El Foro La Toja había elegido para su edición de 2026 un lema deliberadamente internacional: "Un mundo en desorden". Pedro Sánchez decidió tomárselo literalmente. Alberto Núñez Feijóo, en cambio, comenzó prácticamente explicando por qué no pensaba hacerlo. "Con el panorama doméstico que tenemos, quizás antes de ordenar el mundo convendría echar un vistazo en casa", dijo el líder del Partido Popular.
Esa diferencia contiene una parte importante de la distancia política entre los dos principales dirigentes españoles. Y, sobre todo,
dos interpretaciones radicalmente distintas del momento que atraviesa España.
Las dos intervenciones perseguían objetivos diferentes.
Sánchez trató de insertar la política española dentro de las grandes transformaciones internacionales. Feijóo quiso sacar al Gobierno de ese escenario y obligarlo a responder por su gestión doméstica. Al presidente le interesa un campo de juego amplio: Ucrania, Gaza, Ceuta, China, cambio climático, inteligencia artificial, energía, desigualdad o vivienda pueden presentarse como manifestaciones de un mismo problema, el que aparece cuando desaparecen las reglas y el poder queda en manos del más fuerte. El líder del PP llevó la discusión a otro terreno.
Presupuestos, decretos leyes, deuda, inflación, vivienda, jueces y calidad institucional sustentan su argumento de que, antes de pretender gobernar el desorden mundial, España debe resolver el suyo. La Toja asistió así a una disputa por determinar cuál debe ser la pregunta política de los próximos meses.
"La Toja asistió a una disputa por determinar cuál debe ser la pregunta política de los próximos meses"
El hilo de la intervención de Sánchez fue una idea que explica bastante bien la evolución de su discurso político:
la izquierda también debe hablar de orden. Pero debe hacerlo apropiándose del concepto y modificando su significado. El orden, argumentó, consiste en
establecer reglas que impidan al más poderoso imponer unilateralmente sus condiciones. Esa definición le permite pasar del derecho internacional a los derechos laborales, de Ucrania a la regulación económica o de las grandes tecnológicas a la vivienda. La lógica se mantiene: cuando faltan reglas, gana quien dispone de más poder.
El marco le resulta especialmente útil porque
conecta política exterior e interior. La ruptura de las reglas internacionales explica la invasión rusa de Ucrania y la guerra en Irán. Las desigualdades globales aparecen como catalizador de los flujos migratorios hacia Europa. Una mayor dependencia energética refuerza los argumentos para acelerar la transición ecológica. Y las dificultades de acceso a la vivienda justifican una intervención pública que corrija el desequilibrio entre quienes disponen de recursos y quienes carecen de ellos. Incluso Ceuta entró en esa arquitectura discursiva:
ningún muro, sostuvo Sánchez, puede contener indefinidamente la desesperación de quienes buscan una vida mejor.
Feijóo partió de otro lugar.
El problema fundamental de España, según su discurso, está en el incumplimiento o deterioro de las reglas nacionales. Su aproximación a La Toja y a la estrategia popular pasa por la normalidad institucional. Presupuestos, Parlamento, Consejo de Ministros, Poder Judicial y
límites al decreto ley aparecieron durante la intervención como partes de una misma acusación política: a su juicio,
el Gobierno ha convertido lo excepcional en habitual y ha subordinado las instituciones a las necesidades de supervivencia del Ejecutivo.
"Las desigualdades globales aparecen como catalizador de los flujos migratorios hacia Europa. Una mayor dependencia energética refuerza los argumentos para acelerar la transición ecológica"
De ahí salió la propuesta institucional más concreta de su intervención:
buscar una fórmula legal para que, después de una primera prórroga presupuestaria, la incapacidad de aprobar nuevas cuentas conduzca a la disolución de las Cortes y a elecciones. Más allá de su eventual viabilidad jurídica, la medida permite entender bien el marco político del líder del PP. La flexibilidad parlamentaria que el Gobierno asume como consecuencia de una
época de fragmentación se convierte, en el relato popular, en una anomalía.
Feijóo pretende que la ausencia de determinados instrumentos de gobierno funcione como prueba de agotamiento político. Esa distancia se hizo todavía más visible al llegar a la vivienda.
Sánchez ha convertido la
crisis habitacional en
una cuestión que pretende situar por encima de las fronteras partidistas. En La Toja llegó a definir el acceso a una vivienda como
una cuestión de "pura humanidad" al reclamar apoyos para sus decretos. La elección de palabras es significativa.
La discusión deja de girar únicamente alrededor de oferta, regulación, fiscalidad o seguridad jurídica y adquiere una dimensión moral y generacional. Al plantearlo así, la presión sobre el PP y Junts se traslada también a la explicación de su voto: cómo justificar el rechazo cuando el acceso a la vivienda constituye una de las principales preocupaciones de buena parte de la sociedad.
Feijóo rechazó ese desplazamiento y
mantuvo el problema en el terreno económico. España ha incrementado su población en varios millones de habitantes mientras construía insuficientes viviendas, generando, según su diagnóstico, una crisis de oferta que la regulación no puede solucionar. Frente a los dos decretos del Gobierno, condensó la respuesta en una frase:
"El problema de la vivienda se resuelve construyendo vivienda". La discusión queda planteada desde dos puntos de partida distintos: la protección de quienes tienen dificultades para acceder a una casa y la necesidad de aumentar la oferta, la inversión y la seguridad jurídica.
"La flexibilidad parlamentaria que el Gobierno asume como consecuencia de una época de fragmentación se convierte, en el relato popular, en una anomalía"
También resulta reveladora la selección de temas.
Sánchez dedicó una parte sustancial de su intervención a Europa. Defendió una relación abierta pero más equilibrada con China, una
mayor autonomía estratégica, un presupuesto comunitario más ambicioso y el
Tratado de Amistad con Francia, cuya ratificación ha quedado atrapada en la confrontación política española. Habló además de inteligencia artificial como una cuestión de poder democrático:
la tecnología, sostuvo, no es neutral y las empresas que la desarrollan no pueden determinar por sí mismas sus límites.
En el discurso de Feijóo,
Europa y el mundo quedaron sobre todo como telón de fondo del argumento doméstico. La influencia exterior, sostuvo, depende primero de la credibilidad interior: calidad institucional, estabilidad democrática y fortaleza económica. Hay política exterior, pero ocupa otro lugar en la jerarquía.
Sánchez recurre a Europa para explicar parte de lo que ocurre en España; Feijóo presenta el funcionamiento de España como requisito para poder desempeñar un papel relevante en Europa.
Ni siquiera comparten el tiempo político desde el que hablan.
El presidente del Gobierno construye un relato de continuidad. Los acontecimientos aparentemente inconexos forman parte, en su discurso, de una transformación histórica que obliga a mantener los escudos sociales, profundizar la transición energética, regular la inteligencia artificial, intervenir en vivienda y reforzar Europa. Su argumento económico —España creciendo y creando empleo en un contexto europeo difícil— le sirve para
presentar esa continuidad como prueba de resiliencia.
La intervención del líder de la oposición
mira hacia una ruptura. Feijóo habló de una "encrucijada de modelos": uno que denomina populista y otro que define como reformista. A partir de ahí encadenó críticas sobre impuestos, deuda, inflación, salarios, infraestructuras y vivienda.
El objetivo era situar el momento político cerca del final de un ciclo y presentar lo que venga después como una tarea de reconstrucción.
Por eso
los discursos de La Toja importan más por su estructura que por cualquiera de sus propuestas aisladas. España entra en una fase en la que Gobierno y oposición ya no discuten únicamente sobre quién gestiona mejor unos problemas compartidos. Antes incluso de llegar a las soluciones, discrepan sobre el diagnóstico.
"España entra en una fase en la que Gobierno y oposición ya no discuten únicamente sobre quién gestiona mejor unos problemas compartidos. Antes incluso de llegar a las soluciones, discrepan sobre el diagnóstico"
En el relato de Sánchez,
España está demostrando capacidad para gobernar en una época extraordinariamente fragmentada y proteger a la sociedad frente a shocks que vienen de fuera. El riesgo que identifica es que el
desorden global —militar, económico, climático o tecnológico— termine imponiendo la ley del más fuerte. El diagnóstico de Feijóo empieza dentro de las fronteras españolas:
una forma de gobernar que considera institucionalmente degradada, económicamente equivocada y políticamente agotada.
Hay, aun así, una palabra que atraviesa las dos intervenciones:
reglas. Sánchez las reclama frente a Rusia, los desequilibrios del mercado, las grandes compañías tecnológicas y la concentración de poder económico. Feijóo las exige en el funcionamiento del Gobierno y las concreta en presupuestos, procedimientos parlamentarios, separación de poderes y límites al uso del decreto ley.
Los dos buscan ocupar el espacio de la estabilidad, aunque sitúan el origen del desorden en lugares distintos.
Ahí quedó probablemente
la principal disputa de La Toja: decidir dónde está hoy el desorden que España debe resolver primero. Sánchez mira hacia un mundo en el que las viejas reglas están desapareciendo y reclama un Estado y una Europa suficientemente fuertes para proteger a los ciudadanos. Feijóo dirige la atención hacia Madrid y sostiene que cualquier ambición exterior pierde credibilidad mientras no se recomponga el funcionamiento interno del país.
"Feijóo dirige la atención hacia Madrid y sostiene que cualquier ambición exterior pierde credibilidad mientras no se recomponga el funcionamiento interno del país"
Son, además,
discursos pensados para momentos políticos diferentes. Sánchez intentó demostrar que todavía queda agenda por desarrollar; pronunció su intervención antes de conocer que decaerían los decretos de vivienda. Feijóo buscó instalar otra pregunta:
si debe seguir siendo este Gobierno quien la desarrolle. Lo hizo, además, sabiendo que Sánchez se está planteando convocar elecciones. Esa diferencia ayuda a entender, más que cualquier cifra o reproche concreto pronunciado en La Toja,
el terreno sobre el que Gobierno y oposición están planteando el tramo político que tienen por delante.