Este fin de semana, en el Foro La Toja, una alta funcionaria de la Comisión Europea me comentaba que España es vista en la UE como China friendly. Aunque se esperaba un debate sobre el vínculo atlántico y las relaciones con EE. UU. bajo Trump, China apareció en casi todas las sesiones. En una de las primeras mesas, Rajoy la llamó dictadura y Zedillo advirtió contra la "Chinafobia". Ante este choque, sobre lo que Carlos López Blanco denominó "el elefante en la habitación", pensé cómo enfocar la mesa sobre el futuro político de Europa que debía moderar al día siguiente.
El desconocimiento europeo sobre China
Entre los participantes de mi mesa se encontraba Jamil Anderlini, director regional de
POLITICO Europe, que llegó a Bruselas hace cuatro años después de haber vivido en China durante veintidós. Planteó lo que se ha convertido en la base de la brújula esta semana:
"Cuando llegué a Bruselas hace cuatro años me di cuenta de que en Bruselas no se sabe suficiente sobre China".
"No será que España es 'China friendly' porque tenemos un debate público muy pobre, incapaz siquiera de plantearse los efectos que tiene para España la relación con China"
Y esto me lleva a preguntarme si no será que España es
China friendly porque tenemos un debate público muy pobre, incapaz siquiera de plantearse los efectos que tiene para España la relación con China.
El caso COSCO y la ausencia de debate en España
¿Alguien se ha planteado por qué nunca se debatió en España la adquisición del 51% de Noatum Ports —operadora de terminales de contenedores en los puertos de Valencia y Bilbao— por parte de la empresa china COSCO Shipping? COSCO es una empresa estatal que pertenece a la State-owned Assets Supervision and Administration Commission, el organismo del Consejo de Estado de China que gestiona directamente las grandes compañías públicas. Y ni más ni menos: según los rankings de puertos de la Unión Europea, Valencia es ya el cuarto puerto en tráfico de contenedores, tras Róterdam, Amberes-Brujas y Hamburgo.
¿O es que en España no consideramos a nuestros puertos como geopolíticamente estratégicos?
Europa ante un "rival sistémico"
En los últimos años, en cambio, la relación entre Europa y China ha atravesado una transformación decisiva. De socio estratégico y aliado comercial, Pekín ha pasado a ser definido por la propia Comisión Europea en 2019 como un "rival sistémico". Esta formulación abrió un intenso debate en las principales capitales europeas sobre la dependencia tecnológica, la seguridad económica y la necesidad de redefinir las reglas de la globalización.
"Pekín ha pasado a ser definido por la propia Comisión Europea en 2019 como un 'rival sistémico'"
Berlín ha vivido un intenso debate sobre su dependencia de las exportaciones hacia China, que representan un porcentaje crítico para su industria automovilística.
El canciller Olaf Scholz viajó a Pekín en 2022 acompañado de una nutrida delegación empresarial, en una visita que generó controversias sobre si Alemania estaba reproduciendo, con China, la misma dependencia que había mantenido con Rusia en el terreno energético. También tuvo que afrontar un debate político intenso sobre la entrada de capital chino en el puerto de Hamburgo. Francia, por su parte, ha situado a China en el centro de su estrategia del Indo-Pacífico y de su política de autonomía estratégica. Italia dio un paso inédito en 2019 al firmar su adhesión a la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI), decisión que en 2023 revirtió tras un fuerte debate interno y presiones internacionales.
Opinión pública en España: mejor imagen de China que de EE. UU.
España, en cambio, se ha mantenido en los márgenes de este debate.
Si uno atiende al discurso público y político en nuestro país, China aparece como un actor lejano, relevante en tanto socio comercial, pero apenas presente como problema estratégico.
"Según una encuesta de Metroscopia un 51% tiene una opinión positiva de China frente al 44% negativo. Su imagen mejora y ya supera a la de EE. UU."
A principios de septiembre apareció la encuesta
Pulso España de Metroscopia y me preocupé aún más: solo el 43% de los españoles tiene hoy una opinión positiva de Estados Unidos (veinte puntos menos que hace diez años) y un 55% expresa una opinión negativa. Por contra, un 51% tiene una opinión positiva de China frente al 44% negativo. Su imagen mejora y ya supera a la de EE. UU. Trump se lo ha buscado, pero
debemos preguntarnos si nuestro razonamiento, como españoles y europeos, no debería pensar más en lo que queremos que en lo que no nos gusta.
Huawei y la seguridad nacional
¿Seguro que preferimos a China antes que a Estados Unidos? Un alto funcionario alemán del Ministerio de Exteriores me hablaba hace unos días en Berlín de la alerta roja que ha saltado en la Administración americana ante la adjudicación, por parte del Gobierno de España, de un contrato a Huawei para el almacenamiento digital de las comunicaciones interceptadas legalmente por la Policía Nacional y la Guardia Civil.
"Para España y Europa, la pregunta es incómoda: ¿qué implica depender de Huawei en términos de seguridad nacional?"
La tecnología es poder. Y en el tablero geopolítico actual, pocas compañías concentran tanto poder como Huawei.
La firma china no solo fabrica teléfonos: diseña el esqueleto de las redes 5G y 6G sobre las que circulan datos, transacciones y secretos. Para España y Europa, la pregunta es incómoda: ¿qué implica depender de Huawei en términos de seguridad nacional?
Vuelvo a otras palabras de Jamil Anderlini:
"El objetivo último de Xi Jinping es la ruptura de Europa con Estados Unidos".
El dilema español y europeo
Washington lleva años advirtiendo.
La Ley de Inteligencia Nacional de 2017 obliga a todas las empresas chinas a cooperar con el Estado. No hay pruebas concluyentes de espionaje, pero en seguridad nacional no se esperan pruebas: basta con la posibilidad.
Las redes 5G y 6G no son un lujo: son el sistema nervioso de nuestras economías. Si se infiltran, todo lo demás —desde la banca hasta la defensa— queda vulnerable.
España se mueve en un equilibrio incómodo.
Apostar fuerte por Huawei puede enfriar la cooperación con la OTAN y con Estados Unidos, que ya han vetado a la compañía. Apostar contra Huawei significa asumir costes económicos y perder oportunidades en China, el segundo mercado más grande del planeta.
El resultado es una política a medio gas: diversificación de proveedores, auditorías de seguridad, un poco de Huawei aquí, un poco de Ericsson allá. Pero la tensión persiste. "Hemos sido increíblemente ingenuos al confiar nuestro espacio democrático a redes sociales controladas por grandes empresarios estadounidenses o grandes empresas chinas cuyos intereses no son en absoluto la supervivencia o el buen funcionamiento de nuestras democracias". Lo dijo el pasado fin de semana Macron en Alemania.
"España y Europa pueden optar por lo cómodo —ahorrar hoy y pagar mañana— o por lo difícil: invertir en soberanía tecnológica y reducir dependencias"
El problema, es verdad, es más profundo.
Europa tiene apenas dos alternativas serias a Huawei: Ericsson y Nokia. Ninguna cuenta con el respaldo financiero y político de la firma china. Depender de Huawei es también la consecuencia de años de desinversión tecnológica europea. Sin campeones propios, el continente se limita a elegir entre Silicon Valley y Shenzhen.
Huawei simboliza la batalla más silenciosa de nuestro tiempo: quién controla las tuberías invisibles por las que circula la vida digital. España y Europa pueden optar por lo cómodo —ahorrar hoy y pagar mañana— o por lo difícil: invertir en soberanía tecnológica y reducir dependencias.
En la nueva geopolítica,
la seguridad ya no se mide solo en tanques y aviones. Se mide en antenas, chips y cables de fibra. Y en quién tiene el poder de desconectarlos.
España y China: ¿estrategia o desconocimiento?
España se presenta como un país China friendly, pero la raíz de esta posición parece estar más en un debate poco informado que en una estrategia. La ausencia de debate académico, político y mediático sobre China ha generado una actitud pragmática hacia el gigante asiático.
Este vacío puede convertirse en un riesgo estratégico.
Las inversiones chinas en sectores clave —como los puertos, la energía o la tecnología— pueden generar dependencias que pasen inadvertidas hasta que sea demasiado tarde. Además, España pierde influencia en la definición de la política europea hacia China al carecer de un discurso propio y de una agenda clara.
El reto es doble: conocer mejor a China y situar ese conocimiento en el centro del debate público. Para ello, España necesita invertir en estudios especializados, fomentar el trabajo de
think tanks y medios, abrir espacios de debate político y conectar las preocupaciones de las empresas con una estrategia de Estado.
Solo así podrá pasar de ser
China friendly por desconocimiento a ser un país que gestiona su relación con Pekín de manera informada, consciente y estratégica.
No hacerlo provoca que ganen los intereses particulares y no los intereses del Estado.