

"La complejidad creciente de los bienes digitales introdujo la duda sobre los productos usados en el interior de las organizaciones"Las limitaciones al uso de tecnologías extranjeras se han multiplicado en la última década a medida que crecían las tensiones geopolíticas mundiales. Entre 2018 y 2020, EE. UU. prohibió los equipos de la compañía china Huawei en las redes de la Administración y en las infraestructuras 5G y de banda ancha desplegadas con subvenciones públicas. En 2022, el Gobierno de China adoptó el Documento 79, que en su versión clasificada incluye presuntamente una política de sustitución total de la tecnología estadounidense en el seno de las empresas estatales antes de 2027. También las aduanas chinas están dilatando actualmente los permisos de importación de la tecnología de IA de Nvidia y AMD autorizada por Washington.
"El ensayo de los requisitos para limitar el uso de Palantir en algunos Estados miembros permite extraer lecciones para construir un marco defensivo de la soberanía tecnológica"Tres factores han convertido la contratación de Palantir en el sector público e infraestructuras críticas en un elemento de controversia política en Europa. En primer lugar, su imbricación con el aparato de seguridad estadounidense, tanto presente —diversos proyectos con ICE y el Pentágono— como pasada —su origen está en el brazo de capital riesgo de la CIA—. En segundo lugar, el perfil ideológico de la compañía, comenzando por su presidente Peter Thiel —que apoya a Trump desde las elecciones de 2016— y continuando con la presencia de antiguos ejecutivos de la compañía en la Casa Blanca. En tercer lugar, el argumento estructural de soberanía sobre los datos críticos que maneja y su sometimiento a la legislación extraterritorial de EE. UU.
"El veto a la tecnología extranjera es solo la mitad de la ecuación de la soberanía digital"En definitiva, el veto a la tecnología extranjera es solo la mitad de la ecuación de la soberanía digital. Si en el caso de Huawei Europa pudo mitigar el riesgo apoyándose en campeones tecnológicos propios como Ericsson y Nokia, el desafío con Palantir expone una vulnerabilidad estructural mucho mayor. El ecosistema europeo de inteligencia artificial y análisis masivo de datos carece de alternativas consolidadas capaces de sustituir de inmediato el rendimiento de las plataformas estadounidenses en infraestructuras críticas. Excluir a contratistas extranjeros por motivos de seguridad nacional es una herramienta defensiva legítima y necesaria, pero debería hacerse de un modo armonizado y con una apuesta industrial decidida por desarrollar soluciones autóctonas de primer nivel. De lo contrario, la Unión Europea se enfrenta a un dilema complejo: proteger sus datos a costa de su propia parálisis tecnológica.
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