China y la necesidad de una política europea más realista. Foto: Agenda Pública / Ana Brígida.


Permítame preguntarle por la competencia entre democracias y autocracias. ¿Es un problema para las democracias competir con autocracias por la cuestión de la velocidad?

No estoy de acuerdo. El sistema chino también se mueve despacio. Esa es una crítica que se le podría hacer.

El problema en Europa es la mentalidad. La gente tiene miedo: miedo a Rusia, miedo a Trump, miedo a China, miedo al futuro. El problema más profundo es que nuestras democracias son menos democráticas que antes. El debate está restringido. Las ideas son castigadas. Si uno propone políticas diferentes, es atacado.

Esto no ocurre porque seamos democracias, sino porque somos menos democráticos que antes. No somos demasiado democráticos. No somos lo suficientemente democráticos. Determinadas fuerzas bloquean el cambio y reprimen el debate. Eso es lo que crea parálisis.

Hablemos del papel de la centroderecha en Europa.

No soy completamente de centroderecha. En España, el PP está influido por el populismo, algo que no me gusta. Pero sí tengo ideas conservadoras. No me gusta la destrucción de las sociedades tradicionales en nombre de proyectos ideológicos.

También tengo ideas liberales: la libertad de expresión es esencial. Las divisiones izquierda-derecha son cada vez más irracionales y tribales. Necesitamos pensar en sistemas. Las sociedades son sistemas integrados. China entiende esto mejor.

La energía, por ejemplo, debe entenderse como un sistema. El apagón en España y Portugal lo demuestra.

¿Qué ocurre con el debate público europeo y con el papel de los centros de pensamiento y de los creadores de opinión como usted?

Necesitamos un panorama completamente nuevo porque el ecosistema de centros de pensamiento en Europa está completamente dominado por centros de pensamiento estadounidenses. Son los grandes, los consolidados, los que tienen dinero y redes. Esto ha sido un gran problema para Europa. Es una de las principales razones por las que no podemos pensar en autonomía estratégica, porque los centros de pensamiento son muy importantes. Tienen una enorme influencia sobre los políticos, sobre el debate y sobre los periodistas.

Y realmente no tenemos centros de pensamiento genuinamente europeos. Los que tenemos son muy pequeños. Pero todo el mundo conoce los nombres famosos de los centros de pensamiento. Están todos en Europa y están todos plenamente comprometidos, desde luego, no con la autonomía estratégica europea. En muchos casos, están plenamente comprometidos con los intereses estadounidenses.

También hay preguntas sobre cómo se financian. Muchos de ellos están completamente comprometidos con una determinada política exterior basada en el aumento del gasto en defensa. Todo esto es muy problemático. Nadie ha sido capaz de cambiarlo. Los intentos son todos muy pequeños, correctos, pero en este mundo de centros de pensamiento se necesita escala y masa.

También diría que los centros de pensamiento estadounidenses son muy distintos de lo que eran hace treinta años. Yo ya trabajaba para uno con veinte años, así que tengo edad suficiente para ver algunos cambios, y se han vuelto mucho menos tolerantes con la diferencia, mucho más políticos. Ya no piensan. No hay mucho pensamiento. Son más bien tanques de propaganda.

Por eso necesitamos otros nuevos que sean europeos y que tengan una mirada más liberal. Hace treinta años todavía era habitual que los centros de pensamiento tuvieran una determinada orientación, pero quisieran albergar voces distintas en su interior. Esa es, de hecho, la única manera de poner a prueba las ideas y mejorarlas al contrastarlas con el desacuerdo.

En mi experiencia personal, eso ha desaparecido por completo. Los centros de pensamiento estadounidenses son ahora extremadamente autoritarios en su naturaleza. Cualquiera que haga un comentario ligeramente distinto de la orientación general será expulsado lo antes posible. Y esto debería ser una gran prioridad para los medios y los centros de pensamiento en Europa. Si no, no se tendrá autonomía estratégica.

Por cierto, quizá podamos terminar con esto, pero he dicho que Macron fue una gran decepción porque llegó con buenas ideas y tenía la tradición francesa, pero luego las perdió. Y la razón fue que, en realidad, no tenía muchas condiciones para hacerlo. Todos los medios lo elogiaban. Era el favorito de los medios dijera lo que dijera. En cierta medida lo sigue siendo, pero había una cosa por la que habría sido atacado de inmediato y con violencia si hubiera discrepado: la necesidad de alineamiento permanente con Estados Unidos.

Si hubiera dicho que Europa podía tener una voz independiente de Estados Unidos, habría sido atacado por todos los grandes grupos mediáticos. Y, con el tiempo, se condicionó un poco y dejó de hacerlo cada vez más, porque ¿para qué hacerlo si solo recibes ataques? Ese es un problema. Es muy difícil para un político mantener esas posiciones.

"Quizá no se trate solo de las cualidades de Pedro Sánchez, sino de que tiene un espacio que otros no tienen"
Hay cierto misterio sobre por qué Pedro Sánchez ha sido capaz de hacerlo. Pero una de las razones puede ser que el entorno español ofrece algo más de espacio para ello. Uno no está sometido a una presión inmediata. No existen los mismos grupos organizados persiguiéndote. España tampoco depende tan inmediatamente de Estados Unidos como muchos países europeos.

Así que quizá no se trate solo de las cualidades de Pedro Sánchez, sino de que tiene un espacio que otros no tienen. Tiene que lidiar con el PP, por supuesto, pero eso es otra cosa. Puede que tenga algo más de margen para hacer esto, y se dio cuenta de que tenía una oportunidad que otros no tenían.

De acuerdo, muchas gracias.
Marc López Plana
Marc López Plana
Editor y director de 'Agenda Pública'
Participación