Maroš Šefčovič, comisario de Comercio y Seguridad Económica, visita esta semana Pekín, donde se reúne con su homólogo chino, Wang Wentao.
No es un encuentro cualquiera. Cuando la Comisión Europea y el Gobierno chino acordaron iniciar negociaciones serias a nivel técnico antes de verano, el comisario eslovaco puso en este encuentro de octubre
la fecha límite para lograr progresos tangibles. Ursula von der Leyen, presidenta del Ejecutivo comunitario, volvió a insistir en ello a mitad de septiembre,
durante el discurso sobre el estado de la Unión (SOTEU), celebrado en Estrasburgo.
Nadie quiere una guerra comercial con China. Ni siquiera en los despachos habitados por los escasos
halcones chinos que hay en la capital comunitaria y que llevan desde hace años alertando del impacto que el auténtico tsunami de exportaciones chinas podía provocar en la industria europea. La sensación, sin embargo, es que Šefčovič y su equipo han entrado en un callejón sin salida, que seguir como hasta ahora ya no es una opción, y que
la Comisión Europea y los Estados miembros pueden tener delante de ellos una difícil elección entre perder toda la credibilidad en una negociación o arriesgarse a una guerra comercial muy dura.
"La sensación es que Šefčovič y su equipo han entrado en un callejón sin salida, que seguir como hasta ahora ya no es una opción"
Pero la situación se ha vuelto urgente.
La industria europea se juega su futuro en un momento crítico en el que la nueva oleada de exportaciones chinas se concentra exactamente en sectores clave para Europa: la maquinaria, la industria química y, sobre todo, el automóvil, el más visible. Las proyecciones que manejan en las grandes capitales europeas apuntan a
una rápida desindustrialización de Europa, con todas las ramificaciones económicas, sociales y políticas que ello tendría. La Unión está bajo asedio comercial. Poco a poco, Berlín y París, los jugadores clave en la Unión Europea, han ido despertando ante el riesgo del
shock China 2.0 y han ido cambiando de posición, mostrándose más dispuestos a tomar medidas.
Si Šefčovič no vuelve de Pekín con los resultados tangibles que exigió, o estos no muestran que China esté realmente dispuesta a cambiar la dinámica actual,
las capitales europeas se enfrentan a un dilema. Pueden fingir que nunca existió una fecha límite en octubre y considerar que la Comisión Europea debe seguir negociando.
Eso sería reincidir en la parálisis que explica que se haya llegado al punto actual de no retorno. Tienen la opción intermedia de dar a Bruselas algo más de tiempo, mientras exigen que
el Ejecutivo comunitario presente nuevas herramientas de defensa comercial, de las que la Comisión ya habló antes de verano, que podrían incluir cuotas y otro tipo de medidas. Los gobiernos de Francia y Alemania están planteando también nuevas ideas en este ámbito de defensa comercial.
"La Unión está bajo asedio comercial. Poco a poco, Berlín y París, los jugadores clave en la Unión Europea, han ido despertando ante el riesgo del 'shock China 2.0'"
China no ha dado hasta ahora señales de querer hacer concesiones serias. El problema que lleva a China a estas prácticas comerciales es multifactorial, y en Bruselas ni siquiera tienen claro que Pekín pueda resolver
el problema real de fondo, que va desde la moneda hasta la débil demanda interna, pasando, obviamente, por los subsidios. Por su parte,
el Gobierno chino está respondiendo de forma muy hostil a cualquier debate sobre el desarrollo de herramientas de defensa comercial, para disuadir a los Estados miembros ante cualquier tentación de cerrar su mercado.
La última opción es un
ya basta, con medidas duras de inmediato. El principal
problema de la Unión en su desequilibrada relación comercial con Pekín tiene que ver con dos cuestiones que están completamente relacionadas:
falta de voluntad y falta de credibilidad; la segunda se deriva de la primera. La UE tiene herramientas más que suficientes para presionar a China de forma efectiva y defenderse de las prácticas comerciales del gigante asiático.
Su mercado interior es su principal instrumento. Con un país que necesita desesperadamente exportar y para el que el mercado europeo es todavía fundamental, la UE solamente tiene que encontrar la unidad suficiente para usar esa palanca.
La visión española
Las negociaciones se lanzaron antes de verano, tras un Consejo Europeo en el que
los Veintisiete ya no pudieron seguir esquivando una de las principales crisis a las que se enfrenta la economía del club. El Gobierno español, uno de los más cercanos a Pekín dentro del bloque, defendió durante la reunión la necesidad de establecer un diálogo estructurado con el gigante asiático para evitar un conflicto comercial. Fuentes gubernamentales celebraron que la Comisión Europea adoptara esa visión con el diálogo entre Šefčovič y Wang, pero se mostraban menos seguras a la hora de responder a una cuestión incómoda:
¿qué ocurre si esa negociación no da frutos? ¿Cuándo se deja de hablar del tema y se pasa a tomar medidas de protección comercial? Porque esa es la sensación que tienen muchos dentro de la Comisión Europea: que China siempre muestra voluntad de hablar y de discutir, sin llegar
"La UE tiene herramientas más que suficientes para presionar a China de forma efectiva y defenderse de las prácticas comerciales del gigante asiático"
España, un destino importante de la
creciente inversión china en Europa,
no tiene demasiado apetito por que la situación cambie en exceso. La visión de fuentes del Ministerio de Industria es que, aunque las inversiones de Pekín deban estar sujetas a claras condiciones, estas son mayoritariamente muy positivas y
ayudan a mantener actividades industriales en lugares que las estaban perdiendo. Lo defienden en Madrid y también en Bruselas, en un entorno cada vez más hostil a China. Mientras el Gobierno español ve opciones de crear empleos y atraer inversiones, otros socios están en el lado perdedor:
son sus empresas las que pierden el liderazgo, la ventaja tecnológica y la posición global a manos de sus competidoras chinas. También en el mercado europeo.