Este segundo análisis, antecedido por
un artículo sobre el momento actual de la economía china, se divide en tres partes. Primero, realiza
una rápida panorámica del escenario político, orientada a valorar si el marco institucional juega o no a favor de la resolución de sus problemas económicos. Tras ello, y a la vista del impacto de China en la economía global, se presentan algunas ideas para elaborar
una respuesta por parte de la Unión Europea. Por último, se presentan las conclusiones globales de este texto.
Consideraciones político-institucionales y su impacto sobre la reorientación de la política económica
El régimen comunista chino ha logrado, después de décadas sin un horizonte claro en materia de política económica tras la fundación de la República Popular de China, estabilizar el país y conducirlo con mano de hierro hacia el mercado y la apertura económica, manteniendo, en todo caso,
el control de las instituciones, de las empresas y de la sociedad por parte del Partido Comunista. El éxito en esta misión durante las últimas cuatro décadas es incuestionable, pero
los rendimientos decrecientes, cuando no negativos, son ya palpables.
Con todo,
el grado de supervisión y control del Partido Comunista sobre el país ha ido aumentando, especialmente tras la eliminación de la limitación de los mandatos presidenciales, que ha permitido prolongar la dirección de Xi Jinping. No detallaré aquí los problemas sobre la actividad económica de los sistemas políticos autocráticos,
pero los pesos y contrapesos y el reparto de poder, aun en modelos no democráticos, pueden aminorar los inconvenientes de la concentración de poder en muy pocas manos.
"El régimen comunista chino ha logrado estabilizar el país y conducirlo con mano de hierro hacia el mercado y la apertura económica, manteniendo, en todo caso, el control de las instituciones"
De algún modo, el periodo abierto por Deng Xiaoping, incluso en el ámbito político,
con una cierta ampliación del terreno de juego para la toma de decisiones aún en el seno exclusivo del Partido Comunista, y una mayor institucionalización del ejercicio del poder, permitió reconstruir lo que podríamos denominar como un
Estado de pseudoderecho con características chinas, que acabó de cristalizar con las presidencias de Jiang Zemin y Hu Jintao, imponiendo además una rotación de los liderazgos y limitando los mandatos presidenciales a dos
legislaturas.
Sin embargo,
la ruptura de estas rotaciones con el tercer mandato presidencial de Xi Jinping abre, de nuevo, incertidumbres sobre el marco institucional del país, que parece fortalecer los sesgos más autoritarios de ese
Estado de pseudoderecho con características chinas construido a caballo entre finales del siglo XX e inicios del siglo XXI.
En el ámbito exclusivamente económico, a partir de 2020,
el Gobierno chino inició una campaña para redoblar su control en el ámbito empresarial del país. El Partido Comunista aumentó extraordinariamente su actividad en el seno de las compañías chinas e incluso en empresas multinacionales, y se iniciaron distintos procesos judiciales o extrajudiciales contra líderes empresariales que en algún momento mostraron discrepancias con la orientación de la política económica del país. Quizá el caso más conocido en Occidente fue
la desaparición de Jack Ma, fundador de Alibaba, en 2020, quien estuvo en paradero desconocido durante tres años, lo que supuso también la paralización de la salida a bolsa de su conglomerado empresarial Ant Group. Operaciones similares se desplegaron sobre otras compañías tecnológicas, como Tencent o Didi Global, destinadas a reforzar el control del Partido sobre sus actividades.
En el mismo sentido,
las empresas públicas (state-owned enterprises, SOE) recuperaron protagonismo en el tejido industrial del país, ganando espacios de influencia en energía, banca, telecomunicaciones, industria pesada y otras áreas. Asimismo, empresarios como Bao Fan, fundador de China Renaissance, desaparecieron de la escena pública en 2023; Ren Zhiqiang, al frente de una compañía inmobiliaria pública y conocido como defensor de la libertad de expresión,
fue condenado a dieciocho años de prisión en 2020, y Xiao Jianhua desapareció en un hotel en Hong Kong en 2017 hasta que en 2022 se tuvieron noticias de él ya en China continental, en el marco de un proceso judicial por corrupción con resultado de una condena de prisión de trece años. Estas operaciones han sido defendidas por el Gobierno como procesos anticorrupción, aunque
resulta difícil deslindar posibles casos de corrupción de persecuciones estrictamente políticas.
"El Partido Comunista aumentó extraordinariamente su actividad en el seno de las compañías chinas y se iniciaron distintos procesos judiciales o extrajudiciales contra líderes empresariales"
En este sentido,
las supuestas campañas anticorrupción también han removido los cimientos del poder del Partido Comunista por obra de Xi Jinping. En 2014, Zhou Yongkang, miembro del Comité Permanente del Politburó, el máximo órgano ejecutivo del país, conformado por tan solo siete miembros, fue acusado de corrupción y condenado a cadena perpetua, después de haber estado al frente de la seguridad del Estado. Bo Xilai, quien parecía que podría haber competido frente a Xi por el liderazgo del país, fue condenado también a cadena perpetua en 2013 por similares acusaciones de corrupción.
Con ambas purgas,
Xi Jinping consolidó su poder al inicio de su primer mandato. Más adelante, en 2017, Sun Zhengcai, quien se perfilaba como posible sucesor, también acabó en la cárcel con una sentencia de cadena perpetua por corrupción. Un año antes, Ling Jihua, estrecho colaborador de Hu Jintao, también ingresó en la cárcel con otra sentencia de cadena perpetua e idénticas acusaciones,
deshilando las confianzas de la anterior presidencia del Estado.
Asimismo, entre 2014 y 2016, Xu Caihou y Guo Boxiong, miembros ambos de la Comisión Militar Central, fueron acusados de corrupción. Su salida del mayor órgano de dirección del ejército permitió
expandir el control de Xi Jinping sobre las fuerzas armadas. Más recientemente, Qin Gang, ministro de Asuntos Exteriores, desapareció en 2023, sin noticias de él desde entonces, y en 2024 Li Shangfu, ministro de Defensa, fue destituido, expulsado del Partido Comunista y acusado de corrupción.
Toda esta lista resumida de
acusaciones y purgas políticas, empresariales y militares, conocidas en Occidente, hace presumir que este tipo de actuaciones pueden estar siendo replicadas en otros niveles de la Administración y del poder territorial del país.
"Qin Gang, ministro de Asuntos Exteriores, desapareció en 2023, sin noticias de él desde entonces, y en 2024 Li Shangfu, ministro de Defensa, fue destituido y acusado de corrupción"
Desde Europa es imposible entrever si las acusaciones de corrupción son solo una excusa instrumental para la eliminación de objetivos o si hay algo cierto tras esas desapariciones o sentencias judiciales bajo una inconcebible y exquisita disposición de los tribunales chinos. Probablemente, ambas cosas sean ciertas en la medida en que la corrupción es el resultado natural de un entorno sin libertad de prensa y sin independencia de poderes, pero
la concreción de tales casos solo sobre competidores de Xi Jinping u obstáculos a la ampliación de su espacio de poder apunta a una única dirección: la acentuación autocrática del régimen.
Asimismo, y aprovechando los nuevos desarrollos de las tecnologías digitales y de la inteligencia artificial,
el aumento del control del Partido Comunista no se centra ya solo en la purga de posibles rivales o críticos políticos, militares o empresariales, sino que ha desembocado en prácticas de supervisión masiva de los ciudadanos. Los controles a través de internet, los sistemas de crédito social en los entornos digitales, el desarrollo de programas de identificación facial, los programas de inteligencia artificial para la predicción de delitos o las nuevas leyes de uniformidad racial y social apuntan a
un Estado cada vez más omnímodo.
Se percibe, pues,
una vuelta atrás en la institucionalización del poder en China. El poder parece centralizarse de manera absoluta en el presidente. El
Estado de pseudoderecho con características chinas construido tras la muerte de Mao Zedong se está desvaneciendo, dando lugar a
un cierto retorno del poder imperial.
Esta reflexión política más general viene al hilo del debate sobre la verosimilitud de la implantación de los actuales planes de política económica para fortalecer el consumo, equilibrar la cuenta corriente, desarrollar un tejido más denso de políticas sociales y mantener la apuesta por las políticas industriales de las pasadas décadas. Como decía, para cumplir tales objetivos,
el Gobierno debe aumentar el gasto público, lo que resulta complicado si se mantienen las apuestas presupuestarias de la política industrial dirigista, que a su vez anuncian renovados problemas de
involución en otros sectores de la economía. Además, el desarrollo de reformas institucionales destinadas al fortalecimiento y ampliación de los sistemas de aseguramiento social para reducir también la tasa de ahorro no parece contar con un respaldo ideológico o cultural en el seno del Gobierno. Y, finalmente,
la liberalización de los flujos financieros y la facilitación de la llegada de inversión extranjera directa tampoco están en la agenda actual y parecen aún más difíciles bajo este marco político de refuerzo autocrático del régimen.
"El desarrollo de reformas destinadas al fortalecimiento y ampliación de los sistemas de aseguramiento social no parece contar con un respaldo ideológico o cultural en el seno del Gobierno"
Pues bien, ese marco de objetivos y medios, en un entorno social y político marcado por un autoritarismo creciente, resulta aún más improbable. Así pues, y con independencia de otros efectos de esa deriva institucional y política del país en los que no me detendré más,
es evidente que tal vuelta atrás es incompatible con el mayor espacio para la responsabilidad individual y la libertad, al menos en el ámbito económico y empresarial, que los objetivos anunciados por el Gobierno necesitan.
La comitiva del Parlamento Europeo, con Jonás Fernández, que visitó China el pasado mes de mayo. Foto: Parlamento Europeo
¿Qué debe hacer Europa?
La emergencia de China en el ámbito político y económico internacional, el repliegue y los comportamientos impredecibles de la Administración Trump en Estados Unidos y la guerra de agresión de Vladimir Putin en Ucrania están forzando
una revisión del papel de la Unión Europea en el mundo y también de sus políticas internas.
En el ámbito estrictamente económico, los impactos de la COVID-19 en el periodo 2020-2022 y de la guerra inmediatamente posterior consolidaron
un nuevo consenso sobre las relaciones comerciales y la globalización. La posición maximalista a favor del libre comercio de las instituciones comunitarias se suavizó ante los problemas de aprovisionamiento durante los meses más difíciles de la pandemia, que obligaron a una ralentización de la movilidad y la interacción social. A su vez, según se recuperaba la actividad en Europa, las dislocaciones de los flujos de comercio impactaron también sobre la inflación, y la escasez de productos básicos, especialmente sanitarios, condujo a
una reflexión sobre la necesidad de recuperar parte de la producción local de algunos bienes externalizados en virtud de la eficiencia económica.
"Según se recuperaba la actividad en Europa, las dislocaciones de los flujos de comercio impactaron también sobre la inflación, y la escasez de productos básicos"
En el mismo sentido, el inicio de la guerra en Ucrania y las sanciones correspondientes sobre Rusia mostraron también
las dependencias de la economía europea de terceros países, en este caso de Ucrania, paralizada por la guerra, y de Rusia, en este caso, por las sanciones. Asimismo, las políticas medioambientales especialmente intensas en el mandato 2019-2024 aconsejaban nuevas medidas de seguridad frente a importaciones que no internalizaban los costes ambientales que la normativa comunitaria comenzaba a cargar sobre empresas y hogares. De este modo, Europa matizaba su defensa del libre comercio, anunciando nuevas políticas industriales que redujeran las dependencias excesivas y contribuyeran a que
la transición verde pudiera disponer de salvaguardas que mitigaran los riesgos de localización.
Esta reorientación de la política industrial y comercial está muy presente en el informe Draghi, que la Comisión solicitó a finales de la pasada legislatura y cuya presentación, en septiembre de 2024, anunciaba
una nueva agenda de política económica. A todo esto, el impacto de las políticas arancelarias de Estados Unidos obligó a pasar de la reflexión a la toma de decisiones concretas, mientras el creciente déficit comercial con China ha alcanzado cifras estratosféricas —más de 300.000 millones de euros en 2025—, con efecto positivo sobre los precios de muchos insumos, pero
amenazando la vitalidad industrial del continente, justo en un momento en el que las autoridades europeas deseaban impulsar políticas industriales que elevaran el grado de seguridad del suministro tras los impactos negativos derivados de la COVID-19 y la guerra en Ucrania.
Europa, pues, debe encontrar
su propio camino y articular un espacio de diálogo con China. En este sentido, y siguiendo la descripción previa de los retos de la economía china, podemos reelaborar algunas recomendaciones de política económica, sin pretender ser exhaustivos.
"El impacto de las políticas arancelarias de EE. UU. obligó a pasar de la reflexión a la toma de decisiones concretas, mientras el creciente déficit comercial con China ha alcanzado cifras estratosféricas"
En primer lugar, las autoridades chinas aciertan en diferenciar supuestos problemas de exceso de capacidad de los producidos por la
involución de su política industrial, aunque se equivocan en la identificación de las causas, lo que abre interrogantes sobre su corrección futura.
Esta diferenciación debería permitir diseñar una política comercial que permita el funcionamiento de las ventajas competitivas de cada una de las jurisdicciones, mientras se protege de los efectos nocivos de la
involución china. Desde una posición extremadamente librecambista podría defenderse que cualquier salvaguardia comercial reduciría el bienestar del consumidor elevando los precios de las importaciones. Ahora bien, las exportaciones chinas procedentes de sectores en los que las empresas
no logran rentabilizar la capacidad instalada suponen una ventaja de doble filo para el consumidor europeo y una amenaza cierta para el desarrollo de la producción local, por no hablar de los problemas de estabilidad social y política en regiones concretas.
En todo caso, Europa no debería tampoco adoptar
una política comercial proteccionista ante cualquier saldo comercial negativo en cada una de las rúbricas comerciales. Ciertamente, la información sobre la situación sectorial de la economía china resulta difícil de obtener en un país informativamente opaco. De este modo, amenazas comerciales universales podrían ser útiles solo en la medida en
que permitan aflorar información que delimite quirúrgicamente el grado proteccionista de la política comercial europea.
Esta manera de afrontar la revisión de nuestra relación comercial con China ayudaría también a
alinear intereses en el seno de la Unión. En estos momentos, hay sectores empresariales en los que las cadenas de valor están totalmente entrelazadas con compañías que operan aquí y allí en distintas fases de producción.
En este sentido, estamos asistiendo a unos debates y a unas posiciones públicas entre los Estados miembros en virtud de su interrelación con la economía china, que lleva a unos gobiernos a defender políticas comerciales agresivas y a otros a posiciones más livianas, dependiendo de los intereses locales, y abriendo, en ocasiones, excepciones
ad hoc.
Ese marco de debate solo puede llevar a una política comercial que cree más problemas que soluciones.
Por ello, considero necesaria una reordenación del debate en Europa,
que no acuse a China de dumping por cada uno de los déficits comerciales sectoriales, sino que centre la discusión en las externalidades negativas de las políticas industriales agresivas chinas que están detrás de su problema de
involución, que no parece, como explicaba previamente, que vaya a corregirse eficientemente bajo su nuevo plan quinquenal. Y ahí, sí, adoptar políticas de protección que minimicen
los riesgos de una potencial desestabilización de la economía china.
"Considero necesaria una reordenación del debate en Europa que centre la discusión en las externalidades negativas de las políticas industriales agresivas chinas"
Por otra parte, Europa disfruta de
un superávit, aunque más bien reducido, en la cuenta de servicios. Y aquí hay una ventaja competitiva clara de las compañías europeas. En este sentido, sería oportuno trasladar a las autoridades chinas los problemas identificados para la reorientación de su política económica, al menos los notables inconvenientes que encontrarán para cumplir los objetivos que dicen perseguir con el nuevo plan quinquenal. Así pues, hay un espacio de cooperación amplia que permite
una apertura de los mercados de servicios y que retroalimente un proceso de beneficio mutuo de los flujos comerciales entre ambas jurisdicciones.
En otro orden de cosas,
Europa necesita también adoptar una posición sobre los flujos financieros y de capital respecto de China. Más allá de las consideraciones económicas, la involución autoritaria del régimen chino abre interrogantes sobre las dependencias derivadas de la inversión directa. Resulta apropiado, pues, adoptar una posición prudente que mitigue los riesgos de dependencias políticas elevadas respecto de un país cuyas instituciones políticas funcionan con lógicas bien distintas a las de las sociedades pluralistas y que pueden
comprometer el margen de acción de la propia Unión en situaciones de estrés geopolítico.
Por último, en este ámbito, y ante el grado de entropía que la Administración Trump ha introducido en los flujos de comercio internacional,
la Unión Europea hace bien en apostar por nuevos acuerdos comerciales que reduzcan nuestras dependencias también respecto de la economía estadounidense y abran nuevos mercados para nuestras empresas,
huyendo de apriorismos proteccionistas, internalizando en todo caso los costes de nuestras políticas ambientales sobre las importaciones dirigidas a proteger un bien público global, como es nuestra atmósfera compartida, pero evitando
campañas arancelarias de empobrecimiento compartido.
En cuanto a la renovada política industrial,
Europa no puede considerar las estrategias industriales chinas como un ejemplo a seguir. Europa haría bien en tener presente los problemas de tales políticas dirigistas que están explotando ya en la economía china bajo ese título de
involución y que marcaron la década de los setenta y ochenta de nuestro continente.
"La Unión Europea hace bien en apostar por nuevos acuerdos comerciales que reduzcan nuestras dependencias también respecto de la economía estadounidense"
De este modo, Europa debería mantener una aproximación horizontal de la política industrial que aborde
los verdaderos cuellos de botella en los que vive estrangulada nuestra economía. Los
aranceles en la sombra identificados por el FMI en nuestro mercado único, estimados en un 42% en el comercio de bienes y un 100% en el caso de los servicios, que el BCE recalibró recientemente en un 60% para bienes y un 110% para servicios, suponen el auténtico obstáculo para elevar nuestro crecimiento potencial y viabilizar un futuro sostenible para nuestra industria. No habrá mejor estrategia de crecimiento que eliminar tales barreras internas al comercio intracomunitario, apostando también por
las interconexiones energéticas que permitan explotar los menores costes de las energías limpias de nuestra transición verde.
En idéntico sentido, resulta vital
la mejora de las interconexiones digitales y de telecomunicaciones, y la explotación de un mercado único con un marco regulatorio común para el despliegue de la inteligencia artificial, frente a
la fragmentación normativa de otras jurisdicciones.
Esta revisión del mercado único debe llevar aparejada también la europeización de buena parte del marco de aseguramiento social que los países europeos han construido
a través de sus Estados del bienestar, que deben adaptarse a una mayor movilidad geográfica del trabajo.
Más allá de estas políticas horizontales, en algunos casos serán apropiadas también políticas verticales donde esté en juego la seguridad y estabilidad de nuestras sociedades. Sin duda, en ámbitos como la defensa, el espacio, la propia transición verde y alguna otra área, Europa debe acelerar sus políticas dirigidas a
fortalecer nuestra autonomía estratégica, pero debe ser consciente de que todos los grupos de presión de cualquier sector querrán definirse como estratégicos para recibir una protección pública a expensas del bienestar general. Hay que ser prudentes y recordar
los problemas de involución de la economía china.
"La revisión del mercado único debe llevar aparejada también la europeización de buena parte del marco de aseguramiento social que los países europeos han construido"
Por otra parte,
toda política industrial necesita recursos públicos cuyos fines compiten con otras políticas cuyo efecto sobre el crecimiento puede ser muy superior. En este sentido, el presupuesto comunitario es extremadamente débil para tales aventuras y el coste de distraer recursos de las políticas de cohesión, educación u otras políticas tendrá un efecto muy negativo sobre auténticos bienes públicos europeos. Por el contrario, apenas impactará en el impulso de políticas industriales, que, si son universales, necesitarán del concurso de los presupuestos nacionales y una revisión profunda de las normas que regulan las ayudas de Estado, lo que acabará minando
el verdadero activo de nuestra autonomía estratégica: el mercado único, que es lo que debemos potenciar.
Asimismo, políticas industriales dirigidas a la creación de
campeones europeos que exijan revisar de nuevo las políticas de competencia
destruirán valor para la economía europea, elevando el poder de mercado de los oligopolios locales y sectoriales. La única vía para la emergencia de empresas que compitan más eficientemente en los mercados globales pasa también por
el derribo de las barreras nacionales que fragmentan el mercado y, por ende, reducen el tamaño eficiente de las empresas.
Europa no debe profundizar en la suavización de las ayudas de Estado ni favorecer artificialmente fusiones empresariales en mercados nacionales.
Fortalezcamos el mercado único como camino exclusivo para facilitar el crecimiento de nuestras empresas y mejorar la rentabilidad de nuestro sector industrial, sin sesgos nacionales que conduzcan a relocalizaciones intracomunitarias, consecuencia de la mayor capacidad fiscal de uno u otro país. No nos dejemos deslumbrar por el crecimiento de las compañías chinas que, bajo una política industrial dirigista, acabarán por paralizar la economía china,
como ocurrió en Europa no hace tanto.
El coordinador del S&D en el comité de Asuntos Económicos del Parlamento Europeo en Pekín. Foto: Parlamento Europeo
Algunas conclusiones
La emergencia de China ha abierto
un nuevo marco global de relaciones internacionales con afectación política, pero obviamente también económica. A esto se suman la entropía de la Administración de Estados Unidos y la agresividad creciente de Rusia, junto a la inestabilidad en Oriente Medio, los retos derivados de los flujos migratorios, los desafíos de los avances tecnológicos sobre la naturaleza de la sociedad humana y los problemas profundos del cambio climático.
El mundo está en un proceso de intenso cambio que exige una respuesta por parte de la Unión.
"No nos dejemos deslumbrar por el crecimiento de las compañías chinas que, bajo una política industrial dirigista, acabarán por paralizar la economía china"
En relación con los interrogantes que está generando el encaje de China en la esfera global, objetivo de este texto, Europa debe tener muy presente, en primer lugar,
la naturaleza autocrática de la Administración de Xi Jinping, que no ha dejado de intensificarse en los últimos años. Ciertamente, y ante el comportamiento imprudente de Estados Unidos, China está aportando un grado de estabilidad que debe ser bienvenido. Ahora bien, la expansión de su influencia no está exenta de
riesgos y condicionantes geopolíticos que van más allá de sus fronteras, aun cuando, hasta el presente, China está ejerciendo un papel moderador y estabilizador en muchos ámbitos que deben ser reconocidos.
Por ello, la Unión Europea debe encontrar un espacio de diálogo y deliberación con las autoridades chinas en algunos ámbitos que afecten a bienes públicos globales.
En este sentido, la lucha contra el cambio climático, la búsqueda de unos marcos compartidos para el desarrollo de las nuevas tecnologías vinculadas a la inteligencia artificial o la biotecnología, donde es imprescindible establecer marcos éticos universales, así como la exploración espacial o el principio de libre navegación,
son algunas áreas donde debe desarrollarse una conversación sincera, toda vez que en Estados Unidos
no hay actualmente interlocutor alguno en la Casa Blanca.
"La Unión Europea debe encontrar un espacio de diálogo y deliberación con las autoridades chinas en algunos ámbitos que afecten a bienes públicos globales"
Asimismo, las instituciones multilaterales globales creadas tras la Segunda Guerra Mundial deben acomodarse a la presencia de China, a riesgo de que desaparezcan a manos de otro orden global diametralmente opuesto que parece estar gestándose, donde las normas sean sustituidas por otras en las que no nos reconozcamos o directamente por el uso de la fuerza. De momento, China insiste en la necesidad de disponer de
un mundo basado en reglas, aunque haya que adaptarlas, pero su revisión nos dejará un marco global sustancialmente mejor que la selva que Trump, Putin o Netanyahu están liderando.
Dicho esto, y volviendo a la naturaleza autocrática creciente de China, tal misión no resultará sencilla, pero a Europa no le queda otra opción.
En materia económica,
la presencia de China en los mercados globales ofrece oportunidades y riesgos. La entrada de una economía con más de mil millones de personas en el mercado global solo puede ser bienvenida. Sin embargo, las políticas industriales están trastocando el comercio internacional fuera de la lógica de mercado.
Tales políticas podrían ser un inconveniente menor para los desequilibrios globales, pero el tamaño de China es lo suficientemente relevante como para que tales desequilibrios nos conduzcan a problemas muy severos.
Como he expuesto previamente, el problema de la
involución, siguiendo la terminología de las autoridades chinas,
no es algo que los europeos desconozcamos. Las reconversiones industriales de la década de los ochenta en nuestro continente son un buen ejemplo del resultado de políticas verticales indiscriminadas, y
la economía china ha comenzado a sufrir exactamente los mismos problemas.
Es más, la existencia de ese nuevo vocablo en el diccionario chino, involución, para diferenciar la realidad de sectores orientados a la exportación con exceso de capacidad sobre la demanda local de la comercialización de otros bienes a precios por debajo de coste, en los que la capacidad duplica a la demanda mundial, enfrentando, pues, procesos de reconversión inaplazables con afectación directa a la estabilidad financiera y fiscal, nos indica que
tal problema está ya muy presente entre las autoridades y empresarios chinos.
Ahora bien,
la reorientación necesaria para abordar este grave problema no se halla en el diseño del nuevo 15.º Plan Quinquenal, donde las medidas para corregir esta evolución no resultan creíbles y las propuestas que pueden agravar las causas del mal se multiplican. Además, hay que tener presente la creciente asertividad de las autoridades chinas que, al menos en el ámbito económico, no anticipa mejoras en el tratamiento de las patologías de su economía, cuyo abordaje necesita
una sociedad más pluralista, más espacio de innovación empresarial y un marco financiero más abierto.
Ante todo ello, Europa debe permitir
el comercio ordinario justificado por las ventajas competitivas, sin imponer medidas proteccionistas universales. Y, por otra parte, identificar los bienes cuya producción china esté sufriendo esa
involución para protegerse de los futuros impactos que desestabilizarán los flujos comerciales internacionales,
más allá de los problemas que está causando ya sobre la economía china. En relación con la inversión extranjera directa,
Europa debe mantener su autonomía política, que podría verse comprometida por dependencias de su tejido industrial local en manos de empresas sujetas a una extraordinaria influencia política de las autoridades chinas, fuera de cualquier lógica de mercado.
"Hay que tener presente la creciente asertividad de las autoridades chinas que, al menos en el ámbito económico, no anticipa mejoras en el tratamiento de las patologías de su economía"
Asimismo, no debiéramos replicar las políticas industriales chinas, a pesar de la espectacularidad con la que se presentan en ocasiones en el debate público.
Nuestra propia experiencia y los problemas con los que ya se están encontrando en China deberían servir de alarma para evitar aventuras propias. Además, el marco institucional europeo puede contribuir a generar dificultades mayores. Decisiones verticales en Bruselas financiadas a cargo de presupuestos nacionales, flexibilizando la regulación de ayudas de Estado y revisando las normas de competencia, sin la consolidación pendiente del mercado único, acabarán quebrando
el verdadero activo de la autonomía estratégica que queremos alcanzar: el mercado único. Así pues, removamos los obstáculos nacionales a la consolidación del mercado y decidamos quirúrgicamente los sectores sobre los que desarrollar políticas verticales, como el espacio, la seguridad o la transición climática, y financiemos el esfuerzo solidariamente,
sin distraer recursos de políticas horizontales imprescindibles para una política industrial exitosa: educación, investigación, innovación, infraestructuras o interconexiones.
Esta es la segunda parte de un análisis completo sobre la economía china. La primera entrega está disponible aquí.